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miércoles, 29 de mayo de 2013

Un espectáculo emocional

 Había llegado el día. Por fin yo iba a cumplir mi mayor sueño: tocar el piano, mostrar mi habilidad a la gente en semejante lugar, en el Teatro Colón. ¡Con sólo 10 años yo tendría una oportunidad a la que muchos músicos bien formados habían aspirado sin éxito! Yo me sentaría delante del piano de cola, ofreciendo un i
increíble espectáculo musical al público junto a un coro de niños.

Mis padres, rebosantes de orgullo, me habían acompañado hasta allí. Yo me metí por la entrada de artistas; empecé a entrar en un estado de semi-consciencia, mis piernas me llevaban por el camino indicado sin que yo las guiara.

De pronto, yo me encontraba detrás del telón, aguardando ese instante eterno en el que seríamos llamados.

Cuando el momento llegó, sentí que mi mente, mi capacidad de pensar y ordenar, se perdía entre la irresistible emoción y se alejaba.

Mi figura entró al escenario en último lugar, siguiendo cuidadosamente los pasos del niño corista que tenía delante.

Mis piernas me desplazaron hasta el taburete mientras mis ojos giraban enloquecidos ante la visión de las enormes bandejas, su distribución, la gente sobriamente vestida colmándolas y aplaudiendo, probablemente a nosotros; mi mente estaba demasiado nublada para que yo pueda ahora asegurarlo. Cada par de ojos del público centraba su atención en nosotros, y yo recibía, percibía ese mensaje, de ansiedad y de expectativa a la vez, que me invadía y me estimulaba.

Sentí que mi cuerpo se sentaba al piano, mis ojos habían desviado su atención del público, cuyo aplauso yo escuchaba, hacia ese conjunto de teclas blancas y negras, que se había apoderado de mi vida desde que yo lo observara por primera vez.

La música comenzó, y mis dedos la tocaban al mismo tiempo que mis pies pisaban los pedales, mientras yo tenía la visión de la partitura, la codificación que permite comprender y ejecutar sólo lo superficial, lo que se escucha claramente, aquello a lo que la gente puede acceder mediante el frío sentido auditivo, de la obra musical. A medida que era tocada y cantada, fui dejándome llevar hasta el mismo Paraíso por su mensaje, sencillo pero incomprensible, que penetra en la gente, que la glorifica, que transmite un goce infinito al que no se puede llegar con palabras. Porque la música acompaña, de la misma forma que el fuego, al ser humano desde que este surgió y, por esto, tiene una historia ancestral que por medio de las vidas de nuestros antepasados transmite ese deleite directamente a nuestro inconsciente, llenando nuestras almas.

El tiempo no parecía estar pasando mientras mis dedos pulsaban las teclas siguiendo las instrucciones en ese extraño idioma de la partitura, buscando así el servicio de ese inmenso placer para mis oídos.

Yo escuchaba esa melodía grande en virtud, que provenía del piano, que es el instrumento madre. La gente dice que lo es porque puede reproducir todas las notas existentes. Eso es cierto, pero hoy creo que esa es simplemente la explicación que salta a la vista, la que encubre el motivo subconsciente de esta elección de la inteligencia humana. El piano es una representación material de la música en general: de la misma forma que esta, tiene una parte perceptible fácil y directamente, la parte aplicada directamente por la raza humana; las teclas y los pedales de un lado, la melodía que puede ser tocada y escuchada del otro. Y de la misma manera en ambos casos, hay una estructura oculta por esta capa superficial; por un lado, las cuerdas cubiertas por el armazón del piano de un lado, el mensaje misterioso y casi tangible por el otro.

Finalmente, el concierto terminó, no sé si después de un rato corto o largo, ya que en el Cielo el tiempo no existe. Las manos del público se unieron en común aplauso, y creo que los espectadores no podían controlarlas, seguramente habían sido cautivados por nuestro trabajo, o más bien nuestra pasión.

Yo hice la clásica reverencia y agradecí por dentro esta magna manifestación del público, esos simples choques de manos que, increíblemente, alegran a cada partícula de nuestros cuerpos.

Me retiré y vi a mis padres, radiantes como nunca los había visto, esperándome, y nos fuimos a casa.


A lo largo de este relato no doy datos sobre mi nombre ni sobre los de los coristas; asimismo, omito la información que permita identificar el concierto que todos juntos ejecutamos, limitándome a decir que, a criterio de la gente en general, es una obra maestra. Así lo decidí porque cuando la música es buena, nos causa ese incomprensible deleite ancestral, sin tener en cuenta títulos, autores ni intérpretes.   

Autor: Torito

miércoles, 24 de abril de 2013

Ella


Es tarde. El sol se pone detrás de las montañas. Pero ella sigue ahí, inmóvil, impregnando con su olor el oscuro cuarto, ahora manchado de sangre. Sentada sobre un sillón yace, ensangrentada y con un orificio en el cuello, ella, la misma chica con la cual ayer mismo estaba feliz. Pero hoy, ya no… No sé qué pasó, no sé qué me pasó… Hoy, apenas llegué, ella estaba ahí, en ese mismo lugar. Me sonrió con esa sonrisa tan suya, tan dulce y sencilla… Un extraño impulso me invadió. Corrí y corrí hacia la terraza, agarré el arma que tenía escondida allí arriba y volví. Disparé sin saber muy bien a qué. Nunca olvidaré la mirada en su rostro cuando me vio llegar con el arma. Miedo, pero sobre todo, sorpresa. No sé por qué, pero disparé. Toda la casa empezó a temblar y de pronto…
Desperté… Fue sólo un sueño. Un sueño en el que yo me volvía loco.

Autor: Katrina.

La canción sin fin


El amor despierta viejas pasiones

Antes, hace ya tiempo, lo general era que, a la salida de la escuela, me viniera a buscar mi papá. Pero ese día sabía que no iba a venir: él estaba junto a mi mamá y mi recién nacido hermanito. Yo estaba ansioso, porque mi tío me llevaría de la escuela a la clínica, a verlo por primera vez. Llegué y estaba dormidito, al lado de mi mamá (quien, por lo que escuché, no había pegado un ojo en toda la noche). Mi madrina me ofreció que lo tuviera en brazos, pero mamá no quería, porque tenía un poco de miedo de que se me cayera (no me extraña, yo tenía seis años). Luego terminé aceptando, recuerdo que nos sacamos algunas fotos, y me fui a la media hora a la casa de mi tío.
Esa fue mi primera experiencia con mi hermano menor. A lo largo de los años aprendí a convivir con él, pero no era del todo fácil, porque se robaba mis juguetes, estos terminaban rotos, y no se podía jugar con él (si perdía en un juego de mesa por ejemplo, se ponía a llorar). Pero, a su vez, mi hermano Marcos también aprendió cosas de mí. Una de ellas fue la pasión por la música. Aunque no sabía tocar la guitarra, a los doce años Marcos ya escuchaba rock nacional y algunas cosas del internacional, pero como él no hablaba inglés, no entendía.
A la edad de veinte años, yo empecé a tocar con unos amigos. Era el guitarrista, y tocábamos en la puerta de la facultad de Ingeniería, donde estudiaba en ese momento. Y, dos meses después, hicimos nuestro estreno oficial, en el cumpleaños de quince de mi prima. No éramos compositores (no hacíamos las letras) por eso la banda se llamaba “Descompuestos”.
Cuanto todo parecía color de rosa, mi mamá me obligó a seguir con la carrera de Ingeniería, y tuve que dejar la banda. Cuatro años después, ya recibido, mi sentimiento hacia la música no había parado. Iba a varios recitales, con amigos, y de vez en cuando lo llevaba a Marcos, que me pedía casi llorando que lo llevara (no, él ya no era un chiquito, tenía diecinueve).
En 2004 comenzó a hacerse famosa la banda de uno de mis amigos de la facultad, entonces yo era un fiel seguidor en sus recitales. Un sábado, luego de que fuera a jugar al fútbol con lluvia, me enfermé. Esa misma noche, mi amigo y su banda tocaban en un boliche, del barrio de Once. Yo estaba con mucha fiebre y tenía dos entradas, una para mí y otra para mi hermano. Le regalé mi entrada a Marcos, para que fuera con su novia, y alrededor de las once y media de la noche se fueron. Yo, un rato más tarde me dormí, o por lo menos traté de hacerlo, porque la fiebre me quemaba y tenía un gran dolor de cabeza. Finalmente, pude descansar. Al otro día, como siempre, me levanté a las nueve de la mañana, fui a la heladera, saqué la leche, agarré el cereal y comencé a desayunar. Prendí la televisión. Me quedé congelado en mi cama, quedé en un silencio absoluto. Llamé a mamá, pero no contestaba. Agarré un buzo y me fui corriendo del departamento hacia la casa, donde vivían mamá, Marcos y papá. Estaban mamá, mi viejo, el tío y la abuela. Me explicaron bien la situación (mamá no, ella no podía hablar). Fui al cuarto de Marcos. Me quedé mirando la habitación, durante largo tiempo, como si él todavía estuviera allí.
Me fui, en medio de una lluvia constante, que hacía imposible reconocer las lágrimas que caían de mis ojos. Veía a la gente correr bajo la lluvia, y en ese momento me di cuenta que no había nada vivo dentro de mí, que no podía correr. Y que esas gotas que caían de arriba no calmarían el desierto en el que me encontraba después del accidente de Marcos.
Nunca pude (ni podré) soportar la muerte de mi hermano. A partir de ese momento, mi pasión hacia la música se desmoronó. Ya no tenía ganas de estar una hora, hora y media tocando la guitarra en mi cuarto. No podía. Me enfoqué durante mucho tiempo a trabajar como ingeniero, que según mamá, “es lo que me daría de comer”.
Diez años después de lo que pasó con Marcos, me encontré con uno de los integrantes de “Descompuestos”, en la plaza Ramírez, que quedaba a media cuadra del departamento. De casualidad, porque yo paseaba a mi perro y él estaba jugando con su hijo. Charlamos bastante.
-Bueno, me vuelvo, nos vemos che.- le dije yo, un poco cansado después de un largo día y sin mostrar mi lado cortés.
-Esperá, te voy a ofrecer algo.- me contestó, al mismo tiempo que sacaba un papel del bolsillo. 
-Es un programa de radio en FM, la hacemos con amigos, de música obvio. Nos quedó una vacante, ¿te sumas?-
Aquello fue, seguramente, un punto de partida en mi reencuentro con la música. Pero el verdadero “volver a empezar” llegó cuando fui al estudio de la radio. Hicimos el programa, me presenté ante los oyentes (el programa iba en vivo) y salió todo bien. Pero, mientras realizábamos el programa, una chica, de aproximadamente veinticinco años, se sentó en la cuadra de enfrente, y comenzó a tocar la guitarra. No me importaba si lo hacía bien o mal, si cantaba desafinado, sino que me interesaba la sonrisa, que demostraba su felicidad por la música. Una ventana bastante grande separaba el estudio de la radio de la cuadra.
Apenas terminó el programa, salí volando por la puerta y la fui a saludar. Tenía una sonrisa hermosa que brillaba en su cara, y un perfume al filo del dolor, que se podía oler desde muy lejos. Además, tenía ojos verdes, bien acorde a su belleza.
-Hola.
-Hola, ¿pasa algo?- me preguntó, un poco sorprendida.
-No, solo que quería escuchar cómo cantabas.- respondí, cuando mi corazón no encontraba el silencio.
Se sonrió, y comenzó a cantar. Terminó y le dije:
-Quedé mudo con tu voz, pero, ¿por qué tocas acá, en la calle?-.
-Por la radio, de ahí enfrente, de donde saliste. De vez en cuando llevan gente a grabar ¿Me acompañas a la esquina? Necesito comprar unas flores para mi casa.
La acompañe y hablamos de la vida, de la música, de que el padre era de River igual que yo, y más. Le pedí su número, así algún la podría invitar a la radio.
-Bueno, me tengo que ir al Subte, nos vemos- se despidió.
-No no, una última pregunta, ¿cómo te llamas?- Sí, hasta ese momento no sabía su nombre. Le había preguntado de todo menos su nombre.
-(sonríe) María. Solo María. ¿Vos?
-Joaquín. Solo Joaquín.
Me saludó y se fue a su casa. La noche estaba oscura, pero era de día en mi corazón.
Cinco días más tarde, nos encontramos en su casa. Tomamos unos mates y charlamos, hasta que me preguntó “¿Querés tocar?”. No sabía que responder. Es que no agarraba una guitarra desde la muerte de mi hermano. Tenía un poco de nostalgia, pero también tenía un pequeño temor de no volver a ser ese mismo de antes.
Comencé tranquilo, pero luego me desesperé, me saltó esa alma escondida de adentro; y así continúo hasta hoy, sin soñar, placentero, cantando esta canción, luzca el sol o no. Con amor, con dolor, esta canción durará por siempre.

Autor: Martín Carrizo.

El portal


Mientras todos los ancianos comían callados el desayuno en el asilo, Joaquín era el único que hablaba. Sólo se oía su voz junto con el ruido que hacían las cucharas golpeando los platos para alcanzar la avena. Su voz que retumbaba sobre las paredes contando historias de su vida, anécdotas de su familia o, simplemente, comentando acerca del clima. Eso sí, nunca nombraba al tiempo, cada vez que relataba sus aventuras no daba fechas ni años. Tal vez esa era la razón de que ningún joven le creyera, ya que sus recuerdos parecían provenientes de cuentos infantiles. Algunos (los jóvenes y los empleados) decían que era producto de la vejez, que su vida había sido tan aburrida que inventar aventuras hacía que se sintiera mejor consigo mismo o que eran simples sueños que los había creído reales.
 Pero la realidad era otra. Las dudas de todos provenían en base a los demás ancianos del establecimiento. Eran todos tan callados, tan quietos, que parecía que no estaban en este mundo, lo cual, era cierto. Ellos sólo pensaban en el final. Imaginaban como se sentiría atravesar esa puerta que dividía los dos mundos. Se preguntaban cuando les llegaría la hora a cada uno de ellos, como sería, si se iban a dar cuenta. El tiempo era su tema principal y este miedo lo reflejaban con el silencio, el silencio y la quietud.
 Joaquín era la oveja negra del rebaño, mirando hacia adelante cuando los demás miraban hacia atrás, sumergiéndose en un río de recuerdos y melancolía. Miraba al horizonte, a un mañana. Ellos no lo hacían, se ocultaban en el ayer. Para los demás fallecer era el final; para él, un comienzo. Pero las personalidades de cada uno no basta para enfrentarla. La muerte es imparcial, le llega a quien le llega, no importa quien sea. La muerte a veces sorprende. Y eso fue lo que pasó en el asilo esa mañana donde, mientras todos terminaban su avena, Joaquín cayó muerto.
Nadie supo con exactitud por qué, sino hasta el día después, cuando, al terminar el médico de hacer la autopsia, señaló que había sido un simple infarto. Lo que sí se sabía es que  mientras todos se lamentaban por él, en su rostro se podía percibir una sonrisa oculta. Probablemente una que mostraba su felicidad por iniciar una nueva aventura, tenía adelante, un nuevo portal.

Autor: Lula105.

Antígona lucha


En una casa de un barrio aristócrata alemán alrededor de 1918, una familia judía dio a luz a dos mellizos: Heyner Krause y Sender Krause. La familia estaba, además,  compuesta por los dos padres y sus dos hermanas mayores: Ema y Antígona.
La infancia de los niños fue feliz, los cuatro hermanos pasaban su tiempo juntos y ajenos a las revueltas y convulsiones que la sociedad alemana comenzaba a sufrir. Pero  poco a poco (ya en 1934), la casa empezó a oscurecer, hubo escasez de comida, los padres se abstrajeron y todo el tiempo se los veía asustados, ansiosos, armando y desarmando valijas.  La actividad social también cambió, ésta se vio reducida al mínimo: sólo escuelas judías, identificaciones con su religión y prohibiciones para participar de actos, cines o cualquier entretenimiento público.
En medio de tantos cambios y represión lo más sorpresivo fue el cambio físico y de actitud de Heyner. Se pasaba horas escuchando a Adolf Hitler, imitando sus tonos, repitiendo sus discursos y renegaba de su tradición, luciendo el pelo al ras y bigote. Las cenas con poca comida, marcadas por una intensa discusión política y conflictos ideológicos irresolubles entre los dos hermanos, se volvieron insostenibles.
Un día (en invierno de 1935) Heyner Krause se fue. No estuvo para llorar a los padres de la familia Krause desaparecidos luego de ir al supermercado, ni tampoco,  para presenciar la pobreza y la decadencia en la que sus hermanos estaban viviendo.
En septiembre, Heyner volvió a su casa, a buscar a sus hermanos. Ellos estaban sentados en la mesa desayunando lo que podían. Al ver a su hermano, los tres se sobresaltaron al observar que llevaba uniforme militar y la insignia nazi en su pecho, pero Heyner no volvía para llevarlos ni tampoco para pedir perdón sino para aconsejarles que se unieran al nazismo. En sus ojos podían ver miedo pero convicción como si Heyner realmente creyera en el “proyecto” de una raza superior.
Sender, firme con su ideología y fiel a su religión, rechazó la oferta de su mellizo. La discusión fue aumentando en tono e intensidad hasta que la furia se apoderó de su hermano quien tomó al otro por la fuerza y en medio de gritos y llantos de las dos mujeres se lo llevó, dejando la casa vacía con las hermanas llorando.
Los hermanos llegaron, todavía peleando y odiándose, a uno de los campos de reclutamiento del partido e inesperadamente los dos fueron tomados de rehenes. El gobierno ya se había enterado del origen judío de la familia Krause y buscaban a los cuatro hermanos. El nazismo asesinó a los dos, con la diferencia de que concedió a Heyner la digna sepultura debido a su devoción y compromiso con el partido.
La noticia terminó de destrozar a las dos hermanas y enfrentarlas. Ema, asustada, sólo pensaba en irse de Alemania lo antes posible mientras que Antígona no quería abandonar a sus hermanos y sobre todo quería encontrar y dar sepultura a Sender bajo la tradición judía. Ema intentó por todos los medios disuadirla y convencerla de la locura de desobedecer y exponerse a las leyes del Estado nazi así como de lo imposible que sería encontrar el cuerpo.
La odisea de Antígona la llevó a recorrer campos, sedes militares, casas, edificios públicos para averiguar algo sobre su hermano. La información era escasa y las esperanzas disminuían a cada paso.
Una mañana de diciembre (ya en 1943) y en medio de su búsqueda, Antígona fue capturada por un grupo de militares y conducida al mismo campo donde unos años antes habían sido asesinados sus dos hermanos. Antígona se entera de ello ya que encuentra las pertenencias de Heyner debajo del catre en el que durmió la única noche de su cautiverio.
Antígona muere al día siguiente, asesinada en el mismo sitio que los mellizos, lo que le provoca paz interior y conexión con ellos. Si no los encontró en vida los encontrará en la muerte.

Autor: Lula105

Ritual


Se había prometido que solo sería en las noches de lluvia, en lo posible de mucha lluvia, ese había sido el acuerdo. Durante el día el tiempo pasaba lento, la vida la vivía o la intentaba vivir de la forma más normal posible. Sin embargo, no era todo tan equilibrado: imágenes fugaces, retazos, astillas de pensamientos, trozos de suspiros exhalados en la oscuridad, volvían de repente en los momentos diurnos menos esperados. Entonces se disculpaba, que se sentía mal, con este calor a quién no le baja la presión y ya mismo voy a comprar algo dulce y se me pasa.
 Acá en mis recuerdos, la penumbra, el silencio con tanto ruido, las gotas que caen afuera y las otras gotas, el frío, el suelo helado, mi piel contra la pared, mis mejillas contra el vidrio. Mi mano que se mueve para ahuyentar el humo y las brasas que brillan en la oscuridad. Es como una antorcha pequeña, como un animal chiquito de fuego. El frío y el suelo helado de nuevo, me recuesto boca arriba, desearía ser otra persona, sabes. El silencio vuelve como los recuerdos. Me doy vuelta, hace tanto frío. Un coche que para y el sonido entrecortado me sobresalta. Cuando paso a la cama pasa algo raro, la almohada se transforma, se vuelve vos, entonces algo sube por mi cuerpo. El temblor llega hasta mi garganta, mis labios, el grito mudo que intenta escurrirse por mi boca, el cigarrillo que por poco cae entre las sabanas, mi cara contra la almohada, desearía ser otra persona.
31/10
Volvía caminando hasta mi casa después de una noche interminable, sin dormir apenas, pero contenta, la había pasado bien. No esperaba encontrarte, para nada, y menos acompañado. Viajamos los tres juntos, una larga epopeya de dolor y sufrimiento para mi, parecías estar en tu mundo. Ni siquiera podía mirarte, las cosas que te había dicho rebotaban en mi cabeza, me enredaban la lengua, menos que menos me dejaban hablar.
Cuando finalmente te fuiste no me pude contener, me olvidé del ritual, del decoro, de muchas otras cosas también. Te vi subiendo las escaleras hasta desaparecer y cuando finalmente te perdí de vista me lleve las manos a la cara y derrame, por adelantado, lo que antes hacía cada noche, cada noche de lluvia.
Salí del subte y no me extrañé, sin embargo, que estuviera lloviendo. La gente corría, no entendí de que escapaban, sí se iban a mojar de todas formas.

Autor: Humo.

Nowhereman


Mi viejo siempre dice que el secreto para ser feliz no está en hacer lo que a uno le gusta sino en que le guste lo uno que tiene que hacer. Como a mí eso no me sale, cada vez que tengo un rato voy al bar de la esquina, donde me gusta usar esos ratos que tengo.
Apenas abro la puerta, me llega el olorcito de las medialunas, saludo y me siento al lado de la ventana, de mi ventana, porque por ahí entra el sol, pero no un rayito, un baldazo de sol, de esos que te empapan todo y que son todavía mas lindos en estos días que hace tanto frío.
La cuestión es que mientras miraba bailar al vaporcito del café, se me ocurrió levantar la cabeza y me encontré con unos ojitos muy lindos que estaban en una cara muy linda que estaba en una chica muy linda. Como en ese bar hago lo que me gusta hacer le sonreí, porque me gusta sonreír. Pero no sólo no me devolvió la sonrisa sino que me miró como si estuviera fuera de lugar, como si estuviera usando una cosa muy, muy vieja que ya no se usa. Lo primero que pensé fue que a lo mejor se sentía mal o algo; pero después me puse a pensar que últimamente la gente no sonríe mucho, ¿no?
Por todo eso, cuando llegué a casa, lo primero que hice fue preguntarle a una amiga, que sabe mucho de moda y esas cosas, qué era lo que se estaba usando este invierno tan frío. De esos que te dan ganas de quedarte envuelto en una frazada todo el día y pasearte por ahí como si fueras un rey que va arrastrando su capa por toda la casa.
La respuesta fue una lista muy larga con nombres de muchos grises que no sabía que existían y veinte mil tipos de zapatitos, camisas, sacos, etc. Lo que me temía era que en toda esa lista la sonrisa no estuviera, y lamentablemente no estaba. Por todo esto decidí sacarme la sonrisa y dejarla en el placard aunque sea por un rato.
Me levanto, no estoy; unas manos que se parecen mucho a las mías se ocupan de cambiarme y de preparar el desayuno. Me encuentro a mí mismo subiendo al colectivo, apenas me siento me pongo a mirar las caras de la gente. Algunos me devuelven la mirada, generalmente es ahí cuando sonrío, no sé qué hacer, me siento incomodo, expuesto. Entonces desvío la mirada y no la despego del piso hasta el final del viaje.
Bajo y camino un par de cuadras hasta un negocio de por ahí; me dicen que no tienen nada que me pueda hacer invisible, así que compro unos anteojos negros bien oscuros y espejados. Soy espectador de una obra de teatro ridícula donde cada actor se cree la estrella y hace su propio monólogo convencido de la esencial importancia de su papel por sobre cualquier otro. Esta escena se repite durante lo que resta del día; cuando la luz tétrica de las lamparitas es lo único que queda, puedo levantarme por fin de mi butaca y retomar el control de mí mismo.
Pienso, pienso mucho, si sigo pensando me voy a gastar toda la plata en café porque ya van como cinco y no llego a ningún lado. Cuanto más silencio, peor es lo que escucho. Me dicen que ya están por cerrar, salgo, silbo, hablo solo, no puedo soportar el silencio.
 Abro la ducha. Respiro.
 Me hace acordar a la lluvia, que me encanta, a esas lluvias gordas que te empapan todo y escurren todas las preocupaciones. Y así de fácil, en ese momento, escuchando como cada gota choca contra la bañadera, no pienso, no escucho, no veo, no me ven.

Se acabó el agua caliente.

Me levanto y siento como si hubiera pasado un mes. Me pongo encima del pijama una campera muy gorda, con la que pierdo casi toda movilidad, pero conservo la necesaria para ir a la esquina a tomar el café con leche. Me siento en mi ventana. Hoy no hay sol, tampoco llueve, es uno de esos días horribles en que no pasa nada. Cuando no es el silencio es el ruido, es insoportable y si no es el ruido, lo único que se escuchan son exclamaciones de señoras indignadas por la situación del transporte público. Dejo la plata sobre la mesa y enfilo directo para el local de electrónica más cercano, me dicen que no tienen un filtro de sonido global que solo deje pasar lo que el usuario considera agradable, entonces pido unos auriculares grandotes, grandotes que me aíslan de todo lo que me rodea.
 Ahora tengo una armadura inexorable que me protege de todo cuanto podría afectarme. No me desprendo de ella salvo cuando estoy seguro, en el bar o en casa. Cuando el sol todavía no termina de despuntar por atrás del horizonte, cuando queda un pedacito de luna que cuelga de un hilito y no termina de caerse. Sentado en la silla de siempre, tomando lo mismo de siempre, mirando por la misma maldita ventana de siempre. El tiempo se escurre por entre mis dedos burlándose, riéndose de mí, por eso me refugio en esa casa que ya no sé si es mía, en este bar que ya no sé si me gusta.  Tengo que pensar, me desconcentro, no, estoy concentrado pero en pelotudeces, no sé, el clima por ejemplo. La mayoría del tiempo el sol no calienta y la luna no alumbra; todo es gris, ni blanco ni negro, es un sinsentido abrumador, interminable. Es desesperante y mi única respuesta es girar la cucharita del café, cada vez más fuerte. Estoy solo, solo contra todo, contra todos, solo en este océano de gente propio de una quietud insoportable, un letargo interminable y despreocupado. Como si el tiempo fuera a esperar, como si se olvidaran de que sus vidas no solo carecen de sentido sino que tampoco carecerán de él por mucho tiempo. Como si no supieran que sus cuerpos se van a pudrir, que no son dueños de sí mismos. ¿Soy el único que lo ve? ¿Solo yo me doy cuenta? ¿Solo yo los veo? ¿Nadie me ve?
No, nadie ve lo importante pero, claro, todos se dan vuelta cuando mi taza se hace añicos contra el suelo. Respiro, cuento hasta tres para no gritar, trato de calmarme. Temblando empiezo a juntar uno por uno los pedacitos.
A unos cinco metros de la mesa hay un chico. Tendría unos siete años, me ayuda a levantar cada partecita de esa pieza rota que con mucho esfuerzo podrá recomponerse. No mira el piso, me mira, y probablemente sin saberlo, me devuelve algo que hace tiempo que me falta, obviamente, le sonrío.


Los ojos por que suspiras
Los ojos en que te miras
Sábelo bien
Son ojos porque te ven.
                                                                      
Antonio Machado

Autor: Botones

El desenlace


El hombre solo atinó a comerse la uñas y guardó la pistola en el cajón. Alzó la mirada y  se encontró con un rostro muy particular, unos ojos grises llenos de melancolía y de frustración lo contemplaban fijamente, sus labios esbozaban una mueca de decepción.
Apartó la vista del espejo y se dirigió hacia el escritorio. Allí, sobre el fino roble, se encontraban las hojas de la novela que nunca había podido terminar. En esa obra maestra estaban plasmados cada uno de los acontecimientos significativos de su vida, en cada letra, en cada línea, había dejado una parte de si. Sin embargo nunca había podido terminarla.
Miró la novela largo rato y supo que ya no quedaba nada por hacer, ya no habría de pasar el tiempo embelleciéndola.
Se incorporó lentamente, se aproximó a la cómoda y levanto la vista. Apenas pudo reconocer el rostro que había visto ya tantas veces. Sintió el metal frío en su frente y vio caer al hombre del espejo. ¿Cómo escribir? Ahora lo sabía.

Autor: Botones.

La flor de mi secreto


Habría sido oportuno que mi rostro fuese fotografiado en el instante en el cual, al abrir la puerta de mi departamento, hallé un sobre con la carta de mi tía Carlota. Mi sorpresa surgió a raíz de dos motivos. El primero era el mero hecho de recibir una carta en el siglo XXI; el segundo, el remitente, con quien yo no tenía contacto desde hacía unos quince años.
Carlota, esa mujer tan detestada por mí. Odiaba todo de ella, su ropa, su sonrisa constante, su olor, su casa, el olor de su casa. Cada vez que nos visitaba estrujaba mis mejillas, encerrándolas en sus dedos resecos, clavándome sus uñas sucias con tierra por cosechar en el campo. Yo repudiaba ese gesto de supuesto cariño, cariño que para aquel entonces me era invisible, sumándolo a la casi infinita lista de pequeñas cosas que me hacían desear estar lejos de mi tía.
Comencé a leer la carta con una caligrafía torpe resultado del casi nulo ejercicio de la escritura: mi tía trazaba peor que un chico de diez años. No me sorprendí, ya la había visto escribir unas pocas veces cuando todavía vivía en el campo. Luego de decodificar los trazos, escritos con una fuerza aguerrida –al rozar el reverso de la hoja se apreciaba el relieve de las palabras espejadas–, logré comprender lo que Carlota me quería decir.
En el escrito, mi tía me explicaba cómo mis primos, Ernesto y Blanca, habían fallecidos en un accidente de auto en la autopista, invitándome a participar del velorio y del entierro, ya que yo solía llevarme bien con ambos cuando era joven. Desde que me había ido, me había esforzado por borrarlos de mi memoria, al igual que a todo lo concerniente a mi pasado, pero no pude evitar sentir un dejo de tristeza cuando en mi cabeza aparecieron los rostros de mis primos: Ernesto, de mi misma edad y Blanca, dos años menor.
Solíamos jugar juntos en el patio de la casa de mi tía, o en el cuarto de la mía, hasta que comencé a desarrollarme física y mentalmente y mis intereses viraron. Ya no me atraían el sol, las gallinas, los pastizales, la sombra de los árboles frutales; yo quería ser una actriz de marquesinas que usara pintalabios rojo sangre y boas de pluma que adornaran su cuello, quería usar tacones y botas altos, quería maquillarme con brillo la cara y sentir el glamour de cruzar una avenida, la emoción de mirar por la ventana y ver autos, en lugar de ver un terreno yermo, equivalente a la nada misma. Por eso me fui. Porque yo era una semilla, y no podía florecer en el campo. Me fui porque aquél no era el sitio donde construir mi realidad tan fervientemente anhelada y a la vez tan distante.
Mientras mi tía me comentaba brevemente lo dolida que estaba y cómo seguían iguales las cosas allí en Chaco, mi cabeza empezó a perturbarme con truhanerías terribles. Por lo menos durante mis últimos cinco años en Chaco me había esforzado por estar lejos de mis parientes, a quienes creía odiar, pero me sorprendí al recordar a Ernesto –o como lo solíamos llamar todos, “el Ernesto”, pero sólo cuando él no estaba presente– con una mezcla de aprehensión, lástima y profundo afecto. Me hallé lagrimeando al terminar de leer.
De repente, una ráfaga de imágenes, palabras y voces se precipitó en mi cabeza, corrompiéndome: mi prima a los nueve años comiéndose los mocos mientras preparábamos una ensalada de frutas, No te comas los mocos, sé una dama, ¿Qué es una dama? El bigotillo de preadolescente de mi primo. Hace calor, ¿no?, Sí, bastante, mi primo sacándose la remera y el pantalón antes de meterse al estanque, yo en la orilla mirándolo mientras nadaba, él ya tenía pelos en las axilas y yo ya me los tenía que afeitar con la maquinita de mi papá, me parecían impresentables, Dale, vení, No, gracias. Mi prima prestándome sus muñecas, Pero cuidámelas, ¿eh?, Sí, obviamente, como si fueran mías, No, no, con más cuidado todavía. Mi primo acariciándome el cabello mientras estábamos acostados bajo el sol sobre la hierba a la orilla del estanque, mis ojos cerrados, yo acariciando su brazo con mi mano, su dedo índice siendo tamborileados sobre mi estómago, sus labios besando mis orejas, mis ojos cerrados, la punta de mi nariz, mis labios, su lengua en mi boca, él encima de mí, sacándome la remera y recorriendo con su boca mi tórax, desde el cuello hasta el ombligo, ¿Está bien esto, Ernesto? Sí, sí, eso creo, sí, Bueno, si estás seguro seguí, en vos confío, dale primito, seguí, él bajándose el pantalón, él desnudo, Ernesto desnudo, Ernesto sacándome el resto de la ropa, un beso, dos besos, tres, el agua quieta como único testigo. Los días siguientes, merendando con Blanca mientras mirábamos alguna telenovela, cómo todo seguía como si nada; las noches siguientes –no todas– yendo a su casa, besándolo nuevamente, repitiendo el proceso pero sin avanzar, hasta que un día Te quiero mucho pero no quiero que sigamos haciendo esto, está mal, somos primos, Pero si nos queremos, Ernesto, Yo también te quiero, pero no está bien, basta, basta, Bueno.
Ya nada me quedaba después de que Ernesto decidiera dejar de tenerme, pero me fui de Chaco apenas terminé el secundario, por suerte. Venía ahorrando desde que había ingresado en la adolescencia, y jamás había gastado desde entonces un centavo en mí. Si quería ropa, por ejemplo, esperaba a mi cumpleaños o a la Navidad. Mi único objetivo era tener buenas o excelentes calificaciones para que mis padres no me molestaran y huir, huir de una vez por todas de ese pueblo, de esa provincia, de esa familia de mentes cuadradas por la tradición, y llegar a la Capital que se perfilaba diariamente en mi mente como un paraíso, como un sueño.
Llegué a Buenos Aires sin contactos, sin idea de nada y sin un lugar donde vivir. Mientras me buscaba un trabajo digno, me prostituí durante menos de dos meses, hasta que logré alquilar un flamante monoambiente en el barrio de Almagro. Al-ma-gro. Cada vez que pronuncio esa palabra, sonrío, pues la siento como mi primera casa verdadera, la primera vez en la que me permití ser quien quería ser.
No sólo había logrado alquilar un lugar, sino que además ya tenía un trabajo nuevo en una oficina. Tuve que insistir en una veintena de lugares, más o menos, hasta que logré encontrar ese sitio. De todos modos, Buenos Aires era una fiesta, no me importaba caminar. Caminaba para dejar mi currículum en varios lugares, y de paso aprovechaba y me aprendía las calles. No sólo podía usar telas delicadas para ir al trabajo, en forma de trajecitos o vestiditos frescos y frágiles, sino que podía maquillarme sin preocuparme por tener que ensuciarme con los animales o las plantas. No tenía por qué ponerme zapatillas raídas para ordenar la granja: era libre de calzar zapatos de taco.
La culpa invadió mi cuerpo, rápida como un relámpago. Algo me llamaba a volver a mi provincia, era casi un deber. Tenía una especie de deuda con mi primo, yo lo quise mucho y él a mí también, o por lo menos eso me había gustado creer siempre. Era el único que había logrado dejar una marca imborrable, una sombra que me siguió con menor o mayor intensidad, pero siempre.
Decidí ir. Apenas hube terminado de peinarme, salí disparada a comprar un pasaje para esa misma noche. Lo conseguí sin problema, como era de esperarse. Durante el viaje, mis nervios no me dejaron dormir. ¿Cómo estaría Carlota ahora? ¿Los cuerpos estarían muy desfigurados? ¿El funeral sería a cajón abierto o cerrado? ¿La boca de Ernesto seguiría siendo la misma? Eso esperaba, sería lindo ver que un recuerdo, uno de los pocos recuerdos buenos seguía igual, ¿no?
Me bajé en la terminal y en unos minutos conseguí un remís que me llevó hasta el pueblito donde vivía lo que quedaba de mi familia. Los edificios bajos y las casas se iban desdibujando a través de los vidrios del auto, mientras nos distanciábamos de la ciudad. Ahora las construcciones eran menos frecuentes, una casa se veía cada tanto, parada, sola, en la ruta.
En el auto, ingresamos a un camino no asfaltado y vislumbré la que había sido mi casa. Pasamos rápido, no había nadie y tampoco era mi intención pedirle al chofer que se detuviera. La ruta estaba contorneada por pastos altos y campos de trigo seco.
Llegamos a la casa de mi tía. Las piernas me temblaban, tragaba saliva constantemente como si se tratara de comprobar que tenía garganta. Le pagué al hombre, le dije que se quedara con el vuelto y se fue luego de ayudarme a bajar mi valija. Contemplé la casa: era blanca, con tejas de un color rojo gastado. Era algo grande, con un piso solo pero seguía hacia el fondo. Como siempre. Un perro resguardaba la entrada, pero yo no lo conocía. Me gruñó por lo bajo, pero estaba tan cansado que ni siquiera se puso de pie.
Me animé a tocar la puerta. Sentía mi corazón galopar. Al rato, mi tía salió. Estaba más arrugada que siempre, avejentada, con la mirada triste pero profunda como hacía quince años antes. A la vieja usanza, en su brazo tenía una cinta negra, exhibiendo el luto. Su piel estaba tostada por el sol. Sus ojos parecían casi ciegos, en búsqueda constante de algo, sin mirar fijo a nada. Las encías estaban aun más vacías que antes. Todo aquello me resultaba familiar y completamente lejano al mismo tiempo.
–Hola–saludé.
–Hola. ¿Qué quiere? ¿Quién es usted?–inquirió de forma brusca.
–Soy la novia de Carlitos–dije, extendiendo la mano.
En lugar de recibirla, me abrazó muy fuerte y comenzó a reír alegre. Los ojos le lloraban de la emoción.
–¡Vinieron…! ¡Qué linda sos! Él no nos llamó ni nada desde que se fue, así que no sabía que estaba en pareja. ¿Y dónde está Carlitos?–preguntó, pispeando detrás de mi espalda–Hace años que no lo veo. Me muero por verlo, con lo buen mozo que era. Debe estar muy cambiado, igual. Le tengo que mostrar la pelota de fútbol con la que jugaba con el Ernesto, cuando los dos eran unos chiquilines… la sigo guardando.

Autor: Logroño

Pequeño y extraño ser


Me desperté y miré hacia la ventana. Había un bicho extraño. Tenía unas alas hermosas, maravillosas, eran de color plateado mezclado rosa, lila y celeste. Poseía un cuerpito negro y pequeñito. No me asustó, al contrario, me causó mucho agrado. Me acerqué e intenté acariciarlo, pero me mordió. Salió volando. 
 A los pocos minutos sentí un sufrimiento inexplicable, me ardía la lastimadura. Gritaba y lloraba. Con dolor de cabeza, fui al baño, me lavé las manos con toda calma, y ya tranquila, regresé al sillón. 
 Me puse a meditar qué era lo que había sucedido, no lo comprendía. ¿Había sido producto de mi imaginación? No lo creía, la marca de sus dientes estaba en mi dedo.
 De pronto, todo lo que estaba a mi alrededor comenzó a agrandarse. La verdad era que me estaba achicando. En el piso encontré una cuchara, en la que me pude reflejar. Me había convertido en el mismo ser que ella. Era pequeñita y tenía alas. No podía creerlo.
 Salí volando por la ventana. Era feliz. El sueño de toda mi vida se había cumplido. Yo volaba.

Autor: I. A.

La lechuza


  Soporté todo menos lo de ayer.
 Eran las tres de la mañana. Sólo quería dormir, pero no podía a causa de su perturbadora presencia. Esos ojos, negros y paralizados, me atormentaban, ni siquiera pestañaban. Me levanté, abrí la ventana y la empujé. Perdón, creí que iba a volar, pero cayó y lamentablemente falleció.
 Hoy me asomé al balcón la vi con sus plumas revueltas. Sus ojos seguían abiertos y todavía causaban esa horrible sensación. A su lado, sangre.

Autor: I. A.

Diana


La penumbra del bar no me molestaba, y creo que el ambiente neblinoso por el humo del tabaco y el tango viejo y gastado, al igual que la voz del hombre que cantaba, eran un fiel reflejo de mi corazón. Había llegado hasta allí caminando por la ciudad sin rumbo, y con la única intención de alejarme de mi casa y de lo que ella significaba, o, mejor dicho, de lo había significado cuando Amalia vivía allí conmigo, cuando éramos eternos, cuando nos quisimos en medio de un mundo que se venía abajo y no nos importaba.
Tal vez por querer escapar de todo aquello recorrí barrios y zonas extrañas para mí, y cuando la noche se hizo más profunda y más fría decidí refugiarme en la primera puerta que se me abriera. El sonido de la música me guió hasta el bar “París”, cuyo nombre no hacía otra cosa que jugarle una broma de mal gusto a quien alguna vez había recorrido las calles y los salones de la ciudad europea, y en mi caso me remitió al recuerdo persistente y triste del amor perdido. Un tanto desorientado, me acerqué a una mesa apartada, sintiendo el calor pesado del lugar y deseando formar parte de ese conglomerado de seres nocturnos para los que el tiempo no existía entre la bruma, las copas, las caricias frías y el encierro sombrío producido por la falta de ventanas.
Por un momento esperé que algún empleado se acercara y me ofreciera un trago, pero luego me percaté de que no había ninguno. Todos los clientes confluían en la barra de madera oscura y mármol gastado, de donde provenían las bebidas y donde un sujeto barbudo, vestido con ropas de otra época manchadas de alcohol y de tiempo atendía a los visitantes.
Me levanté y mientras caminaba lentamente hacia el centro del bar, observé las demás mesas, y a los hombres y mujeres que las ocupaban y disfrutaban de licores misteriosos y se entregaban al amor casual y furioso con total libertad y pasión, sabiéndose anónimos y disfrazados por la madrugada y el humo.
A medida que me acercaba a la barra, la neblina se disipaba, como dándome la bienvenida, y cuando al fin pude ver al hombre que atendía los pedidos, me di cuenta de que era un anciano viejísimo, y que su barba y sus ojos eran tan grises y antiguos como el mármol sobre el que entregaba los tragos. Una joroba le deformaba la espalda, y sus ropas habían sido utilizadas en el siglo pasado. Sin saber muy bien cómo dirigirme a un empleado tan extravagante, pensé en pedirle un whisky clásico, y como si hubiera escuchado mis reflexiones, me lo entregó antes de que se lo ordenara. Mi asombro era tan grande que, apenas alcancé a agradecerle, él ya estaba atendiendo a otros clientes, que tampoco le dirigían la palabra, y se limitaban a esperar que les entregaran las bebidas que deseaban.
Mientras regresaba a mi mesa, el cantante de tango interpretaba desde algún lejano confín del lugar, una pieza olvidada y triste.


si él no la vio,
 ya no la verá,
si él no le habló,
ya no le hablará,
la pena del amor,
es siempre olvidar…

Bajo la iluminación mortecina, que invadía el bar con una luz cruel, me abrí paso en la bruma pensando que esos versos estaban dirigidos a mí, que mi llegada al “París” no había sido producto del azar, y cuando pude vislumbrar mi mesa, observé que la silla en la que me había sentado a esperar a un empleado que nunca vendría, estaba ahora ocupada por una mujer joven.
Tenía una belleza casi inhumana, que me remitió a la mitología antigua, donde existían seres cuya hermosura le era inalcanzable a los mortales. Y sin embargo, estaba sentada en el sitio que yo había elegido, como esperando a que regresara. Sus cabellos rubios brillaban, y sus ojos azules y melancólicos me observaban como esperando una respuesta a una pregunta que nunca había formulado. Me senté a su lado, en una silla que ella había aproximado, anticipando mi retorno.
Le observé la cara, sus facciones perfectas, su piel blanca y resplandeciente, su pelo de oro, sus labios pequeños y gentiles, sus ojos profundos, inteligentes y expectantes, pero también enormemente tristes. Creo que le pregunté quién era, le dije mi nombre y cuando le ofrecí ir a buscarle algo para tomar me habló por primera vez.
Su voz tenía una musicalidad desteñida por el alcohol, pero aún en ese estado de depresión y pena, había en su entonación un dejo de felicidad. “Soy Diana” me dijo, y sus ojos se encendieron.
La música se fue alejando, como si lentamente nos estuviéramos desprendiendo del bar, y el humo y los sonidos se disiparon entre nosotros. Las marcas lacerantes en su mirada y sus gestos del amor me hicieron acordar a las mías, ambos sabíamos que nuestro dolor era el mismo. Pensé, con rabia, quién podía haber herido a una mujer así, qué ser despreciable la había hecho sufrir, y quise ayudarla.
Ella me miraba con intriga, y le pregunté quién la había engañado. Pareció sorprendida por mi pregunta, y su boca esbozó una leve, casi imperceptible sonrisa de calma. “Sabía que eras vos, Julián”, me respondió. “Sabía que me podías entender”. Tomé un sorbo de whisky, y nos miramos un rato largo, que pudieron ser horas, días, años, y sin embargo el tiempo no nos importaba, no existía para nosotros.


Nadie pude esconderse
nadie puede escapar
el mundo es una ilusión
un lento transitar…

¿Por qué me esperaste? ¿Por qué me elegiste a mí? Le pregunté, luego de mirarnos, y sentirnos, mientras nuestros dolores se extinguían. Me respondió suavemente, con un beso delicado y un susurro al oído: “En la vida nadie elige a nadie, el azar y el instinto nos hacen, el resto son mentiras”.
El silencio nos cubrió nuevamente, pero nuestras miradas y nuestros pensamientos se encontraban a cada instante, con una intensidad intacta a pesar del cansancio. Ya no recordaba por qué estaba allí, qué era ese lugar, y tampoco me importaba. Diana era el mundo y mientras estuviera a mi lado mi vida transcurriría en un presente utópico entre la neblina, la madera oscura y la noche y los días. Creo que hubo un momento en el que ella se apoyó sobre mí y durmió y fue mía completamente y pude sentir su respiración lenta y suave, tranquila, y sólo entonces sentí que estaba agotado. Con ella entre mis brazos me entregué a la inconsciencia, y tuve un sueño profundo, que duró hasta que la luz de la tarde se filtró por alguna abertura del techo o las puertas y mis ojos pudieron ver con mayor claridad los tapices derruidos, las mesas sucias y el piso inundado de vidrios rotos y bebidas derramadas. Sentí con una indescriptible sensación de vértigo la ausencia de otro cuerpo sobre el mío, y rápidamente se lo atribuí al resultado de un sueño, una pesadilla producida por la resaca.
Salí del “París” con un profundo dolor de cabeza y la luz del sol me encegueció por unos instantes. No recordaba demasiado los hechos y circunstancias que me habían llevado hasta ese lugar, y mientras me alejaba hacia mi casa intentaba recordar aquel sueño tan real que había vivido y que me traía a la mente la imagen difusa de una mujer cuyos rasgos no lograba descifrar, pero que se llamaba Diana, y con la que había sido feliz. 

Autor: Eduardo Santos.

El intruso


Era esa hora en que el mundo entero, con todas sus mínimas cosas, decide quedarse dormido, detenerse durante horas eternas tendido bajo el negro y estrellado firmamento. Las hojas secas temblaban con el viento, que soplaba fuerte y se escurría por entre las calles solitarias.
   José se sentía especialmente desconsolado. Lo habían echado precipitadamente del último bar en que había estado tan solo porque no era fin de semana y ese día cerraban más temprano, eran incapaces de ser condescendientes para con un pobre tipo como él en una noche tan vacía de emoción. Lo habían empujado sin contemplaciones a las calles, que lo recibieron con la misma poca amabilidad. Manzanas despobladas con carteles luminosos por doquier.
   José veía todo borroso. Sus pies lo conducían sin rumbo, enredándose sobre sí mismos, haciéndolo avanzar de la manera más torpe. Lo que hubiera alrededor realmente no importaba mucho, porque era difuso y resultaba indiferente frente a sus propios problemas. De pronto se dijo que ya no tenía sentido vagar, que quería ir hacia alguna parte. Intentó pensar en algo, pero la fuerte jaqueca se lo impedía, y decidió que lo más sencillo era volver a su casa, por el momento era su única y mejor opción.
   Se encaminó entonces, sin saber bien cómo, hacia allí. Trató de recordar las calles, pero no pudo, y veía todo tan confuso que de nada le servía la memoria visual. Tardó, por consiguiente, mucho más de lo aceptable para una distancia tan corta.
   Por fin vislumbró la buscada puerta. Torpemente se acercó a ella, tanteando en busca del pomo. Estaba más abajo de lo que esperaban sus manos.
   Entonces algo extraño empezó a asediarlo. Una presencia, tal vez salida de su propia imaginación o quizás tan real como él mismo. No podía atinar a descifrarlo, el pánico lo dominó y comenzó a girar el pomo desesperadamente, pero a la vez se le resbalaba entre sus sudorosas manos. Detrás de él, quizás…
   La puerta cedió tras sus esfuerzos y ni bien se abrió, él se precipitó al interior de la casa como si lo hubiese empujado el exterior.
   Allí todo se veía tan cálido… Pero, por alguna razón, la presencia no se iba. Aprovechó que acababa de entrar y que apenas había prendida una tenue y amarillenta luz de velador para esconderse. Se tiró detrás de un sofá y aguardó, agazapado. No vio nada, tan solo la luz delineando los negros objetos dispersos por todas partes.
   Levantó un poco la cabeza, ya sospechando que solo había sido producto de su mente. Pero al hacerlo vislumbró frente a él, sobre la iluminada pared contraria, una figura que se movía. Esperó nuevamente en su escondite y nada pasó. Supuso que el intruso estaría en un lugar donde él podría observarlo sin ser descubierto y buscó con la mirada en todos los rincones, sin obtener resultado. Tenía que hacerlo reaccionar de alguna manera.
   Sobre una mesa había un mantel y tiró de él con el objetivo de generar un estruendo que distrajera a la curiosa presencia. Aprovechó el momento para arrastrarse hacia el otro extremo del sofá, donde había otra pequeña mesilla donde guardaba una pistola para casos de emergencia. Miró de reojo mientras sus dedos rebuscaban en el cajón: la figura se movía frenéticamente, como buscando algo. José sentía que le quedaba poco tiempo antes que lo encontrara.
   Pero por fin dio con el arma. Sus manos tomaron el frío metal y, actuando a la velocidad de un impulso, disparó y se hizo un hueco en la pared. Pero también, sorprendentemente, lo mismo hizo su oponente.
   José sintió que una bala furiosa y ardiente atravesaba su costado. Su cuerpo cedió y se desplomó de lado sobre el piso, sobre su propia sangre, que empezaba a brotar. Y desde allí creyó ver, quizás sí, quizás no, que su sombra se desvanecía con él, sin dejar ningún hueco en la pared.


Autor: Mapache.

Final feliz


Estaba lavando ya el octavo y último plato cuando escuché los pasos. Asomé la cabeza por la ventana y la vi venir, directamente hacia la cabaña.
Sentí como el alivio y la felicidad inundaban mi cuerpo. Incluso había llegado a pensar que no vendría nunca. ¡Hacía tanto que la estaba esperando!
Guardé el plato en la alacena y me preparé para recibirla. En medio de mi nerviosismo, me animé a asomar la cabeza una vez más, para verla mejor. Tengo que admitir que mi madrastra estaba bien disfrazada. Su cabello era ahora blanco, estaba vestida con ropas viejas y mugrientas, y su postura inclinada y lentitud al andar denotaban una edad avanzada que no tenía. Incluso se había preocupado por que los rasgos de su cara, ahora arrugada y algo pálida, parecieran lo más dulces posible. Realmente se veía como una anciana triste e inocente.
Pero entonces la vi pestañar, y lo vi. ¡Allí, en sus ojos! Duró casi un instante, pero en efecto, ahí estaba: era aquel brillo de maldad, maldad en su estado más puro, que apareció en su mirada azul y gélida al mirar hacia mi hogar, y que tantas veces había tenido que soportar mientras vivía en el castillo. Estoy segura de que, incluso en otras circunstancias y sin saber que se trataba de ella, con ese solo destello de luz hubiera adivinado su identidad.
Mientras yo hacía estas reflexiones, la anciana había llegado hasta la casa y estaba tocando la puerta.
Antes de abrir, me miré al espejo y ensayé una sonrisa inocente, propia de quien no sabe que su madrastra malvada ha encontrado su escondite y planea matarla. Me salía a la perfección. Siempre me habían dicho que, si no fuera princesa, tendría que dedicarme a la actuación.
Finalmente abrí la puerta y con toda dulzura y cortesía le pregunté qué necesitaba. Ella me dijo que era una anciana pobre y viuda, que había tenido una vida llena de desgracias y que su única felicidad consistía en vender manzanas a las jovencitas. “Especialmente a muchachas bonitas, como tú”, agregó con un guiño de complicidad.
Todo mentira, por supuesto. A mí me dieron ganas de reír. “Si supiera que lo sé todo…”, pensé divertida.
“Pero como tú pareces ser una niña especialmente generosa”, prosiguió, “te regalaré una manzana”. Yo la miré fijamente. Ella también era una excelente actriz.
Entonces abrió un saco que llevaba con ella y sacó la manzana, perfecta, roja y deslumbrante. Pero a mí no me atraía por su aspecto maravilloso, sino porque sabía lo que ella significaba, y lo que pasaría después de que la mordiera. Sabía que iba a caer inconsciente y que así me encontrarían los enanos, en un limbo entre la vida y la muerte. Ellos llorarían por mí y probablemente permanecería en ese estado dos o tres días, los suficientes hasta que ellos construyeran un lugar de vidrio, donde velarme en algún claro del bosque.
Y en ese momento ocurrirá. Primero se bajará del caballo. Luego se acercará lentamente. Entonces me mirará a los ojos… ¡Ay, por fin! ¡Mi príncipe!
Desde siempre lo había imaginado, ya que por supuesto aún no lo conocía. Pero en sueños veía su capa, sus botas, su rostro apuesto y su mirada profunda… Él vendría para salvarme del hechizo, y luego me subiría a su caballo y cabalgaríamos juntos hacia el castillo, donde nos casaríamos.
Y es que es así. Desde su nacimiento, cada princesa está destinada a una historia de amor maravillosa, a que el príncipe de sus sueños se presente en el momento oportuno para salvarla de algún terrible peligro, y a enamorarse de él, casarse y vivir felices por siempre. Cada princesa sabe esto, y sabe también que cuando algo malo le va a suceder, allí estará su príncipe, para rescatarla. Por eso yo me escondí en la casa de los enanos, sabiendo que mi madrastra me iba a encontrar, y no es muy difícil de suponer que, siendo una bruja malvada, utilice una manzana envenenada para librarse de mí. Pero también sabía que, cuando llegue el momento, allí entrará en acción mi príncipe, quien al verme me besará y despertará, como en un cuento de hadas. Y el momento estaba tan cerca. Iba a conocer a mi alma gemela, a quien amaría desde lo más profundo de mi corazón y con quien compartiría el resto de mis días. Era probablemente el hecho más importante de mi vida entera.
Finalmente tomé la manzana entre mis manos. Me costaba disimular mi emoción. Lentamente la giré, la acaricié, la sentí. Por fin la acerqué a mis labios. Y antes de dar el mordisco fatal miré a la bruja. Concentrada en mis acciones había descuidado su actuación, sus manos se unían en malvada ambición y una expresión terrible inundaba su rostro. No pude reprimir una sonrisa de satisfacción. Al fin y al cabo, yo sí era mejor actriz que ella. Y entonces mordí la manzana.
Al principio todo estaba oscuro. Sentía sus labios húmedos apoyados suavemente sobre los míos, su respiración lenta y pausada, su cuerpo inclinado sobre mí. Cuando nuestros labios se separaron, abrí los ojos y me incorporé.
Él estaba a mi lado, sonriente, mejor aún de lo que había imaginado. Con caballerosidad me ayudó a pararme, tomó mis manos y me miró a los ojos.
Y entonces lo sentí. Con delicadeza aparté las manos. No se necesitaron palabras. Él lo entendió a la perfección.
Nos despedimos con una mirada. Mientras caminaba hacia el bosque, lo vi subirse a su caballo e irse para siempre, tal vez en busca de otra princesa. Estaba segura. Él no era el indicado. Pero pronto lo encontraría. Y en busca de mi verdadero príncipe me interné entre los árboles.

Autor: Dadá.

En busca de la tercera dimensión


Cristales acomodados en un orden perfecto; sustancias de todos los colores en pleno proceso, sustancias en reposo. Armarios y heladeras contienen futuras promesas. El frío invade  al entrar, pero luego  de unos minutos el cuerpo se aclimata y ya sos parte de ese místico, paradójicamente, lugar. Los  conocimientos manejan  esos  extraños elementos como extensiones de su propio cuerpo, cuerpos que ahora armonizan perfectamente con la sala.
Los delantales blancos se pasean de un lado de otro, discuten entre sí. Sostienen esos líquidos, los vuelcan nuevamente, esperan. Ansiosos, pero esperan. No es cuestión de horas, pueden ser días. Pero allí dentro el tiempo es medido en información, en datos, en descubrimientos. El tiempo: el enemigo del hombre inteligente, del curioso,  del científico. A veces la espera se torna mínima, reaccionan en cuestión de segundos, pero todos esos hombres ya lo saben: parece ser que nada les sorprende. Movimientos meticulosamente estudiados. Algún pionero, se atrevía en noches de soledad a probar, a jugar como un niño, a crear, a inventar. 
Fusión de átomos distintos, nunca lo habían imaginado ¡lo lograron! ¿Qué significa? , se preguntan. ¿Qué significa traer al mundo algo que no existe?¿ Que es aquello, un invento?¿Es posible eso, es posible inventar , crear, en materia tan racional y exacta? Esos cuestionamientos rondan entre sus pensamientos, suelen escuchar que el químico no es creativo pero allí estaba la demostración. La creatividad y la imaginación funcionan en pos de averiguar los cálculos necesarios, la inteligencia, de resolverlos.
En sus corazones agita la hinchada,  aturdida de emociones por eso que esperaban y se hizo realidad, pero su expresión sólo deja ver el relato del comentarista. Allí está, frente a sus ojos finalmente.  Ese segundo maravilloso ¿qué significa? Ahí lo tienen, por vez primera.  Horas, días, años de estudio, de trabajo, de paciencia. Nuevas  oportunidades,  triunfo,  reconocimiento.  No es sólo eso, un elemento más está presente en ese gratificante momento, pero también en cada ensayo, en cada charla, en cada conferencia. En cada uno de los cálculos matemáticos, y en cada uno de esos líquidos viscosos, de esos metales brillosos, de esos gases dispersos.
No podemos remontarnos al origen de la pulseada histórica, pero allí están sus manos entrelazadas ante cada descubrimiento. La fuerza de ese lazo: el conocimiento y los argumentos que lo mueven, ¿cuál será el más fuerte?
La mano divina, acompañada por el poder divino parece irrefutable ¿Quién podría cuestionar el dogma?
La mano de la razón acompañada por el poder de la lógica parece irrefutable. ¿Quién podría cuestionar lo visible?
Un poder contra el otro, una verdad contra la otra, la razón contra el espíritu.
Un nuevo elemento que trasciende las barreras de la naturaleza es el desafío, un elemento que ha sido creado superando los límites, inmerso en un nuevo lugar , en nueva dimensión del pensamiento.
 ¿A dónde ha llegado la capacidad humana? ¿Hacia dónde se dirige?¿Cuáles son las nuevas limitaciones?
La ciencia recarga sus fuerzas, en ese instante maravilloso, o más que maravilloso podría tildarse de racional y la otra mano se acerca lenta pero constante hacia el desprestigio infinito, hacia la eterna pérdida de valor. El juego avanza, el tiempo corre y la distancia se achica.
En otros tiempos, en épocas de Reinos y poder descontrolado la religión no daba lugar al juego.  La mano científica caía rendida en océanos de sangre y dolor, en reloj de tortura si la institución así lo deseaba. Si sus leyes se contraponían al poder religioso, el camino de la desaparición era asegurado.
El tiempo ha olvidado todo esto, y tal vez muchas historias más que se han perdido en el largo camino de la historia. Leyes religiosas que regían a la sociedad, hoy se convierten en hipótesis cuestionables. El tiempo ha hecho su labor, la ciencia trabaja a la par y el misterioso mundo religioso, lejos  de ser olvidado, es observado desde una crítica mirada.
Como un preparado, en reposo. Sobre el delicado microscopio se sitúa. Giran la perilla, otra vez, los delantales blancos y los observan desde diversos ángulos: historias de la creación, del poder absoluto, de la perfección, la fe y la esperanza, el milagro y la salvación, el cielo y el infierno... Pero en la sala contigua, contradicen los conceptos, se analizan los materiales, las temperaturas, las relaciones energéticas.
Aún no trabajan en la tercera sala, el tercer laboratorio capaz de descubrir el punto de fusión, de estabilidad, de convivencia entre las dos anteriores.
¿Existirá o será simplemente, que la pulseada está llegando a su fin?


Autor: Akuychis