La penumbra del bar no me molestaba, y creo que el ambiente
neblinoso por el humo del tabaco y el tango viejo y gastado, al igual que la
voz del hombre que cantaba, eran un fiel reflejo de mi corazón. Había llegado
hasta allí caminando por la ciudad sin rumbo, y con la única intención de
alejarme de mi casa y de lo que ella significaba, o, mejor dicho, de lo había
significado cuando Amalia vivía allí conmigo, cuando éramos eternos, cuando nos
quisimos en medio de un mundo que se venía abajo y no nos importaba.
Tal vez por querer escapar de todo aquello recorrí barrios y zonas
extrañas para mí, y cuando la noche se hizo más profunda y más fría decidí
refugiarme en la primera puerta que se me abriera. El sonido de la música me
guió hasta el bar “París”, cuyo nombre no hacía otra cosa que jugarle una broma
de mal gusto a quien alguna vez había recorrido las calles y los salones de la
ciudad europea, y en mi caso me remitió al recuerdo persistente y triste del
amor perdido. Un tanto desorientado, me acerqué a una mesa apartada, sintiendo
el calor pesado del lugar y deseando formar parte de ese conglomerado de seres
nocturnos para los que el tiempo no existía entre la bruma, las copas, las
caricias frías y el encierro sombrío producido por la falta de ventanas.
Por un momento esperé que algún empleado se acercara y me
ofreciera un trago, pero luego me percaté de que no había ninguno. Todos los
clientes confluían en la barra de madera oscura y mármol gastado, de donde
provenían las bebidas y donde un sujeto barbudo, vestido con ropas de otra
época manchadas de alcohol y de tiempo atendía a los visitantes.
Me levanté y mientras caminaba lentamente hacia el centro del bar,
observé las demás mesas, y a los hombres y mujeres que las ocupaban y
disfrutaban de licores misteriosos y se entregaban al amor casual y furioso con
total libertad y pasión, sabiéndose anónimos y disfrazados por la madrugada y
el humo.
A medida que me acercaba a la barra, la neblina se disipaba, como
dándome la bienvenida, y cuando al fin pude ver al hombre que atendía los
pedidos, me di cuenta de que era un anciano viejísimo, y que su barba y sus
ojos eran tan grises y antiguos como el mármol sobre el que entregaba los
tragos. Una joroba le deformaba la espalda, y sus ropas habían sido utilizadas
en el siglo pasado. Sin saber muy bien cómo dirigirme a un empleado tan
extravagante, pensé en pedirle un whisky clásico, y como si hubiera escuchado
mis reflexiones, me lo entregó antes de que se lo ordenara. Mi asombro era tan
grande que, apenas alcancé a agradecerle, él ya estaba atendiendo a otros
clientes, que tampoco le dirigían la palabra, y se limitaban a esperar que les
entregaran las bebidas que deseaban.
Mientras regresaba a mi mesa, el cantante de tango interpretaba
desde algún lejano confín del lugar, una pieza olvidada y triste.
si él no la vio,
ya no la verá,
si él no le habló,
ya no le hablará,
la pena del amor,
es siempre olvidar…
Bajo la iluminación mortecina, que invadía el bar con una luz
cruel, me abrí paso en la bruma pensando que esos versos estaban dirigidos a
mí, que mi llegada al “París” no había sido producto del azar, y cuando pude
vislumbrar mi mesa, observé que la silla en la que me había sentado a esperar a
un empleado que nunca vendría, estaba ahora ocupada por una mujer joven.
Tenía una belleza casi inhumana, que me remitió a la mitología
antigua, donde existían seres cuya hermosura le era inalcanzable a los
mortales. Y sin embargo, estaba sentada en el sitio que yo había elegido, como
esperando a que regresara. Sus cabellos rubios brillaban, y sus ojos azules y
melancólicos me observaban como esperando una respuesta a una pregunta que
nunca había formulado. Me senté a su lado, en una silla que ella había
aproximado, anticipando mi retorno.
Le observé la cara, sus facciones perfectas, su piel blanca y
resplandeciente, su pelo de oro, sus labios pequeños y gentiles, sus ojos
profundos, inteligentes y expectantes, pero también enormemente tristes. Creo
que le pregunté quién era, le dije mi nombre y cuando le ofrecí ir a buscarle
algo para tomar me habló por primera vez.
Su voz tenía una musicalidad desteñida por el alcohol, pero aún en
ese estado de depresión y pena, había en su entonación un dejo de felicidad.
“Soy Diana” me dijo, y sus ojos se encendieron.
La música se fue alejando, como si lentamente nos estuviéramos
desprendiendo del bar, y el humo y los sonidos se disiparon entre nosotros. Las
marcas lacerantes en su mirada y sus gestos del amor me hicieron acordar a las
mías, ambos sabíamos que nuestro dolor era el mismo. Pensé, con rabia, quién
podía haber herido a una mujer así, qué ser despreciable la había hecho sufrir,
y quise ayudarla.
Ella me miraba con intriga, y le pregunté quién la había engañado.
Pareció sorprendida por mi pregunta, y su boca esbozó una leve, casi
imperceptible sonrisa de calma. “Sabía que eras vos, Julián”, me respondió.
“Sabía que me podías entender”. Tomé un sorbo de whisky, y nos miramos un rato
largo, que pudieron ser horas, días, años, y sin embargo el tiempo no nos
importaba, no existía para nosotros.
Nadie pude esconderse
nadie puede escapar
el mundo es una ilusión
un lento transitar…
¿Por qué me esperaste? ¿Por qué me elegiste a mí? Le pregunté,
luego de mirarnos, y sentirnos, mientras nuestros dolores se extinguían. Me
respondió suavemente, con un beso delicado y un susurro al oído: “En la vida
nadie elige a nadie, el azar y el instinto nos hacen, el resto son mentiras”.
El silencio nos cubrió nuevamente, pero nuestras miradas y
nuestros pensamientos se encontraban a cada instante, con una intensidad
intacta a pesar del cansancio. Ya no recordaba por qué estaba allí, qué era ese
lugar, y tampoco me importaba. Diana era el mundo y mientras estuviera a mi
lado mi vida transcurriría en un presente utópico entre la neblina, la madera
oscura y la noche y los días. Creo que hubo un momento en el que ella se apoyó
sobre mí y durmió y fue mía completamente y pude sentir su respiración lenta y suave,
tranquila, y sólo entonces sentí que estaba agotado. Con ella entre mis brazos
me entregué a la inconsciencia, y tuve un sueño profundo, que duró hasta que la
luz de la tarde se filtró por alguna abertura del techo o las puertas y mis
ojos pudieron ver con mayor claridad los tapices derruidos, las mesas sucias y
el piso inundado de vidrios rotos y bebidas derramadas. Sentí con una
indescriptible sensación de vértigo la ausencia de otro cuerpo sobre el mío, y
rápidamente se lo atribuí al resultado de un sueño, una pesadilla producida por
la resaca.
Salí del “París” con un profundo dolor de cabeza y la luz del sol
me encegueció por unos instantes. No recordaba demasiado los hechos y
circunstancias que me habían llevado hasta ese lugar, y mientras me alejaba
hacia mi casa intentaba recordar aquel sueño tan real que había vivido y que me
traía a la mente la imagen difusa de una mujer cuyos rasgos no lograba
descifrar, pero que se llamaba Diana, y con la que había sido feliz.
Autor: Eduardo Santos.
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