miércoles, 24 de abril de 2013

Diana


La penumbra del bar no me molestaba, y creo que el ambiente neblinoso por el humo del tabaco y el tango viejo y gastado, al igual que la voz del hombre que cantaba, eran un fiel reflejo de mi corazón. Había llegado hasta allí caminando por la ciudad sin rumbo, y con la única intención de alejarme de mi casa y de lo que ella significaba, o, mejor dicho, de lo había significado cuando Amalia vivía allí conmigo, cuando éramos eternos, cuando nos quisimos en medio de un mundo que se venía abajo y no nos importaba.
Tal vez por querer escapar de todo aquello recorrí barrios y zonas extrañas para mí, y cuando la noche se hizo más profunda y más fría decidí refugiarme en la primera puerta que se me abriera. El sonido de la música me guió hasta el bar “París”, cuyo nombre no hacía otra cosa que jugarle una broma de mal gusto a quien alguna vez había recorrido las calles y los salones de la ciudad europea, y en mi caso me remitió al recuerdo persistente y triste del amor perdido. Un tanto desorientado, me acerqué a una mesa apartada, sintiendo el calor pesado del lugar y deseando formar parte de ese conglomerado de seres nocturnos para los que el tiempo no existía entre la bruma, las copas, las caricias frías y el encierro sombrío producido por la falta de ventanas.
Por un momento esperé que algún empleado se acercara y me ofreciera un trago, pero luego me percaté de que no había ninguno. Todos los clientes confluían en la barra de madera oscura y mármol gastado, de donde provenían las bebidas y donde un sujeto barbudo, vestido con ropas de otra época manchadas de alcohol y de tiempo atendía a los visitantes.
Me levanté y mientras caminaba lentamente hacia el centro del bar, observé las demás mesas, y a los hombres y mujeres que las ocupaban y disfrutaban de licores misteriosos y se entregaban al amor casual y furioso con total libertad y pasión, sabiéndose anónimos y disfrazados por la madrugada y el humo.
A medida que me acercaba a la barra, la neblina se disipaba, como dándome la bienvenida, y cuando al fin pude ver al hombre que atendía los pedidos, me di cuenta de que era un anciano viejísimo, y que su barba y sus ojos eran tan grises y antiguos como el mármol sobre el que entregaba los tragos. Una joroba le deformaba la espalda, y sus ropas habían sido utilizadas en el siglo pasado. Sin saber muy bien cómo dirigirme a un empleado tan extravagante, pensé en pedirle un whisky clásico, y como si hubiera escuchado mis reflexiones, me lo entregó antes de que se lo ordenara. Mi asombro era tan grande que, apenas alcancé a agradecerle, él ya estaba atendiendo a otros clientes, que tampoco le dirigían la palabra, y se limitaban a esperar que les entregaran las bebidas que deseaban.
Mientras regresaba a mi mesa, el cantante de tango interpretaba desde algún lejano confín del lugar, una pieza olvidada y triste.


si él no la vio,
 ya no la verá,
si él no le habló,
ya no le hablará,
la pena del amor,
es siempre olvidar…

Bajo la iluminación mortecina, que invadía el bar con una luz cruel, me abrí paso en la bruma pensando que esos versos estaban dirigidos a mí, que mi llegada al “París” no había sido producto del azar, y cuando pude vislumbrar mi mesa, observé que la silla en la que me había sentado a esperar a un empleado que nunca vendría, estaba ahora ocupada por una mujer joven.
Tenía una belleza casi inhumana, que me remitió a la mitología antigua, donde existían seres cuya hermosura le era inalcanzable a los mortales. Y sin embargo, estaba sentada en el sitio que yo había elegido, como esperando a que regresara. Sus cabellos rubios brillaban, y sus ojos azules y melancólicos me observaban como esperando una respuesta a una pregunta que nunca había formulado. Me senté a su lado, en una silla que ella había aproximado, anticipando mi retorno.
Le observé la cara, sus facciones perfectas, su piel blanca y resplandeciente, su pelo de oro, sus labios pequeños y gentiles, sus ojos profundos, inteligentes y expectantes, pero también enormemente tristes. Creo que le pregunté quién era, le dije mi nombre y cuando le ofrecí ir a buscarle algo para tomar me habló por primera vez.
Su voz tenía una musicalidad desteñida por el alcohol, pero aún en ese estado de depresión y pena, había en su entonación un dejo de felicidad. “Soy Diana” me dijo, y sus ojos se encendieron.
La música se fue alejando, como si lentamente nos estuviéramos desprendiendo del bar, y el humo y los sonidos se disiparon entre nosotros. Las marcas lacerantes en su mirada y sus gestos del amor me hicieron acordar a las mías, ambos sabíamos que nuestro dolor era el mismo. Pensé, con rabia, quién podía haber herido a una mujer así, qué ser despreciable la había hecho sufrir, y quise ayudarla.
Ella me miraba con intriga, y le pregunté quién la había engañado. Pareció sorprendida por mi pregunta, y su boca esbozó una leve, casi imperceptible sonrisa de calma. “Sabía que eras vos, Julián”, me respondió. “Sabía que me podías entender”. Tomé un sorbo de whisky, y nos miramos un rato largo, que pudieron ser horas, días, años, y sin embargo el tiempo no nos importaba, no existía para nosotros.


Nadie pude esconderse
nadie puede escapar
el mundo es una ilusión
un lento transitar…

¿Por qué me esperaste? ¿Por qué me elegiste a mí? Le pregunté, luego de mirarnos, y sentirnos, mientras nuestros dolores se extinguían. Me respondió suavemente, con un beso delicado y un susurro al oído: “En la vida nadie elige a nadie, el azar y el instinto nos hacen, el resto son mentiras”.
El silencio nos cubrió nuevamente, pero nuestras miradas y nuestros pensamientos se encontraban a cada instante, con una intensidad intacta a pesar del cansancio. Ya no recordaba por qué estaba allí, qué era ese lugar, y tampoco me importaba. Diana era el mundo y mientras estuviera a mi lado mi vida transcurriría en un presente utópico entre la neblina, la madera oscura y la noche y los días. Creo que hubo un momento en el que ella se apoyó sobre mí y durmió y fue mía completamente y pude sentir su respiración lenta y suave, tranquila, y sólo entonces sentí que estaba agotado. Con ella entre mis brazos me entregué a la inconsciencia, y tuve un sueño profundo, que duró hasta que la luz de la tarde se filtró por alguna abertura del techo o las puertas y mis ojos pudieron ver con mayor claridad los tapices derruidos, las mesas sucias y el piso inundado de vidrios rotos y bebidas derramadas. Sentí con una indescriptible sensación de vértigo la ausencia de otro cuerpo sobre el mío, y rápidamente se lo atribuí al resultado de un sueño, una pesadilla producida por la resaca.
Salí del “París” con un profundo dolor de cabeza y la luz del sol me encegueció por unos instantes. No recordaba demasiado los hechos y circunstancias que me habían llevado hasta ese lugar, y mientras me alejaba hacia mi casa intentaba recordar aquel sueño tan real que había vivido y que me traía a la mente la imagen difusa de una mujer cuyos rasgos no lograba descifrar, pero que se llamaba Diana, y con la que había sido feliz. 

Autor: Eduardo Santos.

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