Soporté todo menos lo de ayer.
Eran las tres de la mañana. Sólo quería dormir, pero no
podía a causa de su perturbadora presencia. Esos ojos, negros y paralizados, me
atormentaban, ni siquiera pestañaban. Me levanté, abrí la ventana y la empujé.
Perdón, creí que iba a volar, pero cayó y lamentablemente falleció.
Hoy me asomé al balcón la vi con sus plumas revueltas. Sus
ojos seguían abiertos y todavía causaban esa horrible sensación. A su lado,
sangre.
Autor: I. A.
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