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miércoles, 29 de mayo de 2013

¿Ares o Afrodita?

Todo empezó aquél día. Era un nuevo año. Entre en el campo de batalla, miré a mi alrededor, no había ningún enemigo. Me distraje hasta que uno de mis generales me avisó que alguien nuevo estaba allí. Mire y lo vi, era un enemigo. Debía averiguar más sobre su persona. Con mi ejército nos acercamos a él. Se lo notó nervioso pero no se fue. Le sacamos bastante información. Debíamos tener cuidado. Era bueno y tenía un muy buen armamento. Los días pasaban y yo no le sacaba la vista a mi enemigo. Varias veces nos acercamos con mi ejército, otras se acercaba él. Ninguno de los dos actuábamos. Los meses pasaban y nos enteramos de varias cosas de ese enemigo. Empecé a ir sola a su encuentro, él hacía lo mismo. Era peligroso, pero debía arriesgarme. Me sentía extraña, mis ojos no se apartaban de los suyos, tratando de llegar hasta su mente, sentía que no podía tragar, que mi estómago saltaba nervioso como en una emboscada,  que mi corazón se aceleraba, que por mis venas corría la adrenalina, que mi cuerpo temblaba y que mis manos sudaban. Debía ser una toxina venenosa que largaba, yo no contaba con ese tipo de arma. Aún así nuestros encuentros seguían y ninguno se animaba a actuar.

Un día apareció en el medio del campo, indefenso, con las manos sobre su cabeza, lo dejamos acercarse y me ofreció una tregua, la acepté y empezamos a encontrarnos fuera del campo de batalla. Mi ejército no entendía que estaba haciendo y temía por mí, pero yo no podía evitarlo.
-¿Está segura? Es peligroso, apenas lo conocemos. Puede ser una trampa.
- No me importa, debo arriesgarme.
- Pero, déjenos acompañarla.
- No, debo hacerlo sola. No teman, estaré bien, yo nunca los dejaría.

 No me podía alejar de él. Sus armas eran poderosas y yo estaba prácticamente indefensa, si estoy seguía así, sería mi perdición.

Después de unos meses, me llamó, justo en la mitad del campo de batalla y pasó lo impensable, me pidió que fuéramos aliados. Yo no sabía que hacer, era cambiar, cambiar mi estado, arrojarme a lo desconocido y esperar que él me atrapara para no caer. Pero soy una guerrera y no podía temer. Sonreí y alce la bandera blanca, blanca de la paz. Estaba hecho, a partir de ese momento éramos aliados.

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El timbre del principio del recreo sonó, agarré mi libro de la Iliada  y lo guarde en mi mochila, él me esperaba en la puerta. Le sonreí una vez más, en ese momento era la chica más feliz del mundo.  Por primera vez me había rendido,  por primera vez me había enamorado.



CERO
Realidad y ficción. Ambas inexistentes y verdaderas. Todos somos ficción y realidad. No veo una línea divisoria y eso me angustia. ¿Cómo sé que lo que soy ahora en un principio no fue la ficción de otro y yo lo asimilé como mi realidad? ¿Quién me asegura que realmente existo y no soy un elemento ficticio creado por la sociedad que me rodea? Mi relato es tan real como la existencia del hombre.
Si uno lo cree, existe; si uno desea, lo cambia a su gusto; para cada quién es diferente.  De allí proviene la subjetividad, cada uno posee su realidad que para otros es inexistente, porque ellos tienen también su  propia verdad.
¿Cómo sé que mi ficción de hoy no será mi realidad de mañana? Tengo miedo.

UNO
No puedo más. Sí quiero y de verdad no puedo. Ahora lo entiendo, ahora sé por qué él no podía. Es como miedo, pero es más allá del miedo. Es un vacio lleno de demasiadas emociones que sigue siendo nada.
No quiero estar acá, ni entiendo cómo llegué a este lugar. Todo empezó como un día normal y ahora no hay nada.
No quiero estar acá, ni en ningún lugar. Quiero desaparecer y no sentir nada. No quiero  sentir más este vacío en el cuerpo. La solución está a un paso, mejor lo doy.

            DOS
La felicidad es efímera. Esa sonrisa terminó arruinándolo todo. Se lo dije, nunca lo iba a querer, nunca me llegaría a importar. Ni me fijé si le afectó mi respuesta, no me importó, ahora me arrepiento. Opté por desaparecer antes de enfrentar la ruina de mi utopía. Opté por desaparecer y sumergirme una vez más en el para siempre que nunca fue.
“Sumergirme una vez más” como si en algún momento hubiera salido. Siguió ignorándome, haciéndole caso omiso a mis acciones, a mis pedidos, a mis gritos, a mi locura.

            TRES
Sabía lo que iba a pasar, igual no quería que pasase, antes trataría de detenerlo de cualquier manera posible. ¿Cómo no decirle que era un inútil y no servía para nada? ¿Cómo hacerle entender que quedaría ridículo? ¿Cómo no hacerle sentirse usado? ¿Cómo ignorar que para mí no era nadie?
Silencio, ninguno hablaba, no nos mirábamos, sólo respirábamos, dijo chau, “se rindió” pensé, me alegré, salté de felicidad. Pero no. Tres pasos más tarde se dio vuelta, me miró, “te amo” insinuó sonriendo. Lo odié.

CUATRO
Las cosas se estaban tornando raras. ¿Por qué insistía en implicar sentimientos?¿Por qué quería arruinar su felicidad? Iba a ignorarlo, era eso o escupirle a gritos su insignificancia. Lo ignoraba por su bien, así desistiría. Mentira, era por mi bien, ¿egoísta? puede ser, pero yo creía que me lo debía.
En mi cabeza todavía no había nada confirmado, podía ser todo una gran suposición errónea. En mi cabeza intentaba aplazar el sentimiento de culpa, porque sabía que en algún momento iba a llegar y le ganaría al egoísmo.

            CINCO
Era un juego, uno que sabía que no iba a pasar a más. Los dos nos divertíamos, no era nada importante. Hablábamos, reíamos, intentábamos ignorar la realidad juntos, o por lo menos eso hacía yo.
¿Las cosas cambiarían en algún momento? lo veía imposible. Él era todo lo que necesitaba, lo más cercano a la perfección, y lo que sabía que nunca iba a querer. Si me importaba, esta utopía volvería a ser una fantasía. Porque cuando la gente te importa dejás de ser feliz. Y yo ya tenía bastante infelicidad acumulada.

            SEIS
Eran tan diferentes. Al principio los creí iguales, de eso intenté convencerme. Pensé que era una manera de remplazarlo, aunque sabía que era imposible, es único. Poco a poco noté diferencias, primero sutiles pro que con el tiempo fueron separándolos en dos personas distintas, como es en realidad. Donde había querido resucitar un fantasma había encontrado una especia de amigo.
Me despejaba, de eso convencía a los demás. Me olvidaba, de eso intentaba convencerme a mí misma.

             SIETE
¿Por qué? Pensé que algo iba a cambiarle, pensé que reaccionaría. No fue sólo para que le importe, pero eso era un gran incentivo. Quería pensar que le había molestado y lo escondía para no mostrarse débil. Quería pensar que seguía siendo la persona de la cual me había enamorado.
No pasaba nada, siquiera un mínimo atisbo de celos. No había tenido sentido que lo reemplazara una noche por otro. En realidad sí, no el que yo anhelaba, pero me hacía parecer fuerte, que algo lo había superado. ¿A quién quería engañar? yo no soy fuerte, no cuando de él se trata.


OCHO
No lo entendía. ¿Qué necesidad tienen las personas de mentir? “Tampoco me importa, lo odio es un idiota” claro, repetirme eso millones de veces iba a hacerlo realidad. Quería pensar en otra cosa, salir con amigos era lo más oportuno.
Me escapé y lo reencontré. Su nombre me lo acordaba, más, imposible. Me cayó bien, todos me cayeron bien, pero él especialmente. Seguramente porque los quise encontrar parecidos, pero lo ignoré. La experiencia me había enseñado que era algo seguro. Si la afinidad existía, ¿por qué no probar cómo serían las cosas en un universo paralelo sin odios, sin lastimaduras, uno feliz?

            NUEVE
No iba a asumirlo. “No es nada permanente, sólo necesita un descanso”, “ya se va a arrepentir, no puede vivir sin mí” de verdad quería creerlo. En un principio estuve segura, le dolía tanto como a mí, me necesitaba tanto como yo a él. Repentinamente todo eso se esfumó. Quedaba nada más que desprecio tapado por indiferencia.
Me dolía más que cualquier otra cosa que dijera que ya no le importaba, pero eso no cambiaría nada. Estaba convencida, y me empeñaba en estarlo, de que en realidad era todo una mentira que él creía que le haría más sencillo el olvidarse de mí. Seguiría insistiendo, la esperanza es lo último que se pierde.

            DIEZ
Todo parecía normal. Una pelea que ya no recuerdo, un ofendimiento fingido mío, un descariño leve de él. Me dijo que al final no podríamos pasar esa noche juntos y que quería hablar conmigo. “Reconciliación y un tiempo solos, mirándonos, queriéndonos” pensé. Me equivocaba.

“No puedo más” dijo. ¿Qué no podés? si querés, podés; vos no querés, no te jugás por miedo o para vos no lo valgo; me mentiste, te odio, por favor abrazame y no me sueltes. Se fue, me dejó sola y mando a amigos para el consuelo. Se fue a llorar, ¿por qué llorás? vos no perdiste nada, vos me tenés, dejá de llorar y vení a buscarme. Lo ignoró.

Autor: Annalice Mallory

Alas perdidas

El día se acercaba a su final, el sol se ocultaba, las olas rompían contra la arena y dejaban su tenue silbido. La solitaria chica lloraba, sus lágrimas se la llevaba el viento. Los recuerdos olvidados volvían a ella. Escuchó los gritos una vez más, la desesperación, la agonía. Sabía que debía hacer algo. Se levantó decidida, elevó su mirada al cielo, y vio una nublada noche, sin rastros de la luna.

I

Recuerdo cuando tenía seis años. Recuerdo la primera vez que la vi. Estábamos en el patio del colegio, ella sola en una esquina, con la mirada perdida. Su sonrisa era vacía, sin sentido, y sus ojos misteriosos. Era una chica fuera de lo común, simplemente no podía dejar de observarla. De pronto ella también me miro, nuestros ojos se encontraron y ahí me di cuenta de que era una chica con un secreto. Pero de alguna forma, yo necesitaba verla feliz, e inconscientemente prometí lograrlo, la ayudaría a encontrar su sonrisa.

Un día le conté a mi mamá sobre la chica especial, “¿Puedo jugar con ella?” le pregunte. “Claro que puedes, Damián. Yo la conozco, es una buena niña, y hay muchos que no la quieren aquí, yo no sé por que, es tan encantadora. Es por esos rumores.” “¿Qué rumores?” pregunté intrigado, yo solo sabía que era adoptada, pero no me pareció muy raro. “Dicen que apareció sola una oscura noche, en el medio del pueblo. Ella no recordaba nada sobre su pasado, sobre su vida, solo recordaba su nombre.”

Ángela es ahora mi mejor amiga. Nosotros ya tenemos dieciocho años, seguimos viviendo en este pequeño pueblo, muy lejano de cualquier gran ciudad, igual de aburrido y con un clima detestable que no nos deja ver ni el sol ni la luna. Angela creció como una joven llena de paz, pero aún así fuerte, llena de alegría. Es una paradoja, es fragilidad y fortaleza, luz pero oscuridad, oscuridad por ese pasado olvidado, por esa identidad perdida. Su sonrisa, debo decir orgulloso, que ya es verdadera pero sus ojos siguen siendo un misterio. Es una chica fuera de lo común, pero creo que por fin ella es feliz.

Un día, cuando todo comenzó y que nunca podré olvidar, ella vino a mi casa especialmente. Con solo verla me di cuenta de que algo andaba mal, ella estaba preocupada; “Tengo un mal presentimiento, creo que algo malo va a suceder” ella me susurró angustiada. “No te preocupes, todo va a estar bien. Estaré siempre con vos, te lo prometo y juntos… ¿Cómo puede salir algo mal?” Ella sonrió, pero yo ya la conocía a la perfección, lo vi en sus ojos, ella no me había creído.

II

No le creí a Damián, pero hice como si ya todo estuviera bien, la tarde pasó como tantas otras, riendo y charlando, olvidándonos de que el mundo seguía girando. Por un momento yo también olvide mis preocupaciones, pero a la larga, yo sabía que algo iba mal, solo que intente que él no se diera cuenta. Por ahora no había de que alarmarse…por ahora.

Esa misma noche tuve una pesadilla, bueno no fue una pesadilla, fue una predicción.

Estaba sola en el frío de la noche, en las afueras del pueblo. Era más alta que antes y mi espalda me empezó a doler terriblemente. Intente ver si estaba lastimada, y entonces dos imponentes e increíbles alas crecieron de mi espalda. Casi sin creerlo pude ver que ahora tenía unas luminosas alas blancas. Sin pensarlo empecé a volar y vi que todo estaba destruido, el caos y la muerte reinaban sobre todo. La gente corría, gritaba y luchaba unos con otros. Entre todas estas imágenes que veía con horror, encontré a Damián y no sé como pero presentí que corría peligro. Me abalancé sobre él, lo sujete con fuerza y volando lo lleve bien lejos de ahí, lo lleve lejos de aquella batalla. Luego de un tiempo volvimos, ya nadie quedaba, solo destrucción. Lo deje en la tierra y me atreví a preguntar, “¿Qué pasó? Y él, ya sin ganas, como en un suspiro me respondió “Tuvimos una guerra”, sorprendida y aterrada grite “¿¡Cómo?!” y él con la misma voz lastimada me dijo “Pero ya terminó, ya todo termino. Perdimos” “¿Quiénes…?” “Ellos ganaron, la gente de la luna ganó, ellos se apoderaron de la Tierra”. Vi como sus ojos y su alma quedaron vacíos sin rastros de luz o esperanza. De pronto sentí que alguien me tiraba hacia arriba, hacia el cielo, “¡Damián! ¡Ayúdame!” grité desesperada. Él me respondió con una voz ya cansada, ya sin emoción,  “No puedo, vos sos uno de ellos”. Lo último que ví fue una atemorizante luna roja.

III
Las nubes ocultaban la luna, era otra oscura noche. Me costó dormir, todavía pensaba en esa tarde y en lo preocupada que mi amiga se veía. Estaba dormido cuando me desperté porque alguien golpeó mi ventana. Vi mi reloj, eran las tres de la madrugada. Me levanté sin pensarlo y abrí la venta. Ángela estaba enfrente de mí, ella estaba desconsolada. “¿Qué pasa?” le pregunté asustado, y ella empezó a llorar. Salí y la abracé, tratando de consolarla. Me contó sobre una pesadilla que acababa de tener, pero ella creía que era una predicción, que en verdad iba a suceder. “Fue solo un mal sueño” traté de tranquilizarla. “No creo eso, quiero ver la luna” Ángela me dijo con decisión. “¿¡Ahora?!” exclamé. “No, mañana, por favor acompáñame.” me pidió. Estaba totalmente loca y los dos lo sabíamos, pero ella era mi amiga, así que tuve que decirle que sí, “Tenemos que ir a la costa, en el pueblo no podemos ver la luna” “¡Gracias!” exclamó luego de abrazarme agradecida.

Al otro día, ya anocheciendo, fuimos a la playa. Faltaba poco para que el Sol se ocultara. Nos sentamos en la cálida arena y vimos el anochecer. Y apenas ella vió la blanca luna salir, se desmayó.

IV

Me desmayé. Gracias a ello recordé todo mi pasado. Recordé mi casa, mi familia, mi lugar, quien era yo en verdad, mi verdadera identidad, recordé mis alas. Yo había vivido en la Luna. Recordé también, con pesar, la terrible guerra. Los gritos, las explosiones, los lamentos, la gente gritando, llorando, muriendo, las peleas, los alaridos y los llantos. En medio de la desesperanza y de la devastación, recordé las palabras de mi padre, “Hay gente malvada en la Luna, y ellos quieren apoderarse de todo, por eso estábamos en guerra, pero ellos ya nos ganaron, la Luna es suya y nada podemos hacer para evitarlo. Pero también hay gente buena, como nosotros, y, como todos los habitantes de la luna, podemos ver el futuro. Así podemos saber que dentro de un tiempo acabaran con todo aquí y buscarán un nuevo lugar que ganar, ellos querrán apoderarse de la Tierra. Tenemos que detenerlos.” Y luego mi madre dijo, “Vive en paz con los humanos, en su planeta, es nuestra única esperanza. Tienes que salvar la Tierra, vive con ellos, aprende de ellos, entiéndelos, sé uno de ellos y cuando el momento llegue, vos podrás ayudarlos a comprender y a luchar, y así serás como un mensajero entre estos dos mundos.” Recordé todo.

Recuperé el conocimiento y vi a Damián viéndome preocupado. Le conté todo. Pero mi corazón se rompió y una lagrima solitaria corrió por mi mejilla cuando él dijo, “Por favor decime que no te crees eso, decime que es un chiste….Oh, por Dios, ¡Estás loca!” Damián se dio cuenta de que yo creía absolutamente todo, me miró indignado y se paró de golpe, “No podes ser…¡Un alien! No tenés alas, y no hay nadie en la Luna, entra en razón….¡Estás totalmente loca!” yo le respondí, lastimada, “Damián, si no me crees es porque pensás como un humano cualquiera.” Él explotó y me gritó “¡¿Cómo querés que piense?! Soy humano, y pienso como uno, y vos sos humana también” “No, yo no lo soy.” Le dije tranquila. Y entonces él me miro con pánico y sin poder creerlo. No dijo nada más y se alejó corriendo.

El día siguiente no vi a Damián. Yo estaba verdaderamente desolada y aterrada. Pero no entre en pánico. Por primera vez en mi vida, todo tenía sentido, mi vida tomaba sentido. Era una habitante de la Luna, con una importante misión, el problema era que no sabía muy bien que debía hacer. Necesitaba ver la Luna, necesitaba ayuda para entender mi misión. Debía salvar a la Tierra y traer a las buenas personas de allá  hacia acá. Pero no sabía cómo hacer eso, no tenía ni la más remota idea, era una simple habitante de la Luna, con las alas perdidas.

Ese día volví a la playa y esperé a la noche. El día se acercaba a su final, el sol se ocultaba, las olas rompían contra la arena y dejaban su tenue silbido. Yo, solitaria, lloraba, mis lágrimas se la llevaba el viento. Los recuerdos olvidados volvían a mí. Escuché los gritos una vez más, la desesperación, la agonía. Sabía que debía hacer algo. Me levanté decidida, elevé su mirada al cielo, y vi una nublada noche, sin rastros de la luna.

Pero la Luna apareció y escuche la voz de mi papá, en la lejanía, como un susurro llevado por el viento, “Tu misión es explicar a los humanos que pronto serán atacados. Debes ofrecerles nuestra ayuda,  y luego tienes que llamarnos, y cuando ellos estén listos iremos a la Tierra y lucharemos juntos contra el enemigo en común. La Luna esta ahora destruida, nosotros, los pocos que quedamos, queremos vivir en la Tierra, con los humanos, en paz. Vos tendrás que ser nuestro mensajero, vos los entendés. Por favor, traé esperanza a la Luna y paz a la Tierra, sé….un ángel.”

V

Ángela estaba totalmente loca, pero era mi amiga, mi mejor amiga. ¿Podría creerle? Sabía que creía que ella era un alíen, y eso era totalmente imposible, que había gente en la Luna, con alas…Dale, eso ni tiene sentido. No sabía que era lo que ella iba a hacer y menos aún sabía que era lo que yo iba a hacer. Le prometí que estaría con ella siempre. Era un amigo horrible, le tenía que creer, sin importar que, tenía que ayudarla. Al fin al acabo no me importaba si ella era un alíen, un humano, o lo que sea. Ella era mi amiga, ella era….simplemente Ángela, y necesitaba mi ayuda. Tenía que salvar al mundo con ella o…demostrarle que no era un alíen. No me importaba la razón, pero ella me necesitaba. Y yo….la amaba. Debía encontrarla. Fui a la playa.

La vi a lo lejos, sentada en la arena, mirando la Luna. Me acerqué y le dije seguro, “Angie, te creo. Bueno, en verdad no estoy muy seguro sobre todo eso de la Luna, las alas y la guerra….pero yo siempre estaré ahí para vos. Entonces... ¿En qué puedo ayudarte?” Ella sonrió como nunca antes la vi hacerlo y me abrazo emocionada. Luego me contó sobre su alocada misión. De pronto vimos asustados un montón de puntos rojos en el estrellado cielo. “Son la gente del lado oscuro de la Luna, vendrán pronto por la Tierra.” Su voz era solemne y seria, sentí escalofríos, y le creí. “Vamos, tenemos que informarle a todos” “Si, tenemos que prepararnos para….” Dijo sin atreverse a terminar, “Para la guerra” dije derrotado.
VI

Le contamos a todos. Al principio nadie nos creyó, pero cuando empezaron a investigar esos puntos rojos, se dieron cuenta de que decíamos la verdad. Una parte de la misión estaba completada. Volví a la costa, vi la Luna y grité “Están listos, por favor, es tiempo, vengan a ayudarlos.”

Unas noches después, mientras todos se preparaban para la gran guerra, y la gente de todos lados se reunía en el pueblo, en donde se llevaría a cabo la batalla, hubo una gran explosión. En la entrada del pueblo había un montón de gente. Eran flacos, altos y pálidos, con colosales alas. Una pareja se acercó a mí y la mujer dijo “Ángela, vinimos para ayudarlos. Queremos vivir en paz con los humanos y ayudar a nuestro planeta a recuperarse, y refugiarnos aquí mientras tanto. Pero primero tenemos que destruir a quienes provocaron todo esto.” Ella era mi mamá, me di cuenta apenas la ví, empecé a llorar y corrí a abrazarla, a ella y a mí padre. De pronto unas enormes alas crecieron en mi espalda. Recuperé mis alas. Ahora era una completa persona de la Luna.

VII

Estábamos esperando y preparados para la guerra, hasta que una noche pudimos ver la Luna desde el pueblo. Entonces los puntos rojos empezaron a moverse. Abruptamente, sin entender muy bien que pasó, la batalla comenzó. Imposible describirla, no quiero describirla, ni siquiera recordarla. Explosiones, gritos, disparos, bombas, sangre, muertes, lágrimas, miedo, ira, oscuridad, todo era decadencia, caos, terror y muerte. De pronto un hombre de la Luna estaba enfrente de mí. Yo había perdido mi arma. Ya era muy tarde. Él me mataría.

VIII

Él mataría a Damián, tenía que hacer algo. Volé hacia él y agarré a mi amigo, lo lleve lejos del campo de batalla. Nos detuvimos en una colina, cuando escuchamos una gran explosión. Y después todo quedó en silencio, en el profundo silencio. Nos miramos a los ojos, estábamos aterrados. Escuchamos gritos de victoria a lo lejos. No dijimos nada. No había mucho que decir, pasará lo que pasará nos teníamos el uno al otro. Damián me tomó la mano, lo volví a ver. Nosotros seguíamos teniendo esperanza y fe. Teníamos que volver y conocer la verdad. Sujeté a Damián y volé hacia la ciudad. No podíamos creer lo que veíamos. La luz de la blanca Luna iluminaba todo. 

Autor: Annalice Mallory

El día del huracán

No hay emoción en el olvido pero tampoco hay penas. Es un saberse rodeado de fotografías de personas. Ojalá encontrase la llave del olvido, el vínculo que justifica de alguna forma esta miseria sin justificación. Caminar por una calle sin viento, esperando el vacío propio de cada mañana. Nuestra ciudad fue arrasada por el huracán, y después no hubo más viento. Ni gente. A veces me pregunto por qué sobreviví justo yo, el más infeliz de los otrora felices. Es que antes yo era el que reía y charlaba y volvía a reír en interminables rondas de noches eternas; parecidas. En esas fiestas había rostros amigos, no imágenes... gente. Yo los conocía, ellos me conocían. Era uno más del grupo. También había una chica. Valentina, o Florencia. No me acuerdo el nombre. Le gustaban mis chistes. ¡Hacía chistes! Cuando aparecía Valentina de golpe no parecía tan malo el laburo, mi vida berreta, creía en una mierda compartida, en un descansar mutuo. Un día nos besamos. Pasaron los días, no tan iguales. Me ascendieron, nuevos distritos para recorrer. Nos mudamos a Barrio Vivo. Compramos disfraces para andar entre esta nueva gente.  Otra faceta de la empresa. El marketing, convencer a los locos estos. Y yo andaba por barrios mejores, con gente-de-bien. Había otro repartidor que estudiaba en una de esas escuelas técnicas, y su familia era de los antiguos que fabricaban amontonamiento de papel que intentaban presentar noticias y crónicas. Los llamaban diarios, los de antes.

 Un día nos tocó ir a lo de un viejo, en Barrio Nostalgia. Ahí iban los artistas y las "momias" de platino. Las momias eran las mejores. A veces nos dejaban quedarnos con algunas de sus cosas, a cambio de un par de caricias furtivas. No me sentía mal, no me sentía mal en absoluto. Valentina aprobaba el modelo seiscientos sesenta y cinco para parejas monogámicas, el del toqueteo informal. Era muy apegada a las normas del triunvirato, supongo. Su vieja era abogada. Creo que a veces me pierdo. Volviendo al tema, lo del viejo, sí.

 El viejo era un pintor de sangre. Lo mirabas y te dabas cuenta, no hacía falta que mostrase el carnet de pertenencia al gremio. Su rostro me recordaba a los arlequines, porque seguro iba triste por la vida fingiendo ser alegre, como todos los payasos. Nos dejó pasar, le dijimos que esta entrega era dificil, porque el marco era delicado y él tenía que ser el primero en tocarlo. Las huellas digitales quedaban en el sistema del marco y lo aceptaban como al dueño. El viejo sonreía desenfadado, seguro mil veces había pasado por lo mismo. Al principio nos habló de trivialidades, de que él financiaba la construcción del nuevo Gravity Off. Claro, pusimos cara de sorprendidos. Le dije que me iba a engarzar pronto. Le mostré mi anillo de engarzamiento, hecho de pura pirita. Me felicitó, como si me conociese de toda la vida. Costumbres sociales, hipocresía de los Nostálgicos. De pronto empezó a decirme que debía cuidar muy bien de esa chica, y esas cosas. Mientras abríamos la caja y él levantaba el marco. Lo sostenía en el aire. Un segundo. Dos segundos. Luz verde, misión terminada.

 A punto de irnos, el viejo me agarró del hombro. Quería mostrarme otra cosa, el cuadro para el "último" marco. Le dije que tenía que irme. Se ofreció a darme más pirámides, que la boda iba a necesitar más que el sueldo de un repartidor novato, que realmente lo necesitaba. Parecía realmente desesperado. No le grité ni nada parecido. Claramente él tenía razón con eso de mi salario.

 Con un gesto le dije al pibe que iba conmigo que se fuese. Tomó su aerodeslizador y abandonó en un flash este barrio medio decadente. Caminé con el viejo por la mansión-museo. Sus gustos eran excéntricos, propios de alguien de su calaña. Tenía muchos afiches pegados, pancartas de partidos políticos, cuando todavía existían. Cuadros de épocas remotas, esculturas. Seguimos caminando hasta llegar a una galería con un arco de madera auténtica. No pude disimular mi desconcierto. Creía que era pudiente, pero no millonario. Las antigüedades eran caras, sí, pero nada comparado con la madera.

 Nos detuvimos. Le exigí que me mostrase el cuadro. Se rió. Me acusó de ser muy literal, inculto, poco apto para esto. No entendía. Dijo que un cuadro podía ser una forma de exponer una situación, no sólo una obra de arte. Me habló del arte en palabras complicadas. Había metáforas mezcladas con la historia de la Ciudad, también del Triunvirato. Había un plan para eliminar el Triunvirato, de parte de los seguidores de P. Del antiguo P. Su broma no era graciosa. El tono de voz subía a medida que continuaba con sus delirios. Quería irme.

 Desde hace mucho se había gestado el plan, me confesó. La sociedad se había corrompido a si misma hasta los extremos de lo inmoralmente insoportable. Muchos religiosos vaticinaban el fin de los tiempos, con un mensaje de desconsuelo y al mismo tiempo "esperanzador" según sus parámetros. La humanidad sufriría un cataclismo. Típico, pensé. Como de proyección animada, como para verlo en la Arena de los Cristales mientras uno come suero de azúcar. Pero se lo tomaba en serio, y eso me perturbaba. Estaba terriblemente loco. Parecía un fanático y o un profesor absolutamente devoto con su materia, no podía evitar enredarme en las marismas de sus palabras y construcciones perfectamente escalonadas; avanzando de la advertencia al miedo y del miedo al desamparo. Y sin embargo habría sobrevivientes. Un hombre reencarnando al olvido. Le pregunté a qué se refería con el olvido. Él tampoco entendía, muchos catedráticos y vagabundos de todas las épocas habían tratado de descifrarlo, pero sólo lograban marear más el asunto dando sus apreciaciones personales y posiblemente erróneas.

 Los poetas de las alcantarillas decían que el superviviente era una metáfora del humano vencedor de toda adversidad que tomaría las riendas de ese sistema recién nacido luego de la destrucción del mundo. Los del templo suburbano hablaban de una María Futurista (que, dicho sea de paso, la figura de esta mujer celestial no aparece nunca en los textos originales) y del olvido como el arrepentimiento de los placeres terrenales, y el hombre, bueno, un hombre normal. Los científicos simplemente habían negado esas teorías, clasificándolas de patafísicas y fetichistas; y a sus adoctrinados como enfermos  amantes del morbo-secreto-de-lo-efímero-e-insubstancial-del-ser-humano.
 Y hoy era el día. El huracán no sería sólo fuertes vientos, sería inundaciones, sequías y lluvias de fuego en todas las ciudades de todos los continentes. En nuestro caso sería un aire frío arremolinado que se llevaría nuestro amor y nuestra gente. No quedaría nadie con excepción del vástago de la sociedad. Y ese sería yo.
 Le escupí en la cara una risa nerviosa que poco a poco se me iba desinflando en una mueca. El viejo se limitó a señalar la ventana donde podíamos soñar toda la metrópolis. Atardecía. Bajó las escaleras sin mirarme y se dirigió a la calle. Continué con mi escepticismo violento, pidiéndole explicaciones. Amenacé con pegarle, con hacerle más daño del que él me había hecho nunca. Pero era obvio que jamás me animaría a hacerle algo así a un viejo loco.
 El viento del crepúsculo sacudía las ramas de los árboles artificiales. La calle y sus radios se habían detenido. Sentí un silencio abrumador chocando hueco en mis espaldas. Me di vuelta, y todo se puso negro. Al despertarme, era de noche. Y nunca más dejó de ser noche, de ser frío. Es la hora última de mis jornadas eternas donde camino solitario buscando excusas que me hagan sentir vivo. Excusas con forma de nombres, de cartas, de comida pudriéndose sola en las casas vacías.
 A veces pienso en el suicidio como una delicia que me lija las paredes del cerebro. Otras tantas ando errado en la locura de los días sin estaciones. La esperanza me viene de golpe y sin aviso, y creo ver una persona en una ventana, haciendo algo. Pero al llegar allí no hay nada y vuelve a ser la misma muerte tornándose costumbre. Entonces me reprocho a mí mismo por mi idiotez y continúo con la exposición imaginaria de una crónica que me arranca un poco el alma con sus alas de cuervo tempestuoso.

Autor: Satélite

Uno y dos son tres

Hay un cielo para los que mueren de frío, lleno de flores rojas con corazones de fuego; que es como el amor. También hay paisajes vacíos para gaviotas que se perdieron por los rumbos de sus  mentes y cayeron al mar. Todo eso puedo imaginarlo, no importa que sea real o no. Pero hay otras cosas que se me escapan.
 Creo que existe una métrica exacta en el pulso de un ruego desesperado, en una súplica sincera. Casi se puede sentir el vaho musical del triste cuando sus dientes chocan, también tristes, en su boca destrozada. Pero uno tiene que hacer el trabajo para no volverse un triste, entonces manejo el cañón y disparo sobre sus ojos desviados antes de que llegue a la distancia de contagio. El ser cae al suelo ya sin dolor. Reviso mi uniforme comprobando que no queden fluidos pegados a la tela impermeable. Me pregunto si esto va a cambiar algún día, o si tendré que cambiar yo. A veces es difícil no sentirse un triste.
 Hay un cielo para los tristes, lleno de seres que caen al suelo sin dolor. No importa que sea real. Reviso mi amor comprobando que no queden gaviotas destrozadas en el uniforme. Casi se puede sentir el rumbo de sus mentes cayendo al vacío. Reviso mi ser pegado a los dientes tristes. Existo como métrica en un ruego desesperado, sólo por unos segundos, y me disparo en los ojos. A veces es difícil escaparse. A veces es difícil imaginarlo.

Autor: Satélite.

20 de agosto

Hacía años estaba sola. Por momentos no lo sentía, se distraía fácilmente  con el quehacer cotidiano, pero en el fondo lo sabía, y bien que lo sabía.
     Cuando era chica parecía estar llena de luz, llena de futuro, pero pasó el tiempo y la vida la fue marchitando. Nadie podía creer cómo esa pequeñuela de ojos color mar se había convertido, de un día para el otro, en una muchacha muerta como las hojas del otoño.
     De esto nadie se dio cuenta hasta aquél 20 de agosto, ese día marcó el quiebre. Ana venía sintiéndose mal, pero asumió que era cansancio o la mera distracción de siempre.
      Ese 20 de agosto no salió de su casa: no porque no pudiera, solo no quería. Afuera el día estaba amargado y no la invitaba a nada. Se despertó, se lavó los dientes, se enjuagó la cara y se miró en el espejo. Llevaba tiempo sin que nadie la tocara, la besara, la acariciara tan solo un poco. Extrañaba la sensación de sentir otra piel sobre la suya, ajena a sí misma pero no desconocida. Conocer centímetro por centímetro al otro, recorrerlo lentamente para no olvidar ninguna parte. Eso era lo que cada día, poco a poco la mataba por dentro. Mirando su imagen en el espejo cómo la habría visto él, cómo se veía ella. ¡Eso era, eso le faltaba! Nada más que el simple hecho de ser querida, de sentirse deseada. Quiso correr tan rápido como pudiera, gritar tan fuerte como su garganta se lo permitiera, romper y pegar. Lo único que pudo hacer fue quedarse allí, atónita. Se acomodó frente al espejo que todas las mañanas veía, pero sólo ese 20 de agosto le decía tanto.
       Tuvo la suerte de ser encontrada a la media hora de lo sucedido. Estaba tan fría e inmóvil que su hermana Francisca llamó a la ambulancia para que fueran a buscarla. Ana comprendía la situación, veía a su hermana llorando, su familia entera a su disposición, los enfermeros, la camilla… Estaba bien, y no sentía la necesidad de aclararlo. Casi disfrutaba el momento. No quiso moverse ni responder a las múltiples preguntas de quienes la rodeaban, no tuvo ganas. Mientras tanto, su temperatura descendía de forma preocupante, y la sirena de su privilegiado transporte era cada vez menos prudente. Llegó al hospital, pasó a internaciones, desfilaron los médicos, los amigos y los familiares. No dijo una sola palabra, sus mente brillaba porque sus ojos no podían hacerlo, no se podía delatar de esa manera. Decidió mantenerse en esa situación, no responder a las preguntas que oía, así se sentía acompañada.
       Su pronóstico desmejoraba al pasar las horas. Se armó un gran revuelo mediático, era algo nunca antes visto. Ella, deslumbrada, se esforzó una y mil veces para no arruinarlo.
       Pasó el tiempo, la noticia fue dejándose de lado por otras noticias, más recientes y más coloridas. Resentida, en un repentino ataque de furia comenzó a revolcarse en su cama, a golpear y destrozar todo lo que tenía a su alcance.
       Vio una aguja y no lo pensó dos veces. Ana la clavó donde más le dolía, Ana se clavó la aguja en el seno de su femineidad, y ese mismo momento dejó de pensar. Todo el hospital estaba enterado, y las cámaras de las televisoras oportunistas no demoraros mucho más. Allí estaban todos, intentando comprender.

Esta vez Ana no lo gozaría.


Autor: Chica peruana 

Amores porteños

Era un día soleado. Nos encontramos en un bar en una esquina, cerca de su casa. Se llamaba "Amores Porteños", y creo que fue eso lo que me dio la pauta de lo que  estaba por pasar.
    Me costó llegar: un poco por gauchita y otro por distraída, ese día caminé colegiales de punta a punta, pero tanto camino no fue en vano. En esas calles desoladas el sol tímido de invierno, (pero que anuncia la primavera cercana) me acompañó durante todo el viaje. Se escuchaban los autos de Lacroze, las bocinas y los ruidos de la ciudad. Dos cuadras para adentro, donde yo estaba, podía escuchar el silencio del barrio, su calma, su paz.
     Cuando por fin llegué me sentí aliviada, pero expectante a la vez, llena de intriga respecto a lo que venía.  Las mesitas de afueras parecían pintorescas en ese día que invitaba a pensar en el verano, pero no te encontré. Entré al bar. Buscando, estabas ahí. Me disculpé por la torpeza y los quince minutos, pero no te importó.
 Como una nena con su muñeca nueva, te conté lo que había pasado el día anterior, tan personal y tan mío que vos, sólo vos, lo podías entender.
        Hablando de a ratos del tema que nos convocaba, de a ratos de nosotros, volvimos a entendernos, a escucharnos, a reírnos y a mirarnos, como hacía tiempo no pasaba. (Ayer te conté que necesitaba algo especial para escribir, y sos vos).
     El tiempo pasaba y el café se iba terminando, las charla se extendía y las opiniones no faltaban, me contabas acerca de…

Nos fundimos el uno con el otro, tan profundamente que, confundiendo roles, empezaste a preguntarme vos a mí, esta vez, que haría. En un repentino acto de maldad –el cual por cierto disfruté mucho-, te dije “esta vez te toca a vos, lero lero”, y me respondiste con una sonrisa.
       ¿Quién pudo dañarme así? No lo sé, si tan solo supieras que yo te significo lo que vos a mi…
      Con algunas pocas conclusiones certeras y muchas dudas, pediste la cuenta. La charla no había terminado, faltaba mucho por decir, pero estaba sobreentendido lo que sucedería si seguíamos allí. Siempre el mismo gesto, nunca lo olvidás.
       Caminamos por esas calles silenciosas, las mismas por las que había vagado sola horas antes un poco distraída.
        Si tan solo supieras que ahora vos y solo vos podés comprender un día como el de hoy. Satisfecho se fue, lo vi partir.
Decidí volver a mi casa. Enganché el 63 por pura suerte. Completamente shockeada, lo único que resonaba en mi cabeza era el tan clásico “que qué voy a hacer yo? Ni idea!”. Empezó a caer la ficha. Algunos dicen que es mejor no pensar, pero yo pude dejar de curiosear qué me depararía el futuro, y porqué no yo misma.
      La parada anterior a mi casa estaba de fiesta. Chicos, música, colores y juegos adornaban la plaza y la hacían vivir para siempre. Me costó asimilarlo, pero cuando supe que tenía que estar ahí corrí, corrí con todas mis fuerzas hasta llegar al destino. Llegué e inmediatamente vi con mis propios ojos esos relatos lejanos pero no por eso ajenos, esos relatos color sepia que alguna vez escuché de los más viejos. Reconocí cierto aroma conocido, pero no pude descifrar de dónde provenía. Ese dulce aroma que volvía a sentir, ese que alguno de ellos me había impregnado en la piel y en la memoria. Durante una hora me imaginé a mí en ese lugar, haciendo eso mismo de esa forma. Comprendí que era mi lugar, y así debían ser las cosas. Caminé esta vez por mis propias cuadras, tan mías y tan conocidas que no había posibilidad de perderse.
   Ese día no fue un día cualquiera. Probablemente sea un día para recordar: el día en que todo haya cambiado, en el que mi mente y mi cuerpo se hayan fundido, por fin, en uno, encontrando el lugar adecuado.
   Mi padre con sus primas, mi hermana en mi casa con sus nuevas botas, mi mamá en Nueva York, pero esta vez la ciudad de las sorpresas es la mía.

Autor: Chica peruana

Bar amarillo

Somos hoy lo que éramos ayer.
Amsterdam, 1878
Cartas a Théo

Ve, -oye, -toca, siente. Cerciorándose de la inusual soledad, registrando de manera consciente cómo sus reflexiones y juicios se entrelazan al enfrentar las diferentes coyunturas que le exhibe el destino, comprobando su existencia, suspiró. Acarició el volante y de manera complaciente se introdujo (quizás por primera vez) en el sigilo de la noche. Previendo el roce equilibradamente producido entre el neumático y el asfalto, cruzó uno de los tantos mástiles de luz que suelen adornar las rutas y sintió cómo la chapa se sacudía y resonaba contra el armazón posterior del automóvil. Continuaba su recorrido preciso divisando cómo la mente se regocija ante los pensamientos punzantes y agudos… Pensamientos que perforan el sosiego interior, como pequeñas hormigas que pululaban ante la porción de torta de chocolate que olvidó en una noche de esplendor carnal de hace unos años. ¿Años?... Atravesando el Tiempo y la Patagonia en dirección Sur, y todavía ya el grito conyugal que le impedía tomar con vigor la caja de cambios. Que le impedía la captura del futuro (¿el futuro?). Siguiendo… y recordando la escena de tres noches de antigüedad que por favor mirame sólo la parte arriba, todavía retumbaba en su cabeza qué te pasa hoy boba, y que ya se comprende y es harto sabido que a la noche las manías se hacen y deshacen que sino te volvés loco otra vez con mi cuerpo, y nunca conviene estropear unos pocos días de descanso. (piernas flacas y espaldas anchas...)
A pesar del circunstancial y transitorio desconcierto, solía afrontar tanto sus ocupaciones ordinarias como sus vínculos humanos con estabilidad y consonancia, por lo que sus inminentes reacciones frenéticas no lo preocupaban en lo más mínimo; su comportamiento se enmarcaba en una elaborada simetría, en una igualdad temperamental. La aparente inquietud, quizás debida al cansancio que sobrellevaba, le impidió continuar con efectividad y lucidez su recorrido, por lo que luego de vacilar durante una media hora y al enfrentarse a un pueblo regional decidió tomarse un descanso. Exhausto, entró a un bar que simulaba ser un lugar indicado para poder replegarse de la atmósfera vial. Ingresó por una puerta angosta de madera y de inmediato se acomodó en una mesa ubicada contra la ventana. Así se le dio la bienvenida. 
La luz de la noche reposaba sobre su brazo cuando solicitó una cerveza negra. Oyó el choque de un lápiz frente a un papel y se percató de que no estaba solo en el lugar, ya que una mujer estaba sentada en una mesa ubicada a su izquierda. La notó concentrada revisando un escrito del que sólo pudo leer la firma. Entretanto, tanteó la frescura del exterior del vaso de cerveza, bebió un trago, oyó el movimiento de una silla, vio la calle desierta, y sintió cómo la progresión del dócil fluido hidrataba el interior de su cuerpo produciéndole una leve sensación de placer, llenándolo de vitalidad, enlazándose con la quietud del entorno.
Quizás para acelerar el ritmo de la caída noche, quizás por aburrimiento, quizás por esa incierta necesidad comunicativa que dinamiza, según se cree, al humano, la mujer guardó su cuaderno, se levantó y se acomodó al lado suyo. Ya no más incomunicación ni taciturno aislamiento. Comenzaron a dialogar. Ella, de rasgos eminentes y mirar encendido, vivía a unas cuadras y solía pasar algunas horas de la noche recreando su oficio periodístico en el bar; personificaba para él una fina esperanza luego de la discordia. Buscaba lugar en el escenario la fragancia erótica que se desprendía de su pelo, mientras de manera paralela se entrecruzaban los sentidos latidos discordantes desprendidos del conflicto acaecido en Buenos Aires. La charla derivó en temas quizás no muy acordes a la realidad que los envolvía (más bien próximos a la condición de su interioridad emocional), aunque esta tendencia se revertía y regresaba a la común resignación de las vivencias ordinarias; ¿no así aquéllas en el colocutor? Entre otras menciones que acaso unos pocos puedan entender que son superfluas, la mujer le supo entrever que el escrito era de su autoría. El hombre pensó en el relevante oficio de ser periodista, responsabilidad considerable si las hay la de hacer público un espectro valorativo, la de hacer masivo un criterio de interés propio, la de elevar la conciencia individual a quien esté dispuesto a consentirla, dando nombre y apellido de aquélla, como si realmente esté vinculada a una nomenclatura y a un ser particular (¿acaso no hay construcciones propias de la totalidad de los hombres?); luego levantó la vista y así el infierno fue él.
La independencia recubrió la atmósfera. La diferente paz que reposaba en su sinfín se condensó en un instante de inoportuna percepción que derivó reacciones extemporáneas. Su captación de la materialidad de su entorno dio lugar al contraste entre lo que sentía y lo que debía sentir; ¿cómo la máscara porteña se apoderó de sus intrincados pensamientos? Las paredes pintadas de un instigador amarillo, color de la descomposición, dibujaban la exultante aunque triste atmósfera que se apoderaba del hombre. El color le connotó recuerdos (aún más pasados) que persistían en su restringida memoria. Los pétalos de los paneles de girasoles que ornamentaban (idea errada e inevitable) el ambiente teñidos de aquel pigmento encendían la irritación y la rugosidad, cumpliendo una función exasperante, despertando en él la incertidumbre de período. 
Acompañantes tonos azules, verdes y ocres abreviaban el efecto del ácido tono, pero no lograban esfumar el laberinto tripartito que ya comenzaba a delinearse en el acontecer. En un intento vano de superación propia, el hombre se vio esclavo del Tiempo y optó por ir al baño. Sintió el agua fluyendo por su rostro y tomando calor a medida que encontraba lugar en su piel no es problema mío que te andes viendo con otro, oyó el tenaz latido constante que de excitante intensidad surgía de su pecho. En un innovador juego escéptico, su intimidad se apoderaba de su fenotipo. Como la sangre chorrea al pulsar el íntimo cuchillo: así su conciencia. Intentando entrar en sí y disimular su perturbación, regresó a la mesa. con vos no se puede convivir, no hay libertad Verse envuelto en una encrucijada, mientras la mujer futura hablaba de sus intereses pictóricos, especialmente en los referidos a la obra del holandés Vincent van Gogh. El aspecto de ella denotaba una armonía que suscitaba una posibilidad de abstracción de la incesante realidad que circundaba al hombre. En cierto momento centró su discurso en una sugerida contraposición filosófica del devenir del pintor, haciendo referencia a lo sucedido luego de su muerte (y estableciendo una relación con su porvenir, según se dedujo): ¿a qué vivir en una miseria emocional a costas de una trascendencia excedente a nuestra propia existencia?, ¿hasta qué punto su labor periodística saciaba sus elevadas expectativas respecto de su inminencia? Mientras ella se focalizaba en la esperanza posterior, él procuraba conjugar su recuerdo extensivo y su ilimitada actualidad. Pero a medida que la noche transcurría, aunque esto ya no era así, el hombre representó el incidente porteño en su cercanía. Envuelto en un temporal juego sucesivo del que no encontraba una salida en ningún sentido, su inconsciente extrapoló su memoria próxima a su mismo presente. Entretanto, la mujer continuaba su prédica, trasluciendo una confianza en crescendo y dejando atisbos de un acercamiento profundo con su oyente; el simple afán de basar su discurso en lo que acontecería en su futuro significó para el hombre una incoherencia de la que repelía constantemente. Lejos de un orden que lo solventara (o al menos a lo que de él se podía percibir), proyectaba en la mujer un reflejo de una evolución ya finalizada y arruinada. De esta manera, el pozo temporal que encarnaba se opuso de manera extrema a ella y a su alrededor y pasado, adentrándose de esta manera en un tortuoso camino. ¿así que es cierto que anduviste en la tuya?...
La mujer, sorprendida por el pálido aspecto del sujeto, abandonó sus íntimos y controvertidos y pervertidos intereses en procura de una mejoría en su fugaz vínculo, pero su intento fue inocuo frente a la luz que incidía en la perpetuidad del individuo. El silencio que lo cubría daba sitio a las inmortales sucesiones de agitación que abundaban en su infinito presente, tambaleando en sus sentidos con una creciente intensidad sincopada y una evidente turbación de sus pensares ordinarios. Lo que provenía del ya sucedido fluía con su porvenir en un punto medio, carcomiéndose así su propia esencia con el sentir de su inquietud, ingresando en un irritante plano inmóvil. Se unían el ayer y el que vendrá en su inminente plan, en su frenética misión. …no vas a decidir mi vida, vas a sufrir, no tenés futuro…
Buscando la manera de librarse de su único pensamiento para siempre, en un simple intento de avance (acaso contra sí mismo), rompió su apaciguado silencio con la ruptura de una copa, y el Averno fue representado en aquel pueblo sureño. La potente exasperación de fervor anacrónico, pintando la utópica conversación, se condijo con el amarillo ambiente, dándole ya la atmósfera del execrable terror que acudió a la madrugada. Ni tuvieron más aforo las elevadas intenciones futuras ni las viciosas comparaciones; el fin de lo escrito. La furia de lo presente llegó por fin, se extendió por la totalidad del hombre, de devenir llano. El caos también se hizo lugar desde lo más profundo del hombre, de donde se impulsó al duro hierro. Apuñaló entusiasmadamente a la mujer única, causa de la muerte de su Tiempo. Un inútil alivio recorrió su cuerpo y un desahogo efímero se apoderó de él; el mal fue suprimido.
En ese momento la agitación interna bajó considerablemente su intensidad (así lo percibió él, o su inconsciente), creyendo haberse deshecho de la aborrecible luz perpetua que radiaba sobre él. La hora que no llegaba buscaba condenar su mirada propia, pero la inútil visión futura se retroalimentaba con los candentes fluidos de su cardiovascular (ansiados libertos) que determinaban su estado de presente de parálisis eterna. Se retiró de prisa del centro de tortura, sin dar importancia a los ciclos de tumulto y confusión alzados del bar; se había liberado del delimitado último espacio de su desdicha. Regresó a su automóvil, mientras la noche avanzaba, así lo creía (así lo cree), cayendo penetrante sobre su vehículo. Retomó la ruta. Creyéndose apartado de la locura y el frenesí, se desarrollaba en un artificial estado de armonía; la constancia del inmortal camino al que se enfrentaba, …más y más mástiles de luz, más atisbos de llegada, más Sur, más bahía…, sentenciaba su subsistencia. “Hay una hora de la tarde en la que se dirá algo”, pensó. Ni tiempo, ni espacio, desde el éter. …mi vida fue aguantar y…
Al transcurrir los kilómetros (es una mención), el execrable recuerdo punzó el breve sosiego vial. La perseverante y atemporal compañía de la mujer singular a su lado le mostró cuál era el valor del proceso mental; ¡ahí el escrito doctrinal! El vehículo insistía en su dinámica engañosa. ¿Acaso prefería la muerte a aquel escarnio eterno? ...superar, vos sentí la puñalada profunda, sentí el cuchillo. Se cernían sobre él las etapas de su consciente, el valor de sus años estancados, lo futura eternidad presente, la sangre caliente chorreando sus tejidos, y hay cosas que no mueren, ya el revólver anotando su íntimo pecho, y el impacto, la muerte nula, la exterioridad saboreando la perpetuidad, las tres líneas en una, las tres noches en el mismo avatar, la luz porteña, la razón destruida, lo pasado hacia lo invariable caduco y lo futuro ajeno hacia el ilusorio, ya goteando la cerveza roja, el asombro de lo fijo, ya la vana salvación. Et lux perpetua luceat ei; requiescat in pace.

Autor: Francisco Gauthier

Relación engañosa

 Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad - Paul Joshep Goebbels

Mentir: es lo que más hace el ser humano luego de respirar. Miente por instinto, por falta de moral, hasta tal vez pensando que hace lo correcto. A veces hasta es cuestión de supervivencia en esta sociedad loca. Pero lo cierto es que no existen las mentiras piadosas ni las blancas, ni de ningún color: las mentiras son lo que son y no se las debe disfrazar con nada. 
Estas reflexiones me llevan a una parte de mi pasado. Tal vez haya sido esa la mejor etapa de mi vida, no lo sé, prefiero esperar hasta el último segundo de mi vida para anhelar el pasado. Me acuerdo de dos nombres: Eva y Joaquín. Eran dos muchachos muy simpáticos. Yo era amiga de Joaquín. Eva no me inspiraba mucha confianza, tenía algo que no me gustaba, pero nunca supe bien de que se trataba. 
Estos dos muchachos estaban atravesando su último año de colegio, al igual que yo. Las mejores amigas de Eva ya no estaban con ella porque se habían ido no recuerdo muy bien donde, y la visitaban de vez en cuando. Joaquín era uno de los mejores amigos de mi novio de ese momento, pero después no tenía amigos en el colegio. Entre ellos no había una buena relación: las asperezas de un pasado en común seguían vigentes. Hasta que, no sé cómo, desaparecieron y anunciaron que estaban juntos de nuevo. ¡Otra vez juntos! De no creer que se pueda insistir tanto en algo que no funcionó antes. ¿Qué cambiaba ahora? Habían pasado meses, no años y aunque los adolescentes son las personas que más rápido cambian de opinión, tenían personalidades fuertes ya formadas. 
Al principio yo no confiaba en la duración de eso. No veía afecto, no veía muestras de cariño, les daba vergüenza mostrarse juntos. ¿Qué clase de relación era esa?
Deje pasar el tiempo. No iba a preocuparme por ellos: yo tenía mi vida, mis cosas, mi mundo. Siempre había querido decirle a él que todo esto me parecía algo infantil e inmaduro. Y me arrepentía en el instante que los veía sonreír juntos. Juntaba coraje para decirlo y dos segundos después me veía envuelta en arrepentimiento, en un dilema moral, donde mis convicciones y mi  concepción de la vida estaban golpeándose con los muros de la realidad. ¿Quién era yo para decirles algo? ¿Quién era yo para decidir lo que estaba bien y lo que estaba mal? En la guerra y en el amor todo vale y yo tenía plena conciencia de eso. 
Merodeando por los claustros del colegio, me encontré con un cuadro singular: mi mejor amiga, al mismo tiempo mejor amiga de Joaquín hablando con Eva, una Eva triste, prácticamente desconsolada y llorando ríos de sal. Tuve un impulso por irme y luego averiguar que pasaba. Pero mi curiosidad o en una de esas, mi instinto, me dijeron que en lo que llegara a decir Eva iba a radicar el sentido de todo lo que estaba ocurriendo en esa relación. Entonces me escondí lo más cerca posible, y puse todos mis sentidos para escuchar. 
- Yo en realidad no soy posesiva - al oír esto casi salto para gritarle: ¡Mentirosa! pero me contuve - solo que yo quiero cuidarlo, no quiero que él en las fiestas consuma sustancias peligrosas o termine en la vereda alcoholizado y tirado como un vagabundo
- Eva - le decía mi amiga - tiene casi 18 años, no podés pretender que se quede encerrado en su casa mirando el techo. Tiene una vida social construida, tiene amigos, vive solo, hace lo que quiere... no podés irrumpir en su vida como si fueras la madre 
- Pero yo lo quiero cuidar
- Lo querés vigilar
- Es que yo no se si realmente me quiere - y sollozó fuertemente
Y fue ahí cuando mi corazón estuvo a punto de destruirse. La lástima me llegó hasta una profundidad nunca antes alcanzada. Me quedé sin aliento por unos segundos. Mi amiga se había quedado muda. Se paró, sin saber qué decir para su consuelo y se marchó con una expresión taciturna que nunca antes había visto. La confesión nos había calado el alma. No sé qué sentía mi amiga, pero lamímesis había llegado a mí para generar empatía con ella y sentirme como si estuviera en su situación. A lo mejor mi sensibilidadera mucha porque yo estaba en pareja e imaginaba como me hubiera sentido al tener esa duda. Dejé un poco de lado el sentimentalismo y analicé la situación. Ahora todo tenía sentido: Eva no podía escapar del laberinto de su soledad y en vez de refugiarse en las masas, en los vicios de esta sociedad loca, en la identificación con grupos de gente extravagante, vio a Joaquín como su Teseo que venía con la espada a matar al minotauro y luego, siguiendo el hilo de Ariadna, la iba a sacar de ahí. Pero este Teseo no tenía espada, este Teseo no sabía luchar, este Teseo no tenía Ariadna: ese no era Teseo. 
Semanas después, o tal  vez fueron días, vino Joaquín con su ego infinito e inquebrantable y la abandonó como si nada.  Eva otra vez recurrió a mi mejor amiga. Esta vez no estuve para escuchar. Mi amiga me contó que Eva estaba destrozada por lo ocurrido.
- Terminó con una mentira, debería estar festejando - contesté con toda la falta de sensibilidad que tenía
- ¿Qué mentira? Ella, aunque no lo creas, lo ama
Y ahí realmente entendí todo. Eva no lloraba porque era víctima del desamor: Eva lloraba porque había sido víctima de ella misma.  

Autor: Lluvia de Noviembre

Natural

El tren era asfixiante. Matías tuvo que abrirse paso a los empujones y comprimirse en una esquina plateada y sucia del vagón. Solo podía ver un hombre con un largo piloto negro y unas manos grandes, tanto más grandes que las de él, de Matías. Desde su esquina era como si las manos ocuparan todo el vagón, todo el tren, como si el hombre no fuera más que un cruce, una intersección, un monstruo deforme con manos gigantes. Después era el tren, las ventanas, el ruido, el chirrido asfixiante de una frenada y las manos que caían y no lo tocaban porque alcanzaban el equilibrio de una baranda plateada con cientos, miles de pequeñas fisuras que la recorrían como cicatrices y la hacían brillar.
Un par de estaciones después el vagón se había despoblado y el hombre del piloto negro se había ido. Le faltaba poco para llegar a casa. Ahora había un par de músicos, un guitarrista desarrapado y un saxofonista con sombrero, que tocaban un jazz eterno y repetitivo. Sonaba como el tren, como los rieles, como el golpeteo del tren sobre los rieles que subía y bajaba y que lo invadía todo como si fuera humo, denso, pesado, que mientras se respira se duerme en la piel. Era como una canción de cuna serpenteante y con gusto a metal, que le hacía recordar a una vieja tonada sefaradí que su madre le cantaba de bebé. Años después, sin saber de donde venía, la repetiría en los momentos de temor.
El viaje fue más largo de lo que esperaba. En la puerta de su casa tuvo miedo de haber perdido las llaves, pero las encontró en el último bolsillo. Las cosas están en el último lugar donde buscamos, porque cuando las encontramos, dejamos de buscar. Encontró en la heladera un poco de queso, que comió desganado antes de irse a dormir; se sentía liviano, vacío, carente de tiempo. El tiempo no es de nadie. Fue a su cuarto y se vistió con su ropa de dormir. Estaba cansado, las piernas se le caían y los brazos se le estiraban. Esa noche soñó con un murciélago, negro como solo pueden serlo los murciélagos de los sueños, que se le acercaba y lo mordía y lo convertía en un túnel, también negro, o más bien oscuro, por donde la gente pasaba sin notar que ese túnel era él, y toda la gente estaba sola  (se notaba por cómo se movían, lentos, suaves, como si flotaran o estuvieran pisando vidrio). Pero él era el túnel, y no podía moverse, solo podía cubrir a la gente con su cuerpo enorme.
Despertó al mediodía del sábado y se acordó de los músicos del tren. Tenía los músculos entumecidos y la sensación absurda de que alguna parte de él se había separado. De que esa parte estaba escondida observando. Se levantó y fue al baño, pero la sensación persistía: algo en su cuerpo no era suyo o algo que era suyo se había perdido. No era la primera vez que pasaba. Matías siempre había sentido un temblor, una fragilidad, que le hacía creer que podía desarmarse en cualquier momento. Como si su cuerpo fuera solo un disfraz, una máscara incolora. Nadie sabe exactamente qué esconde debajo de la piel. Se atrevió a almorzar un plato recalentado de fideos cocinados un par de días atrás, que tenía gusto a herrumbre y a la luz empañada de la heladera. Abrió el diario cuando terminó. La sensación se había ido. Revisó la parte de clasificados y marcó un aviso que buscaba un guardia de seguridad nocturno para un galpón que quedaba en Mataderos, que él se imaginó grande, del tamaño de una cancha de fútbol, de chapa gris emblanquecida por el sol; y marcó también uno que pedía un vendedor para un local de ropa. Después vio un aviso que ofrecía un curso de inglés que parecía conveniente. Decía: “Aprenda inglés como aprendió español” y abajo “elemental curso de nueve meses, fluidez en el habla y en la escritura”. No tenía teléfono. Solo una dirección en el centro y un horario de atención, de ocho de la mañana a nueve de la noche, siete días a la semana, que le pareció exagerado para lo que debía ser un instituto o incluso un profesor solo.
No sabía muy bien por qué lo atraía un curso de inglés, menos uno que no parecía tener ninguna seguridad o garantía. Podría haber sido inglés, italiano, o clases de cerámica: todo parecía lo mismo. Quizás buscaba la parte de él que se había escapado esa mañana. Su casa tenía el aire viciado. A veces la gente hace solo para no quedarse quieta, porque puede, porque de otra forma habría que darle importancia a las cosas pequeñas. Quedarse quieto es desaparecer.
El local quedaba en el cuarto piso de un edificio que era un dibujo con carbonilla. Estaba erosionado por el humo y el hollín, o incluso fusionado, como si el hollín y los ladrillos y las ventanas hubieran formado una sola estructura imperfecta medio derruida, agonizante, y que solo podía morirse cada vez más sin terminar nunca. Era el edificio más alto de la cuadra, que por lo demás consistía en casas bajas de arquitectura colonial o francesa, típicas del centro de la ciudad.
El ascensor no funcionaba. Matías llegó hasta la recepción acalorado y cansado. Lo atendió una secretaria distraída que se negaba a mirarlo y se concentraba en hacer nada, o menos que nada. Él esperó en silencio, sentado en una silla de plástico de equilibrio precario. La recepción no tenía ningún decorado, ni siquiera esas copias plásticas de cuadros impresionistas que parecen ser muy populares en todas las salas de espera alrededor del mundo. Al lado suyo un hombre mantenía la vista fija en el folleto del instituto que anunciaba sus tarifas. Pasó cerca de media hora leyendo la misma página sin ningún signo visible de aburrimiento. Matías lo miró con detenimiento, pero no se dio por aludido. Cuando la secretaria lo invitó a pasar, el hombre seguía en la misma postura pétrea que a su llegada, y Matías sintió que había estado en esa misma posición durante mucho más tiempo que media hora, quizás días, meses, años. A lo mejor ese hombre era el decorado que le faltaba al salón. La siguiente oficina era más pequeña que la recepción, con un suelo de madera negruzco y una sola ventana, que tenía los postigos inclinados. Dejaban pasar un solitario rayo de luz, que con la lámpara desnuda que colgaba del techo era la única iluminación del cuarto. Allí lo esperaba un hombre con un delantal blanco y sonrisa de marfil.  Lo saludó con un gesto demasiado estudiado, tenso, falso, y lo invitó a sentarse, y le dijo que el curso era genial, ideal para gente como él, para todos en realidad pero más todavía para gente como él que tenía un nivel de inglés muy básico; y después: el curso era un poco largo pero valía la pena y por eso mismo no podían cobrar en cuotas, porque era largo y la gente se aburría y terminaba sin pagar. Pero Matías no dijo nada, no importaba, no podía dejar de ver los dientes blancos y el delantal blanco y la sonrisa de marfil. Entonces el hombre le preguntó si no quería tener su primera clase en ese momento, y ahí Matías se enteró de que las clases eran individuales, y respondió que sí, que porqué no, y lo hicieron pasar a otra oficina todavía más pequeña, sucia, comprimida, con otro señor con delantal blanco que se movía a su alrededor en una especie de baile epiléptico mientras canturreaba  palabras incomprensibles. Y él, esto es uno de esos cursos que usan música, y sí, ah, qué locura, y sentía como los ojos se le cerraban pero se concentraba en mirar y escuchar al guardapolvo que cantaba en ese idioma medio nasal medio gangoso, pero se le cerraron, y cuando los abrió ya no había un guardapolvo blanco, sino una mujer muy pelirroja, como de las películas, que también le hablaba con palabras que no entendía, mientras lo alzaba en brazos y  jugueteaba con sus manos, tanto más grandes que las de él, de Matías, y le cantaba una canción de cuna un poco nasal.

Autor: Félix