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miércoles, 29 de mayo de 2013

Algunas estructuras increíblemente originales del universo

Errantes en caminos delirantes
andan algunos amigos (aislados, algo atolondrados)
Bueno, bienvenidos, bienaventurados
bifurcación, brisa, barriletes (el juego impide a las aves ser augurios)
¿Brújulas? carecemos.
Cada cosa camina como curveando (ahora los amigos se han vuelto cosas, y el juego no me deja serpentear)
¿Desde dónde debo divisar destino?
Esto es extraño, estoy encerrado, espero escapar
Favorecen figuras felices, filosofar (no es tan útil)
Ganaremos. Guíanos guerrero, tu gesto gentil garantiza la gloria
Hoy, había hormigas hostiles.
Inútiles, insignificantes, inestables.
Irritan imponiendo importancia, inversa a su invisible imagen.
Juro, Jesús, jamás jugué junto a jirafas kilométricas
Los lugares son lejanos,
Quizás, luciérnagas luminosas nos libren del laberinto
Quizás, con las lindas luciérnagas lleguemos libres
Mientras más miro, más me maquino
No, no me mientas, mequetrefe, nosotros mismos mezclamos nuestros miedos
Ñandúes ñeques, los que comen ñoquis
¡Oriente!
¡Oh no! Oímos. ¡Osos ocultos!
¡Paren! ¡Peligro! ¡Piedad! Perdón, puedo pegarte, pisarte, palmarte
pero probablemente pierda.
¿Quién quiso que los quitáramos? ¿Quemándolos?
Realmente resultan repugnantes, riéndose, regicidas
¿Recuerdan? ¡La Ruta! regresemos.
Síganme, subamos, sé salir, supongo.
Sospechas tuve, ¿tendré tiempo? (moriremos antes)
Tiemblo, temblamos, tu tez transparente transmite terror
Usamos lo último, nos urge. Unidos, ubicaremos la urbe
¡Vamos! veamos, vendimos la vida
Venceremos violentos vientos,
veloces, viriles,
el vértigo, al vacilar, me voltea
¡Whaler! xilofón, (por no decir delirio)

 ya zarpamos.

Autor: Anula la luz azul a la luna

Los besos

"Cualquiera que despierto se comportase
como lo hiciera en sueños sería tomado por loco."
-Sigmund Freud


Lo suyo era besarse. Por las tardes, cuando el sol incendiaba el contorno de sus sombras, recortadas como agujeros en papel muy blanco, por las mañanas cuando el aire aun tenia gusto a mojado y a frío, durante los bulliciosos mediodías y al amparo de la noche, oscura celestina. De pie, sentados, acostados, a noventa grados, a ciento ochenta, en la ducha, en la cama, en las hamacas, en el pasto, en el ajedrez de las baldosas del patio, bajo los árboles, en el subte, en el café, en las alcobas de sus padres, en las aulas vacías, en los rincones concertados por el azar, allí donde les cayera la necesidad, ellos dirían la musa, del beso.  A veces, con un mero fin multiplicativo, se besaban frente a los espejos, frente a los estanques. A veces, con tal de perpetuar la inmortalidad de su acto, frente a los extraños, a los historiadores, aunque esto último era más bien raro, uno de los caprichos de ella, pues en general hacían vela de su intimidad como si de un templo se tratara, uno consagrado a ambos, donde podían siempre perpetrar su oscuro ritual, que siempre tenía algo de gusanos excavando la fértil tierra, algo de agua erosionando caliza, algo de gaviota pescando cayendo en picada hacia el mar; y algo de rosas floreciendo, de girasoles danzando lentamente al ritmo de los soles de sus cabezas, algo de narcisos brotando de la inmolación mutua y especular de sus reflejos uno sobre el otro, y algo de llovizna suave y fresca una tarde de verano. Sus besos eran como el mar. Sus besos eran un incendio en la Toscana. Eran un mate amargo que jamás se lavaba, un día de hace muchos años que jamás envejece y se embellece en el recuerdo, pero que además jamás termina de terminarse.

Era empezar a comerse la boca, primero como saboreándola, como acariciándola gustativamente, mapeando las superficies, tanteando profundidades, rugosidades, aromas, croquis minucioso de cada pliegue, cada fisura, cada recoveco por el cual presionar y evadirse y colarse y meterse. De a poco, como quien no quiere la cosa –pero se está muriendo- ir amagando compases, jugando con los ritmos y rimando a jugarse, ladearse, praxitelear los labios, esquivar, histeriquear, falta envido, quiero truco, retruco, veintiuno, blackjack. Y de a poco como caerse, como trastabillar, inclinarse más hacia adelante y ajustar las tuercas, apretar las cosas y dejarse de rechinar, todo mullido y suave, como dos almohadas tratando de ahogarse (no lo saben: de fundirse). Y como ariete golpear contra las puertas, y al caer es un duelo encarnizado, a muerte, que nadie ceda terreno, al abordaje. Y después desquite, sin miramientos, a diente limpio, deshaciendo ese pequeño mundo como una playa a la ola, como una caverna marina o simplemente todo, todo, altar de la humedad donde sacrificar los labios como ofrenda para entrar. Como una riña de moluscos borrachos. Disolviéndose, precipitándose como sal en un vaso de agua, y solo importan esos espejos táctiles frente a frente, duelo intimo, respiración compartida, esa atmósfera de sueño interior, ese jardincito del edén. Y desmigajarse, poco a poco, desparramando todo, enchastrando todo y desgajándose, naranjas violadas, cortando esas suavidades con los dientes, pelando la cascara de a mordiscos, llenándose los labios de jugo…Tenían un virtuosismo de concertistas y una locura de kamikazes. La técnica solo era superada por la pasión, y uno nunca podía decir si estaban murmurándose sonetos o tratando de arrancarse las muelas.

 Había, claro, diferencias. Se podía notar como él aspiraba a construir castillos con cada beso, castillos en los besos con torres y muros y fosos y doncellas y establos y catedrales abovedadas y agujas que le hicieran cosquillas a Dios. Quería replantear la narrativa en cada cambio de ritmo, y sembraba utopías y manifiestos en cada soplo de aire caliente que se escapaba de sus bocas. Era un idealista. Cada tanto olvidaba quien era quien y que estaba haciendo y ella tenía que pasar sus manos por detrás de su cuello, aferrarse a su nuca y recordarle que se estaban besando en un banco de plaza en el mundo, y no en un libro o una idea, siempre encontrando la manera suave y armoniosa de devolverle el ritmo, que recordase respirar pero no bruscamente, sino como el abrir de una ventana. Cuando él olvidaba su bufanda, los brazos de ella se cerraban sobre él para abrigarlo, cuando se resfriaba, siempre pañuelos en su cartera. Siempre peinándolo y limpiándolo como a un niño, y él se quejaba, pero se dejaba hacer con una resignada ternura. Así besaba él, abriendo la boca un poco de más y dictando ritmos que dos caricias después olvidaba persiguiendo otra quimera en los labios de ella. Eso sí, siempre una poesía y una locura para morirse, que hubieran derretido a la estrella más lejana.

Ella, eterno guardarropa ordenado por marca y color de ropa y zapatos, vestidos por estación y pañuelos para cada ocasión. Creaba escalas con besos de distintos tonos, o trataba de ordenarlos según su métrica. Y así se divertía juntando todos todos los besos y ordenándolos, clasificándolos, poniendo a los chiquitos en un grupito, a los rápidos en fila india hasta los más lentos, los callados separados de los gimientes, con un riguroso sistema de puntuación que valía lo mismo que la noche sin estrellas pues al fin y al cabo habría dado la vida por el mas olvidable de todos ellos, pues solamente con él podía dejarse mojar por el mar. Pues solamente con él podía conocer el sabor del azul del cielo, solamente con él podía llenar sus pulmones, solamente a través de sus besos podía conocer lo que era boca, lo que era calor, lo que era ser. Solamente con él podía imbuir su vida de eso que llaman realidad y acariciar la sensación, como pétalos de rosa acariciados por los dedos de un niño en un verano sin nombre.

Él siempre salía del trabajo a las cinco, con una regularidad incoherente en una ciudad con un sentido tiempo siempre adolescente, bullicioso, inestable, histérico, y de ahí caminaba desde las cinco hasta llegar a las cinco y diez más o menos para cuando la oficina se convertía en plaza y en ella. En las cinco y diez, a la plaza, con ella, y hasta había vecinos que ponían en hora sus relojes a partir del primer beso de su día (para él, sus días comenzaban a partir de ese beso de todas las tardes). Era un calendario amoroso tan perfecto que hasta los planetas estaban de acuerdo en girar en torno a ellos – o eso sabían, aunque nunca se molestaron en preguntarles-.  Todo giraba perfectamente en torno a ellos, a todo el aire que era ellos, a todo ellos que eran en un beso hasta que se cansaban de ser, y la oficina y la casa y los sueños y las familias y todo lo demás los encontraba demasiado agotados o abstraídos y parecía pasar como lluvia a través de un arcoíris, o los borrachos delante de la sombra de los gatos. Era raro como se podían absorber en su asunto hasta no ser más que dos bocas y la sensación de un algo que llena un todo.

Fue por eso que cuando a él le asaltó la Duda dejó de comer, dormir y trabajar por semanas, perdió su cabello y el color en sus ojos, empezó a mascar lentamente una pasta áspera y salada de escepticismo, a mirar hacia todos lados con más de dos ojos, a gritarle a su gato (aunque él no recordase tener un gato) y pegarle a su almohada, perdió ese crucigrama que llaman calma, adquirió un liquido como vino picado en las venas y una vez incluso llegó a tener una discusión con un parquímetro.

Primero empezó como un ligero dolor en las articulaciones, un desviarse de los ojos a un costado, una inquietud en la nuca, un olor a equívoco, un estornudo recurrente, la sensación de que los espejos no estaban correctamente configurados…  la sensación de no saber cómo había llegado a un lugar era recurrente. Pero estos solo eran los síntomas, pues la Duda era una enfermedad metafísica que se empieza a manifestar lentamente hasta que alcanza el núcleo de lo más preciado. A esas alturas aun es evitable, con un té caliente cada noche o un retiro al campo. Según algunas corrientes, con escribir poesía basta (aunque según otras puede agravarlo).  Pero no. Pero no no no.  En vez de tomar medidas prefirió ignorarlo y hacerlo a un lado mientras seguía disfrutando de sus castillos y sus ideas y su mundo de mieles perfectas e inmaculadas, y entretanto la Duda crecía y se anidaba en sus huesos, como nudos en un tronco o polillas entre abrigos de piel, y crecía y extendía sus patas de araña y sus ciempiés y sus filiales multinacionales en todo su cuerpo, hasta que terminó por llegar a la cabeza, y fue ahí cuando se puso feo.

Claro, hasta entonces él no sabía de que dudaba (ni siquiera sabía que dudaba), lo cual hizo que una vez que la Duda llegase a su destino fulgurante como un rayo, como la luz repentina que ilumina algo horrible en la oscuridad, fuese verdaderamente como un despertar a un infierno para él. El beso, era el beso, era la boca de Eva mordiendo la manzana, eran las manos de Prometeo ardiendo por el fuego, era el error supremo de la humanidad repetido una vez más hasta el infinito en un beso,  en el beso, en su beso ¿ Cómo podía dudar de lo único real, del fundamento de todo su ser, y por ende de las mañanas claras y el mate y el sabor de la manteca de cacao y del color verde y de la batalla de Chacabuco y de la posición de Independiente en la tabla y de tantas cosas sin importancia cuyo mero ser estaba garantizado por la clave, el pilar de sus besos a todas horas en todos momentos en todos lugares siempre? ¿Cómo podía algo así ser? ¿Qué dios, si lo había, podría permitir tal cosa? Y si dudaba de los besos ¿Cómo podría no dudar de ella? ¿Cómo podría no dudar de si?

Salió a la terraza esperando que el aire frío de la noche lo calmara con sus caricias, pero encontró estas más bien como bofetadas impertinentes, y el silbido del viento como burlas innobles. Claro que hacia treinta grados como en cualquier noche de enero, pero el sudor frío de su locura teñía todo de un azul oscuro y frío. La realidad temblaba un poco, por el frío o por el miedo, quien sabe.  Unos ángeles reñían, borrachos, con unos sátiros en la esquina. La plata manaba tranquila desde las dos lunas cayendo como llovizna sobre la terraza y él tenía la mirada fija, la cabeza fija, los labios fijos, todo fijado a un mundo tambaleante en sus últimos giros como los trompos a punto de caer. Escuchó la puerta de la escalera, y supo que con ese ruido vendría ella, y que con ella vendría la mañana de esa noche de pesadilla, cruel transmutación de la miel en la hiel. Los violines, donde fuese que estuviesen tocando, desafinaban pizzicatos como metralla de perdigones y otros cántaros sangrantes. La atmósfera cruel los envolvía con un aire de almeja glacial, de telón de plomo cayendo, de erupción volcánica. Ella dijo un par de cosas ininteligibles, pero sus palabras parecían signos sin sentido que flotaban en el aire como nenúfares idiotas, y realmente su boca no se movía. Él pudo entender que era momento de jugar su última carta, y sin más preámbulo que la eternidad en un segundo de duda, la tomó por la cintura y la atrajo hacia si como un terremoto, y en un tiempo cristalizado la besó por primera y última vez, por todas las veces juntas, y por las que faltaban por venir.

Y ahí estaba lo que buscaba, lo que temía. La felicidad total, y en esa felicidad, la refutación misma, el dolor mismo. Una veda, un velo que no estaba. La sensación asquerosa de saber donde se está, el espanto ante la maravilla. Una felicidad sin gusto a humano, o precisamente con un gusto a humano demasiado familiar, demasiado uniforme y homogéneo, demasiado ideal, demasiado parecido a sus castillos, a sus utopías.

Disfrutó durante unos instantes más de esa dulzura de horror, como despidiéndose, y luego sus bocas se separaron y él la alejó de sí y vio como las líneas de fuga empezaron a tragarla hacia un horizonte vertiginoso, deshaciéndola como migas de pan o acuarelas en agua, y con ella se sublimaba su amor por ella, hasta que todo dio un giro y se acabó, excepto por él flotando  un momento bostezante en el medio de la negrura, y entonces cada beso se deshizo en su memoria como niebla en el rocío. Y algo de ese rocío quedaba sobre su pecho y sus labios cuando él abrió los ojos y se encontró con una mañana de invierno.

Autor: Cide Hamete Benengeli

Libros de ayer

La librería es pequeña y suele pasar desapercibida. Si uno mira con atención, y si es de la clase de persona a la que atraen los detalles absurdos, quizás puede que la vea, agazapada entre otras casas y el humo de la avenida, exhibiendo como un grito silencioso un cartel fileteado que dice “Libros de Ayer”. Uno pensaría, obviamente, que el local comercia con libros usados o antiguos.
Otra característica del lugar que llama la atención es el hecho de que lo encontramos siempre cerrado. Sin importar el día o la hora, el mes o demás variables temporales, las persianas de hierro verde ocultan la boca de las puertas como un bostezo mal tapado. Y si uno quiere un libro debe buscar otra librería.
Así fue hasta este lunes, al menos, cuando leí por primera vez el cartel de la forma correspondiente. “Libros de Ayer”, más que una ridícula metáfora, es un manual público de uso. No es sobre la mercadería, sino sobre la forma de acceder a ella.
El punto es, y aquí se me escapa una sonrisa al recordar qué poco entendimiento tuve las primeras veces que quise entrar al lugar, que la librería en cuestión no está abierta hoy. Nunca. De ningún modo. Pues de hecho, los libros son “Libros de Ayer”, y nunca “Libros de Hoy”. Son libros que pertenecen al pasado y no al presente. La librería está abierta, sí, pero es ayer cuando está abierta.
Puede sonar un tanto confuso, pero no lo es. Una vez que comprendí la vuelta de la cuestión, me fue fácil ir ayer hasta la puerta, ahora generosamente iluminada por una lamparita acumuladora de polillas, empujar el amable vidrio y pasar. Es como estar en un sueño: la calle es la misma, pero más oscura y vacía. No hay cielo y el viento arremolina borrosamente algunos papeles aquí y allá. Las vidrieras son brillantes pero se ven desfiguradas, como aparecidas tras un velo de lágrimas.
Los personajes que frecuentan ayer son más increíbles y oníricos aún que el ayer mismo. Pero no voy a hablar de ellos ahora, sobre todo teniendo la hermosa extensión de la pequeña librería ante mí.
El interior es de madera, repleto de estantes rebosantes de libros, todos ellos antiguos pero en buen estado. El aroma a tinta emana de cada rincón, se confunde con la luz amarillenta de las lámparas que cuelgan del techo. Hay unas mesadas con rebajas y un sillón verde para leer. Al fondo, tras el escritorio, se sienta el dueño, un viejo con barba blanca, boina marrón y anteojos redondos que se la pasa haciendo cuentas en un libro gordo. Ya me saluda como si fuéramos viejos amigos. Y quizás lo somos.
El primer día no me llevé nada. Temí haberme olvidado la billetera y para cuando me atreví a chequear, ya era hoy y me encontraba en la calle, iluminada por la torpe luz de la mañana, fría y poblada por transeúntes y automóviles agresivos.
La segunda vez que fui –aunque puede que sea la anteúltima- elegí un libro rojo y corto, una novelita, y aunque más tarde no pude recordar el autor sí recordé que me gustó mucho.
De ahí en adelante, todo es llegar, leer e irse. El ayer me recibe con los brazos abiertos, y cada vez me cuesta más volver al presente. Quizás un día decida quedarme ahí, y convertirme en uno más de aquellos extraños personajes que pueblan las cosas que ya pasaron.

Autor: Luisa Di Mare

miércoles, 24 de abril de 2013

Réquiem a la nada



Si nunca escuché nuestra música fue porque lo único que pudimos crear fue silencio. Para nosotros no hubo orquesta, ni violines incansables ni vientos amortiguadores. Durante mucho tiempo pensé que más allá de nuestro desconocernos había un montón de instrumentos esperando sonar, queriendo empezar largos compases de sonidos que se aman.
No sé si te conozco o no, quizás sea por eso que el silencio sigue zumbando en mi oreja, recordándome que lo que nunca existió agoniza en una esquina. De a poco el eco de la voz que había censurado crece y me dice que los dos lo sabíamos, íbamos a terminar en el mismo lugar en el que habíamos tratado de empezar. Pero eso es mentira, hoy estamos mucho peor, sin hablarnos y con ganas de llorar.
Se me terminan las notas, la esperanza y las ideas, y un réquiem sin sentido suena afuera, esperando que salga a invadirlo. 
¿Quién de los dos va a ser el primero en dejar el silencio que hicimos juntos?

Autor: Colombrina.

La flor de mi secreto


Habría sido oportuno que mi rostro fuese fotografiado en el instante en el cual, al abrir la puerta de mi departamento, hallé un sobre con la carta de mi tía Carlota. Mi sorpresa surgió a raíz de dos motivos. El primero era el mero hecho de recibir una carta en el siglo XXI; el segundo, el remitente, con quien yo no tenía contacto desde hacía unos quince años.
Carlota, esa mujer tan detestada por mí. Odiaba todo de ella, su ropa, su sonrisa constante, su olor, su casa, el olor de su casa. Cada vez que nos visitaba estrujaba mis mejillas, encerrándolas en sus dedos resecos, clavándome sus uñas sucias con tierra por cosechar en el campo. Yo repudiaba ese gesto de supuesto cariño, cariño que para aquel entonces me era invisible, sumándolo a la casi infinita lista de pequeñas cosas que me hacían desear estar lejos de mi tía.
Comencé a leer la carta con una caligrafía torpe resultado del casi nulo ejercicio de la escritura: mi tía trazaba peor que un chico de diez años. No me sorprendí, ya la había visto escribir unas pocas veces cuando todavía vivía en el campo. Luego de decodificar los trazos, escritos con una fuerza aguerrida –al rozar el reverso de la hoja se apreciaba el relieve de las palabras espejadas–, logré comprender lo que Carlota me quería decir.
En el escrito, mi tía me explicaba cómo mis primos, Ernesto y Blanca, habían fallecidos en un accidente de auto en la autopista, invitándome a participar del velorio y del entierro, ya que yo solía llevarme bien con ambos cuando era joven. Desde que me había ido, me había esforzado por borrarlos de mi memoria, al igual que a todo lo concerniente a mi pasado, pero no pude evitar sentir un dejo de tristeza cuando en mi cabeza aparecieron los rostros de mis primos: Ernesto, de mi misma edad y Blanca, dos años menor.
Solíamos jugar juntos en el patio de la casa de mi tía, o en el cuarto de la mía, hasta que comencé a desarrollarme física y mentalmente y mis intereses viraron. Ya no me atraían el sol, las gallinas, los pastizales, la sombra de los árboles frutales; yo quería ser una actriz de marquesinas que usara pintalabios rojo sangre y boas de pluma que adornaran su cuello, quería usar tacones y botas altos, quería maquillarme con brillo la cara y sentir el glamour de cruzar una avenida, la emoción de mirar por la ventana y ver autos, en lugar de ver un terreno yermo, equivalente a la nada misma. Por eso me fui. Porque yo era una semilla, y no podía florecer en el campo. Me fui porque aquél no era el sitio donde construir mi realidad tan fervientemente anhelada y a la vez tan distante.
Mientras mi tía me comentaba brevemente lo dolida que estaba y cómo seguían iguales las cosas allí en Chaco, mi cabeza empezó a perturbarme con truhanerías terribles. Por lo menos durante mis últimos cinco años en Chaco me había esforzado por estar lejos de mis parientes, a quienes creía odiar, pero me sorprendí al recordar a Ernesto –o como lo solíamos llamar todos, “el Ernesto”, pero sólo cuando él no estaba presente– con una mezcla de aprehensión, lástima y profundo afecto. Me hallé lagrimeando al terminar de leer.
De repente, una ráfaga de imágenes, palabras y voces se precipitó en mi cabeza, corrompiéndome: mi prima a los nueve años comiéndose los mocos mientras preparábamos una ensalada de frutas, No te comas los mocos, sé una dama, ¿Qué es una dama? El bigotillo de preadolescente de mi primo. Hace calor, ¿no?, Sí, bastante, mi primo sacándose la remera y el pantalón antes de meterse al estanque, yo en la orilla mirándolo mientras nadaba, él ya tenía pelos en las axilas y yo ya me los tenía que afeitar con la maquinita de mi papá, me parecían impresentables, Dale, vení, No, gracias. Mi prima prestándome sus muñecas, Pero cuidámelas, ¿eh?, Sí, obviamente, como si fueran mías, No, no, con más cuidado todavía. Mi primo acariciándome el cabello mientras estábamos acostados bajo el sol sobre la hierba a la orilla del estanque, mis ojos cerrados, yo acariciando su brazo con mi mano, su dedo índice siendo tamborileados sobre mi estómago, sus labios besando mis orejas, mis ojos cerrados, la punta de mi nariz, mis labios, su lengua en mi boca, él encima de mí, sacándome la remera y recorriendo con su boca mi tórax, desde el cuello hasta el ombligo, ¿Está bien esto, Ernesto? Sí, sí, eso creo, sí, Bueno, si estás seguro seguí, en vos confío, dale primito, seguí, él bajándose el pantalón, él desnudo, Ernesto desnudo, Ernesto sacándome el resto de la ropa, un beso, dos besos, tres, el agua quieta como único testigo. Los días siguientes, merendando con Blanca mientras mirábamos alguna telenovela, cómo todo seguía como si nada; las noches siguientes –no todas– yendo a su casa, besándolo nuevamente, repitiendo el proceso pero sin avanzar, hasta que un día Te quiero mucho pero no quiero que sigamos haciendo esto, está mal, somos primos, Pero si nos queremos, Ernesto, Yo también te quiero, pero no está bien, basta, basta, Bueno.
Ya nada me quedaba después de que Ernesto decidiera dejar de tenerme, pero me fui de Chaco apenas terminé el secundario, por suerte. Venía ahorrando desde que había ingresado en la adolescencia, y jamás había gastado desde entonces un centavo en mí. Si quería ropa, por ejemplo, esperaba a mi cumpleaños o a la Navidad. Mi único objetivo era tener buenas o excelentes calificaciones para que mis padres no me molestaran y huir, huir de una vez por todas de ese pueblo, de esa provincia, de esa familia de mentes cuadradas por la tradición, y llegar a la Capital que se perfilaba diariamente en mi mente como un paraíso, como un sueño.
Llegué a Buenos Aires sin contactos, sin idea de nada y sin un lugar donde vivir. Mientras me buscaba un trabajo digno, me prostituí durante menos de dos meses, hasta que logré alquilar un flamante monoambiente en el barrio de Almagro. Al-ma-gro. Cada vez que pronuncio esa palabra, sonrío, pues la siento como mi primera casa verdadera, la primera vez en la que me permití ser quien quería ser.
No sólo había logrado alquilar un lugar, sino que además ya tenía un trabajo nuevo en una oficina. Tuve que insistir en una veintena de lugares, más o menos, hasta que logré encontrar ese sitio. De todos modos, Buenos Aires era una fiesta, no me importaba caminar. Caminaba para dejar mi currículum en varios lugares, y de paso aprovechaba y me aprendía las calles. No sólo podía usar telas delicadas para ir al trabajo, en forma de trajecitos o vestiditos frescos y frágiles, sino que podía maquillarme sin preocuparme por tener que ensuciarme con los animales o las plantas. No tenía por qué ponerme zapatillas raídas para ordenar la granja: era libre de calzar zapatos de taco.
La culpa invadió mi cuerpo, rápida como un relámpago. Algo me llamaba a volver a mi provincia, era casi un deber. Tenía una especie de deuda con mi primo, yo lo quise mucho y él a mí también, o por lo menos eso me había gustado creer siempre. Era el único que había logrado dejar una marca imborrable, una sombra que me siguió con menor o mayor intensidad, pero siempre.
Decidí ir. Apenas hube terminado de peinarme, salí disparada a comprar un pasaje para esa misma noche. Lo conseguí sin problema, como era de esperarse. Durante el viaje, mis nervios no me dejaron dormir. ¿Cómo estaría Carlota ahora? ¿Los cuerpos estarían muy desfigurados? ¿El funeral sería a cajón abierto o cerrado? ¿La boca de Ernesto seguiría siendo la misma? Eso esperaba, sería lindo ver que un recuerdo, uno de los pocos recuerdos buenos seguía igual, ¿no?
Me bajé en la terminal y en unos minutos conseguí un remís que me llevó hasta el pueblito donde vivía lo que quedaba de mi familia. Los edificios bajos y las casas se iban desdibujando a través de los vidrios del auto, mientras nos distanciábamos de la ciudad. Ahora las construcciones eran menos frecuentes, una casa se veía cada tanto, parada, sola, en la ruta.
En el auto, ingresamos a un camino no asfaltado y vislumbré la que había sido mi casa. Pasamos rápido, no había nadie y tampoco era mi intención pedirle al chofer que se detuviera. La ruta estaba contorneada por pastos altos y campos de trigo seco.
Llegamos a la casa de mi tía. Las piernas me temblaban, tragaba saliva constantemente como si se tratara de comprobar que tenía garganta. Le pagué al hombre, le dije que se quedara con el vuelto y se fue luego de ayudarme a bajar mi valija. Contemplé la casa: era blanca, con tejas de un color rojo gastado. Era algo grande, con un piso solo pero seguía hacia el fondo. Como siempre. Un perro resguardaba la entrada, pero yo no lo conocía. Me gruñó por lo bajo, pero estaba tan cansado que ni siquiera se puso de pie.
Me animé a tocar la puerta. Sentía mi corazón galopar. Al rato, mi tía salió. Estaba más arrugada que siempre, avejentada, con la mirada triste pero profunda como hacía quince años antes. A la vieja usanza, en su brazo tenía una cinta negra, exhibiendo el luto. Su piel estaba tostada por el sol. Sus ojos parecían casi ciegos, en búsqueda constante de algo, sin mirar fijo a nada. Las encías estaban aun más vacías que antes. Todo aquello me resultaba familiar y completamente lejano al mismo tiempo.
–Hola–saludé.
–Hola. ¿Qué quiere? ¿Quién es usted?–inquirió de forma brusca.
–Soy la novia de Carlitos–dije, extendiendo la mano.
En lugar de recibirla, me abrazó muy fuerte y comenzó a reír alegre. Los ojos le lloraban de la emoción.
–¡Vinieron…! ¡Qué linda sos! Él no nos llamó ni nada desde que se fue, así que no sabía que estaba en pareja. ¿Y dónde está Carlitos?–preguntó, pispeando detrás de mi espalda–Hace años que no lo veo. Me muero por verlo, con lo buen mozo que era. Debe estar muy cambiado, igual. Le tengo que mostrar la pelota de fútbol con la que jugaba con el Ernesto, cuando los dos eran unos chiquilines… la sigo guardando.

Autor: Logroño