Estaba lavando ya el octavo y último plato cuando escuché los
pasos. Asomé la cabeza por la ventana y la vi venir, directamente hacia la
cabaña.
Sentí como el alivio y la felicidad inundaban mi cuerpo. Incluso
había llegado a pensar que no vendría nunca. ¡Hacía tanto que la estaba
esperando!
Guardé el plato en la alacena y me preparé para recibirla. En
medio de mi nerviosismo, me animé a asomar la cabeza una vez más, para verla
mejor. Tengo que admitir que mi madrastra estaba bien disfrazada. Su cabello
era ahora blanco, estaba vestida con ropas viejas y mugrientas, y su postura
inclinada y lentitud al andar denotaban una edad avanzada que no tenía. Incluso
se había preocupado por que los rasgos de su cara, ahora arrugada y algo pálida,
parecieran lo más dulces posible. Realmente se veía como una anciana triste e
inocente.
Pero entonces la vi pestañar, y lo vi. ¡Allí, en sus ojos! Duró
casi un instante, pero en efecto, ahí estaba: era aquel brillo de maldad,
maldad en su estado más puro, que apareció en su mirada azul y gélida al mirar
hacia mi hogar, y que tantas veces había tenido que soportar mientras vivía en
el castillo. Estoy segura de que, incluso en otras circunstancias y sin saber
que se trataba de ella, con ese solo destello de luz hubiera adivinado su
identidad.
Mientras yo hacía estas reflexiones, la anciana había llegado
hasta la casa y estaba tocando la puerta.
Antes de abrir, me miré al espejo y ensayé una sonrisa inocente,
propia de quien no sabe que su madrastra malvada ha encontrado su escondite y
planea matarla. Me salía a la perfección. Siempre me habían dicho que, si no
fuera princesa, tendría que dedicarme a la actuación.
Finalmente abrí la puerta y con toda dulzura y cortesía le
pregunté qué necesitaba. Ella me dijo que era una anciana pobre y viuda, que
había tenido una vida llena de desgracias y que su única felicidad consistía en
vender manzanas a las jovencitas. “Especialmente a muchachas bonitas, como tú”,
agregó con un guiño de complicidad.
Todo mentira, por supuesto. A mí me dieron ganas de reír. “Si
supiera que lo sé todo…”, pensé divertida.
“Pero como tú pareces ser una niña especialmente generosa”,
prosiguió, “te regalaré una manzana”. Yo la miré fijamente. Ella también era
una excelente actriz.
Entonces abrió un saco que llevaba con ella y sacó la manzana,
perfecta, roja y deslumbrante. Pero a mí no me atraía por su aspecto
maravilloso, sino porque sabía lo que ella significaba, y lo que pasaría
después de que la mordiera. Sabía que iba a caer inconsciente y que así me
encontrarían los enanos, en un limbo entre la vida y la muerte. Ellos llorarían
por mí y probablemente permanecería en ese estado dos o tres días, los
suficientes hasta que ellos construyeran un lugar de vidrio, donde velarme en
algún claro del bosque.
Y en ese momento ocurrirá. Primero se bajará del caballo. Luego se
acercará lentamente. Entonces me mirará a los ojos… ¡Ay, por fin! ¡Mi príncipe!
Desde siempre lo había imaginado, ya que por supuesto aún no lo
conocía. Pero en sueños veía su capa, sus botas, su rostro apuesto y su mirada
profunda… Él vendría para salvarme del hechizo, y luego me subiría a su caballo
y cabalgaríamos juntos hacia el castillo, donde nos casaríamos.
Y es que es así. Desde su nacimiento, cada princesa está destinada
a una historia de amor maravillosa, a que el príncipe de sus sueños se presente
en el momento oportuno para salvarla de algún terrible peligro, y a enamorarse
de él, casarse y vivir felices por siempre. Cada princesa sabe esto, y sabe
también que cuando algo malo le va a suceder, allí estará su príncipe, para
rescatarla. Por eso yo me escondí en la casa de los enanos, sabiendo que mi
madrastra me iba a encontrar, y no es muy difícil de suponer que, siendo una
bruja malvada, utilice una manzana envenenada para librarse de mí. Pero también
sabía que, cuando llegue el momento, allí entrará en acción mi príncipe, quien
al verme me besará y despertará, como en un cuento de hadas. Y el momento
estaba tan cerca. Iba a conocer a mi alma gemela, a quien amaría desde lo más
profundo de mi corazón y con quien compartiría el resto de mis días. Era
probablemente el hecho más importante de mi vida entera.
Finalmente tomé la manzana entre mis manos. Me costaba disimular
mi emoción. Lentamente la giré, la acaricié, la sentí. Por fin la acerqué a mis
labios. Y antes de dar el mordisco fatal miré a la bruja. Concentrada en mis
acciones había descuidado su actuación, sus manos se unían en malvada ambición
y una expresión terrible inundaba su rostro. No pude reprimir una sonrisa de satisfacción.
Al fin y al cabo, yo sí era mejor actriz que ella. Y entonces mordí la manzana.
Al principio todo estaba oscuro. Sentía sus labios húmedos
apoyados suavemente sobre los míos, su respiración lenta y pausada, su cuerpo
inclinado sobre mí. Cuando nuestros labios se separaron, abrí los ojos y me
incorporé.
Él estaba a mi lado, sonriente, mejor aún de lo que había
imaginado. Con caballerosidad me ayudó a pararme, tomó mis manos y me miró a
los ojos.
Y entonces lo sentí. Con delicadeza aparté las manos. No se
necesitaron palabras. Él lo entendió a la perfección.
Nos despedimos con una mirada. Mientras caminaba hacia el bosque,
lo vi subirse a su caballo e irse para siempre, tal vez en busca de otra
princesa. Estaba segura. Él no era el indicado. Pero pronto lo encontraría. Y
en busca de mi verdadero príncipe me interné entre los árboles.
Autor: Dadá.
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