Mi viejo siempre dice que el secreto para ser
feliz no está en hacer lo que a uno le gusta sino en que le guste lo uno que
tiene que hacer. Como a mí eso no me sale, cada vez que tengo un rato voy al
bar de la esquina, donde me gusta usar esos ratos que tengo.
Apenas abro la puerta, me llega el olorcito de
las medialunas, saludo y me siento al lado de la ventana, de mi ventana, porque
por ahí entra el sol, pero no un rayito, un baldazo de sol, de esos que te
empapan todo y que son todavía mas lindos en estos días que hace tanto frío.
La cuestión es que mientras miraba bailar al
vaporcito del café, se me ocurrió levantar la cabeza y me encontré con unos
ojitos muy lindos que estaban en una cara muy linda que estaba en una chica muy
linda. Como en ese bar hago lo que me gusta hacer le sonreí, porque me gusta
sonreír. Pero no sólo no me devolvió la sonrisa sino que me miró como si
estuviera fuera de lugar, como si estuviera usando una cosa muy, muy vieja que
ya no se usa. Lo primero que pensé fue que a lo mejor se sentía mal o algo;
pero después me puse a pensar que últimamente la gente no sonríe mucho, ¿no?
Por todo eso, cuando llegué a casa, lo primero
que hice fue preguntarle a una amiga, que sabe mucho de moda y esas cosas, qué
era lo que se estaba usando este invierno tan frío. De esos que te dan ganas de
quedarte envuelto en una frazada todo el día y pasearte por ahí como si fueras
un rey que va arrastrando su capa por toda la casa.
La respuesta fue una lista muy larga con nombres
de muchos grises que no sabía que existían y veinte mil tipos de zapatitos,
camisas, sacos, etc. Lo que me temía era que en toda esa lista la sonrisa no
estuviera, y lamentablemente no estaba. Por todo esto decidí sacarme la sonrisa
y dejarla en el placard aunque sea por un rato.
Me levanto, no estoy; unas manos que se parecen
mucho a las mías se ocupan de cambiarme y de preparar el desayuno. Me encuentro
a mí mismo subiendo al colectivo, apenas me siento me pongo a mirar las caras
de la gente. Algunos me devuelven la mirada, generalmente es ahí cuando sonrío,
no sé qué hacer, me siento incomodo, expuesto. Entonces desvío la mirada y no
la despego del piso hasta el final del viaje.
Bajo y camino un par de cuadras hasta un negocio
de por ahí; me dicen que no tienen nada que me pueda hacer invisible, así que
compro unos anteojos negros bien oscuros y espejados. Soy espectador de una
obra de teatro ridícula donde cada actor se cree la estrella y hace su propio
monólogo convencido de la esencial importancia de su papel por sobre cualquier
otro. Esta escena se repite durante lo que resta del día; cuando la luz tétrica
de las lamparitas es lo único que queda, puedo levantarme por fin de mi butaca
y retomar el control de mí mismo.
Pienso, pienso mucho, si sigo pensando me voy a
gastar toda la plata en café porque ya van como cinco y no llego a ningún lado.
Cuanto más silencio, peor es lo que escucho. Me dicen que ya están por cerrar,
salgo, silbo, hablo solo, no puedo soportar el silencio.
Abro la
ducha. Respiro.
Me hace
acordar a la lluvia, que me encanta, a esas lluvias gordas que te empapan todo
y escurren todas las preocupaciones. Y así de fácil, en ese momento, escuchando
como cada gota choca contra la bañadera, no pienso, no escucho, no veo, no me
ven.
Se acabó el agua caliente.
Me levanto y siento como si hubiera pasado un
mes. Me pongo encima del pijama una campera muy gorda, con la que pierdo casi
toda movilidad, pero conservo la necesaria para ir a la esquina a tomar el café
con leche. Me siento en mi ventana. Hoy no hay sol, tampoco llueve, es uno de
esos días horribles en que no pasa nada. Cuando no es el silencio es el ruido,
es insoportable y si no es el ruido, lo único que se escuchan son exclamaciones
de señoras indignadas por la situación del transporte público. Dejo la plata
sobre la mesa y enfilo directo para el local de electrónica más cercano, me
dicen que no tienen un filtro de sonido global que solo deje pasar lo que el
usuario considera agradable, entonces pido unos auriculares grandotes,
grandotes que me aíslan de todo lo que me rodea.
Ahora
tengo una armadura inexorable que me protege de todo cuanto podría afectarme.
No me desprendo de ella salvo cuando estoy seguro, en el bar o en casa. Cuando
el sol todavía no termina de despuntar por atrás del horizonte, cuando queda un
pedacito de luna que cuelga de un hilito y no termina de caerse. Sentado en la
silla de siempre, tomando lo mismo de siempre, mirando por la misma maldita
ventana de siempre. El tiempo se escurre por entre mis dedos burlándose,
riéndose de mí, por eso me refugio en esa casa que ya no sé si es mía, en este
bar que ya no sé si me gusta. Tengo que
pensar, me desconcentro, no, estoy concentrado pero en pelotudeces, no sé, el
clima por ejemplo. La mayoría del tiempo el sol no calienta y la luna no
alumbra; todo es gris, ni blanco ni negro, es un sinsentido abrumador,
interminable. Es desesperante y mi única respuesta es girar la cucharita del
café, cada vez más fuerte. Estoy solo, solo contra todo, contra todos, solo en
este océano de gente propio de una quietud insoportable, un letargo
interminable y despreocupado. Como si el tiempo fuera a esperar, como si se
olvidaran de que sus vidas no solo carecen de sentido sino que tampoco
carecerán de él por mucho tiempo. Como si no supieran que sus cuerpos se van a
pudrir, que no son dueños de sí mismos. ¿Soy el único que lo ve? ¿Solo yo me
doy cuenta? ¿Solo yo los veo? ¿Nadie me ve?
No, nadie ve lo importante pero, claro, todos se dan vuelta cuando mi taza se hace añicos contra el suelo. Respiro, cuento hasta tres para no gritar, trato de calmarme. Temblando empiezo a juntar uno por uno los pedacitos.
No, nadie ve lo importante pero, claro, todos se dan vuelta cuando mi taza se hace añicos contra el suelo. Respiro, cuento hasta tres para no gritar, trato de calmarme. Temblando empiezo a juntar uno por uno los pedacitos.
A unos cinco metros de la mesa hay un chico.
Tendría unos siete años, me ayuda a levantar cada partecita de esa pieza rota
que con mucho esfuerzo podrá recomponerse. No mira el piso, me mira, y
probablemente sin saberlo, me devuelve algo que hace tiempo que me falta,
obviamente, le sonrío.
Los ojos por
que suspiras
Los ojos en que
te miras
Sábelo bien
Son ojos porque
te ven.
Antonio Machado
Autor: Botones
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