miércoles, 24 de abril de 2013

Nowhereman


Mi viejo siempre dice que el secreto para ser feliz no está en hacer lo que a uno le gusta sino en que le guste lo uno que tiene que hacer. Como a mí eso no me sale, cada vez que tengo un rato voy al bar de la esquina, donde me gusta usar esos ratos que tengo.
Apenas abro la puerta, me llega el olorcito de las medialunas, saludo y me siento al lado de la ventana, de mi ventana, porque por ahí entra el sol, pero no un rayito, un baldazo de sol, de esos que te empapan todo y que son todavía mas lindos en estos días que hace tanto frío.
La cuestión es que mientras miraba bailar al vaporcito del café, se me ocurrió levantar la cabeza y me encontré con unos ojitos muy lindos que estaban en una cara muy linda que estaba en una chica muy linda. Como en ese bar hago lo que me gusta hacer le sonreí, porque me gusta sonreír. Pero no sólo no me devolvió la sonrisa sino que me miró como si estuviera fuera de lugar, como si estuviera usando una cosa muy, muy vieja que ya no se usa. Lo primero que pensé fue que a lo mejor se sentía mal o algo; pero después me puse a pensar que últimamente la gente no sonríe mucho, ¿no?
Por todo eso, cuando llegué a casa, lo primero que hice fue preguntarle a una amiga, que sabe mucho de moda y esas cosas, qué era lo que se estaba usando este invierno tan frío. De esos que te dan ganas de quedarte envuelto en una frazada todo el día y pasearte por ahí como si fueras un rey que va arrastrando su capa por toda la casa.
La respuesta fue una lista muy larga con nombres de muchos grises que no sabía que existían y veinte mil tipos de zapatitos, camisas, sacos, etc. Lo que me temía era que en toda esa lista la sonrisa no estuviera, y lamentablemente no estaba. Por todo esto decidí sacarme la sonrisa y dejarla en el placard aunque sea por un rato.
Me levanto, no estoy; unas manos que se parecen mucho a las mías se ocupan de cambiarme y de preparar el desayuno. Me encuentro a mí mismo subiendo al colectivo, apenas me siento me pongo a mirar las caras de la gente. Algunos me devuelven la mirada, generalmente es ahí cuando sonrío, no sé qué hacer, me siento incomodo, expuesto. Entonces desvío la mirada y no la despego del piso hasta el final del viaje.
Bajo y camino un par de cuadras hasta un negocio de por ahí; me dicen que no tienen nada que me pueda hacer invisible, así que compro unos anteojos negros bien oscuros y espejados. Soy espectador de una obra de teatro ridícula donde cada actor se cree la estrella y hace su propio monólogo convencido de la esencial importancia de su papel por sobre cualquier otro. Esta escena se repite durante lo que resta del día; cuando la luz tétrica de las lamparitas es lo único que queda, puedo levantarme por fin de mi butaca y retomar el control de mí mismo.
Pienso, pienso mucho, si sigo pensando me voy a gastar toda la plata en café porque ya van como cinco y no llego a ningún lado. Cuanto más silencio, peor es lo que escucho. Me dicen que ya están por cerrar, salgo, silbo, hablo solo, no puedo soportar el silencio.
 Abro la ducha. Respiro.
 Me hace acordar a la lluvia, que me encanta, a esas lluvias gordas que te empapan todo y escurren todas las preocupaciones. Y así de fácil, en ese momento, escuchando como cada gota choca contra la bañadera, no pienso, no escucho, no veo, no me ven.

Se acabó el agua caliente.

Me levanto y siento como si hubiera pasado un mes. Me pongo encima del pijama una campera muy gorda, con la que pierdo casi toda movilidad, pero conservo la necesaria para ir a la esquina a tomar el café con leche. Me siento en mi ventana. Hoy no hay sol, tampoco llueve, es uno de esos días horribles en que no pasa nada. Cuando no es el silencio es el ruido, es insoportable y si no es el ruido, lo único que se escuchan son exclamaciones de señoras indignadas por la situación del transporte público. Dejo la plata sobre la mesa y enfilo directo para el local de electrónica más cercano, me dicen que no tienen un filtro de sonido global que solo deje pasar lo que el usuario considera agradable, entonces pido unos auriculares grandotes, grandotes que me aíslan de todo lo que me rodea.
 Ahora tengo una armadura inexorable que me protege de todo cuanto podría afectarme. No me desprendo de ella salvo cuando estoy seguro, en el bar o en casa. Cuando el sol todavía no termina de despuntar por atrás del horizonte, cuando queda un pedacito de luna que cuelga de un hilito y no termina de caerse. Sentado en la silla de siempre, tomando lo mismo de siempre, mirando por la misma maldita ventana de siempre. El tiempo se escurre por entre mis dedos burlándose, riéndose de mí, por eso me refugio en esa casa que ya no sé si es mía, en este bar que ya no sé si me gusta.  Tengo que pensar, me desconcentro, no, estoy concentrado pero en pelotudeces, no sé, el clima por ejemplo. La mayoría del tiempo el sol no calienta y la luna no alumbra; todo es gris, ni blanco ni negro, es un sinsentido abrumador, interminable. Es desesperante y mi única respuesta es girar la cucharita del café, cada vez más fuerte. Estoy solo, solo contra todo, contra todos, solo en este océano de gente propio de una quietud insoportable, un letargo interminable y despreocupado. Como si el tiempo fuera a esperar, como si se olvidaran de que sus vidas no solo carecen de sentido sino que tampoco carecerán de él por mucho tiempo. Como si no supieran que sus cuerpos se van a pudrir, que no son dueños de sí mismos. ¿Soy el único que lo ve? ¿Solo yo me doy cuenta? ¿Solo yo los veo? ¿Nadie me ve?
No, nadie ve lo importante pero, claro, todos se dan vuelta cuando mi taza se hace añicos contra el suelo. Respiro, cuento hasta tres para no gritar, trato de calmarme. Temblando empiezo a juntar uno por uno los pedacitos.
A unos cinco metros de la mesa hay un chico. Tendría unos siete años, me ayuda a levantar cada partecita de esa pieza rota que con mucho esfuerzo podrá recomponerse. No mira el piso, me mira, y probablemente sin saberlo, me devuelve algo que hace tiempo que me falta, obviamente, le sonrío.


Los ojos por que suspiras
Los ojos en que te miras
Sábelo bien
Son ojos porque te ven.
                                                                      
Antonio Machado

Autor: Botones

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