En una casa de un barrio aristócrata alemán alrededor
de 1918, una familia judía dio a luz a dos mellizos: Heyner Krause y Sender Krause.
La familia estaba, además, compuesta por
los dos padres y sus dos hermanas mayores: Ema y Antígona.
La infancia de los niños fue feliz, los cuatro
hermanos pasaban su tiempo juntos y ajenos a las revueltas y convulsiones que
la sociedad alemana comenzaba a sufrir. Pero
poco a poco (ya en 1934), la casa empezó a oscurecer, hubo escasez de
comida, los padres se abstrajeron y todo el tiempo se los veía asustados,
ansiosos, armando y desarmando valijas.
La actividad social también cambió, ésta se vio reducida al mínimo: sólo
escuelas judías, identificaciones con su religión y prohibiciones para
participar de actos, cines o cualquier entretenimiento público.
En medio de tantos cambios y represión lo más
sorpresivo fue el cambio físico y de actitud de Heyner. Se pasaba horas
escuchando a Adolf Hitler, imitando sus tonos, repitiendo sus discursos y
renegaba de su tradición, luciendo el pelo al ras y bigote. Las cenas con poca
comida, marcadas por una intensa discusión política y conflictos ideológicos irresolubles
entre los dos hermanos, se volvieron insostenibles.
Un día (en invierno de 1935) Heyner Krause se fue. No
estuvo para llorar a los padres de la familia Krause desaparecidos luego de ir
al supermercado, ni tampoco, para
presenciar la pobreza y la decadencia en la que sus hermanos estaban viviendo.
En septiembre, Heyner volvió a su casa, a buscar a sus
hermanos. Ellos estaban sentados en la mesa desayunando lo que podían. Al ver a
su hermano, los tres se sobresaltaron al observar que llevaba uniforme militar
y la insignia nazi en su pecho, pero Heyner no volvía para llevarlos ni tampoco
para pedir perdón sino para aconsejarles que se unieran al nazismo. En sus ojos
podían ver miedo pero convicción como si Heyner realmente creyera en el
“proyecto” de una raza superior.
Sender, firme con su ideología y fiel a su religión,
rechazó la oferta de su mellizo. La discusión fue aumentando en tono e
intensidad hasta que la furia se apoderó de su hermano quien tomó al otro por
la fuerza y en medio de gritos y llantos de las dos mujeres se lo llevó,
dejando la casa vacía con las hermanas llorando.
Los hermanos llegaron, todavía peleando y odiándose, a
uno de los campos de reclutamiento del partido e inesperadamente los dos fueron
tomados de rehenes. El gobierno ya se había enterado del origen judío de la
familia Krause y buscaban a los cuatro hermanos. El nazismo asesinó a los dos,
con la diferencia de que concedió a Heyner la digna sepultura debido a su
devoción y compromiso con el partido.
La noticia terminó de destrozar a las dos hermanas y
enfrentarlas. Ema, asustada, sólo pensaba en irse de Alemania lo antes posible
mientras que Antígona no quería abandonar a sus hermanos y sobre todo quería
encontrar y dar sepultura a Sender bajo la tradición judía. Ema intentó por
todos los medios disuadirla y convencerla de la locura de desobedecer y
exponerse a las leyes del Estado nazi así como de lo imposible que sería
encontrar el cuerpo.
La odisea de Antígona la llevó a recorrer campos,
sedes militares, casas, edificios públicos para averiguar algo sobre su
hermano. La información era escasa y las esperanzas disminuían a cada paso.
Una mañana de diciembre (ya en 1943) y en medio de su
búsqueda, Antígona fue capturada por un grupo de militares y conducida al mismo
campo donde unos años antes habían sido asesinados sus dos hermanos. Antígona
se entera de ello ya que encuentra las pertenencias de Heyner debajo del catre
en el que durmió la única noche de su cautiverio.
Antígona muere al día siguiente, asesinada en el mismo
sitio que los mellizos, lo que le provoca paz interior y conexión con ellos. Si
no los encontró en vida los encontrará en la muerte.
Autor: Lula105
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