miércoles, 24 de abril de 2013

Antígona lucha


En una casa de un barrio aristócrata alemán alrededor de 1918, una familia judía dio a luz a dos mellizos: Heyner Krause y Sender Krause. La familia estaba, además,  compuesta por los dos padres y sus dos hermanas mayores: Ema y Antígona.
La infancia de los niños fue feliz, los cuatro hermanos pasaban su tiempo juntos y ajenos a las revueltas y convulsiones que la sociedad alemana comenzaba a sufrir. Pero  poco a poco (ya en 1934), la casa empezó a oscurecer, hubo escasez de comida, los padres se abstrajeron y todo el tiempo se los veía asustados, ansiosos, armando y desarmando valijas.  La actividad social también cambió, ésta se vio reducida al mínimo: sólo escuelas judías, identificaciones con su religión y prohibiciones para participar de actos, cines o cualquier entretenimiento público.
En medio de tantos cambios y represión lo más sorpresivo fue el cambio físico y de actitud de Heyner. Se pasaba horas escuchando a Adolf Hitler, imitando sus tonos, repitiendo sus discursos y renegaba de su tradición, luciendo el pelo al ras y bigote. Las cenas con poca comida, marcadas por una intensa discusión política y conflictos ideológicos irresolubles entre los dos hermanos, se volvieron insostenibles.
Un día (en invierno de 1935) Heyner Krause se fue. No estuvo para llorar a los padres de la familia Krause desaparecidos luego de ir al supermercado, ni tampoco,  para presenciar la pobreza y la decadencia en la que sus hermanos estaban viviendo.
En septiembre, Heyner volvió a su casa, a buscar a sus hermanos. Ellos estaban sentados en la mesa desayunando lo que podían. Al ver a su hermano, los tres se sobresaltaron al observar que llevaba uniforme militar y la insignia nazi en su pecho, pero Heyner no volvía para llevarlos ni tampoco para pedir perdón sino para aconsejarles que se unieran al nazismo. En sus ojos podían ver miedo pero convicción como si Heyner realmente creyera en el “proyecto” de una raza superior.
Sender, firme con su ideología y fiel a su religión, rechazó la oferta de su mellizo. La discusión fue aumentando en tono e intensidad hasta que la furia se apoderó de su hermano quien tomó al otro por la fuerza y en medio de gritos y llantos de las dos mujeres se lo llevó, dejando la casa vacía con las hermanas llorando.
Los hermanos llegaron, todavía peleando y odiándose, a uno de los campos de reclutamiento del partido e inesperadamente los dos fueron tomados de rehenes. El gobierno ya se había enterado del origen judío de la familia Krause y buscaban a los cuatro hermanos. El nazismo asesinó a los dos, con la diferencia de que concedió a Heyner la digna sepultura debido a su devoción y compromiso con el partido.
La noticia terminó de destrozar a las dos hermanas y enfrentarlas. Ema, asustada, sólo pensaba en irse de Alemania lo antes posible mientras que Antígona no quería abandonar a sus hermanos y sobre todo quería encontrar y dar sepultura a Sender bajo la tradición judía. Ema intentó por todos los medios disuadirla y convencerla de la locura de desobedecer y exponerse a las leyes del Estado nazi así como de lo imposible que sería encontrar el cuerpo.
La odisea de Antígona la llevó a recorrer campos, sedes militares, casas, edificios públicos para averiguar algo sobre su hermano. La información era escasa y las esperanzas disminuían a cada paso.
Una mañana de diciembre (ya en 1943) y en medio de su búsqueda, Antígona fue capturada por un grupo de militares y conducida al mismo campo donde unos años antes habían sido asesinados sus dos hermanos. Antígona se entera de ello ya que encuentra las pertenencias de Heyner debajo del catre en el que durmió la única noche de su cautiverio.
Antígona muere al día siguiente, asesinada en el mismo sitio que los mellizos, lo que le provoca paz interior y conexión con ellos. Si no los encontró en vida los encontrará en la muerte.

Autor: Lula105

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