miércoles, 24 de abril de 2013

El portal


Mientras todos los ancianos comían callados el desayuno en el asilo, Joaquín era el único que hablaba. Sólo se oía su voz junto con el ruido que hacían las cucharas golpeando los platos para alcanzar la avena. Su voz que retumbaba sobre las paredes contando historias de su vida, anécdotas de su familia o, simplemente, comentando acerca del clima. Eso sí, nunca nombraba al tiempo, cada vez que relataba sus aventuras no daba fechas ni años. Tal vez esa era la razón de que ningún joven le creyera, ya que sus recuerdos parecían provenientes de cuentos infantiles. Algunos (los jóvenes y los empleados) decían que era producto de la vejez, que su vida había sido tan aburrida que inventar aventuras hacía que se sintiera mejor consigo mismo o que eran simples sueños que los había creído reales.
 Pero la realidad era otra. Las dudas de todos provenían en base a los demás ancianos del establecimiento. Eran todos tan callados, tan quietos, que parecía que no estaban en este mundo, lo cual, era cierto. Ellos sólo pensaban en el final. Imaginaban como se sentiría atravesar esa puerta que dividía los dos mundos. Se preguntaban cuando les llegaría la hora a cada uno de ellos, como sería, si se iban a dar cuenta. El tiempo era su tema principal y este miedo lo reflejaban con el silencio, el silencio y la quietud.
 Joaquín era la oveja negra del rebaño, mirando hacia adelante cuando los demás miraban hacia atrás, sumergiéndose en un río de recuerdos y melancolía. Miraba al horizonte, a un mañana. Ellos no lo hacían, se ocultaban en el ayer. Para los demás fallecer era el final; para él, un comienzo. Pero las personalidades de cada uno no basta para enfrentarla. La muerte es imparcial, le llega a quien le llega, no importa quien sea. La muerte a veces sorprende. Y eso fue lo que pasó en el asilo esa mañana donde, mientras todos terminaban su avena, Joaquín cayó muerto.
Nadie supo con exactitud por qué, sino hasta el día después, cuando, al terminar el médico de hacer la autopsia, señaló que había sido un simple infarto. Lo que sí se sabía es que  mientras todos se lamentaban por él, en su rostro se podía percibir una sonrisa oculta. Probablemente una que mostraba su felicidad por iniciar una nueva aventura, tenía adelante, un nuevo portal.

Autor: Lula105.

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