El amor despierta viejas
pasiones
Antes, hace ya tiempo, lo general era que, a la salida de la escuela,
me viniera a buscar mi papá. Pero ese día sabía que no iba a venir: él estaba
junto a mi mamá y mi recién nacido hermanito. Yo estaba ansioso, porque mi tío
me llevaría de la escuela a la clínica, a verlo por primera vez. Llegué y
estaba dormidito, al lado de mi mamá (quien, por lo que escuché, no había
pegado un ojo en toda la noche). Mi madrina me ofreció que lo tuviera en
brazos, pero mamá no quería, porque tenía un poco de miedo de que se me cayera
(no me extraña, yo tenía seis años). Luego terminé aceptando, recuerdo que nos
sacamos algunas fotos, y me fui a la media hora a la casa de mi tío.
Esa fue mi primera experiencia con mi hermano menor. A lo largo de
los años aprendí a convivir con él, pero no era del todo fácil, porque se
robaba mis juguetes, estos terminaban rotos, y no se podía jugar con él (si
perdía en un juego de mesa por ejemplo, se ponía a llorar). Pero, a su vez, mi
hermano Marcos también aprendió cosas de mí. Una de ellas fue la pasión por la
música. Aunque no sabía tocar la guitarra, a los doce años Marcos ya escuchaba
rock nacional y algunas cosas del internacional, pero como él no hablaba
inglés, no entendía.
A la edad de veinte años, yo empecé a tocar con unos amigos. Era
el guitarrista, y tocábamos en la puerta de la facultad de Ingeniería, donde
estudiaba en ese momento. Y, dos meses después, hicimos nuestro estreno
oficial, en el cumpleaños de quince de mi prima. No éramos compositores (no
hacíamos las letras) por eso la banda se llamaba “Descompuestos”.
Cuanto todo parecía color de rosa, mi mamá me obligó a seguir con
la carrera de Ingeniería, y tuve que dejar la banda. Cuatro años después, ya
recibido, mi sentimiento hacia la música no había parado. Iba a varios
recitales, con amigos, y de vez en cuando lo llevaba a Marcos, que me pedía
casi llorando que lo llevara (no, él ya no era un chiquito, tenía diecinueve).
En 2004 comenzó a hacerse famosa la banda de uno de mis amigos de
la facultad, entonces yo era un fiel seguidor en sus recitales. Un sábado,
luego de que fuera a jugar al fútbol con lluvia, me enfermé. Esa misma noche,
mi amigo y su banda tocaban en un boliche, del barrio de Once. Yo estaba con
mucha fiebre y tenía dos entradas, una para mí y otra para mi hermano. Le
regalé mi entrada a Marcos, para que fuera con su novia, y alrededor de las
once y media de la noche se fueron. Yo, un rato más tarde me dormí, o por lo
menos traté de hacerlo, porque la fiebre me quemaba y tenía un gran dolor de
cabeza. Finalmente, pude descansar. Al otro día, como siempre, me levanté a las
nueve de la mañana, fui a la heladera, saqué la leche, agarré el cereal y
comencé a desayunar. Prendí la televisión. Me quedé congelado en mi cama, quedé
en un silencio absoluto. Llamé a mamá, pero no contestaba. Agarré un buzo y me
fui corriendo del departamento hacia la casa, donde vivían mamá, Marcos y papá.
Estaban mamá, mi viejo, el tío y la abuela. Me explicaron bien la situación
(mamá no, ella no podía hablar). Fui al cuarto de Marcos. Me quedé mirando la
habitación, durante largo tiempo, como si él todavía estuviera allí.
Me fui, en medio de una lluvia constante, que hacía imposible
reconocer las lágrimas que caían de mis ojos. Veía a la gente correr bajo la
lluvia, y en ese momento me di cuenta que no había nada vivo dentro de mí, que
no podía correr. Y que esas gotas que caían de arriba no calmarían el desierto
en el que me encontraba después del accidente de Marcos.
Nunca pude (ni podré) soportar la muerte de mi hermano. A partir
de ese momento, mi pasión hacia la música se desmoronó. Ya no tenía ganas de
estar una hora, hora y media tocando la guitarra en mi cuarto. No podía. Me
enfoqué durante mucho tiempo a trabajar como ingeniero, que según mamá, “es lo
que me daría de comer”.
Diez años después de lo que pasó con Marcos, me encontré con uno
de los integrantes de “Descompuestos”, en la plaza Ramírez, que quedaba a media
cuadra del departamento. De casualidad, porque yo paseaba a mi perro y él
estaba jugando con su hijo. Charlamos bastante.
-Bueno, me vuelvo, nos vemos che.- le dije yo, un poco cansado
después de un largo día y sin mostrar mi lado cortés.
-Esperá, te voy a ofrecer algo.- me contestó, al mismo tiempo que
sacaba un papel del bolsillo.
-Es un programa de radio en FM, la hacemos con amigos, de música
obvio. Nos quedó una vacante, ¿te sumas?-
Aquello fue, seguramente, un punto de partida en mi reencuentro
con la música. Pero el verdadero “volver a empezar” llegó cuando fui al estudio
de la radio. Hicimos el programa, me presenté ante los oyentes (el programa iba
en vivo) y salió todo bien. Pero, mientras realizábamos el programa, una chica,
de aproximadamente veinticinco años, se sentó en la cuadra de enfrente, y
comenzó a tocar la guitarra. No me importaba si lo hacía bien o mal, si cantaba
desafinado, sino que me interesaba la sonrisa, que demostraba su felicidad por
la música. Una ventana bastante grande separaba el estudio de la radio de la
cuadra.
Apenas terminó el programa, salí volando por la puerta y la fui a
saludar. Tenía una sonrisa hermosa que brillaba en su cara, y un perfume al
filo del dolor, que se podía oler desde muy lejos. Además, tenía ojos verdes,
bien acorde a su belleza.
-Hola.
-Hola, ¿pasa algo?- me preguntó, un poco sorprendida.
-No, solo que quería escuchar cómo cantabas.- respondí, cuando mi
corazón no encontraba el silencio.
Se sonrió, y comenzó a cantar. Terminó y le dije:
-Quedé mudo con tu voz, pero, ¿por qué tocas acá, en la calle?-.
-Por la radio, de ahí enfrente, de donde saliste. De vez en cuando
llevan gente a grabar ¿Me acompañas a la esquina? Necesito comprar unas flores
para mi casa.
La acompañe y hablamos de la vida, de la música, de que el padre
era de River igual que yo, y más. Le pedí su número, así algún la podría
invitar a la radio.
-Bueno, me tengo que ir al Subte, nos vemos- se despidió.
-No no, una última pregunta, ¿cómo te llamas?- Sí, hasta ese
momento no sabía su nombre. Le había preguntado de todo menos su nombre.
-(sonríe) María. Solo María. ¿Vos?
-Joaquín. Solo Joaquín.
Me saludó y se fue a su casa. La noche estaba oscura, pero era de
día en mi corazón.
Cinco días más tarde, nos encontramos en su casa. Tomamos unos
mates y charlamos, hasta que me preguntó “¿Querés tocar?”. No sabía que
responder. Es que no agarraba una guitarra desde la muerte de mi hermano. Tenía
un poco de nostalgia, pero también tenía un pequeño temor de no volver a ser
ese mismo de antes.
Comencé tranquilo, pero luego me desesperé, me saltó esa alma
escondida de adentro; y así continúo hasta hoy, sin soñar, placentero, cantando
esta canción, luzca el sol o no. Con amor, con dolor, esta canción durará por
siempre.
Autor: Martín Carrizo.