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miércoles, 29 de mayo de 2013

Sin título

En tus brazos está la seguridad,
en tus ojos la cordura,
en tus labios la razón,
en tu cara la escultura.

En tus pies las caricias,
en tus piernas la fuerza,
en tu espalda la belleza,
en tus brazos la ternura.

En la noche estamos nosotros
mi locura, tu calma,
mi miedo, tu abrazo.
Tanto miedo. Otro abrazo.

En mis palabras el amor,
inexpresable por momentos.
Sos un buen receptor, 
con tu mirada y tus momentos.
Los nuestros.

Autor: Aina

Libertad

Y jugué por ejemplo a los ladrones 

y los ladrones eran policías.

M. Benedetti

Esta noche veo tu cara,
pálida como siempre
y las facciones demacradas
de tanto esperar y esperar
que todo mejore,
que todo vuelva a la normalidad.

Pero no, ya no estás,
ya te vas y es demasiada
grande y corta mi angustia.
Ya no tomamos café y pensamos…
y creemos que luchamos por algo.

Ya no hacemos nada,
porque hace muchas noches
que no te veo ni te escucho
ni te siento… tan cerca y tan lejos
como antes,
como esa lluvia gris que cae incesante
desde afuera de mi ventana ciega.

Tal vez te convertiste en un recuerdo,
en esa eternidad hermosa que tienen algunos
y aun así,
me dejaste tu ausencia.

Ya no nos desvelamos en reuniones
hasta madrugadas heladas
ni imaginamos un futuro diferente
sin miedo, sin tristeza
sin muerte.
Ya no te puedo acompañar hasta tu casa
(para poder sentir juntos el amor en los años del odio)
ni contarte tantas cosas,
y reír y llorar.

Y es que ya no hablamos
y es que el miedo me atrapa,
y tus viejos dejaron tu casa
y yo estoy solo,
mirando el reflejo de tu foto
que ya no representa nada,
como la lluvia que cae afuera,
que ya no es afuera,
porque yo tampoco estoy.
Ya me fui con vos a ese lugar



que sin embargo existe.

Autor: Eduardo Santos.


Desliz

Quizás no me vaya a sorprender
si contaras lo que te pasó.

Cualquiera se puede distraer,
cualquiera se choca un paredón.
Te preguntó mucho de la vida
con el cielo entre los lagrimales,
con el alma repleta de nubes,
con pasiones bastante animales.

Y se rió de vos como loco con esa risa tan idílica,
tan encantadora, tan ilusa,
tan hipnotizante, tan confusa.

Quizás te eches un poco de culpa
por haberte causado revuelo,

por enamorarte simplemente
por no haberle encontrado defectos

La almohada te discute muy poco
mientras puedas volar con estrellas
y te aferres a un sol compartido
mientras marques con fuego tus huellas.

Autor: Prudence

Un espectáculo emocional

 Había llegado el día. Por fin yo iba a cumplir mi mayor sueño: tocar el piano, mostrar mi habilidad a la gente en semejante lugar, en el Teatro Colón. ¡Con sólo 10 años yo tendría una oportunidad a la que muchos músicos bien formados habían aspirado sin éxito! Yo me sentaría delante del piano de cola, ofreciendo un i
increíble espectáculo musical al público junto a un coro de niños.

Mis padres, rebosantes de orgullo, me habían acompañado hasta allí. Yo me metí por la entrada de artistas; empecé a entrar en un estado de semi-consciencia, mis piernas me llevaban por el camino indicado sin que yo las guiara.

De pronto, yo me encontraba detrás del telón, aguardando ese instante eterno en el que seríamos llamados.

Cuando el momento llegó, sentí que mi mente, mi capacidad de pensar y ordenar, se perdía entre la irresistible emoción y se alejaba.

Mi figura entró al escenario en último lugar, siguiendo cuidadosamente los pasos del niño corista que tenía delante.

Mis piernas me desplazaron hasta el taburete mientras mis ojos giraban enloquecidos ante la visión de las enormes bandejas, su distribución, la gente sobriamente vestida colmándolas y aplaudiendo, probablemente a nosotros; mi mente estaba demasiado nublada para que yo pueda ahora asegurarlo. Cada par de ojos del público centraba su atención en nosotros, y yo recibía, percibía ese mensaje, de ansiedad y de expectativa a la vez, que me invadía y me estimulaba.

Sentí que mi cuerpo se sentaba al piano, mis ojos habían desviado su atención del público, cuyo aplauso yo escuchaba, hacia ese conjunto de teclas blancas y negras, que se había apoderado de mi vida desde que yo lo observara por primera vez.

La música comenzó, y mis dedos la tocaban al mismo tiempo que mis pies pisaban los pedales, mientras yo tenía la visión de la partitura, la codificación que permite comprender y ejecutar sólo lo superficial, lo que se escucha claramente, aquello a lo que la gente puede acceder mediante el frío sentido auditivo, de la obra musical. A medida que era tocada y cantada, fui dejándome llevar hasta el mismo Paraíso por su mensaje, sencillo pero incomprensible, que penetra en la gente, que la glorifica, que transmite un goce infinito al que no se puede llegar con palabras. Porque la música acompaña, de la misma forma que el fuego, al ser humano desde que este surgió y, por esto, tiene una historia ancestral que por medio de las vidas de nuestros antepasados transmite ese deleite directamente a nuestro inconsciente, llenando nuestras almas.

El tiempo no parecía estar pasando mientras mis dedos pulsaban las teclas siguiendo las instrucciones en ese extraño idioma de la partitura, buscando así el servicio de ese inmenso placer para mis oídos.

Yo escuchaba esa melodía grande en virtud, que provenía del piano, que es el instrumento madre. La gente dice que lo es porque puede reproducir todas las notas existentes. Eso es cierto, pero hoy creo que esa es simplemente la explicación que salta a la vista, la que encubre el motivo subconsciente de esta elección de la inteligencia humana. El piano es una representación material de la música en general: de la misma forma que esta, tiene una parte perceptible fácil y directamente, la parte aplicada directamente por la raza humana; las teclas y los pedales de un lado, la melodía que puede ser tocada y escuchada del otro. Y de la misma manera en ambos casos, hay una estructura oculta por esta capa superficial; por un lado, las cuerdas cubiertas por el armazón del piano de un lado, el mensaje misterioso y casi tangible por el otro.

Finalmente, el concierto terminó, no sé si después de un rato corto o largo, ya que en el Cielo el tiempo no existe. Las manos del público se unieron en común aplauso, y creo que los espectadores no podían controlarlas, seguramente habían sido cautivados por nuestro trabajo, o más bien nuestra pasión.

Yo hice la clásica reverencia y agradecí por dentro esta magna manifestación del público, esos simples choques de manos que, increíblemente, alegran a cada partícula de nuestros cuerpos.

Me retiré y vi a mis padres, radiantes como nunca los había visto, esperándome, y nos fuimos a casa.


A lo largo de este relato no doy datos sobre mi nombre ni sobre los de los coristas; asimismo, omito la información que permita identificar el concierto que todos juntos ejecutamos, limitándome a decir que, a criterio de la gente en general, es una obra maestra. Así lo decidí porque cuando la música es buena, nos causa ese incomprensible deleite ancestral, sin tener en cuenta títulos, autores ni intérpretes.   

Autor: Torito

Sin título

I
El tiempo comienza a retroceder.

deseo.
mis fuerzas
y con todas
cierro mis ojos
respiro profundo
Con cierto vértigo
Finalmente me decido.

y podría ganar tanto...
no cuesta nada
Soñar, desear
¿es acaso imposible...?
Quiero hacerlo

que lo intente.
pero algo me dice
y sé que es absurdo
Me siento una niña

ocurra.
desearlo y que de alguna manera
desearlo por vos
desearlo por mí
desearlo
la idea de
Y de pronto nace de casualidad:

de arreglar los errores.
de cambiar el pasado
de volver atrás
la posibilidad casi ridícula
con insano placer
Entonces imagino

no desear tanto, tanto que...
Quisiera no arrepentirme
en nada puede cambiar.
si el pasado es pasado
Pero de qué me sirve lamentarme

Ahora ya es tarde.

o no quise.
No traté
No pude
porque todo es mi culpa.
por vos
y es por mí
estoy triste
Estoy triste otra vez,

ahora me inunda el alma.
y el canto de lluvia
no me sonríen como antes
Camino y las flores se burlan

Tantos días pasaron...

tarde.
demasiado
Ya es
te fuiste.
y te vas
capricho del tiempo
y todo ocurrió muy rápido
y vos cada vez más lejos
y yo cada vez más lejos
pero las palabras no salen
no te vayas quiero decirte
Y te pierdo
o no quiero.
pero no trato
pero no puedo
que te detengas
Quiero alcanzarte

te veo alejarte.
Como en un sueño

El tiempo se detiene.


II

El tiempo continúa.

Como en un sueño
te veo alejarte.

Y de pronto entiendo
y no, esta vez no.
Y corro
y te alcanzo
y las palabras nacen
y el amor renace
y no, no te pierdo
y yo sé que sí
que podemos hacerlo.
Porque con vos
las flores me alientan
y me sonríen y me alegran
y el canto de lluvia
me consuela el alma.

Y ahora sé que podemos
que si lo deseamos podemos
y yo lo deseo
más que nada en el mundo.
Y si me querés
y te quiero
podemos arreglarlo
arreglarnos.

Esta vez

sí.

Autor: Dadá.

Máscaras

soy mil máscaras
que no ocultan

ningún rostro debajo

Autor: Francisco Zappa

La noche es perfecta

La noche es perfecta
Y yo recorro flotando por esas calles que tanto conozco 
Y amo
La música pasional 
Recorre todo mi cuerpo
No me había dado cuenta
¡Qué distraído estoy!
De que la luna esta completa hoy
Y el negro cielo cubre todo 
El poema no es este que escribo

El poema es vivir esta noche

Autor: Francisco Zappa

miércoles, 24 de abril de 2013

Réquiem a la nada



Si nunca escuché nuestra música fue porque lo único que pudimos crear fue silencio. Para nosotros no hubo orquesta, ni violines incansables ni vientos amortiguadores. Durante mucho tiempo pensé que más allá de nuestro desconocernos había un montón de instrumentos esperando sonar, queriendo empezar largos compases de sonidos que se aman.
No sé si te conozco o no, quizás sea por eso que el silencio sigue zumbando en mi oreja, recordándome que lo que nunca existió agoniza en una esquina. De a poco el eco de la voz que había censurado crece y me dice que los dos lo sabíamos, íbamos a terminar en el mismo lugar en el que habíamos tratado de empezar. Pero eso es mentira, hoy estamos mucho peor, sin hablarnos y con ganas de llorar.
Se me terminan las notas, la esperanza y las ideas, y un réquiem sin sentido suena afuera, esperando que salga a invadirlo. 
¿Quién de los dos va a ser el primero en dejar el silencio que hicimos juntos?

Autor: Colombrina.

Condicional simple


Si me parara en el ojo de la tormenta y lo viera todo, ¿tendría miedo?
Si conociera mi energía destructiva, ¿querría ir a ella?
Si me prometieran rayos, truenos y vendavales, ¿me quedaría a ver?
Si me dijeran que todo va a pasar y que cierre los ojos, ¿lo haría?
Si me destruyeran placenteramente, ¿me molestaría?
Si me esculpieran y me pusieran en la punta de la torre más alta, ¿me gustaría ser vista?
Si me culparan de todo y me obligaran a cargar con la culpa, ¿lo soportaría?
Si se rieran de mí a mis espaldas, ¿me daría cuenta?
Si me prometieran que la ola no va a romper en mi cabeza, ¿debería creerles?
Si me aseguraran que el sol no va a rajar mi piel, ¿debería confiar?
Si me miraran a los ojos por el resto de mi vida, ¿querría quedar ciega?
Si me regalaran un paraíso, ¿lo desperdiciaría?
Si me obligaran a no soltarme por nada del mundo, ¿preguntaría “a qué”?
Si trataran de romper mis huesos para quedarse con mi esencia, ¿opondría resistencia?
Si quisieran enseñarme que el presente está perdido y que el futuro no existe, ¿aceptaría sin tratar de decirles que no es así?
Si me quisieran convencer de no volver a hablar, ¿me dejaría persuadir?
Si me dejaran sola sobre la cuerda floja, ¿trataría de sobrevivir?
Si se quedaran con todo lo que es mío, ¿les pediría que a cambio me dieran lo que siento que me falta?
Si me abrazaran, ¿me volvería suave?
Si me arrullaran, ¿dormiría bien?
Si me suplicaran, ¿tendría piedad?
¿Y si lo hicieras vos?

Autor: Colombina.

¿Para qué?


Yo suelo preguntarme muy seguido
La razón de algunas cosas
El motivo de tantas otras
Que me afectan mientras vivo

¿Para qué vive la gente común
Cada uno igual que el anterior?
Yo no entiendo la razón
Que les hace querer ser todos iguales
Y así, volverse una manada de animales
Triste, gris, que la llenan de ideales
Para el beneficio de unos pocos

Y esos pocos,
Que se creen que estamos locos
Que nos llenan de porquerías, para que florezcan sus mentes rancias
Ni saben cómo nos afectan, mientras haya una ganancia


Pienso también en mi destino, en mi vida
No entiendo el camino, pero conozco la salida
Una sola, fea y desentendida
Que te lleva, te arrastra y te traga como si fueras su comida.


Sin embargo, me pregunto si es buena la compañía
Son pocos lo que me acompañan hasta mi llegada al nunca jamás
Y yo me pregunto; ¿Para qué vivir
Si no hay alguien a quien sentir a tu lado
Y que a su lado no sienta a alguien mas?
¿Piensan así los demás?

Y si los demás no piensan mi pensamiento
Me despreocupo, me pongo contento
Porque no tienen perdidas ni lamentos, como tengo yo
Y también porque me siento diferente,  como del plano el hoyo
¿No es para eso para lo que uno vive?
¿Para disfrutar de lo que recibe
Y para atajar los lamentos de los demás?
Yo pienso que si mi vida fuera para atrás
Me sentiría condenado
Pues mi poema no estaría terminado
Y no podría preguntarme para qué
Veo que entiende, pero ¿usted entiende lo que ve?

Autor: Zapp.

Sonnet de l'amoreux


Cuando yo te veo, entiendo mi rol:
Cuidarte y quererte, pa’ que estés sana;
Amarte, del desayuno a la cama;
Protegerte, todo está bajo control.

Yo solo quiero que seas feliz.
Perdón si me pongo algo sensible,
Quiero que disfrutes, que seas libre;
En temas de amor, soy un aprendiz.

Perdón si me pongo algo demente,
Me preocupa qué piensa la gente:
Si me fichan de imbécil o de sabio.

Perdón si me pongo algo demente,
Me interesa disfrutar el presente:
Y besarte apasionado en los labios.

Autor: Zapp.

Ella


Es tarde. El sol se pone detrás de las montañas. Pero ella sigue ahí, inmóvil, impregnando con su olor el oscuro cuarto, ahora manchado de sangre. Sentada sobre un sillón yace, ensangrentada y con un orificio en el cuello, ella, la misma chica con la cual ayer mismo estaba feliz. Pero hoy, ya no… No sé qué pasó, no sé qué me pasó… Hoy, apenas llegué, ella estaba ahí, en ese mismo lugar. Me sonrió con esa sonrisa tan suya, tan dulce y sencilla… Un extraño impulso me invadió. Corrí y corrí hacia la terraza, agarré el arma que tenía escondida allí arriba y volví. Disparé sin saber muy bien a qué. Nunca olvidaré la mirada en su rostro cuando me vio llegar con el arma. Miedo, pero sobre todo, sorpresa. No sé por qué, pero disparé. Toda la casa empezó a temblar y de pronto…
Desperté… Fue sólo un sueño. Un sueño en el que yo me volvía loco.

Autor: Katrina.

La canción sin fin


El amor despierta viejas pasiones

Antes, hace ya tiempo, lo general era que, a la salida de la escuela, me viniera a buscar mi papá. Pero ese día sabía que no iba a venir: él estaba junto a mi mamá y mi recién nacido hermanito. Yo estaba ansioso, porque mi tío me llevaría de la escuela a la clínica, a verlo por primera vez. Llegué y estaba dormidito, al lado de mi mamá (quien, por lo que escuché, no había pegado un ojo en toda la noche). Mi madrina me ofreció que lo tuviera en brazos, pero mamá no quería, porque tenía un poco de miedo de que se me cayera (no me extraña, yo tenía seis años). Luego terminé aceptando, recuerdo que nos sacamos algunas fotos, y me fui a la media hora a la casa de mi tío.
Esa fue mi primera experiencia con mi hermano menor. A lo largo de los años aprendí a convivir con él, pero no era del todo fácil, porque se robaba mis juguetes, estos terminaban rotos, y no se podía jugar con él (si perdía en un juego de mesa por ejemplo, se ponía a llorar). Pero, a su vez, mi hermano Marcos también aprendió cosas de mí. Una de ellas fue la pasión por la música. Aunque no sabía tocar la guitarra, a los doce años Marcos ya escuchaba rock nacional y algunas cosas del internacional, pero como él no hablaba inglés, no entendía.
A la edad de veinte años, yo empecé a tocar con unos amigos. Era el guitarrista, y tocábamos en la puerta de la facultad de Ingeniería, donde estudiaba en ese momento. Y, dos meses después, hicimos nuestro estreno oficial, en el cumpleaños de quince de mi prima. No éramos compositores (no hacíamos las letras) por eso la banda se llamaba “Descompuestos”.
Cuanto todo parecía color de rosa, mi mamá me obligó a seguir con la carrera de Ingeniería, y tuve que dejar la banda. Cuatro años después, ya recibido, mi sentimiento hacia la música no había parado. Iba a varios recitales, con amigos, y de vez en cuando lo llevaba a Marcos, que me pedía casi llorando que lo llevara (no, él ya no era un chiquito, tenía diecinueve).
En 2004 comenzó a hacerse famosa la banda de uno de mis amigos de la facultad, entonces yo era un fiel seguidor en sus recitales. Un sábado, luego de que fuera a jugar al fútbol con lluvia, me enfermé. Esa misma noche, mi amigo y su banda tocaban en un boliche, del barrio de Once. Yo estaba con mucha fiebre y tenía dos entradas, una para mí y otra para mi hermano. Le regalé mi entrada a Marcos, para que fuera con su novia, y alrededor de las once y media de la noche se fueron. Yo, un rato más tarde me dormí, o por lo menos traté de hacerlo, porque la fiebre me quemaba y tenía un gran dolor de cabeza. Finalmente, pude descansar. Al otro día, como siempre, me levanté a las nueve de la mañana, fui a la heladera, saqué la leche, agarré el cereal y comencé a desayunar. Prendí la televisión. Me quedé congelado en mi cama, quedé en un silencio absoluto. Llamé a mamá, pero no contestaba. Agarré un buzo y me fui corriendo del departamento hacia la casa, donde vivían mamá, Marcos y papá. Estaban mamá, mi viejo, el tío y la abuela. Me explicaron bien la situación (mamá no, ella no podía hablar). Fui al cuarto de Marcos. Me quedé mirando la habitación, durante largo tiempo, como si él todavía estuviera allí.
Me fui, en medio de una lluvia constante, que hacía imposible reconocer las lágrimas que caían de mis ojos. Veía a la gente correr bajo la lluvia, y en ese momento me di cuenta que no había nada vivo dentro de mí, que no podía correr. Y que esas gotas que caían de arriba no calmarían el desierto en el que me encontraba después del accidente de Marcos.
Nunca pude (ni podré) soportar la muerte de mi hermano. A partir de ese momento, mi pasión hacia la música se desmoronó. Ya no tenía ganas de estar una hora, hora y media tocando la guitarra en mi cuarto. No podía. Me enfoqué durante mucho tiempo a trabajar como ingeniero, que según mamá, “es lo que me daría de comer”.
Diez años después de lo que pasó con Marcos, me encontré con uno de los integrantes de “Descompuestos”, en la plaza Ramírez, que quedaba a media cuadra del departamento. De casualidad, porque yo paseaba a mi perro y él estaba jugando con su hijo. Charlamos bastante.
-Bueno, me vuelvo, nos vemos che.- le dije yo, un poco cansado después de un largo día y sin mostrar mi lado cortés.
-Esperá, te voy a ofrecer algo.- me contestó, al mismo tiempo que sacaba un papel del bolsillo. 
-Es un programa de radio en FM, la hacemos con amigos, de música obvio. Nos quedó una vacante, ¿te sumas?-
Aquello fue, seguramente, un punto de partida en mi reencuentro con la música. Pero el verdadero “volver a empezar” llegó cuando fui al estudio de la radio. Hicimos el programa, me presenté ante los oyentes (el programa iba en vivo) y salió todo bien. Pero, mientras realizábamos el programa, una chica, de aproximadamente veinticinco años, se sentó en la cuadra de enfrente, y comenzó a tocar la guitarra. No me importaba si lo hacía bien o mal, si cantaba desafinado, sino que me interesaba la sonrisa, que demostraba su felicidad por la música. Una ventana bastante grande separaba el estudio de la radio de la cuadra.
Apenas terminó el programa, salí volando por la puerta y la fui a saludar. Tenía una sonrisa hermosa que brillaba en su cara, y un perfume al filo del dolor, que se podía oler desde muy lejos. Además, tenía ojos verdes, bien acorde a su belleza.
-Hola.
-Hola, ¿pasa algo?- me preguntó, un poco sorprendida.
-No, solo que quería escuchar cómo cantabas.- respondí, cuando mi corazón no encontraba el silencio.
Se sonrió, y comenzó a cantar. Terminó y le dije:
-Quedé mudo con tu voz, pero, ¿por qué tocas acá, en la calle?-.
-Por la radio, de ahí enfrente, de donde saliste. De vez en cuando llevan gente a grabar ¿Me acompañas a la esquina? Necesito comprar unas flores para mi casa.
La acompañe y hablamos de la vida, de la música, de que el padre era de River igual que yo, y más. Le pedí su número, así algún la podría invitar a la radio.
-Bueno, me tengo que ir al Subte, nos vemos- se despidió.
-No no, una última pregunta, ¿cómo te llamas?- Sí, hasta ese momento no sabía su nombre. Le había preguntado de todo menos su nombre.
-(sonríe) María. Solo María. ¿Vos?
-Joaquín. Solo Joaquín.
Me saludó y se fue a su casa. La noche estaba oscura, pero era de día en mi corazón.
Cinco días más tarde, nos encontramos en su casa. Tomamos unos mates y charlamos, hasta que me preguntó “¿Querés tocar?”. No sabía que responder. Es que no agarraba una guitarra desde la muerte de mi hermano. Tenía un poco de nostalgia, pero también tenía un pequeño temor de no volver a ser ese mismo de antes.
Comencé tranquilo, pero luego me desesperé, me saltó esa alma escondida de adentro; y así continúo hasta hoy, sin soñar, placentero, cantando esta canción, luzca el sol o no. Con amor, con dolor, esta canción durará por siempre.

Autor: Martín Carrizo.

El portal


Mientras todos los ancianos comían callados el desayuno en el asilo, Joaquín era el único que hablaba. Sólo se oía su voz junto con el ruido que hacían las cucharas golpeando los platos para alcanzar la avena. Su voz que retumbaba sobre las paredes contando historias de su vida, anécdotas de su familia o, simplemente, comentando acerca del clima. Eso sí, nunca nombraba al tiempo, cada vez que relataba sus aventuras no daba fechas ni años. Tal vez esa era la razón de que ningún joven le creyera, ya que sus recuerdos parecían provenientes de cuentos infantiles. Algunos (los jóvenes y los empleados) decían que era producto de la vejez, que su vida había sido tan aburrida que inventar aventuras hacía que se sintiera mejor consigo mismo o que eran simples sueños que los había creído reales.
 Pero la realidad era otra. Las dudas de todos provenían en base a los demás ancianos del establecimiento. Eran todos tan callados, tan quietos, que parecía que no estaban en este mundo, lo cual, era cierto. Ellos sólo pensaban en el final. Imaginaban como se sentiría atravesar esa puerta que dividía los dos mundos. Se preguntaban cuando les llegaría la hora a cada uno de ellos, como sería, si se iban a dar cuenta. El tiempo era su tema principal y este miedo lo reflejaban con el silencio, el silencio y la quietud.
 Joaquín era la oveja negra del rebaño, mirando hacia adelante cuando los demás miraban hacia atrás, sumergiéndose en un río de recuerdos y melancolía. Miraba al horizonte, a un mañana. Ellos no lo hacían, se ocultaban en el ayer. Para los demás fallecer era el final; para él, un comienzo. Pero las personalidades de cada uno no basta para enfrentarla. La muerte es imparcial, le llega a quien le llega, no importa quien sea. La muerte a veces sorprende. Y eso fue lo que pasó en el asilo esa mañana donde, mientras todos terminaban su avena, Joaquín cayó muerto.
Nadie supo con exactitud por qué, sino hasta el día después, cuando, al terminar el médico de hacer la autopsia, señaló que había sido un simple infarto. Lo que sí se sabía es que  mientras todos se lamentaban por él, en su rostro se podía percibir una sonrisa oculta. Probablemente una que mostraba su felicidad por iniciar una nueva aventura, tenía adelante, un nuevo portal.

Autor: Lula105.

Antígona lucha


En una casa de un barrio aristócrata alemán alrededor de 1918, una familia judía dio a luz a dos mellizos: Heyner Krause y Sender Krause. La familia estaba, además,  compuesta por los dos padres y sus dos hermanas mayores: Ema y Antígona.
La infancia de los niños fue feliz, los cuatro hermanos pasaban su tiempo juntos y ajenos a las revueltas y convulsiones que la sociedad alemana comenzaba a sufrir. Pero  poco a poco (ya en 1934), la casa empezó a oscurecer, hubo escasez de comida, los padres se abstrajeron y todo el tiempo se los veía asustados, ansiosos, armando y desarmando valijas.  La actividad social también cambió, ésta se vio reducida al mínimo: sólo escuelas judías, identificaciones con su religión y prohibiciones para participar de actos, cines o cualquier entretenimiento público.
En medio de tantos cambios y represión lo más sorpresivo fue el cambio físico y de actitud de Heyner. Se pasaba horas escuchando a Adolf Hitler, imitando sus tonos, repitiendo sus discursos y renegaba de su tradición, luciendo el pelo al ras y bigote. Las cenas con poca comida, marcadas por una intensa discusión política y conflictos ideológicos irresolubles entre los dos hermanos, se volvieron insostenibles.
Un día (en invierno de 1935) Heyner Krause se fue. No estuvo para llorar a los padres de la familia Krause desaparecidos luego de ir al supermercado, ni tampoco,  para presenciar la pobreza y la decadencia en la que sus hermanos estaban viviendo.
En septiembre, Heyner volvió a su casa, a buscar a sus hermanos. Ellos estaban sentados en la mesa desayunando lo que podían. Al ver a su hermano, los tres se sobresaltaron al observar que llevaba uniforme militar y la insignia nazi en su pecho, pero Heyner no volvía para llevarlos ni tampoco para pedir perdón sino para aconsejarles que se unieran al nazismo. En sus ojos podían ver miedo pero convicción como si Heyner realmente creyera en el “proyecto” de una raza superior.
Sender, firme con su ideología y fiel a su religión, rechazó la oferta de su mellizo. La discusión fue aumentando en tono e intensidad hasta que la furia se apoderó de su hermano quien tomó al otro por la fuerza y en medio de gritos y llantos de las dos mujeres se lo llevó, dejando la casa vacía con las hermanas llorando.
Los hermanos llegaron, todavía peleando y odiándose, a uno de los campos de reclutamiento del partido e inesperadamente los dos fueron tomados de rehenes. El gobierno ya se había enterado del origen judío de la familia Krause y buscaban a los cuatro hermanos. El nazismo asesinó a los dos, con la diferencia de que concedió a Heyner la digna sepultura debido a su devoción y compromiso con el partido.
La noticia terminó de destrozar a las dos hermanas y enfrentarlas. Ema, asustada, sólo pensaba en irse de Alemania lo antes posible mientras que Antígona no quería abandonar a sus hermanos y sobre todo quería encontrar y dar sepultura a Sender bajo la tradición judía. Ema intentó por todos los medios disuadirla y convencerla de la locura de desobedecer y exponerse a las leyes del Estado nazi así como de lo imposible que sería encontrar el cuerpo.
La odisea de Antígona la llevó a recorrer campos, sedes militares, casas, edificios públicos para averiguar algo sobre su hermano. La información era escasa y las esperanzas disminuían a cada paso.
Una mañana de diciembre (ya en 1943) y en medio de su búsqueda, Antígona fue capturada por un grupo de militares y conducida al mismo campo donde unos años antes habían sido asesinados sus dos hermanos. Antígona se entera de ello ya que encuentra las pertenencias de Heyner debajo del catre en el que durmió la única noche de su cautiverio.
Antígona muere al día siguiente, asesinada en el mismo sitio que los mellizos, lo que le provoca paz interior y conexión con ellos. Si no los encontró en vida los encontrará en la muerte.

Autor: Lula105

Ritual


Se había prometido que solo sería en las noches de lluvia, en lo posible de mucha lluvia, ese había sido el acuerdo. Durante el día el tiempo pasaba lento, la vida la vivía o la intentaba vivir de la forma más normal posible. Sin embargo, no era todo tan equilibrado: imágenes fugaces, retazos, astillas de pensamientos, trozos de suspiros exhalados en la oscuridad, volvían de repente en los momentos diurnos menos esperados. Entonces se disculpaba, que se sentía mal, con este calor a quién no le baja la presión y ya mismo voy a comprar algo dulce y se me pasa.
 Acá en mis recuerdos, la penumbra, el silencio con tanto ruido, las gotas que caen afuera y las otras gotas, el frío, el suelo helado, mi piel contra la pared, mis mejillas contra el vidrio. Mi mano que se mueve para ahuyentar el humo y las brasas que brillan en la oscuridad. Es como una antorcha pequeña, como un animal chiquito de fuego. El frío y el suelo helado de nuevo, me recuesto boca arriba, desearía ser otra persona, sabes. El silencio vuelve como los recuerdos. Me doy vuelta, hace tanto frío. Un coche que para y el sonido entrecortado me sobresalta. Cuando paso a la cama pasa algo raro, la almohada se transforma, se vuelve vos, entonces algo sube por mi cuerpo. El temblor llega hasta mi garganta, mis labios, el grito mudo que intenta escurrirse por mi boca, el cigarrillo que por poco cae entre las sabanas, mi cara contra la almohada, desearía ser otra persona.
31/10
Volvía caminando hasta mi casa después de una noche interminable, sin dormir apenas, pero contenta, la había pasado bien. No esperaba encontrarte, para nada, y menos acompañado. Viajamos los tres juntos, una larga epopeya de dolor y sufrimiento para mi, parecías estar en tu mundo. Ni siquiera podía mirarte, las cosas que te había dicho rebotaban en mi cabeza, me enredaban la lengua, menos que menos me dejaban hablar.
Cuando finalmente te fuiste no me pude contener, me olvidé del ritual, del decoro, de muchas otras cosas también. Te vi subiendo las escaleras hasta desaparecer y cuando finalmente te perdí de vista me lleve las manos a la cara y derrame, por adelantado, lo que antes hacía cada noche, cada noche de lluvia.
Salí del subte y no me extrañé, sin embargo, que estuviera lloviendo. La gente corría, no entendí de que escapaban, sí se iban a mojar de todas formas.

Autor: Humo.