Los que caminaban por Avenida Paseo Colón observaron estupefactos
la transformación. Testigos de lo imposible, sus caras estaban congeladas en el
tiempo; los ojos de todos formaban un círculo alrededor del joven, parecían
muertos en su rostro. Más gente se sumaba al círculo, en silencio. Alguien había llamado a la policía: una
sirena lejana y una ambulancia se acercaban. Sobre el suelo yacía
convulsionando. El cambio había sido simultáneo en todo su cuerpo. De su mano
cayó una libretita, con algunas líneas escritas en una letra casi ilegible; la
última frase tenía pocas palabras y ni siquiera se alcanzaba a leer la última
porque las letras se deformaban cayendo debajo del reglón hasta transformarse,
prácticamente, en garabatos.
Nadie se percató de la
libreta en el suelo.
Recuperó el conocimiento y se percató de que estaba en una
ambulancia. La camilla vibraba con la
regulación del motor y el paramédico la sostenía fuerte mientras hablaba con el
conductor. Súbitamente, se incorporó y, quitándose el suero y las vendas de la
cabeza, saltó de la camilla. El médico
no atinó a reaccionar y el muchacho abrió el portón, observó la avenida
un instante y se arrojó hacia el cordón de la vereda. Tres bocinas frenéticas
se escucharon al unísono. Rodó unos metros hasta golpear contra el cordón. Se
lastimó la pierna derecha al caer con todo el peso de su cuerpo sobre ella. Aún
así, sangrando, se levantó y comenzó a correr, sin destino; a cualquier lado.
El sudor impregnaba su cuerpo. Pronto se convirtió en una sustancia viscosa y
caliente que le recorría su piel, la ropa rota y las heridas abiertas.
La ambulancia se había detenido y los médicos se habían bajado
para buscarlo. Escuchó un auto de policía acercarse y huyó al Parque Lezama. El
sol potente de octubre se elevaba altísimo y lo iluminaba por completo. Subió
hasta la parte más alta y trepó a un árbol. Allí, esperó dos horas, mudo,
observando a las personas que pasaban cada tanto. Los policías no lo
encontraron. La espera lo alivió (aún sin haberse percatado de lo que le había
ocurrido). El shock duró al menos una
hora más hasta que logro tranquilizarse. Incluso pensó en bajar y buscar a la
policía: les diría que se había asustado mucho y que por eso se había arrojado
de la ambulancia. Cuando se disponía a bajar, rozó su nariz con las hojas de
las ramas y estornudó. Al rascarse, noto algo diferente; algo grotesco en su
cara. Pensó en la caída, en las vendas, en la ambulancia- y ¿Por qué la ambulancia?- pero no sentía
dolor, ni tenía sangre en sus manos. Era algo en la forma de su nariz. Pero
también en la de sus ojos; la de sus cejas; la de su frente; la de su boca. No
fue hasta ese momento que notó el cambio en todo su cuerpo. Todo. Desde sus
pies hasta su pecho. El miedo frente a lo que veía, a través de las ropas
sucias y rotas, lo desconcertó, lo espantó. Perdió el equilibrio y cayó del
árbol. Corrió, con la pierna otra vez golpeada en el mismo lugar, hasta la
calle Defensa. La gente que lo veía pasar se llevaba las manos a la boca,
mientras se detenía sorprendida y murmuraba por lo bajo.
Intentó buscar ayuda; ni personas ni policías ni ambulancias que
lo socorriesen. Las personas ni siquiera se acercaban. Hasta los perros corrían
asustados. Quizás alguien en algún hospital. El Hospital Argerich podría ser,
solo unas cuadras más hacia el sur por Defensa hasta llegar a la Avenida Martín
García y luego dos calles más por la Avenida Almirante Brown.
En la Avenida Caseros había una vieja casa de estilo Colonial
abandonada; no había nadie caminando en esa cuadra y en la puerta de entrada
decidió parar. Estaba exhausto, agotado. Su mente no había parado desde el
momento en que recupero el conocimiento. Logró recordar, en ese instante, que
estaba yendo a su casa antes de despertar en la camilla, y que mientras caminaba
escribía algo en un anotador pequeño, de bolsillo. Pero en su bolsillo no había
nada. Tampoco recordaba lo que había escrito.
Dos personas caminaban por Caseros y casi llegaban adonde se
encontraba él por lo que se escondió rápidamente dentro de la casa, rompiendo
unos tablones que tapaban parte de la entrada. Caminó luego frente al ex Museo
de Ciencias Históricas y se detuvo antes de que terminara el viejo paredón del
edificio. Con cuidado caminó hasta Finochietto, para evitar que lo vieran y se
atemorizaran-y ¿Por qué se atemorizan?-.
Si la policía que lo había buscado lo encontraba así no podría ni siquiera
explicar lo que le había pasado – en el caso de llegar a entender lo que le
había ocurrido-.
En la esquina de Defensa y Finochietto encontró unos cristales
rotos desparramados. Levantó un trozo y
con su mano derecha lo cubrió parcialmente para evitar el reflejo del sol: se
vio por primera vez a sí mismo. Casi se desmaya al observar su rostro. Dejó
caer el cristal y este se astilló en pedazos muchos más diminutos. Palpó toda
su cara con sus manos que temblaban. Quiso verse de nuevo y levantó otro trozo
en sus manos: vio sus ojos de un contorno redondeado y suave, recorrido por el
sudor que bajaba por unos pómulos pálidos y delicados, que contrastaban con una
pequeña boca roja, con labios finos y secos. ¡Su nariz! Pequeña y curvada. Su
cara parecía irreal, grotesca, como una careta. Sus pupilas dilatadas parecían
a punto de estallar. ¿Dónde estaba aquella frente amplia y su nariz, la de
siempre, grande y aguileña? ¿Qué eran esos ojos redondeados y tan pequeños?
¿Sus ojos marrones de siempre, saltones y grandes? ¿Su boca? ¡Esos labios
finos, tan rosados! Acaso alguien había coloreado, o mutilado sus labios
pálidos y carnosos. Sus orejas ya no estaban, parecían pequeñitas manos de
bebé. Sus amplios pabellones tampoco estaban. Ni siquiera su grueso pelo negro
quedaba, en su lugar un fino cabello castaño cubría su frente y llegaba casi
hasta sus hombros. Palpó su vientre, sus piernas, sus brazos y se quedó
observándolos enmudecido. Las líneas rectas de su cuerpo, las formas rectas y
perfectas, habían desaparecido. Curvas y contornos redondeados daban forma a su
monstruosidad.
Sin embargo,
extrañamente, pensó en unas fotos que
había visto hace tiempo en el Museo de Arte Post- Contemporáneo. Eran fotos de
hombres y niños de principios del siglo
XXI paseando en parques, riendo y jugando con unos viejos juguetes llamados
barriletes, que dirigidos por un hilo planeaban en el cielo de verano. Todo eso
recordó mientras observaba su cuerpo. Se vio a sí mismo por un momento como un
personaje más de la imagen, que jugaba y reía. Un monstruo que jugaba y reía.
Volvió a palpar su cara, grotesca y retorcida en sus formas. ¿Esa
suavidad, esas líneas en la piel? El sudor se contorsionaba a medida que fluía
por la cien, los ojos, los pómulos, las
comisuras; daba miles de vueltas antes de seguir su camino de descenso. Las
lágrimas de sus ojos comenzaron a brotar y
ya no sabía que sensación guardaba en su interior. Solo se vio invadido
por desesperación y un vacío en el estómago y en el pecho.
Otras imágenes se proyectaron frente a sus ojos: recuerdos de su
niñez, de la infancia de sus hermanos. Recuerdos de juegos en la plaza y en su
casa con un viejo muñeco de peluche que lo abrazaba, le sonreía y se desplazaba
hasta cualquier lugar, con finos y delicados movimientos. Recordó cuando, por
curiosidad y no tanta coincidencia quizás, rompió el revestimiento de algodón
artificial del muñeco. Deseaba ver aquello que le permitía caminar. Allí
descubrió el complejo sistema grisáceo y luminoso, motorizado, robótico, del
muñeco. Más allá de eso, el recuerdo más intenso era el de su propia cara y su
cuerpo, pequeños, inocentes, delicados, teñidos de los colores rosados y las
formas monstruosas de ahora. Al mismo tiempo, revolvía su cabeza buscando
imágenes de hacía unos meses, de hacía unas semanas, de hacía un instante, que reforzaban el horror de la figura actual.
¿Qué tenía que ver su niñez con esta figura cruda y monstruosa? ¿Dónde estaba
lo que era él?
El miedo que suele agigantarse en los pensamientos, lo acorraló y
sin otra escapatoria, se echó a correr hacia el sur por Defensa hasta pasar el
Parque Lezama. Sin prestar atención ni siquiera a la gente que caminaba, se
dirigió hasta Paseó Colón. Autos y colectivos fluían por la Avenida como
siempre. La gente caminaba como todos los días-aunque en realidad corrían, pero
siempre corremos: ya es caminar-. Él
solo corría en ese instante, en ese período de tiempo con un principio y un fin
dados. Al menos algo corría, tal vez
no era él, quizás era un materialización de su niñez, o la figuración de un
monstruo. De cualquier manera, no era lo de siempre.
Corrió. Llegó hasta la entrada de Emergencias del Hospital
Argerich. Se dispuso a buscar ayudar. Pero en la entrada quedó inmovilizado
frente al gentío que ingresaba y salía ajetreado, preocupado, indiferente.
Apenas lo notaban. Ni siquiera algún despistado que lo empujaba volteaba para
disculparse. Él, ahí, parado y mirando la puerta que casi no permanecía
cerrada.
Finalmente, caminó hacia a la Guardia y fue exactamente en ese
momento que, como un disparo percutido desde lo más profundo de su mente
confundida, una frase lo congeló en seco a un paso de la puerta: la compasión de los hombres. ¿Y qué era
esa frase? ¿Qué tenía que ver con todo aquello? (Si es que tenía alguna
relación). Recordó poco a poco que aquello era lo que escribía en su anotador
antes de perder el conocimiento; recordó lo escrito y una peculiar pregunta antes del desmayo:”¿Qué es la
compasión?”.
No entró en la Guardia, solo se quedó parado afuera. Miró a ambos
lados de la calle, vio el hormiguero de autos y personas; oyó los escapes, los
frenos, gritos, sirenas y campanas. Sintió el olor de los bares que rodeaban el
hospital, el olor del aceite frito y las parrillas se mezclaba con de la
humedad del Río, con el humo de los
autos. Observó también a las personas que se detenían autómatas en el semáforo;
observó a las que parecían alegres, y también a las que caminaban con sus caras
de como siempre: como siempre ayer,
hoy y mañana. Vio algo común: un hombre golpeado tirado en la calle, vio como,
aun así, todo el mundo seguía caminando. Nadie lo ayudaba. ¿Alguien se
percataba? ¿Era acaso invisible, o era un monstruo como él?
Si nadie me ve, si NADIE me
ve:
¡¿Qué es lo que me ocurre a
“mí”?!
Volvió a pensar en la Guardia y no lo dudó más: entró. Buscó ayuda
y nadie lo atendió. Estaba pero no, nadie lo escuchaba. Con bronca,
desesperado, golpeó las mesas de entradas y las de informes. Pero nada, nadie.
Salió de la Guardia y gritó, fuerte, cuanto pudo. Pero nada,
nadie. Volteó su cara hacia todos lados, volvió a ver al mendigo. Se acercó y
su sorpresa fue final cuando al hablarle al viejo, destartalado en la vereda,
este ni siquiera levantó su cabeza.
…………………
Este hombre no lo vio y nadie más podría verlo porque desde el
momento en que la frase volvió a su mente y se consolidó como un recuerdo firme
y ya no perdido, llenando el vacío de la confusión con la palabra “compasión”,
el final de la transformación se completó. Ya nadie volvería a verlo pues
cualquier humano desnudo, redondeado, suave, real y olvidado, era invisible
para aquellos ojos tan normales, perfectos, comunes, monstruosos, hermosos, de siempre.
Qué suerte la de él, que se
transforma, y que desgraciado al ser uno entre tantos, al ser un solitario. Me
resulta difícil comprenderlo y solo puedo preguntarme qué ocurre con la humanización que no la veo, que no se
ve.
Autor: Fioktist