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miércoles, 29 de mayo de 2013

En el callejón

 "En la comisura de los labios del rostro más duro
un poco de sangre, color, luz y
un poema, que mil locos han escrito conmigo"...
  "En la última fisura de la cara más perfecta
algo de polvo, magia, miedo y
una voz, que cien llantos ha llorado ya por ti"...
  "En la más pequeña mueca de las máscara más fría"...
una silueta, un gato, humo y
unos pasos, una gota y
un reflejo,
una mano,
un grito,
sangre...                                                                         en el callejón.

Tiempo pretético

  (...) cómo se llega la muerte
                           tan callando;
JORGE MANRIQUE

Secaré mis aguas
en el aire frío de la mañana
y me derrotaré,
en números, notas y letras.
Secaré mis aguas
en el aire frío del mediodía
y me enterraré,
en el cantero gris del progreso infértil.
Secaré mis aguas
en el aire frío de la tarde
y me plasmaré,
con el sudario de espejos, en la tumba nuestra.
Secaré mis aguas
en el aire frío de la noche;
pero cuando el aire sea tierra
¡Ay de mí!
¡No, que no hubiera secado las aguas!
(¡que no las seque!)
¡Que no me hubiera enterrado en el cantero!
(¡que no me entierre!)
¡Que no me hubiera plasmado en la tumba!
(¡que no me plasme!)
¡Que aflore el agua e inunde
el cantero para dar flor;
que letra y nota dé la flor
que sendas muertes den al sudario!

(y todo, antes de que mi tiempo sea pretérito
y yo -tan callando- hubiera escrito estas líneas).

Autor: Héctor

A una inmigrante

“y el tiempo estranguló mi estrella…”

Tiras tiras de papel
herrumbradas por
la lluvia de enero

Desechas desechas cartas
herrumbradas por
la lluvia de enero

Las yemas de tus dedos
vislumbran el ácido ardor del
limón sobre tus cicatrices

El estupor austero brota
de esos pellejos corroídos
por tus dientes

Bebes, bebiendo de una botella,
y ya bebida beberás aun más,
hasta que tus ojos se sequen de cansancio

Y verás eufórica por la ventana,
el insomnio de las noches
desparramarse por los tejados

 25 de septiembre, 1972

Autor: Amenábar


El juguete destinado

El héroe aqueo que ahora yace de rodillas en el suelo, con la mirada perdida en el escenario que lo rodea, suelta el arma y la arroja lejos de sí.
-¡Oh insulsos dioses!- exclama y su voz resuena en los cadáveres decorados con la sangre fresca de la batalla- ¿Habremos los mortales de combatir en vuestras luchas insensatas por el resto de la eternidad, matar como feroces fieras por un bocado de agraciada carne mientras vosotros os regocijáis en el Olimpo sempiterno, colmados de bellas mujeres, de honores, de gloria interminable?- y diciendo esto, apoya su brazo y se empuja para incorporarse. -¿Pies ligeros… acaso poseen alguna utilidad? ¿Acaso la armadura que forjó el implacable Hefesto para mi provecho, la ayuda de vosotros en la rápida pero efímera victoria de los troyanos sobre los aqueos –oh traidores, ¡Transmitieron esperanza vana al alma desgarrada y necesitada de ella!- sirvieron de algo en vuestros oscuros y egoístas planes? ¿Acaso por ello se recompensa el sufrimiento de Patroclo, mi caro amigo y compañero? ¿Y el de los valientes aqueos cubiertos por el manto de la oscuridad en la batalla e incapaces ahora de  volver a ver jamás a sus preciadas esposas y a los niños que rebozan vida en sus pechos? ¿Sabían ellos de vuestras artimañas escurridizas e insensatas, conocían de verdad por lo que estaban combatiendo cuando desembarcaron por vez primera a las playas troyanas, eran conscientes del engaño que expiraban vuestros hálitos divinos, disfrazados de guerreros, manipulándolos como juguetes de un destino sangriento, olvidado y  doloroso?- Pregunta Aquiles, dueño ahora de una inconmensurable pena. En ese momento, una luz potente se cierne sobre el héroe. Éste mira para todos lados, pero no logra distinguir de donde emana aquella aureola que ahora lo baña con su luminosidad. Coloca su cara frente al cielo, y furioso continúa exclamando:- Más aun así, no los juzgaré yo mismo, que aquel que obedece los designios divinos, los dioses le tienen en su más preciada consideración. Pero no olvidéis que otros lo harán por mí. Otros, desconocidos, pesarán vuestras acciones en una balanza y se inclinarán a salvar a unos y destruir a otros. Ellos, impávidos, presenciarán como vosotros os asustáis terriblemente, festejarán por vuestros temores y odios y se convertirán en la ruina para vuestros destinos. ¿O es que acaso piensan que tal como vosotros nos manejáis, ellos tampoco pueden manejarlos a vosotros?
  Al  inquirir aquello el valeroso Aquiles amenaza la nada misma. Como respuesta  escucha risas en el escenario desolado y al mismo tiempo cubierto por cuerpos moribundos. Se intranquiliza, colérico, busca y aferra nuevamente la espada y apunta con ella el vacío que lo rodea- ¿Qué es eso? Carcajadas infernales… ¿De quién? ¿Risas de los dioses? ¿Risas del destino mismo, burlándose en mi rostro de lo que acontecerá? ¿Risas de los propios muertos, únicos testigos mudos del dolor y la tristeza que mutilan mi alma, pero que ya no pueden experimentar sentimiento alguno y lloran sus penas riendo? ¡Que se presente ante mí, Aquiles Eálida, el dios o mortal que emite ese sonido inconstante y odioso! ¡Que haga su presencia aquí mismo, aquí y ahora, para que pueda ajusticiarlo con mi espada, y si no le bastase con ello, con mi fuerza física, con mis brazos duros como piedras y con mi agilidad de saeta!- calla repentinamente y espera a que el desconocido aparezca. Se escuchan murmullos un poco más alejados de los cuerpos que recubren el suelo. Telas caen hacia ambos lados del lugar y se van cerrando lentamente. Los murmullos parecen desconcertados al principio. Luego, a medida que presienten que el héroe no objetará cosa alguna, se van incrementando cada vez más, para luego convertirse en chiflidos, ovaciones, y aplausos estridentes. Aquiles, confundido, voltea y observa como una multitud de personas se levantan de sus butucas para chocar las manos entre sí. Perdido, observa como también los actores que hacían de muertos se incorporan y con sonrisas en el rostro  –alguna que otra lágrima- saludan satisfechos al público que los aplaude, agradeciendo que la función les haya gustado de sobremanera, esperando verlos nuevamente cada sábado a la misma hora y deseando contar con su valorada presencia. El director sale detrás de escenas, los felicita por el labor realizado aquella noche y sin olvidarse de las criticas, alude duramente al actor que no pudo contener su risa envidiosa al observar a Ulises, el chico nuevo que protagonizaba al héroe aqueo, mientras interpretaba su personaje con tanto sentimiento y compromiso internos. Deciden de común acuerdo ir a festejar el tremendo éxito de aquella producción en un restaurante de renombre, y tan pronto como desarman el escenario, apagan las luces y se alejan de allí. Empujan también al inerte actor que parece presa de una confusión espantosa y lo conducen hacia la calle, para dejarlo parado después allí mismo, frente a una vidriera de una casa de juguetes. El entonces ahora Aquiles (o Ulises), con la mirada perdida en la ciudad luminiscente y desconocida que parece cernirse sobre su propia sombra y devorarlo, se encuentra de pie frente a un negocio en mitad de la noche, sin más consuelo que una espada falsa en la mano derecha y un imparable shock interno que amenaza con dominar cada parte de su consciencia. Está tan perdido que no nota un movimiento leve pero continuo. Sus piernas tienen vida propia, y antes de que se dé cuenta de lo que está haciendo, se  ha acercado con una lentitud exacerbada a la vitrina del negocio y  ha clavado su mirada de fuego en un juguete en particular. Al instante, la risa brota a carcajadas de su garganta, fluye imparable por sus mejillas, recorre sin detenerse brazos y piernas y se metamorfosea, finalmente, en descontroladas lágrimas que van a parar al suelo. Y pensar… Y pensar que un simple caballito de madera, labrado con esmero por algún artesano citadino, puesto en oferta por algún desconsiderado vendedor y  colocado en la tienda de una ciudad indiferente, puede provocarle en él, en el héroe aqueo más grande que el orbe haya visto jamás, tales sentimientos.


Autor: El gato de Cheshire

Karuna

Los que caminaban por Avenida Paseo Colón observaron estupefactos la transformación. Testigos de lo imposible, sus caras estaban congeladas en el tiempo; los ojos de todos formaban un círculo alrededor del joven, parecían muertos en su rostro. Más gente se sumaba al círculo, en silencio.  Alguien había llamado a la policía: una sirena lejana y una ambulancia se acercaban. Sobre el suelo yacía convulsionando. El cambio había sido simultáneo en todo su cuerpo. De su mano cayó una libretita, con algunas líneas escritas en una letra casi ilegible; la última frase tenía pocas palabras y ni siquiera se alcanzaba a leer la última porque las letras se deformaban cayendo debajo del reglón hasta transformarse, prácticamente, en garabatos.
 Nadie se percató de la libreta en el suelo.

Recuperó el conocimiento y se percató de que estaba en una ambulancia. La camilla  vibraba con la regulación del motor y el paramédico la sostenía fuerte mientras hablaba con el conductor. Súbitamente, se incorporó y, quitándose el suero y las vendas de la cabeza, saltó de la camilla. El médico  no atinó a reaccionar y el muchacho abrió el portón, observó la avenida un instante y se arrojó hacia el cordón de la vereda. Tres bocinas frenéticas se escucharon al unísono. Rodó unos metros hasta golpear contra el cordón. Se lastimó la pierna derecha al caer con todo el peso de su cuerpo sobre ella. Aún así, sangrando, se levantó y comenzó a correr, sin destino; a cualquier lado. El sudor impregnaba su cuerpo. Pronto se convirtió en una sustancia viscosa y caliente que le recorría su piel, la ropa rota y las heridas abiertas.
La ambulancia se había detenido y los médicos se habían bajado para buscarlo. Escuchó un auto de policía acercarse y huyó al Parque Lezama. El sol potente de octubre se elevaba altísimo y lo iluminaba por completo. Subió hasta la parte más alta y trepó a un árbol. Allí, esperó dos horas, mudo, observando a las personas que pasaban cada tanto. Los policías no lo encontraron. La espera lo alivió (aún sin haberse percatado de lo que le había ocurrido). El shock duró al menos una hora más hasta que logro tranquilizarse. Incluso pensó en bajar y buscar a la policía: les diría que se había asustado mucho y que por eso se había arrojado de la ambulancia. Cuando se disponía a bajar, rozó su nariz con las hojas de las ramas y estornudó. Al rascarse, noto algo diferente; algo grotesco en su cara. Pensó en la caída, en las vendas, en la ambulancia- y ¿Por qué la ambulancia?- pero no sentía dolor, ni tenía sangre en sus manos. Era algo en la forma de su nariz. Pero también en la de sus ojos; la de sus cejas; la de su frente; la de su boca. No fue hasta ese momento que notó el cambio en todo su cuerpo. Todo. Desde sus pies hasta su pecho. El miedo frente a lo que veía, a través de las ropas sucias y rotas, lo desconcertó, lo espantó. Perdió el equilibrio y cayó del árbol. Corrió, con la pierna otra vez golpeada en el mismo lugar, hasta la calle Defensa. La gente que lo veía pasar se llevaba las manos a la boca, mientras se detenía sorprendida y murmuraba por lo bajo.
Intentó buscar ayuda; ni personas ni policías ni ambulancias que lo socorriesen. Las personas ni siquiera se acercaban. Hasta los perros corrían asustados. Quizás alguien en algún hospital. El Hospital Argerich podría ser, solo unas cuadras más hacia el sur por Defensa hasta llegar a la Avenida Martín García y luego dos calles más por la Avenida Almirante Brown.
En la Avenida Caseros había una vieja casa de estilo Colonial abandonada; no había nadie caminando en esa cuadra y en la puerta de entrada decidió parar. Estaba exhausto, agotado. Su mente no había parado desde el momento en que recupero el conocimiento. Logró recordar, en ese instante, que estaba yendo a su casa antes de despertar en la camilla, y que mientras caminaba escribía algo en un anotador pequeño, de bolsillo. Pero en su bolsillo no había nada. Tampoco recordaba lo que había escrito.
Dos personas caminaban por Caseros y casi llegaban adonde se encontraba él por lo que se escondió rápidamente dentro de la casa, rompiendo unos tablones que tapaban parte de la entrada. Caminó luego frente al ex Museo de Ciencias Históricas y se detuvo antes de que terminara el viejo paredón del edificio. Con cuidado caminó hasta Finochietto, para evitar que lo vieran y se atemorizaran-y ¿Por qué se atemorizan?-. Si la policía que lo había buscado lo encontraba así no podría ni siquiera explicar lo que le había pasado – en el caso de llegar a entender lo que le había ocurrido-.
En la esquina de Defensa y Finochietto encontró unos cristales rotos  desparramados. Levantó un trozo y con su mano derecha lo cubrió parcialmente para evitar el reflejo del sol: se vio por primera vez a sí mismo. Casi se desmaya al observar su rostro. Dejó caer el cristal y este se astilló en pedazos muchos más diminutos. Palpó toda su cara con sus manos que temblaban. Quiso verse de nuevo y levantó otro trozo en sus manos: vio sus ojos de un contorno redondeado y suave, recorrido por el sudor que bajaba por unos pómulos pálidos y delicados, que contrastaban con una pequeña boca roja, con labios finos y secos. ¡Su nariz! Pequeña y curvada. Su cara parecía irreal, grotesca, como una careta. Sus pupilas dilatadas parecían a punto de estallar. ¿Dónde estaba aquella frente amplia y su nariz, la de siempre, grande y aguileña? ¿Qué eran esos ojos redondeados y tan pequeños? ¿Sus ojos marrones de siempre, saltones y grandes? ¿Su boca? ¡Esos labios finos, tan rosados! Acaso alguien había coloreado, o mutilado sus labios pálidos y carnosos. Sus orejas ya no estaban, parecían pequeñitas manos de bebé. Sus amplios pabellones tampoco estaban. Ni siquiera su grueso pelo negro quedaba, en su lugar un fino cabello castaño cubría su frente y llegaba casi hasta sus hombros. Palpó su vientre, sus piernas, sus brazos y se quedó observándolos enmudecido. Las líneas rectas de su cuerpo, las formas rectas y perfectas, habían desaparecido. Curvas y contornos redondeados daban forma a su monstruosidad.
 Sin embargo, extrañamente,  pensó en unas fotos que había visto hace tiempo en el Museo de Arte Post- Contemporáneo. Eran fotos de hombres y niños  de principios del siglo XXI paseando en parques, riendo y jugando con unos viejos juguetes llamados barriletes, que dirigidos por un hilo planeaban en el cielo de verano. Todo eso recordó mientras observaba su cuerpo. Se vio a sí mismo por un momento como un personaje más de la imagen, que jugaba y reía. Un monstruo que jugaba y reía.
Volvió a palpar su cara, grotesca y retorcida en sus formas. ¿Esa suavidad, esas líneas en la piel? El sudor se contorsionaba a medida que fluía por  la cien, los ojos, los pómulos, las comisuras; daba miles de vueltas antes de seguir su camino de descenso. Las lágrimas de sus ojos comenzaron a brotar y  ya no sabía que sensación guardaba en su interior. Solo se vio invadido por desesperación y un vacío en el estómago y en el pecho.
Otras imágenes se proyectaron frente a sus ojos: recuerdos de su niñez, de la infancia de sus hermanos. Recuerdos de juegos en la plaza y en su casa con un viejo muñeco de peluche que lo abrazaba, le sonreía y se desplazaba hasta cualquier lugar, con finos y delicados movimientos. Recordó cuando, por curiosidad y no tanta coincidencia quizás, rompió el revestimiento de algodón artificial del muñeco. Deseaba ver aquello que le permitía caminar. Allí descubrió el complejo sistema grisáceo y luminoso, motorizado, robótico, del muñeco. Más allá de eso, el recuerdo más intenso era el de su propia cara y su cuerpo, pequeños, inocentes, delicados, teñidos de los colores rosados y las formas monstruosas de ahora. Al mismo tiempo, revolvía su cabeza buscando imágenes de hacía unos meses, de hacía unas semanas, de hacía un instante,  que reforzaban el horror de la figura actual. ¿Qué tenía que ver su niñez con esta figura cruda y monstruosa? ¿Dónde estaba lo que era  él?
El miedo que suele agigantarse en los pensamientos, lo acorraló y sin otra escapatoria, se echó a correr hacia el sur por Defensa hasta pasar el Parque Lezama. Sin prestar atención ni siquiera a la gente que caminaba, se dirigió hasta Paseó Colón. Autos y colectivos fluían por la Avenida como siempre. La gente caminaba como todos los días-aunque en realidad corrían, pero siempre corremos: ya es caminar-. Él solo corría en ese instante, en ese período de tiempo con un principio y un fin dados. Al menos algo corría, tal vez no era él, quizás era un materialización de su niñez, o la figuración de un monstruo. De cualquier manera, no era lo de siempre.
Corrió. Llegó hasta la entrada de Emergencias del Hospital Argerich. Se dispuso a buscar ayudar. Pero en la entrada quedó inmovilizado frente al gentío que ingresaba y salía ajetreado, preocupado, indiferente. Apenas lo notaban. Ni siquiera algún despistado que lo empujaba volteaba para disculparse. Él, ahí, parado y mirando la puerta que casi no permanecía cerrada.
Finalmente, caminó hacia a la Guardia y fue exactamente en ese momento que, como un disparo percutido desde lo más profundo de su mente confundida, una frase lo congeló en seco a un paso de la puerta: la compasión de los hombres. ¿Y qué era esa frase? ¿Qué tenía que ver con todo aquello? (Si es que tenía alguna relación). Recordó poco a poco que aquello era lo que escribía en su anotador antes de perder el conocimiento; recordó lo escrito y una peculiar  pregunta antes del desmayo:”¿Qué es la compasión?”.
No entró en la Guardia, solo se quedó parado afuera. Miró a ambos lados de la calle, vio el hormiguero de autos y personas; oyó los escapes, los frenos, gritos, sirenas y campanas. Sintió el olor de los bares que rodeaban el hospital, el olor del aceite frito y las parrillas se mezclaba con de la humedad del Río, con  el humo de los autos. Observó también a las personas que se detenían autómatas en el semáforo; observó a las que parecían alegres, y también a las que caminaban con sus caras de como siempre: como siempre ayer, hoy y mañana. Vio algo común: un hombre golpeado tirado en la calle, vio como, aun así, todo el mundo seguía caminando. Nadie lo ayudaba. ¿Alguien se percataba? ¿Era acaso invisible, o era un monstruo como él?
Si nadie me ve, si NADIE me ve:
¡¿Qué es lo que me ocurre a “mí”?!

Volvió a pensar en la Guardia y no lo dudó más: entró. Buscó ayuda y nadie lo atendió. Estaba pero no, nadie lo escuchaba. Con bronca, desesperado, golpeó las mesas de entradas y las de informes. Pero nada, nadie.
Salió de la Guardia y gritó, fuerte, cuanto pudo. Pero nada, nadie. Volteó su cara hacia todos lados, volvió a ver al mendigo. Se acercó y su sorpresa fue final cuando al hablarle al viejo, destartalado en la vereda, este ni siquiera levantó su cabeza.

                                                           …………………
Este hombre no lo vio y nadie más podría verlo porque desde el momento en que la frase volvió a su mente y se consolidó como un recuerdo firme y ya no perdido, llenando el vacío de la confusión con la palabra “compasión”, el final de la transformación se completó. Ya nadie volvería a verlo pues cualquier humano desnudo, redondeado, suave, real y olvidado, era invisible para aquellos ojos tan normales, perfectos, comunes, monstruosos, hermosos, de siempre.
 Qué suerte la de él, que se transforma, y que desgraciado al ser uno entre tantos, al ser un solitario. Me resulta difícil comprenderlo y solo puedo preguntarme qué ocurre con la humanización que no la veo, que no se ve.


Autor: Fioktist

Máscaras

soy mil máscaras
que no ocultan

ningún rostro debajo

Autor: Francisco Zappa

miércoles, 24 de abril de 2013

Condicional simple


Si me parara en el ojo de la tormenta y lo viera todo, ¿tendría miedo?
Si conociera mi energía destructiva, ¿querría ir a ella?
Si me prometieran rayos, truenos y vendavales, ¿me quedaría a ver?
Si me dijeran que todo va a pasar y que cierre los ojos, ¿lo haría?
Si me destruyeran placenteramente, ¿me molestaría?
Si me esculpieran y me pusieran en la punta de la torre más alta, ¿me gustaría ser vista?
Si me culparan de todo y me obligaran a cargar con la culpa, ¿lo soportaría?
Si se rieran de mí a mis espaldas, ¿me daría cuenta?
Si me prometieran que la ola no va a romper en mi cabeza, ¿debería creerles?
Si me aseguraran que el sol no va a rajar mi piel, ¿debería confiar?
Si me miraran a los ojos por el resto de mi vida, ¿querría quedar ciega?
Si me regalaran un paraíso, ¿lo desperdiciaría?
Si me obligaran a no soltarme por nada del mundo, ¿preguntaría “a qué”?
Si trataran de romper mis huesos para quedarse con mi esencia, ¿opondría resistencia?
Si quisieran enseñarme que el presente está perdido y que el futuro no existe, ¿aceptaría sin tratar de decirles que no es así?
Si me quisieran convencer de no volver a hablar, ¿me dejaría persuadir?
Si me dejaran sola sobre la cuerda floja, ¿trataría de sobrevivir?
Si se quedaran con todo lo que es mío, ¿les pediría que a cambio me dieran lo que siento que me falta?
Si me abrazaran, ¿me volvería suave?
Si me arrullaran, ¿dormiría bien?
Si me suplicaran, ¿tendría piedad?
¿Y si lo hicieras vos?

Autor: Colombina.

Final feliz


Estaba lavando ya el octavo y último plato cuando escuché los pasos. Asomé la cabeza por la ventana y la vi venir, directamente hacia la cabaña.
Sentí como el alivio y la felicidad inundaban mi cuerpo. Incluso había llegado a pensar que no vendría nunca. ¡Hacía tanto que la estaba esperando!
Guardé el plato en la alacena y me preparé para recibirla. En medio de mi nerviosismo, me animé a asomar la cabeza una vez más, para verla mejor. Tengo que admitir que mi madrastra estaba bien disfrazada. Su cabello era ahora blanco, estaba vestida con ropas viejas y mugrientas, y su postura inclinada y lentitud al andar denotaban una edad avanzada que no tenía. Incluso se había preocupado por que los rasgos de su cara, ahora arrugada y algo pálida, parecieran lo más dulces posible. Realmente se veía como una anciana triste e inocente.
Pero entonces la vi pestañar, y lo vi. ¡Allí, en sus ojos! Duró casi un instante, pero en efecto, ahí estaba: era aquel brillo de maldad, maldad en su estado más puro, que apareció en su mirada azul y gélida al mirar hacia mi hogar, y que tantas veces había tenido que soportar mientras vivía en el castillo. Estoy segura de que, incluso en otras circunstancias y sin saber que se trataba de ella, con ese solo destello de luz hubiera adivinado su identidad.
Mientras yo hacía estas reflexiones, la anciana había llegado hasta la casa y estaba tocando la puerta.
Antes de abrir, me miré al espejo y ensayé una sonrisa inocente, propia de quien no sabe que su madrastra malvada ha encontrado su escondite y planea matarla. Me salía a la perfección. Siempre me habían dicho que, si no fuera princesa, tendría que dedicarme a la actuación.
Finalmente abrí la puerta y con toda dulzura y cortesía le pregunté qué necesitaba. Ella me dijo que era una anciana pobre y viuda, que había tenido una vida llena de desgracias y que su única felicidad consistía en vender manzanas a las jovencitas. “Especialmente a muchachas bonitas, como tú”, agregó con un guiño de complicidad.
Todo mentira, por supuesto. A mí me dieron ganas de reír. “Si supiera que lo sé todo…”, pensé divertida.
“Pero como tú pareces ser una niña especialmente generosa”, prosiguió, “te regalaré una manzana”. Yo la miré fijamente. Ella también era una excelente actriz.
Entonces abrió un saco que llevaba con ella y sacó la manzana, perfecta, roja y deslumbrante. Pero a mí no me atraía por su aspecto maravilloso, sino porque sabía lo que ella significaba, y lo que pasaría después de que la mordiera. Sabía que iba a caer inconsciente y que así me encontrarían los enanos, en un limbo entre la vida y la muerte. Ellos llorarían por mí y probablemente permanecería en ese estado dos o tres días, los suficientes hasta que ellos construyeran un lugar de vidrio, donde velarme en algún claro del bosque.
Y en ese momento ocurrirá. Primero se bajará del caballo. Luego se acercará lentamente. Entonces me mirará a los ojos… ¡Ay, por fin! ¡Mi príncipe!
Desde siempre lo había imaginado, ya que por supuesto aún no lo conocía. Pero en sueños veía su capa, sus botas, su rostro apuesto y su mirada profunda… Él vendría para salvarme del hechizo, y luego me subiría a su caballo y cabalgaríamos juntos hacia el castillo, donde nos casaríamos.
Y es que es así. Desde su nacimiento, cada princesa está destinada a una historia de amor maravillosa, a que el príncipe de sus sueños se presente en el momento oportuno para salvarla de algún terrible peligro, y a enamorarse de él, casarse y vivir felices por siempre. Cada princesa sabe esto, y sabe también que cuando algo malo le va a suceder, allí estará su príncipe, para rescatarla. Por eso yo me escondí en la casa de los enanos, sabiendo que mi madrastra me iba a encontrar, y no es muy difícil de suponer que, siendo una bruja malvada, utilice una manzana envenenada para librarse de mí. Pero también sabía que, cuando llegue el momento, allí entrará en acción mi príncipe, quien al verme me besará y despertará, como en un cuento de hadas. Y el momento estaba tan cerca. Iba a conocer a mi alma gemela, a quien amaría desde lo más profundo de mi corazón y con quien compartiría el resto de mis días. Era probablemente el hecho más importante de mi vida entera.
Finalmente tomé la manzana entre mis manos. Me costaba disimular mi emoción. Lentamente la giré, la acaricié, la sentí. Por fin la acerqué a mis labios. Y antes de dar el mordisco fatal miré a la bruja. Concentrada en mis acciones había descuidado su actuación, sus manos se unían en malvada ambición y una expresión terrible inundaba su rostro. No pude reprimir una sonrisa de satisfacción. Al fin y al cabo, yo sí era mejor actriz que ella. Y entonces mordí la manzana.
Al principio todo estaba oscuro. Sentía sus labios húmedos apoyados suavemente sobre los míos, su respiración lenta y pausada, su cuerpo inclinado sobre mí. Cuando nuestros labios se separaron, abrí los ojos y me incorporé.
Él estaba a mi lado, sonriente, mejor aún de lo que había imaginado. Con caballerosidad me ayudó a pararme, tomó mis manos y me miró a los ojos.
Y entonces lo sentí. Con delicadeza aparté las manos. No se necesitaron palabras. Él lo entendió a la perfección.
Nos despedimos con una mirada. Mientras caminaba hacia el bosque, lo vi subirse a su caballo e irse para siempre, tal vez en busca de otra princesa. Estaba segura. Él no era el indicado. Pero pronto lo encontraría. Y en busca de mi verdadero príncipe me interné entre los árboles.

Autor: Dadá.

La imaginación de unas pinceladas


Hay ciertos acontecimientos que creo no poder comprender. Dejaré por eso, testimonio de ellos. Tal vez, con más dedicación y analizándolo detenidamente alguno de ustedes puede develarlo. Intentaré no omitir ningún detalle que considere importante. Tuvieron lugar un sábado de octubre, el sábado pasado para ser aún más preciso. Sepan disculpar la narración, no me encuentro en mis mejores condiciones, desde aquel sábado  se me presentan algunos síntomas a los cuales no encuentro explicación. No se cuánto tiempo más podré resistir.
Horas que dedicaba a embellecer mi alma. Horas en las que esas imágenes afinaban mis  sentidos, enriquecían mis emociones en los pasillos del histórico museo. El Louvre me recibía cada sábado del mes con esas obras maravillosas que se adentraban en lo más profundo de mi alma.
Caminé por sus pasillos, los recorrí una y otra vez. No soy capaz de definirme  especialista en arte, pero aseguro  conocer cada una de las obras expuestas. Y, cada tarde, todos mis sentidos funcionaban en pos de comprender una en particular. La analizaban desde todos los ángulos posibles, se impresionaban primero, con la belleza de sus pigmentos, la delicadeza con la que los colores habían sido elegidos. Luego, la repercusión que tenían en mí, en mis pensamientos. Los mensajes que me trasmitían, mucho más ricos que las vacías palabras que mi esposa repite desde nuestro casamiento.
No quiero abrumarlos con peleas matrimoniales, pero estar acompañado de una mujer así: no puedo soportarlo. Monotonía, monotonía, monotonía. Desde sus palabras hasta sus acciones todo es predecible  Ni siquiera sus sentimientos, ¡ni siquiera sus sentimientos! ¿Lo notan? No puedo evitarlo, no puedo evitar mencionarla. Les pido disculpas, el clima en casa es abrumador. Intento pasar el menor tiempo allí, nuestra relación empeora cada minuto y casi como desconocidos actuamos. Vuelvo a disculparme, no gastaré mis palabras en detallar situaciones que no lo merecen. No quiero contaminar la pobre descripción que hacía de mi rutina de fin de semana en el museo, no quiero atreverme a mezclar cosas tan simples, tan mediocres con elementos tan bellos y tan perfectos  como el arte.
El sábado pasado dediqué mis horas a un cuadro nuevo, una obra que no había visto jamás: una nueva adquisición. No era buena, no había nada en ella que pudiera llamarme la atención, pero creo que fue su aire desconocido el que me impulsó a analizarla detenidamente. Autor: anónimo. Medida: 60cm x 40 cm. Óleo sobre lienzo. Año: 1964.
La furia de las pinceladas negras y notables en la parte inferior; los trazos grises, suaves: la calma del terror, el silencio de un trágico final. Trazos que pintaban con delicadeza una figura mortífera que acecha sin ser vista, que espera el momento indicado para abalanzarse, que hace tiempo que allí está esperando, tanto tiempo como el pintor ha empleado en pintar sus minuciosos detalles. En medio de tanta oscuridad un caballo blanco, imposible que nuestra mirada no se dirija automáticamente a él, parece ser la salvación. Un caballo al galope que intenta escapar, sin embargo su pelaje y la parte inferior de su pata ya están teñidas del trágico final. Sobre el caballo, un hombre. La vestimenta y la situación lo hacían indudablemente un prócer o algún hombre destacado en la historia. Una capa roja contrastaba. No podía distinguir de quién se trataba, su rostro me resultaba familiar. Evidentemente la muerte estaba próxima a él y, como en sus momentos de gloria, él le daba la espalda intentando escaparse a ella en la rapidez de su caballo. Sin embargo, el trágico final ya lo estaba apuntando. Nada más vulgar, más trillado, más simple que esta situación. Tan mediocre como mi esposa, tan evidente. ¿Para qué los grandes habían pensado en recursos metafóricos, en ambigüedad de sentidos si, finalmente, hoy todos buscan lo rápido y sencillo?¿Para qué ,si hoy se premia la practicidad , lo concreto, lo útil, lo efímero?
Sin embargo ese maldito cuadro me revelaba. Develaba mi poco conocimiento en materia histórica y esta es la razón por la cual no creo poder definirme especialista en arte. Furia corre por mis venas al ver cuadros como este, en el que sus pintores manchan el arte de historia; pero esta situación se repite asiduamente porque aquellos maravillosos trabajadores están contaminados con la vida cotidiana. Convierten lo imperfecto en arte. Imagínense si dejarán volar sola a su imaginación  sin ser condenada por los saberes, sólo imagínense: podrían llegar  a  representar  la belleza.  La historia es demasiado humana, demasiado imperfecta y eso le  impide armonizar con el arte, inútil y bello. Así lo denominaba la corriente de Oxford en épocas de la Reina Victoria. Todavía no he encontrado a Dorian enmarcado.
Esto no es lo que me sorprende, naturalmente. Me quedé frente a lo obra toda la tarde, mis ojos penetraron en la oscuridad del negro y en el brillo del blanco, en la pasión del rojo y en la dejadez del gris. A pesar de que la detestaba, no pude despegarme de ella. La observé detenidamente. Poco a poco, imaginé aquellos pensamientos, los del instante anterior a la  muerte. El momento en que tu corazón lo determina, en el que tu cerebro lo corrobora, lo acepta, lo confirma. Imaginé los sentimientos, y de pronto me encontré en aquella escena y no en los pasillos del Louvre. Allí estaba, y la muerte tras mi espalda. Sabía que todo era producto de mi creatividad.
Algo me distrajo, no fueron las palabras de los turistas ni las explicaciones de los guías, fue mi propio cuerpo. Una sed intensa, un fuerte calambre en la pierna izquierda. Estiré tratando de disimular, no era un ambiente propicio y, si hay algo que realmente me perturba son los gestos desapropiados. Logré calmarlo, pero el  malestar continuaba. Esperé unos minutos, no tenía la fuerza para levantarme. Me acerque al toilette con intención de lavarme la cara, el calor podía ser la causa. Vómitos, vómitos.
Mi esposa  no se sorprendió de mi llegada, eso me resultó extraño suelo regresar al anochecer y todavía el reloj no había dado las 15:00 horas. Me recosté en la cama. Se acercó a preguntar si necesitaba algo, el orgullo es más fuerte que  yo  y respondí que no. Una expresión de tristeza cubría una leve sonrisa en su rostro. Desde aquel día que los vómitos, la sed, los calambres se repiten continuamente. Desórdenes gastrointestinales y neurológicos. Qué cosa más espantosa. Los médicos no logran averiguar de qué enfermedad se trata, certificaron cólera pero en esta época no es común. Sostengo que ellos nunca podrán averiguar la verdad. No dude en buscar en mis libros de toxicología, de joven me apasionaba la química y la medicina. Mi biblioteca, repleta de enciclopedias que leía una y otra vez. El arsénico: su intoxicación tenía algunas coincidencias con mis síntomas. Un semimetal utilizado frecuentemente en la antigüedad para envenenar… pero ¿quién podría? Recuerdo una anécdota de un general francés, muy importante del cual no puedo acordarme el nombre, a quien habían envenenado con este elemento. Casi 100 años después surgió la hipótesis.
Hay algo que vuelve a mis pensamientos desde aquel día: el cuadro. Frente a cada uno de los síntomas la imagen se reproduce en mi mente. Los sentimientos vuelven, las ideas de los últimos minutos, mi desesperación... sin embargo, doy vuelta la espalda.

Autor: Akuychis