miércoles, 24 de abril de 2013

El intruso


Era esa hora en que el mundo entero, con todas sus mínimas cosas, decide quedarse dormido, detenerse durante horas eternas tendido bajo el negro y estrellado firmamento. Las hojas secas temblaban con el viento, que soplaba fuerte y se escurría por entre las calles solitarias.
   José se sentía especialmente desconsolado. Lo habían echado precipitadamente del último bar en que había estado tan solo porque no era fin de semana y ese día cerraban más temprano, eran incapaces de ser condescendientes para con un pobre tipo como él en una noche tan vacía de emoción. Lo habían empujado sin contemplaciones a las calles, que lo recibieron con la misma poca amabilidad. Manzanas despobladas con carteles luminosos por doquier.
   José veía todo borroso. Sus pies lo conducían sin rumbo, enredándose sobre sí mismos, haciéndolo avanzar de la manera más torpe. Lo que hubiera alrededor realmente no importaba mucho, porque era difuso y resultaba indiferente frente a sus propios problemas. De pronto se dijo que ya no tenía sentido vagar, que quería ir hacia alguna parte. Intentó pensar en algo, pero la fuerte jaqueca se lo impedía, y decidió que lo más sencillo era volver a su casa, por el momento era su única y mejor opción.
   Se encaminó entonces, sin saber bien cómo, hacia allí. Trató de recordar las calles, pero no pudo, y veía todo tan confuso que de nada le servía la memoria visual. Tardó, por consiguiente, mucho más de lo aceptable para una distancia tan corta.
   Por fin vislumbró la buscada puerta. Torpemente se acercó a ella, tanteando en busca del pomo. Estaba más abajo de lo que esperaban sus manos.
   Entonces algo extraño empezó a asediarlo. Una presencia, tal vez salida de su propia imaginación o quizás tan real como él mismo. No podía atinar a descifrarlo, el pánico lo dominó y comenzó a girar el pomo desesperadamente, pero a la vez se le resbalaba entre sus sudorosas manos. Detrás de él, quizás…
   La puerta cedió tras sus esfuerzos y ni bien se abrió, él se precipitó al interior de la casa como si lo hubiese empujado el exterior.
   Allí todo se veía tan cálido… Pero, por alguna razón, la presencia no se iba. Aprovechó que acababa de entrar y que apenas había prendida una tenue y amarillenta luz de velador para esconderse. Se tiró detrás de un sofá y aguardó, agazapado. No vio nada, tan solo la luz delineando los negros objetos dispersos por todas partes.
   Levantó un poco la cabeza, ya sospechando que solo había sido producto de su mente. Pero al hacerlo vislumbró frente a él, sobre la iluminada pared contraria, una figura que se movía. Esperó nuevamente en su escondite y nada pasó. Supuso que el intruso estaría en un lugar donde él podría observarlo sin ser descubierto y buscó con la mirada en todos los rincones, sin obtener resultado. Tenía que hacerlo reaccionar de alguna manera.
   Sobre una mesa había un mantel y tiró de él con el objetivo de generar un estruendo que distrajera a la curiosa presencia. Aprovechó el momento para arrastrarse hacia el otro extremo del sofá, donde había otra pequeña mesilla donde guardaba una pistola para casos de emergencia. Miró de reojo mientras sus dedos rebuscaban en el cajón: la figura se movía frenéticamente, como buscando algo. José sentía que le quedaba poco tiempo antes que lo encontrara.
   Pero por fin dio con el arma. Sus manos tomaron el frío metal y, actuando a la velocidad de un impulso, disparó y se hizo un hueco en la pared. Pero también, sorprendentemente, lo mismo hizo su oponente.
   José sintió que una bala furiosa y ardiente atravesaba su costado. Su cuerpo cedió y se desplomó de lado sobre el piso, sobre su propia sangre, que empezaba a brotar. Y desde allí creyó ver, quizás sí, quizás no, que su sombra se desvanecía con él, sin dejar ningún hueco en la pared.


Autor: Mapache.

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