Había llegado el día. Por fin yo iba a cumplir mi mayor sueño: tocar el
piano, mostrar mi habilidad a la gente en semejante lugar, en el Teatro Colón.
¡Con sólo 10 años yo tendría una oportunidad a la que muchos músicos bien formados
habían aspirado sin éxito! Yo me sentaría delante del piano de cola, ofreciendo
un i
increíble espectáculo musical al público junto a un coro de niños.
Mis padres, rebosantes de orgullo, me habían acompañado hasta allí. Yo
me metí por la entrada de artistas; empecé a entrar en un estado de
semi-consciencia, mis piernas me llevaban por el camino indicado sin que yo las
guiara.
De pronto, yo me encontraba detrás del telón, aguardando ese instante
eterno en el que seríamos llamados.
Cuando el momento llegó, sentí que mi mente, mi capacidad de pensar y
ordenar, se perdía entre la irresistible emoción y se alejaba.
Mi figura entró al escenario en último lugar, siguiendo cuidadosamente
los pasos del niño corista que tenía delante.
Mis piernas me desplazaron hasta el taburete mientras mis ojos giraban
enloquecidos ante la visión de las enormes bandejas, su distribución, la gente
sobriamente vestida colmándolas y aplaudiendo, probablemente a nosotros; mi
mente estaba demasiado nublada para que yo pueda ahora asegurarlo. Cada par de
ojos del público centraba su atención en nosotros, y yo recibía, percibía ese
mensaje, de ansiedad y de expectativa a la vez, que me invadía y me estimulaba.
Sentí que mi cuerpo se sentaba al piano, mis ojos habían desviado su
atención del público, cuyo aplauso yo escuchaba, hacia ese conjunto de teclas
blancas y negras, que se había apoderado de mi vida desde que yo lo observara
por primera vez.
La música comenzó, y mis dedos la tocaban al mismo tiempo que mis pies
pisaban los pedales, mientras yo tenía la visión de la partitura, la
codificación que permite comprender y ejecutar sólo lo superficial, lo que se
escucha claramente, aquello a lo que la gente puede acceder mediante el frío sentido
auditivo, de la obra musical. A medida que era tocada y cantada, fui dejándome
llevar hasta el mismo Paraíso por su mensaje, sencillo pero incomprensible, que
penetra en la gente, que la glorifica, que transmite un goce infinito al que no
se puede llegar con palabras. Porque la música acompaña, de la misma forma que
el fuego, al ser humano desde que este surgió y, por esto, tiene una historia
ancestral que por medio de las vidas de nuestros antepasados transmite ese
deleite directamente a nuestro inconsciente, llenando nuestras almas.
El tiempo no parecía estar pasando mientras mis dedos pulsaban las
teclas siguiendo las instrucciones en ese extraño idioma de la partitura,
buscando así el servicio de ese inmenso placer para mis oídos.
Yo escuchaba esa melodía grande en virtud, que provenía del piano, que
es el instrumento madre. La gente dice que lo es porque puede reproducir todas
las notas existentes. Eso es cierto, pero hoy creo que esa es simplemente la
explicación que salta a la vista, la que encubre el motivo subconsciente de
esta elección de la inteligencia humana. El piano es una representación
material de la música en general: de la misma forma que esta, tiene una parte
perceptible fácil y directamente, la parte aplicada directamente por la raza
humana; las teclas y los pedales de un lado, la melodía que puede ser tocada y
escuchada del otro. Y de la misma manera en ambos casos, hay una estructura
oculta por esta capa superficial; por un lado, las cuerdas cubiertas por el
armazón del piano de un lado, el mensaje misterioso y casi tangible por el
otro.
Finalmente, el concierto terminó, no sé si después de un rato corto o
largo, ya que en el Cielo el tiempo no existe. Las manos del público se unieron
en común aplauso, y creo que los espectadores no podían controlarlas,
seguramente habían sido cautivados por nuestro trabajo, o más bien nuestra
pasión.
Yo hice la clásica reverencia y agradecí por dentro esta magna
manifestación del público, esos simples choques de manos que, increíblemente,
alegran a cada partícula de nuestros cuerpos.
Me retiré y vi a mis padres, radiantes como nunca los había visto,
esperándome, y nos fuimos a casa.
A lo largo de este relato no doy datos sobre mi nombre ni sobre los de
los coristas; asimismo, omito la información que permita identificar el
concierto que todos juntos ejecutamos, limitándome a decir que, a criterio de
la gente en general, es una obra maestra. Así lo decidí porque cuando la música
es buena, nos causa ese incomprensible deleite ancestral, sin tener en cuenta
títulos, autores ni intérpretes.
Autor: Torito
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