miércoles, 29 de mayo de 2013

Un espectáculo emocional

 Había llegado el día. Por fin yo iba a cumplir mi mayor sueño: tocar el piano, mostrar mi habilidad a la gente en semejante lugar, en el Teatro Colón. ¡Con sólo 10 años yo tendría una oportunidad a la que muchos músicos bien formados habían aspirado sin éxito! Yo me sentaría delante del piano de cola, ofreciendo un i
increíble espectáculo musical al público junto a un coro de niños.

Mis padres, rebosantes de orgullo, me habían acompañado hasta allí. Yo me metí por la entrada de artistas; empecé a entrar en un estado de semi-consciencia, mis piernas me llevaban por el camino indicado sin que yo las guiara.

De pronto, yo me encontraba detrás del telón, aguardando ese instante eterno en el que seríamos llamados.

Cuando el momento llegó, sentí que mi mente, mi capacidad de pensar y ordenar, se perdía entre la irresistible emoción y se alejaba.

Mi figura entró al escenario en último lugar, siguiendo cuidadosamente los pasos del niño corista que tenía delante.

Mis piernas me desplazaron hasta el taburete mientras mis ojos giraban enloquecidos ante la visión de las enormes bandejas, su distribución, la gente sobriamente vestida colmándolas y aplaudiendo, probablemente a nosotros; mi mente estaba demasiado nublada para que yo pueda ahora asegurarlo. Cada par de ojos del público centraba su atención en nosotros, y yo recibía, percibía ese mensaje, de ansiedad y de expectativa a la vez, que me invadía y me estimulaba.

Sentí que mi cuerpo se sentaba al piano, mis ojos habían desviado su atención del público, cuyo aplauso yo escuchaba, hacia ese conjunto de teclas blancas y negras, que se había apoderado de mi vida desde que yo lo observara por primera vez.

La música comenzó, y mis dedos la tocaban al mismo tiempo que mis pies pisaban los pedales, mientras yo tenía la visión de la partitura, la codificación que permite comprender y ejecutar sólo lo superficial, lo que se escucha claramente, aquello a lo que la gente puede acceder mediante el frío sentido auditivo, de la obra musical. A medida que era tocada y cantada, fui dejándome llevar hasta el mismo Paraíso por su mensaje, sencillo pero incomprensible, que penetra en la gente, que la glorifica, que transmite un goce infinito al que no se puede llegar con palabras. Porque la música acompaña, de la misma forma que el fuego, al ser humano desde que este surgió y, por esto, tiene una historia ancestral que por medio de las vidas de nuestros antepasados transmite ese deleite directamente a nuestro inconsciente, llenando nuestras almas.

El tiempo no parecía estar pasando mientras mis dedos pulsaban las teclas siguiendo las instrucciones en ese extraño idioma de la partitura, buscando así el servicio de ese inmenso placer para mis oídos.

Yo escuchaba esa melodía grande en virtud, que provenía del piano, que es el instrumento madre. La gente dice que lo es porque puede reproducir todas las notas existentes. Eso es cierto, pero hoy creo que esa es simplemente la explicación que salta a la vista, la que encubre el motivo subconsciente de esta elección de la inteligencia humana. El piano es una representación material de la música en general: de la misma forma que esta, tiene una parte perceptible fácil y directamente, la parte aplicada directamente por la raza humana; las teclas y los pedales de un lado, la melodía que puede ser tocada y escuchada del otro. Y de la misma manera en ambos casos, hay una estructura oculta por esta capa superficial; por un lado, las cuerdas cubiertas por el armazón del piano de un lado, el mensaje misterioso y casi tangible por el otro.

Finalmente, el concierto terminó, no sé si después de un rato corto o largo, ya que en el Cielo el tiempo no existe. Las manos del público se unieron en común aplauso, y creo que los espectadores no podían controlarlas, seguramente habían sido cautivados por nuestro trabajo, o más bien nuestra pasión.

Yo hice la clásica reverencia y agradecí por dentro esta magna manifestación del público, esos simples choques de manos que, increíblemente, alegran a cada partícula de nuestros cuerpos.

Me retiré y vi a mis padres, radiantes como nunca los había visto, esperándome, y nos fuimos a casa.


A lo largo de este relato no doy datos sobre mi nombre ni sobre los de los coristas; asimismo, omito la información que permita identificar el concierto que todos juntos ejecutamos, limitándome a decir que, a criterio de la gente en general, es una obra maestra. Así lo decidí porque cuando la música es buena, nos causa ese incomprensible deleite ancestral, sin tener en cuenta títulos, autores ni intérpretes.   

Autor: Torito

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