miércoles, 24 de abril de 2013

La canción sin fin


El amor despierta viejas pasiones

Antes, hace ya tiempo, lo general era que, a la salida de la escuela, me viniera a buscar mi papá. Pero ese día sabía que no iba a venir: él estaba junto a mi mamá y mi recién nacido hermanito. Yo estaba ansioso, porque mi tío me llevaría de la escuela a la clínica, a verlo por primera vez. Llegué y estaba dormidito, al lado de mi mamá (quien, por lo que escuché, no había pegado un ojo en toda la noche). Mi madrina me ofreció que lo tuviera en brazos, pero mamá no quería, porque tenía un poco de miedo de que se me cayera (no me extraña, yo tenía seis años). Luego terminé aceptando, recuerdo que nos sacamos algunas fotos, y me fui a la media hora a la casa de mi tío.
Esa fue mi primera experiencia con mi hermano menor. A lo largo de los años aprendí a convivir con él, pero no era del todo fácil, porque se robaba mis juguetes, estos terminaban rotos, y no se podía jugar con él (si perdía en un juego de mesa por ejemplo, se ponía a llorar). Pero, a su vez, mi hermano Marcos también aprendió cosas de mí. Una de ellas fue la pasión por la música. Aunque no sabía tocar la guitarra, a los doce años Marcos ya escuchaba rock nacional y algunas cosas del internacional, pero como él no hablaba inglés, no entendía.
A la edad de veinte años, yo empecé a tocar con unos amigos. Era el guitarrista, y tocábamos en la puerta de la facultad de Ingeniería, donde estudiaba en ese momento. Y, dos meses después, hicimos nuestro estreno oficial, en el cumpleaños de quince de mi prima. No éramos compositores (no hacíamos las letras) por eso la banda se llamaba “Descompuestos”.
Cuanto todo parecía color de rosa, mi mamá me obligó a seguir con la carrera de Ingeniería, y tuve que dejar la banda. Cuatro años después, ya recibido, mi sentimiento hacia la música no había parado. Iba a varios recitales, con amigos, y de vez en cuando lo llevaba a Marcos, que me pedía casi llorando que lo llevara (no, él ya no era un chiquito, tenía diecinueve).
En 2004 comenzó a hacerse famosa la banda de uno de mis amigos de la facultad, entonces yo era un fiel seguidor en sus recitales. Un sábado, luego de que fuera a jugar al fútbol con lluvia, me enfermé. Esa misma noche, mi amigo y su banda tocaban en un boliche, del barrio de Once. Yo estaba con mucha fiebre y tenía dos entradas, una para mí y otra para mi hermano. Le regalé mi entrada a Marcos, para que fuera con su novia, y alrededor de las once y media de la noche se fueron. Yo, un rato más tarde me dormí, o por lo menos traté de hacerlo, porque la fiebre me quemaba y tenía un gran dolor de cabeza. Finalmente, pude descansar. Al otro día, como siempre, me levanté a las nueve de la mañana, fui a la heladera, saqué la leche, agarré el cereal y comencé a desayunar. Prendí la televisión. Me quedé congelado en mi cama, quedé en un silencio absoluto. Llamé a mamá, pero no contestaba. Agarré un buzo y me fui corriendo del departamento hacia la casa, donde vivían mamá, Marcos y papá. Estaban mamá, mi viejo, el tío y la abuela. Me explicaron bien la situación (mamá no, ella no podía hablar). Fui al cuarto de Marcos. Me quedé mirando la habitación, durante largo tiempo, como si él todavía estuviera allí.
Me fui, en medio de una lluvia constante, que hacía imposible reconocer las lágrimas que caían de mis ojos. Veía a la gente correr bajo la lluvia, y en ese momento me di cuenta que no había nada vivo dentro de mí, que no podía correr. Y que esas gotas que caían de arriba no calmarían el desierto en el que me encontraba después del accidente de Marcos.
Nunca pude (ni podré) soportar la muerte de mi hermano. A partir de ese momento, mi pasión hacia la música se desmoronó. Ya no tenía ganas de estar una hora, hora y media tocando la guitarra en mi cuarto. No podía. Me enfoqué durante mucho tiempo a trabajar como ingeniero, que según mamá, “es lo que me daría de comer”.
Diez años después de lo que pasó con Marcos, me encontré con uno de los integrantes de “Descompuestos”, en la plaza Ramírez, que quedaba a media cuadra del departamento. De casualidad, porque yo paseaba a mi perro y él estaba jugando con su hijo. Charlamos bastante.
-Bueno, me vuelvo, nos vemos che.- le dije yo, un poco cansado después de un largo día y sin mostrar mi lado cortés.
-Esperá, te voy a ofrecer algo.- me contestó, al mismo tiempo que sacaba un papel del bolsillo. 
-Es un programa de radio en FM, la hacemos con amigos, de música obvio. Nos quedó una vacante, ¿te sumas?-
Aquello fue, seguramente, un punto de partida en mi reencuentro con la música. Pero el verdadero “volver a empezar” llegó cuando fui al estudio de la radio. Hicimos el programa, me presenté ante los oyentes (el programa iba en vivo) y salió todo bien. Pero, mientras realizábamos el programa, una chica, de aproximadamente veinticinco años, se sentó en la cuadra de enfrente, y comenzó a tocar la guitarra. No me importaba si lo hacía bien o mal, si cantaba desafinado, sino que me interesaba la sonrisa, que demostraba su felicidad por la música. Una ventana bastante grande separaba el estudio de la radio de la cuadra.
Apenas terminó el programa, salí volando por la puerta y la fui a saludar. Tenía una sonrisa hermosa que brillaba en su cara, y un perfume al filo del dolor, que se podía oler desde muy lejos. Además, tenía ojos verdes, bien acorde a su belleza.
-Hola.
-Hola, ¿pasa algo?- me preguntó, un poco sorprendida.
-No, solo que quería escuchar cómo cantabas.- respondí, cuando mi corazón no encontraba el silencio.
Se sonrió, y comenzó a cantar. Terminó y le dije:
-Quedé mudo con tu voz, pero, ¿por qué tocas acá, en la calle?-.
-Por la radio, de ahí enfrente, de donde saliste. De vez en cuando llevan gente a grabar ¿Me acompañas a la esquina? Necesito comprar unas flores para mi casa.
La acompañe y hablamos de la vida, de la música, de que el padre era de River igual que yo, y más. Le pedí su número, así algún la podría invitar a la radio.
-Bueno, me tengo que ir al Subte, nos vemos- se despidió.
-No no, una última pregunta, ¿cómo te llamas?- Sí, hasta ese momento no sabía su nombre. Le había preguntado de todo menos su nombre.
-(sonríe) María. Solo María. ¿Vos?
-Joaquín. Solo Joaquín.
Me saludó y se fue a su casa. La noche estaba oscura, pero era de día en mi corazón.
Cinco días más tarde, nos encontramos en su casa. Tomamos unos mates y charlamos, hasta que me preguntó “¿Querés tocar?”. No sabía que responder. Es que no agarraba una guitarra desde la muerte de mi hermano. Tenía un poco de nostalgia, pero también tenía un pequeño temor de no volver a ser ese mismo de antes.
Comencé tranquilo, pero luego me desesperé, me saltó esa alma escondida de adentro; y así continúo hasta hoy, sin soñar, placentero, cantando esta canción, luzca el sol o no. Con amor, con dolor, esta canción durará por siempre.

Autor: Martín Carrizo.

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