Habría sido oportuno que mi rostro fuese fotografiado en el
instante en el cual, al abrir la puerta de mi departamento, hallé un sobre con
la carta de mi tía Carlota. Mi sorpresa surgió a raíz de dos motivos. El
primero era el mero hecho de recibir una carta en el siglo XXI; el segundo, el
remitente, con quien yo no tenía contacto desde hacía unos quince años.
Carlota, esa mujer tan detestada por mí. Odiaba todo de ella, su
ropa, su sonrisa constante, su olor, su casa, el olor de su casa. Cada vez que
nos visitaba estrujaba mis mejillas, encerrándolas en sus dedos resecos,
clavándome sus uñas sucias con tierra por cosechar en el campo. Yo repudiaba
ese gesto de supuesto cariño, cariño que para aquel entonces me era invisible,
sumándolo a la casi infinita lista de pequeñas cosas que me hacían desear estar
lejos de mi tía.
Comencé a leer la carta con una caligrafía torpe resultado del
casi nulo ejercicio de la escritura: mi tía trazaba peor que un chico de diez
años. No me sorprendí, ya la había visto escribir unas pocas veces cuando
todavía vivía en el campo. Luego de decodificar los trazos, escritos con una
fuerza aguerrida –al rozar el reverso de la hoja se apreciaba el relieve de las
palabras espejadas–, logré comprender lo que Carlota me quería decir.
En el escrito, mi tía me explicaba cómo mis primos, Ernesto y
Blanca, habían fallecidos en un accidente de auto en la autopista, invitándome
a participar del velorio y del entierro, ya que yo solía llevarme bien con
ambos cuando era joven. Desde que me había ido, me había esforzado por
borrarlos de mi memoria, al igual que a todo lo concerniente a mi pasado, pero
no pude evitar sentir un dejo de tristeza cuando en mi cabeza aparecieron los
rostros de mis primos: Ernesto, de mi misma edad y Blanca, dos años menor.
Solíamos jugar juntos en el patio de la casa de mi tía, o en el
cuarto de la mía, hasta que comencé a desarrollarme física y mentalmente y mis
intereses viraron. Ya no me atraían el sol, las gallinas, los pastizales, la
sombra de los árboles frutales; yo quería ser una actriz de marquesinas que
usara pintalabios rojo sangre y boas de pluma que adornaran su cuello, quería
usar tacones y botas altos, quería maquillarme con brillo la cara y sentir el
glamour de cruzar una avenida, la emoción de mirar por la ventana y ver autos,
en lugar de ver un terreno yermo, equivalente a la nada misma. Por eso me fui.
Porque yo era una semilla, y no podía florecer en el campo. Me fui porque aquél
no era el sitio donde construir mi realidad tan fervientemente anhelada y a la
vez tan distante.
Mientras mi tía me comentaba brevemente lo dolida que estaba y
cómo seguían iguales las cosas allí en Chaco, mi cabeza empezó a perturbarme
con truhanerías terribles. Por lo menos durante mis últimos cinco años en Chaco
me había esforzado por estar lejos de mis parientes, a quienes creía odiar,
pero me sorprendí al recordar a Ernesto –o como lo solíamos llamar todos, “el
Ernesto”, pero sólo cuando él no estaba presente– con una mezcla de
aprehensión, lástima y profundo afecto. Me hallé lagrimeando al terminar de
leer.
De repente, una ráfaga de imágenes, palabras y voces se precipitó
en mi cabeza, corrompiéndome: mi prima a los nueve años comiéndose los mocos
mientras preparábamos una ensalada de frutas, No te comas los mocos, sé una
dama, ¿Qué es una dama? El bigotillo de preadolescente de mi primo. Hace calor,
¿no?, Sí, bastante, mi primo sacándose la remera y el pantalón antes de meterse
al estanque, yo en la orilla mirándolo mientras nadaba, él ya tenía pelos en
las axilas y yo ya me los tenía que afeitar con la maquinita de mi papá, me
parecían impresentables, Dale, vení, No, gracias. Mi prima prestándome sus
muñecas, Pero cuidámelas, ¿eh?, Sí, obviamente, como si fueran mías, No, no,
con más cuidado todavía. Mi primo acariciándome el cabello mientras estábamos
acostados bajo el sol sobre la hierba a la orilla del estanque, mis ojos
cerrados, yo acariciando su brazo con mi mano, su dedo índice siendo
tamborileados sobre mi estómago, sus labios besando mis orejas, mis ojos
cerrados, la punta de mi nariz, mis labios, su lengua en mi boca, él encima de
mí, sacándome la remera y recorriendo con su boca mi tórax, desde el cuello
hasta el ombligo, ¿Está bien esto, Ernesto? Sí, sí, eso creo, sí, Bueno, si
estás seguro seguí, en vos confío, dale primito, seguí, él bajándose el
pantalón, él desnudo, Ernesto desnudo, Ernesto sacándome el resto de la ropa,
un beso, dos besos, tres, el agua quieta como único testigo. Los días
siguientes, merendando con Blanca mientras mirábamos alguna telenovela, cómo
todo seguía como si nada; las noches siguientes –no todas– yendo a su casa,
besándolo nuevamente, repitiendo el proceso pero sin avanzar, hasta que un día
Te quiero mucho pero no quiero que sigamos haciendo esto, está mal, somos primos,
Pero si nos queremos, Ernesto, Yo también te quiero, pero no está bien, basta,
basta, Bueno.
Ya nada me quedaba después de que Ernesto decidiera dejar de
tenerme, pero me fui de Chaco apenas terminé el secundario, por suerte. Venía
ahorrando desde que había ingresado en la adolescencia, y jamás había gastado
desde entonces un centavo en mí. Si quería ropa, por ejemplo, esperaba a mi
cumpleaños o a la Navidad. Mi único objetivo era tener buenas o excelentes
calificaciones para que mis padres no me molestaran y huir, huir de una vez por
todas de ese pueblo, de esa provincia, de esa familia de mentes cuadradas por
la tradición, y llegar a la Capital que se perfilaba diariamente en mi mente
como un paraíso, como un sueño.
Llegué a Buenos Aires sin contactos, sin idea de nada y sin un
lugar donde vivir. Mientras me buscaba un trabajo digno, me prostituí durante
menos de dos meses, hasta que logré alquilar un flamante monoambiente en el
barrio de Almagro. Al-ma-gro. Cada
vez que pronuncio esa palabra, sonrío, pues la siento como mi primera casa
verdadera, la primera vez en la que me permití ser quien quería ser.
No sólo había logrado alquilar un lugar, sino que además ya tenía
un trabajo nuevo en una oficina. Tuve que insistir en una veintena de lugares,
más o menos, hasta que logré encontrar ese sitio. De todos modos, Buenos Aires
era una fiesta, no me importaba caminar. Caminaba para dejar mi currículum en
varios lugares, y de paso aprovechaba y me aprendía las calles. No sólo podía
usar telas delicadas para ir al trabajo, en forma de trajecitos o vestiditos
frescos y frágiles, sino que podía maquillarme sin preocuparme por tener que
ensuciarme con los animales o las plantas. No tenía por qué ponerme zapatillas
raídas para ordenar la granja: era libre de calzar zapatos de taco.
La culpa invadió mi cuerpo, rápida como un relámpago. Algo me
llamaba a volver a mi provincia, era casi un deber. Tenía una especie de deuda
con mi primo, yo lo quise mucho y él a mí también, o por lo menos eso me había
gustado creer siempre. Era el único que había logrado dejar una marca
imborrable, una sombra que me siguió con menor o mayor intensidad, pero
siempre.
Decidí ir. Apenas hube terminado de peinarme, salí disparada a
comprar un pasaje para esa misma noche. Lo conseguí sin problema, como era de
esperarse. Durante el viaje, mis nervios no me dejaron dormir. ¿Cómo estaría
Carlota ahora? ¿Los cuerpos estarían muy desfigurados? ¿El funeral sería a
cajón abierto o cerrado? ¿La boca de Ernesto seguiría siendo la misma? Eso esperaba,
sería lindo ver que un recuerdo, uno de los pocos recuerdos buenos seguía
igual, ¿no?
Me bajé en la terminal y en unos minutos conseguí un remís que me
llevó hasta el pueblito donde vivía lo que quedaba de mi familia. Los edificios
bajos y las casas se iban desdibujando a través de los vidrios del auto,
mientras nos distanciábamos de la ciudad. Ahora las construcciones eran menos
frecuentes, una casa se veía cada tanto, parada, sola, en la ruta.
En el auto, ingresamos a un camino no asfaltado y vislumbré la que
había sido mi casa. Pasamos rápido, no había nadie y tampoco era mi intención
pedirle al chofer que se detuviera. La ruta estaba contorneada por pastos altos
y campos de trigo seco.
Llegamos a la casa de mi tía. Las piernas me temblaban, tragaba saliva
constantemente como si se tratara de comprobar que tenía garganta. Le pagué al
hombre, le dije que se quedara con el vuelto y se fue luego de ayudarme a bajar
mi valija. Contemplé la casa: era blanca, con tejas de un color rojo gastado.
Era algo grande, con un piso solo pero seguía hacia el fondo. Como siempre. Un
perro resguardaba la entrada, pero yo no lo conocía. Me gruñó por lo bajo, pero
estaba tan cansado que ni siquiera se puso de pie.
Me animé a tocar la puerta. Sentía mi corazón galopar. Al rato, mi
tía salió. Estaba más arrugada que siempre, avejentada, con la mirada triste
pero profunda como hacía quince años antes. A la vieja usanza, en su brazo
tenía una cinta negra, exhibiendo el luto. Su piel estaba tostada por el sol.
Sus ojos parecían casi ciegos, en búsqueda constante de algo, sin mirar fijo a
nada. Las encías estaban aun más vacías que antes. Todo aquello me resultaba
familiar y completamente lejano al mismo tiempo.
–Hola–saludé.
–Hola. ¿Qué quiere? ¿Quién es usted?–inquirió de forma brusca.
–Soy la novia de Carlitos–dije, extendiendo la mano.
En lugar de recibirla, me abrazó muy fuerte y comenzó a reír
alegre. Los ojos le lloraban de la emoción.
–¡Vinieron…! ¡Qué linda sos! Él no nos llamó ni nada desde que se
fue, así que no sabía que estaba en pareja. ¿Y dónde está Carlitos?–preguntó,
pispeando detrás de mi espalda–Hace años que no lo veo. Me muero por verlo, con
lo buen mozo que era. Debe estar muy cambiado, igual. Le tengo que mostrar la
pelota de fútbol con la que jugaba con el Ernesto, cuando los dos eran unos
chiquilines… la sigo guardando.
Autor: Logroño
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