El tren era asfixiante. Matías tuvo que abrirse paso a los
empujones y comprimirse en una esquina plateada y sucia del vagón. Solo podía
ver un hombre con un largo piloto negro y unas manos grandes, tanto más grandes
que las de él, de Matías. Desde su esquina era como si las manos ocuparan todo
el vagón, todo el tren, como si el hombre no fuera más que un cruce, una
intersección, un monstruo deforme con manos gigantes. Después era el tren, las
ventanas, el ruido, el chirrido asfixiante de una frenada y las manos que caían
y no lo tocaban porque alcanzaban el equilibrio de una baranda plateada con
cientos, miles de pequeñas fisuras que la recorrían como cicatrices y la hacían
brillar.
Un par de estaciones después el vagón se había despoblado y el
hombre del piloto negro se había ido. Le faltaba poco para llegar a casa. Ahora
había un par de músicos, un guitarrista desarrapado y un saxofonista con
sombrero, que tocaban un jazz eterno y repetitivo. Sonaba como el tren, como
los rieles, como el golpeteo del tren sobre los rieles que subía y bajaba y que
lo invadía todo como si fuera humo, denso, pesado, que mientras se respira se
duerme en la piel. Era como una canción de cuna serpenteante y con gusto a
metal, que le hacía recordar a una vieja tonada sefaradí que su madre le
cantaba de bebé. Años después, sin saber de donde venía, la repetiría en los
momentos de temor.
El viaje fue más largo de lo que esperaba. En la puerta de su casa
tuvo miedo de haber perdido las llaves, pero las encontró en el último
bolsillo. Las cosas están en el último lugar donde buscamos, porque cuando las encontramos,
dejamos de buscar. Encontró en la heladera un poco de queso, que comió
desganado antes de irse a dormir; se sentía liviano, vacío, carente de tiempo.
El tiempo no es de nadie. Fue a su cuarto y se vistió con su ropa de dormir.
Estaba cansado, las piernas se le caían y los brazos se le estiraban. Esa noche
soñó con un murciélago, negro como solo pueden serlo los murciélagos de los
sueños, que se le acercaba y lo mordía y lo convertía en un túnel, también
negro, o más bien oscuro, por donde la gente pasaba sin notar que ese túnel era
él, y toda la gente estaba sola (se notaba por cómo se movían, lentos,
suaves, como si flotaran o estuvieran pisando vidrio). Pero él era el túnel, y
no podía moverse, solo podía cubrir a la gente con su cuerpo enorme.
Despertó al mediodía del sábado y se acordó de los músicos del
tren. Tenía los músculos entumecidos y la sensación absurda de que alguna parte
de él se había separado. De que esa parte estaba escondida observando. Se
levantó y fue al baño, pero la sensación persistía: algo en su cuerpo no era
suyo o algo que era suyo se había perdido. No era la primera vez que pasaba.
Matías siempre había sentido un temblor, una fragilidad, que le hacía creer que
podía desarmarse en cualquier momento. Como si su cuerpo fuera solo un disfraz,
una máscara incolora. Nadie sabe exactamente qué esconde debajo de la piel. Se
atrevió a almorzar un plato recalentado de fideos cocinados un par de días
atrás, que tenía gusto a herrumbre y a la luz empañada de la heladera. Abrió el
diario cuando terminó. La sensación se había ido. Revisó la parte de
clasificados y marcó un aviso que buscaba un guardia de seguridad nocturno para
un galpón que quedaba en Mataderos, que él se imaginó grande, del tamaño de una
cancha de fútbol, de chapa gris emblanquecida por el sol; y marcó también uno
que pedía un vendedor para un local de ropa. Después vio un aviso que ofrecía
un curso de inglés que parecía conveniente. Decía: “Aprenda inglés como
aprendió español” y abajo “elemental curso de nueve meses, fluidez en el habla
y en la escritura”. No tenía teléfono. Solo una dirección en el centro y un
horario de atención, de ocho de la mañana a nueve de la noche, siete días a la
semana, que le pareció exagerado para lo que debía ser un instituto o incluso
un profesor solo.
No sabía muy bien por qué lo atraía un curso de inglés, menos uno
que no parecía tener ninguna seguridad o garantía. Podría haber sido inglés,
italiano, o clases de cerámica: todo parecía lo mismo. Quizás buscaba la parte
de él que se había escapado esa mañana. Su casa tenía el aire viciado. A veces
la gente hace solo para no quedarse quieta, porque puede, porque de otra forma
habría que darle importancia a las cosas pequeñas. Quedarse quieto es
desaparecer.
El local quedaba en el cuarto piso de un edificio que era un
dibujo con carbonilla. Estaba erosionado por el humo y el hollín, o incluso
fusionado, como si el hollín y los ladrillos y las ventanas hubieran formado
una sola estructura imperfecta medio derruida, agonizante, y que solo podía
morirse cada vez más sin terminar nunca. Era el edificio más alto de la cuadra,
que por lo demás consistía en casas bajas de arquitectura colonial o francesa,
típicas del centro de la ciudad.
El ascensor no funcionaba. Matías llegó hasta la recepción acalorado
y cansado. Lo atendió una secretaria distraída que se negaba a mirarlo y se
concentraba en hacer nada, o menos que nada. Él esperó en silencio, sentado en
una silla de plástico de equilibrio precario. La recepción no tenía ningún
decorado, ni siquiera esas copias plásticas de cuadros impresionistas que
parecen ser muy populares en todas las salas de espera alrededor del mundo. Al
lado suyo un hombre mantenía la vista fija en el folleto del instituto que
anunciaba sus tarifas. Pasó cerca de media hora leyendo la misma página sin
ningún signo visible de aburrimiento. Matías lo miró con detenimiento, pero no
se dio por aludido. Cuando la secretaria lo invitó a pasar, el hombre seguía en
la misma postura pétrea que a su llegada, y Matías sintió que había estado en
esa misma posición durante mucho más tiempo que media hora, quizás días, meses,
años. A lo mejor ese hombre era el decorado que le faltaba al salón. La
siguiente oficina era más pequeña que la recepción, con un suelo de madera
negruzco y una sola ventana, que tenía los postigos inclinados. Dejaban pasar
un solitario rayo de luz, que con la lámpara desnuda que colgaba del techo era
la única iluminación del cuarto. Allí lo esperaba un hombre con un delantal
blanco y sonrisa de marfil. Lo saludó con un gesto demasiado estudiado,
tenso, falso, y lo invitó a sentarse, y le dijo que el curso era genial, ideal
para gente como él, para todos en realidad pero más todavía para gente como él
que tenía un nivel de inglés muy básico; y después: el curso era un poco largo
pero valía la pena y por eso mismo no podían cobrar en cuotas, porque era largo
y la gente se aburría y terminaba sin pagar. Pero Matías no dijo nada, no
importaba, no podía dejar de ver los dientes blancos y el delantal blanco y la
sonrisa de marfil. Entonces el hombre le preguntó si no quería tener su primera
clase en ese momento, y ahí Matías se enteró de que las clases eran
individuales, y respondió que sí, que porqué no, y lo hicieron pasar a otra
oficina todavía más pequeña, sucia, comprimida, con otro señor con delantal
blanco que se movía a su alrededor en una especie de baile epiléptico mientras
canturreaba palabras incomprensibles. Y él, esto es uno de esos cursos
que usan música, y sí, ah, qué locura, y sentía como los ojos se le cerraban
pero se concentraba en mirar y escuchar al guardapolvo que cantaba en ese
idioma medio nasal medio gangoso, pero se le cerraron, y cuando los abrió ya no
había un guardapolvo blanco, sino una mujer muy pelirroja, como de las
películas, que también le hablaba con palabras que no entendía, mientras lo
alzaba en brazos y jugueteaba con sus manos, tanto más grandes que las de
él, de Matías, y le cantaba una canción de cuna un poco nasal.
Autor: Félix
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