miércoles, 29 de mayo de 2013

Natural

El tren era asfixiante. Matías tuvo que abrirse paso a los empujones y comprimirse en una esquina plateada y sucia del vagón. Solo podía ver un hombre con un largo piloto negro y unas manos grandes, tanto más grandes que las de él, de Matías. Desde su esquina era como si las manos ocuparan todo el vagón, todo el tren, como si el hombre no fuera más que un cruce, una intersección, un monstruo deforme con manos gigantes. Después era el tren, las ventanas, el ruido, el chirrido asfixiante de una frenada y las manos que caían y no lo tocaban porque alcanzaban el equilibrio de una baranda plateada con cientos, miles de pequeñas fisuras que la recorrían como cicatrices y la hacían brillar.
Un par de estaciones después el vagón se había despoblado y el hombre del piloto negro se había ido. Le faltaba poco para llegar a casa. Ahora había un par de músicos, un guitarrista desarrapado y un saxofonista con sombrero, que tocaban un jazz eterno y repetitivo. Sonaba como el tren, como los rieles, como el golpeteo del tren sobre los rieles que subía y bajaba y que lo invadía todo como si fuera humo, denso, pesado, que mientras se respira se duerme en la piel. Era como una canción de cuna serpenteante y con gusto a metal, que le hacía recordar a una vieja tonada sefaradí que su madre le cantaba de bebé. Años después, sin saber de donde venía, la repetiría en los momentos de temor.
El viaje fue más largo de lo que esperaba. En la puerta de su casa tuvo miedo de haber perdido las llaves, pero las encontró en el último bolsillo. Las cosas están en el último lugar donde buscamos, porque cuando las encontramos, dejamos de buscar. Encontró en la heladera un poco de queso, que comió desganado antes de irse a dormir; se sentía liviano, vacío, carente de tiempo. El tiempo no es de nadie. Fue a su cuarto y se vistió con su ropa de dormir. Estaba cansado, las piernas se le caían y los brazos se le estiraban. Esa noche soñó con un murciélago, negro como solo pueden serlo los murciélagos de los sueños, que se le acercaba y lo mordía y lo convertía en un túnel, también negro, o más bien oscuro, por donde la gente pasaba sin notar que ese túnel era él, y toda la gente estaba sola  (se notaba por cómo se movían, lentos, suaves, como si flotaran o estuvieran pisando vidrio). Pero él era el túnel, y no podía moverse, solo podía cubrir a la gente con su cuerpo enorme.
Despertó al mediodía del sábado y se acordó de los músicos del tren. Tenía los músculos entumecidos y la sensación absurda de que alguna parte de él se había separado. De que esa parte estaba escondida observando. Se levantó y fue al baño, pero la sensación persistía: algo en su cuerpo no era suyo o algo que era suyo se había perdido. No era la primera vez que pasaba. Matías siempre había sentido un temblor, una fragilidad, que le hacía creer que podía desarmarse en cualquier momento. Como si su cuerpo fuera solo un disfraz, una máscara incolora. Nadie sabe exactamente qué esconde debajo de la piel. Se atrevió a almorzar un plato recalentado de fideos cocinados un par de días atrás, que tenía gusto a herrumbre y a la luz empañada de la heladera. Abrió el diario cuando terminó. La sensación se había ido. Revisó la parte de clasificados y marcó un aviso que buscaba un guardia de seguridad nocturno para un galpón que quedaba en Mataderos, que él se imaginó grande, del tamaño de una cancha de fútbol, de chapa gris emblanquecida por el sol; y marcó también uno que pedía un vendedor para un local de ropa. Después vio un aviso que ofrecía un curso de inglés que parecía conveniente. Decía: “Aprenda inglés como aprendió español” y abajo “elemental curso de nueve meses, fluidez en el habla y en la escritura”. No tenía teléfono. Solo una dirección en el centro y un horario de atención, de ocho de la mañana a nueve de la noche, siete días a la semana, que le pareció exagerado para lo que debía ser un instituto o incluso un profesor solo.
No sabía muy bien por qué lo atraía un curso de inglés, menos uno que no parecía tener ninguna seguridad o garantía. Podría haber sido inglés, italiano, o clases de cerámica: todo parecía lo mismo. Quizás buscaba la parte de él que se había escapado esa mañana. Su casa tenía el aire viciado. A veces la gente hace solo para no quedarse quieta, porque puede, porque de otra forma habría que darle importancia a las cosas pequeñas. Quedarse quieto es desaparecer.
El local quedaba en el cuarto piso de un edificio que era un dibujo con carbonilla. Estaba erosionado por el humo y el hollín, o incluso fusionado, como si el hollín y los ladrillos y las ventanas hubieran formado una sola estructura imperfecta medio derruida, agonizante, y que solo podía morirse cada vez más sin terminar nunca. Era el edificio más alto de la cuadra, que por lo demás consistía en casas bajas de arquitectura colonial o francesa, típicas del centro de la ciudad.
El ascensor no funcionaba. Matías llegó hasta la recepción acalorado y cansado. Lo atendió una secretaria distraída que se negaba a mirarlo y se concentraba en hacer nada, o menos que nada. Él esperó en silencio, sentado en una silla de plástico de equilibrio precario. La recepción no tenía ningún decorado, ni siquiera esas copias plásticas de cuadros impresionistas que parecen ser muy populares en todas las salas de espera alrededor del mundo. Al lado suyo un hombre mantenía la vista fija en el folleto del instituto que anunciaba sus tarifas. Pasó cerca de media hora leyendo la misma página sin ningún signo visible de aburrimiento. Matías lo miró con detenimiento, pero no se dio por aludido. Cuando la secretaria lo invitó a pasar, el hombre seguía en la misma postura pétrea que a su llegada, y Matías sintió que había estado en esa misma posición durante mucho más tiempo que media hora, quizás días, meses, años. A lo mejor ese hombre era el decorado que le faltaba al salón. La siguiente oficina era más pequeña que la recepción, con un suelo de madera negruzco y una sola ventana, que tenía los postigos inclinados. Dejaban pasar un solitario rayo de luz, que con la lámpara desnuda que colgaba del techo era la única iluminación del cuarto. Allí lo esperaba un hombre con un delantal blanco y sonrisa de marfil.  Lo saludó con un gesto demasiado estudiado, tenso, falso, y lo invitó a sentarse, y le dijo que el curso era genial, ideal para gente como él, para todos en realidad pero más todavía para gente como él que tenía un nivel de inglés muy básico; y después: el curso era un poco largo pero valía la pena y por eso mismo no podían cobrar en cuotas, porque era largo y la gente se aburría y terminaba sin pagar. Pero Matías no dijo nada, no importaba, no podía dejar de ver los dientes blancos y el delantal blanco y la sonrisa de marfil. Entonces el hombre le preguntó si no quería tener su primera clase en ese momento, y ahí Matías se enteró de que las clases eran individuales, y respondió que sí, que porqué no, y lo hicieron pasar a otra oficina todavía más pequeña, sucia, comprimida, con otro señor con delantal blanco que se movía a su alrededor en una especie de baile epiléptico mientras canturreaba  palabras incomprensibles. Y él, esto es uno de esos cursos que usan música, y sí, ah, qué locura, y sentía como los ojos se le cerraban pero se concentraba en mirar y escuchar al guardapolvo que cantaba en ese idioma medio nasal medio gangoso, pero se le cerraron, y cuando los abrió ya no había un guardapolvo blanco, sino una mujer muy pelirroja, como de las películas, que también le hablaba con palabras que no entendía, mientras lo alzaba en brazos y  jugueteaba con sus manos, tanto más grandes que las de él, de Matías, y le cantaba una canción de cuna un poco nasal.

Autor: Félix

No hay comentarios:

Publicar un comentario