miércoles, 29 de mayo de 2013

Relación engañosa

 Una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad - Paul Joshep Goebbels

Mentir: es lo que más hace el ser humano luego de respirar. Miente por instinto, por falta de moral, hasta tal vez pensando que hace lo correcto. A veces hasta es cuestión de supervivencia en esta sociedad loca. Pero lo cierto es que no existen las mentiras piadosas ni las blancas, ni de ningún color: las mentiras son lo que son y no se las debe disfrazar con nada. 
Estas reflexiones me llevan a una parte de mi pasado. Tal vez haya sido esa la mejor etapa de mi vida, no lo sé, prefiero esperar hasta el último segundo de mi vida para anhelar el pasado. Me acuerdo de dos nombres: Eva y Joaquín. Eran dos muchachos muy simpáticos. Yo era amiga de Joaquín. Eva no me inspiraba mucha confianza, tenía algo que no me gustaba, pero nunca supe bien de que se trataba. 
Estos dos muchachos estaban atravesando su último año de colegio, al igual que yo. Las mejores amigas de Eva ya no estaban con ella porque se habían ido no recuerdo muy bien donde, y la visitaban de vez en cuando. Joaquín era uno de los mejores amigos de mi novio de ese momento, pero después no tenía amigos en el colegio. Entre ellos no había una buena relación: las asperezas de un pasado en común seguían vigentes. Hasta que, no sé cómo, desaparecieron y anunciaron que estaban juntos de nuevo. ¡Otra vez juntos! De no creer que se pueda insistir tanto en algo que no funcionó antes. ¿Qué cambiaba ahora? Habían pasado meses, no años y aunque los adolescentes son las personas que más rápido cambian de opinión, tenían personalidades fuertes ya formadas. 
Al principio yo no confiaba en la duración de eso. No veía afecto, no veía muestras de cariño, les daba vergüenza mostrarse juntos. ¿Qué clase de relación era esa?
Deje pasar el tiempo. No iba a preocuparme por ellos: yo tenía mi vida, mis cosas, mi mundo. Siempre había querido decirle a él que todo esto me parecía algo infantil e inmaduro. Y me arrepentía en el instante que los veía sonreír juntos. Juntaba coraje para decirlo y dos segundos después me veía envuelta en arrepentimiento, en un dilema moral, donde mis convicciones y mi  concepción de la vida estaban golpeándose con los muros de la realidad. ¿Quién era yo para decirles algo? ¿Quién era yo para decidir lo que estaba bien y lo que estaba mal? En la guerra y en el amor todo vale y yo tenía plena conciencia de eso. 
Merodeando por los claustros del colegio, me encontré con un cuadro singular: mi mejor amiga, al mismo tiempo mejor amiga de Joaquín hablando con Eva, una Eva triste, prácticamente desconsolada y llorando ríos de sal. Tuve un impulso por irme y luego averiguar que pasaba. Pero mi curiosidad o en una de esas, mi instinto, me dijeron que en lo que llegara a decir Eva iba a radicar el sentido de todo lo que estaba ocurriendo en esa relación. Entonces me escondí lo más cerca posible, y puse todos mis sentidos para escuchar. 
- Yo en realidad no soy posesiva - al oír esto casi salto para gritarle: ¡Mentirosa! pero me contuve - solo que yo quiero cuidarlo, no quiero que él en las fiestas consuma sustancias peligrosas o termine en la vereda alcoholizado y tirado como un vagabundo
- Eva - le decía mi amiga - tiene casi 18 años, no podés pretender que se quede encerrado en su casa mirando el techo. Tiene una vida social construida, tiene amigos, vive solo, hace lo que quiere... no podés irrumpir en su vida como si fueras la madre 
- Pero yo lo quiero cuidar
- Lo querés vigilar
- Es que yo no se si realmente me quiere - y sollozó fuertemente
Y fue ahí cuando mi corazón estuvo a punto de destruirse. La lástima me llegó hasta una profundidad nunca antes alcanzada. Me quedé sin aliento por unos segundos. Mi amiga se había quedado muda. Se paró, sin saber qué decir para su consuelo y se marchó con una expresión taciturna que nunca antes había visto. La confesión nos había calado el alma. No sé qué sentía mi amiga, pero lamímesis había llegado a mí para generar empatía con ella y sentirme como si estuviera en su situación. A lo mejor mi sensibilidadera mucha porque yo estaba en pareja e imaginaba como me hubiera sentido al tener esa duda. Dejé un poco de lado el sentimentalismo y analicé la situación. Ahora todo tenía sentido: Eva no podía escapar del laberinto de su soledad y en vez de refugiarse en las masas, en los vicios de esta sociedad loca, en la identificación con grupos de gente extravagante, vio a Joaquín como su Teseo que venía con la espada a matar al minotauro y luego, siguiendo el hilo de Ariadna, la iba a sacar de ahí. Pero este Teseo no tenía espada, este Teseo no sabía luchar, este Teseo no tenía Ariadna: ese no era Teseo. 
Semanas después, o tal  vez fueron días, vino Joaquín con su ego infinito e inquebrantable y la abandonó como si nada.  Eva otra vez recurrió a mi mejor amiga. Esta vez no estuve para escuchar. Mi amiga me contó que Eva estaba destrozada por lo ocurrido.
- Terminó con una mentira, debería estar festejando - contesté con toda la falta de sensibilidad que tenía
- ¿Qué mentira? Ella, aunque no lo creas, lo ama
Y ahí realmente entendí todo. Eva no lloraba porque era víctima del desamor: Eva lloraba porque había sido víctima de ella misma.  

Autor: Lluvia de Noviembre

No hay comentarios:

Publicar un comentario