Una mentira repetida
adecuadamente mil veces se convierte en una verdad - Paul Joshep Goebbels
Mentir: es lo que más hace el ser humano luego de respirar. Miente por
instinto, por falta de moral, hasta tal vez pensando que hace lo correcto. A
veces hasta es cuestión de supervivencia en esta sociedad loca. Pero lo cierto
es que no existen las mentiras piadosas ni las blancas, ni de ningún color: las
mentiras son lo que son y no se las debe disfrazar con nada.
Estas reflexiones me llevan a una parte de
mi pasado. Tal vez haya sido esa la mejor etapa de mi vida, no lo sé, prefiero
esperar hasta el último segundo de mi vida para anhelar el pasado. Me acuerdo
de dos nombres: Eva y Joaquín.
Eran dos muchachos muy simpáticos. Yo era amiga de Joaquín. Eva no me inspiraba mucha confianza,
tenía algo que no me gustaba, pero nunca supe bien de que se trataba.
Estos dos muchachos estaban atravesando su último año de colegio, al igual
que yo. Las mejores amigas de Eva ya
no estaban con ella porque se habían ido no recuerdo muy bien donde, y la
visitaban de vez en cuando. Joaquín era uno de los mejores amigos de mi novio
de ese momento, pero después no tenía amigos en el colegio. Entre ellos no
había una buena relación: las asperezas de un pasado en común seguían vigentes.
Hasta que, no sé cómo, desaparecieron y anunciaron que estaban juntos de nuevo.
¡Otra vez juntos! De no creer que se pueda insistir tanto
en algo que no funcionó antes. ¿Qué cambiaba ahora? Habían pasado meses, no
años y aunque los adolescentes son las personas que más rápido cambian de
opinión, tenían personalidades fuertes
ya formadas.
Al principio yo no confiaba en la duración de eso. No veía afecto, no veía
muestras de cariño, les daba vergüenza mostrarse juntos. ¿Qué clase de relación
era esa?
Deje pasar el tiempo. No iba a preocuparme por ellos: yo tenía mi vida, mis
cosas, mi mundo. Siempre había querido decirle a él que todo esto me parecía
algo infantil e inmaduro. Y me arrepentía en el instante que los veía sonreír
juntos. Juntaba coraje para decirlo y dos segundos después me veía envuelta
en arrepentimiento, en un dilema
moral, donde mis convicciones y mi concepción de la vida estaban
golpeándose con los muros de la realidad. ¿Quién era yo para decirles algo?
¿Quién era yo para decidir lo que estaba bien y lo que estaba mal? En la guerra
y en el amor todo vale y yo tenía plena conciencia de eso.
Merodeando por los claustros del colegio, me encontré con un cuadro
singular: mi mejor amiga, al mismo tiempo mejor amiga de Joaquín hablando
con Eva, una Eva triste, prácticamente desconsolada y llorando ríos de sal. Tuve un
impulso por irme y luego averiguar que pasaba. Pero mi curiosidad o en una de
esas, mi instinto, me dijeron que en lo que llegara a decir Eva iba a radicar el sentido de todo lo
que estaba ocurriendo en esa relación. Entonces me escondí lo más cerca posible, y puse todos mis sentidos
para escuchar.
- Yo en realidad no soy posesiva - al oír esto casi salto para gritarle: ¡Mentirosa! pero me contuve - solo
que yo quiero cuidarlo, no quiero que él en las fiestas consuma sustancias
peligrosas o termine en la vereda alcoholizado y tirado como un vagabundo
- Eva - le decía mi amiga
- tiene casi 18 años, no podés pretender
que se quede encerrado en su casa mirando el techo. Tiene una vida social
construida, tiene amigos, vive solo, hace lo que quiere... no podés irrumpir en su vida como si fueras
la madre
- Pero yo lo quiero cuidar
- Lo querés vigilar
- Es que yo no se si realmente me quiere - y sollozó fuertemente
Y fue ahí cuando mi corazón estuvo a punto de destruirse. La lástima me
llegó hasta una profundidad nunca antes alcanzada. Me quedé sin aliento por
unos segundos. Mi amiga se había quedado muda. Se paró, sin saber qué decir
para su consuelo y se marchó con una expresión taciturna que nunca antes había
visto. La confesión nos había calado el alma. No sé qué sentía mi amiga, pero
lamímesis había llegado a mí para
generar empatía con ella y
sentirme como si estuviera en su situación. A lo mejor mi sensibilidadera mucha porque yo estaba en
pareja e imaginaba como me hubiera sentido al tener esa duda. Dejé un poco de
lado el sentimentalismo y analicé la situación. Ahora todo tenía sentido: Eva no podía escapar del laberinto de su
soledad y en vez de refugiarse en las masas, en los vicios de esta sociedad
loca, en la identificación con
grupos de gente extravagante, vio a
Joaquín como su Teseo que
venía con la espada a matar al minotauro y
luego, siguiendo el hilo de Ariadna,
la iba a sacar de ahí. Pero este Teseo no
tenía espada, este Teseo no
sabía luchar, este Teseo no
tenía Ariadna: ese no era Teseo.
Semanas después, o tal vez fueron días, vino Joaquín con su ego infinito e inquebrantable y la
abandonó como si nada. Eva otra
vez recurrió a mi mejor amiga.
Esta vez no estuve para escuchar.
Mi amiga me contó que Eva estaba
destrozada por lo ocurrido.
- Terminó con una mentira, debería estar festejando - contesté con toda la
falta de sensibilidad que tenía
- ¿Qué mentira? Ella, aunque no lo creas, lo ama
Y ahí realmente entendí todo. Eva no
lloraba porque era víctima del desamor: Eva lloraba
porque había sido víctima de ella misma.
Autor: Lluvia de Noviembre
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