miércoles, 29 de mayo de 2013

Bar amarillo

Somos hoy lo que éramos ayer.
Amsterdam, 1878
Cartas a Théo

Ve, -oye, -toca, siente. Cerciorándose de la inusual soledad, registrando de manera consciente cómo sus reflexiones y juicios se entrelazan al enfrentar las diferentes coyunturas que le exhibe el destino, comprobando su existencia, suspiró. Acarició el volante y de manera complaciente se introdujo (quizás por primera vez) en el sigilo de la noche. Previendo el roce equilibradamente producido entre el neumático y el asfalto, cruzó uno de los tantos mástiles de luz que suelen adornar las rutas y sintió cómo la chapa se sacudía y resonaba contra el armazón posterior del automóvil. Continuaba su recorrido preciso divisando cómo la mente se regocija ante los pensamientos punzantes y agudos… Pensamientos que perforan el sosiego interior, como pequeñas hormigas que pululaban ante la porción de torta de chocolate que olvidó en una noche de esplendor carnal de hace unos años. ¿Años?... Atravesando el Tiempo y la Patagonia en dirección Sur, y todavía ya el grito conyugal que le impedía tomar con vigor la caja de cambios. Que le impedía la captura del futuro (¿el futuro?). Siguiendo… y recordando la escena de tres noches de antigüedad que por favor mirame sólo la parte arriba, todavía retumbaba en su cabeza qué te pasa hoy boba, y que ya se comprende y es harto sabido que a la noche las manías se hacen y deshacen que sino te volvés loco otra vez con mi cuerpo, y nunca conviene estropear unos pocos días de descanso. (piernas flacas y espaldas anchas...)
A pesar del circunstancial y transitorio desconcierto, solía afrontar tanto sus ocupaciones ordinarias como sus vínculos humanos con estabilidad y consonancia, por lo que sus inminentes reacciones frenéticas no lo preocupaban en lo más mínimo; su comportamiento se enmarcaba en una elaborada simetría, en una igualdad temperamental. La aparente inquietud, quizás debida al cansancio que sobrellevaba, le impidió continuar con efectividad y lucidez su recorrido, por lo que luego de vacilar durante una media hora y al enfrentarse a un pueblo regional decidió tomarse un descanso. Exhausto, entró a un bar que simulaba ser un lugar indicado para poder replegarse de la atmósfera vial. Ingresó por una puerta angosta de madera y de inmediato se acomodó en una mesa ubicada contra la ventana. Así se le dio la bienvenida. 
La luz de la noche reposaba sobre su brazo cuando solicitó una cerveza negra. Oyó el choque de un lápiz frente a un papel y se percató de que no estaba solo en el lugar, ya que una mujer estaba sentada en una mesa ubicada a su izquierda. La notó concentrada revisando un escrito del que sólo pudo leer la firma. Entretanto, tanteó la frescura del exterior del vaso de cerveza, bebió un trago, oyó el movimiento de una silla, vio la calle desierta, y sintió cómo la progresión del dócil fluido hidrataba el interior de su cuerpo produciéndole una leve sensación de placer, llenándolo de vitalidad, enlazándose con la quietud del entorno.
Quizás para acelerar el ritmo de la caída noche, quizás por aburrimiento, quizás por esa incierta necesidad comunicativa que dinamiza, según se cree, al humano, la mujer guardó su cuaderno, se levantó y se acomodó al lado suyo. Ya no más incomunicación ni taciturno aislamiento. Comenzaron a dialogar. Ella, de rasgos eminentes y mirar encendido, vivía a unas cuadras y solía pasar algunas horas de la noche recreando su oficio periodístico en el bar; personificaba para él una fina esperanza luego de la discordia. Buscaba lugar en el escenario la fragancia erótica que se desprendía de su pelo, mientras de manera paralela se entrecruzaban los sentidos latidos discordantes desprendidos del conflicto acaecido en Buenos Aires. La charla derivó en temas quizás no muy acordes a la realidad que los envolvía (más bien próximos a la condición de su interioridad emocional), aunque esta tendencia se revertía y regresaba a la común resignación de las vivencias ordinarias; ¿no así aquéllas en el colocutor? Entre otras menciones que acaso unos pocos puedan entender que son superfluas, la mujer le supo entrever que el escrito era de su autoría. El hombre pensó en el relevante oficio de ser periodista, responsabilidad considerable si las hay la de hacer público un espectro valorativo, la de hacer masivo un criterio de interés propio, la de elevar la conciencia individual a quien esté dispuesto a consentirla, dando nombre y apellido de aquélla, como si realmente esté vinculada a una nomenclatura y a un ser particular (¿acaso no hay construcciones propias de la totalidad de los hombres?); luego levantó la vista y así el infierno fue él.
La independencia recubrió la atmósfera. La diferente paz que reposaba en su sinfín se condensó en un instante de inoportuna percepción que derivó reacciones extemporáneas. Su captación de la materialidad de su entorno dio lugar al contraste entre lo que sentía y lo que debía sentir; ¿cómo la máscara porteña se apoderó de sus intrincados pensamientos? Las paredes pintadas de un instigador amarillo, color de la descomposición, dibujaban la exultante aunque triste atmósfera que se apoderaba del hombre. El color le connotó recuerdos (aún más pasados) que persistían en su restringida memoria. Los pétalos de los paneles de girasoles que ornamentaban (idea errada e inevitable) el ambiente teñidos de aquel pigmento encendían la irritación y la rugosidad, cumpliendo una función exasperante, despertando en él la incertidumbre de período. 
Acompañantes tonos azules, verdes y ocres abreviaban el efecto del ácido tono, pero no lograban esfumar el laberinto tripartito que ya comenzaba a delinearse en el acontecer. En un intento vano de superación propia, el hombre se vio esclavo del Tiempo y optó por ir al baño. Sintió el agua fluyendo por su rostro y tomando calor a medida que encontraba lugar en su piel no es problema mío que te andes viendo con otro, oyó el tenaz latido constante que de excitante intensidad surgía de su pecho. En un innovador juego escéptico, su intimidad se apoderaba de su fenotipo. Como la sangre chorrea al pulsar el íntimo cuchillo: así su conciencia. Intentando entrar en sí y disimular su perturbación, regresó a la mesa. con vos no se puede convivir, no hay libertad Verse envuelto en una encrucijada, mientras la mujer futura hablaba de sus intereses pictóricos, especialmente en los referidos a la obra del holandés Vincent van Gogh. El aspecto de ella denotaba una armonía que suscitaba una posibilidad de abstracción de la incesante realidad que circundaba al hombre. En cierto momento centró su discurso en una sugerida contraposición filosófica del devenir del pintor, haciendo referencia a lo sucedido luego de su muerte (y estableciendo una relación con su porvenir, según se dedujo): ¿a qué vivir en una miseria emocional a costas de una trascendencia excedente a nuestra propia existencia?, ¿hasta qué punto su labor periodística saciaba sus elevadas expectativas respecto de su inminencia? Mientras ella se focalizaba en la esperanza posterior, él procuraba conjugar su recuerdo extensivo y su ilimitada actualidad. Pero a medida que la noche transcurría, aunque esto ya no era así, el hombre representó el incidente porteño en su cercanía. Envuelto en un temporal juego sucesivo del que no encontraba una salida en ningún sentido, su inconsciente extrapoló su memoria próxima a su mismo presente. Entretanto, la mujer continuaba su prédica, trasluciendo una confianza en crescendo y dejando atisbos de un acercamiento profundo con su oyente; el simple afán de basar su discurso en lo que acontecería en su futuro significó para el hombre una incoherencia de la que repelía constantemente. Lejos de un orden que lo solventara (o al menos a lo que de él se podía percibir), proyectaba en la mujer un reflejo de una evolución ya finalizada y arruinada. De esta manera, el pozo temporal que encarnaba se opuso de manera extrema a ella y a su alrededor y pasado, adentrándose de esta manera en un tortuoso camino. ¿así que es cierto que anduviste en la tuya?...
La mujer, sorprendida por el pálido aspecto del sujeto, abandonó sus íntimos y controvertidos y pervertidos intereses en procura de una mejoría en su fugaz vínculo, pero su intento fue inocuo frente a la luz que incidía en la perpetuidad del individuo. El silencio que lo cubría daba sitio a las inmortales sucesiones de agitación que abundaban en su infinito presente, tambaleando en sus sentidos con una creciente intensidad sincopada y una evidente turbación de sus pensares ordinarios. Lo que provenía del ya sucedido fluía con su porvenir en un punto medio, carcomiéndose así su propia esencia con el sentir de su inquietud, ingresando en un irritante plano inmóvil. Se unían el ayer y el que vendrá en su inminente plan, en su frenética misión. …no vas a decidir mi vida, vas a sufrir, no tenés futuro…
Buscando la manera de librarse de su único pensamiento para siempre, en un simple intento de avance (acaso contra sí mismo), rompió su apaciguado silencio con la ruptura de una copa, y el Averno fue representado en aquel pueblo sureño. La potente exasperación de fervor anacrónico, pintando la utópica conversación, se condijo con el amarillo ambiente, dándole ya la atmósfera del execrable terror que acudió a la madrugada. Ni tuvieron más aforo las elevadas intenciones futuras ni las viciosas comparaciones; el fin de lo escrito. La furia de lo presente llegó por fin, se extendió por la totalidad del hombre, de devenir llano. El caos también se hizo lugar desde lo más profundo del hombre, de donde se impulsó al duro hierro. Apuñaló entusiasmadamente a la mujer única, causa de la muerte de su Tiempo. Un inútil alivio recorrió su cuerpo y un desahogo efímero se apoderó de él; el mal fue suprimido.
En ese momento la agitación interna bajó considerablemente su intensidad (así lo percibió él, o su inconsciente), creyendo haberse deshecho de la aborrecible luz perpetua que radiaba sobre él. La hora que no llegaba buscaba condenar su mirada propia, pero la inútil visión futura se retroalimentaba con los candentes fluidos de su cardiovascular (ansiados libertos) que determinaban su estado de presente de parálisis eterna. Se retiró de prisa del centro de tortura, sin dar importancia a los ciclos de tumulto y confusión alzados del bar; se había liberado del delimitado último espacio de su desdicha. Regresó a su automóvil, mientras la noche avanzaba, así lo creía (así lo cree), cayendo penetrante sobre su vehículo. Retomó la ruta. Creyéndose apartado de la locura y el frenesí, se desarrollaba en un artificial estado de armonía; la constancia del inmortal camino al que se enfrentaba, …más y más mástiles de luz, más atisbos de llegada, más Sur, más bahía…, sentenciaba su subsistencia. “Hay una hora de la tarde en la que se dirá algo”, pensó. Ni tiempo, ni espacio, desde el éter. …mi vida fue aguantar y…
Al transcurrir los kilómetros (es una mención), el execrable recuerdo punzó el breve sosiego vial. La perseverante y atemporal compañía de la mujer singular a su lado le mostró cuál era el valor del proceso mental; ¡ahí el escrito doctrinal! El vehículo insistía en su dinámica engañosa. ¿Acaso prefería la muerte a aquel escarnio eterno? ...superar, vos sentí la puñalada profunda, sentí el cuchillo. Se cernían sobre él las etapas de su consciente, el valor de sus años estancados, lo futura eternidad presente, la sangre caliente chorreando sus tejidos, y hay cosas que no mueren, ya el revólver anotando su íntimo pecho, y el impacto, la muerte nula, la exterioridad saboreando la perpetuidad, las tres líneas en una, las tres noches en el mismo avatar, la luz porteña, la razón destruida, lo pasado hacia lo invariable caduco y lo futuro ajeno hacia el ilusorio, ya goteando la cerveza roja, el asombro de lo fijo, ya la vana salvación. Et lux perpetua luceat ei; requiescat in pace.

Autor: Francisco Gauthier

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