Somos hoy lo que éramos ayer.
Amsterdam, 1878
Cartas a Théo
Ve, -oye, -toca, siente. Cerciorándose
de la inusual soledad, registrando de manera consciente cómo sus reflexiones y
juicios se entrelazan al enfrentar las diferentes coyunturas que le exhibe el
destino, comprobando su existencia, suspiró. Acarició el volante y de manera
complaciente se introdujo (quizás por primera vez) en el sigilo de la noche.
Previendo el roce equilibradamente producido entre el neumático y el asfalto,
cruzó uno de los tantos mástiles de luz que suelen adornar las rutas y sintió
cómo la chapa se sacudía y resonaba contra el armazón posterior del automóvil.
Continuaba su recorrido preciso divisando cómo la mente se regocija ante los
pensamientos punzantes y agudos… Pensamientos que perforan el sosiego interior,
como pequeñas hormigas que pululaban ante la porción de torta de chocolate que
olvidó en una noche de esplendor carnal de hace unos años. ¿Años?...
Atravesando el Tiempo y la Patagonia en dirección Sur, y todavía ya el grito
conyugal que le impedía tomar con vigor la caja de cambios. Que le impedía la
captura del futuro (¿el futuro?). Siguiendo… y recordando la escena de tres
noches de antigüedad que por favor mirame sólo la parte arriba, todavía
retumbaba en su cabeza qué te pasa hoy boba, y que ya se comprende y es
harto sabido que a la noche las manías se hacen y deshacen que sino te
volvés loco otra vez con mi cuerpo, y nunca conviene estropear unos pocos
días de descanso. (piernas flacas y espaldas anchas...)
A pesar del circunstancial y transitorio desconcierto, solía
afrontar tanto sus ocupaciones ordinarias como sus vínculos humanos con
estabilidad y consonancia, por lo que sus inminentes reacciones frenéticas no
lo preocupaban en lo más mínimo; su comportamiento se enmarcaba en una
elaborada simetría, en una igualdad temperamental. La aparente inquietud,
quizás debida al cansancio que sobrellevaba, le impidió continuar con
efectividad y lucidez su recorrido, por lo que luego de vacilar durante una
media hora y al enfrentarse a un pueblo regional decidió tomarse un descanso.
Exhausto, entró a un bar que simulaba ser un lugar indicado para poder
replegarse de la atmósfera vial. Ingresó por una puerta angosta de madera y de
inmediato se acomodó en una mesa ubicada contra la ventana. Así se le dio la
bienvenida.
La luz de la noche reposaba sobre su brazo cuando solicitó una
cerveza negra. Oyó el choque de un lápiz frente a un papel y se percató de que
no estaba solo en el lugar, ya que una mujer estaba sentada en una mesa ubicada
a su izquierda. La notó concentrada revisando un escrito del que sólo pudo leer
la firma. Entretanto, tanteó la frescura del exterior del vaso de cerveza,
bebió un trago, oyó el movimiento de una silla, vio la calle desierta, y sintió
cómo la progresión del dócil fluido hidrataba el interior de su cuerpo produciéndole
una leve sensación de placer, llenándolo de vitalidad, enlazándose con la
quietud del entorno.
Quizás para acelerar el ritmo de la caída noche, quizás por
aburrimiento, quizás por esa incierta necesidad comunicativa que dinamiza,
según se cree, al humano, la mujer guardó su cuaderno, se levantó y se acomodó
al lado suyo. Ya no más incomunicación ni taciturno aislamiento. Comenzaron a
dialogar. Ella, de rasgos eminentes y mirar encendido, vivía a unas cuadras y
solía pasar algunas horas de la noche recreando su oficio periodístico en el
bar; personificaba para él una fina esperanza luego de la discordia. Buscaba
lugar en el escenario la fragancia erótica que se desprendía de su pelo,
mientras de manera paralela se entrecruzaban los sentidos latidos discordantes
desprendidos del conflicto acaecido en Buenos Aires. La charla derivó en temas
quizás no muy acordes a la realidad que los envolvía (más bien próximos a la
condición de su interioridad emocional), aunque esta tendencia se revertía y
regresaba a la común resignación de las vivencias ordinarias; ¿no así aquéllas
en el colocutor? Entre otras menciones que acaso unos pocos puedan entender que
son superfluas, la mujer le supo entrever que el escrito era de su autoría. El
hombre pensó en el relevante oficio de ser periodista, responsabilidad
considerable si las hay la de hacer público un espectro valorativo, la de hacer
masivo un criterio de interés propio, la de elevar la conciencia individual a
quien esté dispuesto a consentirla, dando nombre y apellido de aquélla, como si
realmente esté vinculada a una nomenclatura y a un ser particular (¿acaso no
hay construcciones propias de la totalidad de los hombres?); luego levantó la
vista y así el infierno fue él.
La independencia recubrió la atmósfera. La diferente paz que
reposaba en su sinfín se condensó en un instante de inoportuna percepción que
derivó reacciones extemporáneas. Su captación de la materialidad de su entorno
dio lugar al contraste entre lo que sentía y lo que debía sentir; ¿cómo la
máscara porteña se apoderó de sus intrincados pensamientos? Las paredes
pintadas de un instigador amarillo, color de la descomposición, dibujaban la
exultante aunque triste atmósfera que se apoderaba del hombre. El color le
connotó recuerdos (aún más pasados) que persistían en su restringida memoria.
Los pétalos de los paneles de girasoles que ornamentaban (idea errada e
inevitable) el ambiente teñidos de aquel pigmento encendían la irritación y la
rugosidad, cumpliendo una función exasperante, despertando en él la incertidumbre
de período.
Acompañantes tonos azules, verdes y ocres abreviaban el efecto del
ácido tono, pero no lograban esfumar el laberinto tripartito que ya comenzaba a
delinearse en el acontecer. En un intento vano de superación propia, el hombre
se vio esclavo del Tiempo y optó por ir al baño. Sintió el agua fluyendo por su
rostro y tomando calor a medida que encontraba lugar en su piel no es
problema mío que te andes viendo con otro, oyó el tenaz latido constante
que de excitante intensidad surgía de su pecho. En un innovador juego
escéptico, su intimidad se apoderaba de su fenotipo. Como la sangre chorrea al
pulsar el íntimo cuchillo: así su conciencia. Intentando entrar en sí y
disimular su perturbación, regresó a la mesa. con vos no se puede convivir,
no hay libertad Verse envuelto en una encrucijada, mientras la mujer futura
hablaba de sus intereses pictóricos, especialmente en los referidos a la obra
del holandés Vincent van Gogh. El aspecto de ella denotaba una armonía que
suscitaba una posibilidad de abstracción de la incesante realidad que circundaba
al hombre. En cierto momento centró su discurso en una sugerida
contraposición filosófica del devenir del pintor, haciendo referencia a lo
sucedido luego de su muerte (y estableciendo una relación con su porvenir,
según se dedujo): ¿a qué vivir en una miseria emocional a costas de una
trascendencia excedente a nuestra propia existencia?, ¿hasta qué punto su labor
periodística saciaba sus elevadas expectativas respecto de su inminencia?
Mientras ella se focalizaba en la esperanza posterior, él procuraba conjugar su
recuerdo extensivo y su ilimitada actualidad. Pero a medida que la noche
transcurría, aunque esto ya no era así, el hombre representó el incidente
porteño en su cercanía. Envuelto en un temporal juego sucesivo del que no
encontraba una salida en ningún sentido, su inconsciente extrapoló su memoria
próxima a su mismo presente. Entretanto, la mujer continuaba su prédica,
trasluciendo una confianza en crescendo y dejando atisbos de un
acercamiento profundo con su oyente; el simple afán de basar su discurso en lo
que acontecería en su futuro significó para el hombre una incoherencia de la
que repelía constantemente. Lejos de un orden que lo solventara (o al menos a
lo que de él se podía percibir), proyectaba en la mujer un reflejo de una
evolución ya finalizada y arruinada. De esta manera, el pozo temporal que
encarnaba se opuso de manera extrema a ella y a su alrededor y pasado,
adentrándose de esta manera en un tortuoso camino. ¿así que es cierto que
anduviste en la tuya?...
La mujer, sorprendida por el pálido aspecto del sujeto, abandonó
sus íntimos y controvertidos y pervertidos intereses en procura de una
mejoría en su fugaz vínculo, pero su intento fue inocuo frente a la luz que
incidía en la perpetuidad del individuo. El silencio que lo cubría daba sitio a
las inmortales sucesiones de agitación que abundaban en su infinito presente,
tambaleando en sus sentidos con una creciente intensidad sincopada y una evidente turbación de sus pensares ordinarios. Lo que provenía
del ya sucedido fluía con su porvenir en un punto medio, carcomiéndose así su
propia esencia con el sentir de su inquietud, ingresando en un irritante plano
inmóvil. Se unían el ayer y el que vendrá en su inminente plan, en su frenética
misión. …no vas a decidir mi vida, vas a sufrir, no tenés futuro…
Buscando la manera de librarse de su único pensamiento para
siempre, en un simple intento de avance (acaso contra sí mismo), rompió su
apaciguado silencio con la ruptura de una copa, y el Averno fue representado en
aquel pueblo sureño. La potente exasperación de fervor anacrónico, pintando la
utópica conversación, se condijo con el amarillo ambiente, dándole ya la
atmósfera del execrable terror que acudió a la madrugada. Ni tuvieron más aforo
las elevadas intenciones futuras ni las viciosas comparaciones; el fin de lo
escrito. La furia de lo presente llegó por fin, se extendió por la totalidad
del hombre, de devenir llano. El caos también se hizo lugar desde lo más
profundo del hombre, de donde se impulsó al duro hierro. Apuñaló
entusiasmadamente a la mujer única, causa de la muerte de su Tiempo. Un inútil
alivio recorrió su cuerpo y un desahogo efímero se apoderó de él; el mal fue
suprimido.
En ese momento la agitación interna bajó considerablemente su
intensidad (así lo percibió él, o su inconsciente), creyendo haberse deshecho
de la aborrecible luz perpetua que radiaba sobre él. La hora que no llegaba
buscaba condenar su mirada propia, pero la inútil visión futura se retroalimentaba
con los candentes fluidos de su cardiovascular (ansiados libertos) que
determinaban su estado de presente de parálisis eterna. Se retiró de prisa del
centro de tortura, sin dar importancia a los ciclos de tumulto y confusión
alzados del bar; se había liberado del delimitado último espacio de su
desdicha. Regresó a su automóvil, mientras la noche avanzaba, así lo creía (así
lo cree), cayendo penetrante sobre su vehículo. Retomó la ruta. Creyéndose
apartado de la locura y el frenesí, se desarrollaba en un artificial estado de
armonía; la constancia del inmortal camino al que se enfrentaba, …más y más
mástiles de luz, más atisbos de llegada, más Sur, más bahía…, sentenciaba su
subsistencia. “Hay una hora de la tarde en la que se dirá algo”, pensó. Ni
tiempo, ni espacio, desde el éter. …mi vida fue aguantar y…
Al transcurrir los kilómetros (es una mención), el execrable
recuerdo punzó el breve sosiego vial. La perseverante y atemporal compañía de
la mujer singular a su lado le mostró cuál era el valor del proceso mental;
¡ahí el escrito doctrinal! El vehículo insistía en su dinámica engañosa. ¿Acaso
prefería la muerte a aquel escarnio eterno? ...superar, vos sentí la
puñalada profunda, sentí el cuchillo. Se cernían sobre él las etapas de su
consciente, el valor de sus años estancados, lo futura eternidad presente, la
sangre caliente chorreando sus tejidos, y hay cosas que no mueren, ya el
revólver anotando su íntimo pecho, y el impacto, la muerte nula, la exterioridad
saboreando la perpetuidad, las tres líneas en una, las tres noches en el mismo
avatar, la luz porteña, la razón destruida, lo pasado hacia lo invariable
caduco y lo futuro ajeno hacia el ilusorio, ya goteando la cerveza roja, el
asombro de lo fijo, ya la vana salvación. Et lux perpetua luceat ei;
requiescat in pace.
Autor: Francisco Gauthier
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