miércoles, 29 de mayo de 2013

Amores porteños

Era un día soleado. Nos encontramos en un bar en una esquina, cerca de su casa. Se llamaba "Amores Porteños", y creo que fue eso lo que me dio la pauta de lo que  estaba por pasar.
    Me costó llegar: un poco por gauchita y otro por distraída, ese día caminé colegiales de punta a punta, pero tanto camino no fue en vano. En esas calles desoladas el sol tímido de invierno, (pero que anuncia la primavera cercana) me acompañó durante todo el viaje. Se escuchaban los autos de Lacroze, las bocinas y los ruidos de la ciudad. Dos cuadras para adentro, donde yo estaba, podía escuchar el silencio del barrio, su calma, su paz.
     Cuando por fin llegué me sentí aliviada, pero expectante a la vez, llena de intriga respecto a lo que venía.  Las mesitas de afueras parecían pintorescas en ese día que invitaba a pensar en el verano, pero no te encontré. Entré al bar. Buscando, estabas ahí. Me disculpé por la torpeza y los quince minutos, pero no te importó.
 Como una nena con su muñeca nueva, te conté lo que había pasado el día anterior, tan personal y tan mío que vos, sólo vos, lo podías entender.
        Hablando de a ratos del tema que nos convocaba, de a ratos de nosotros, volvimos a entendernos, a escucharnos, a reírnos y a mirarnos, como hacía tiempo no pasaba. (Ayer te conté que necesitaba algo especial para escribir, y sos vos).
     El tiempo pasaba y el café se iba terminando, las charla se extendía y las opiniones no faltaban, me contabas acerca de…

Nos fundimos el uno con el otro, tan profundamente que, confundiendo roles, empezaste a preguntarme vos a mí, esta vez, que haría. En un repentino acto de maldad –el cual por cierto disfruté mucho-, te dije “esta vez te toca a vos, lero lero”, y me respondiste con una sonrisa.
       ¿Quién pudo dañarme así? No lo sé, si tan solo supieras que yo te significo lo que vos a mi…
      Con algunas pocas conclusiones certeras y muchas dudas, pediste la cuenta. La charla no había terminado, faltaba mucho por decir, pero estaba sobreentendido lo que sucedería si seguíamos allí. Siempre el mismo gesto, nunca lo olvidás.
       Caminamos por esas calles silenciosas, las mismas por las que había vagado sola horas antes un poco distraída.
        Si tan solo supieras que ahora vos y solo vos podés comprender un día como el de hoy. Satisfecho se fue, lo vi partir.
Decidí volver a mi casa. Enganché el 63 por pura suerte. Completamente shockeada, lo único que resonaba en mi cabeza era el tan clásico “que qué voy a hacer yo? Ni idea!”. Empezó a caer la ficha. Algunos dicen que es mejor no pensar, pero yo pude dejar de curiosear qué me depararía el futuro, y porqué no yo misma.
      La parada anterior a mi casa estaba de fiesta. Chicos, música, colores y juegos adornaban la plaza y la hacían vivir para siempre. Me costó asimilarlo, pero cuando supe que tenía que estar ahí corrí, corrí con todas mis fuerzas hasta llegar al destino. Llegué e inmediatamente vi con mis propios ojos esos relatos lejanos pero no por eso ajenos, esos relatos color sepia que alguna vez escuché de los más viejos. Reconocí cierto aroma conocido, pero no pude descifrar de dónde provenía. Ese dulce aroma que volvía a sentir, ese que alguno de ellos me había impregnado en la piel y en la memoria. Durante una hora me imaginé a mí en ese lugar, haciendo eso mismo de esa forma. Comprendí que era mi lugar, y así debían ser las cosas. Caminé esta vez por mis propias cuadras, tan mías y tan conocidas que no había posibilidad de perderse.
   Ese día no fue un día cualquiera. Probablemente sea un día para recordar: el día en que todo haya cambiado, en el que mi mente y mi cuerpo se hayan fundido, por fin, en uno, encontrando el lugar adecuado.
   Mi padre con sus primas, mi hermana en mi casa con sus nuevas botas, mi mamá en Nueva York, pero esta vez la ciudad de las sorpresas es la mía.

Autor: Chica peruana

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