Era un día soleado. Nos encontramos en un bar en una esquina,
cerca de su casa. Se llamaba "Amores Porteños", y creo que fue eso lo
que me dio la pauta de lo que estaba por
pasar.
Me costó llegar: un poco
por gauchita y otro por distraída, ese día caminé colegiales de punta a punta,
pero tanto camino no fue en vano. En esas calles desoladas el sol tímido de
invierno, (pero que anuncia la primavera cercana) me acompañó durante todo el
viaje. Se escuchaban los autos de Lacroze, las bocinas y los ruidos de la
ciudad. Dos cuadras para adentro, donde yo estaba, podía escuchar el silencio
del barrio, su calma, su paz.
Cuando por fin llegué
me sentí aliviada, pero expectante a la vez, llena de intriga respecto a lo que
venía. Las mesitas de afueras parecían
pintorescas en ese día que invitaba a pensar en el verano, pero no te encontré.
Entré al bar. Buscando, estabas ahí. Me disculpé por la torpeza y los quince
minutos, pero no te importó.
Como una nena con su muñeca
nueva, te conté lo que había pasado el día anterior, tan personal y tan mío que
vos, sólo vos, lo podías entender.
Hablando de a ratos
del tema que nos convocaba, de a ratos de nosotros, volvimos a entendernos, a
escucharnos, a reírnos y a mirarnos, como hacía tiempo no pasaba. (Ayer te
conté que necesitaba algo especial para escribir, y sos vos).
El tiempo pasaba y el
café se iba terminando, las charla se extendía y las opiniones no faltaban, me
contabas acerca de…
Nos fundimos el uno con el otro, tan profundamente que,
confundiendo roles, empezaste a preguntarme vos a mí, esta vez, que haría. En
un repentino acto de maldad –el cual por cierto disfruté mucho-, te dije “esta
vez te toca a vos, lero lero”, y me respondiste con una sonrisa.
¿Quién pudo dañarme
así? No lo sé, si tan solo supieras que yo te significo lo que vos a mi…
Con algunas pocas
conclusiones certeras y muchas dudas, pediste la cuenta. La charla no había
terminado, faltaba mucho por decir, pero estaba sobreentendido lo que sucedería
si seguíamos allí. Siempre el mismo gesto, nunca lo olvidás.
Caminamos por esas
calles silenciosas, las mismas por las que había vagado sola horas antes un
poco distraída.
Si tan solo supieras
que ahora vos y solo vos podés comprender un día como el de hoy. Satisfecho se
fue, lo vi partir.
Decidí volver a mi casa. Enganché el 63 por pura suerte.
Completamente shockeada, lo único que resonaba en mi cabeza era el tan clásico
“que qué voy a hacer yo? Ni idea!”. Empezó a caer la ficha. Algunos dicen que
es mejor no pensar, pero yo pude dejar de curiosear qué me depararía el futuro,
y porqué no yo misma.
La parada anterior a
mi casa estaba de fiesta. Chicos, música, colores y juegos adornaban la plaza y
la hacían vivir para siempre. Me costó asimilarlo, pero cuando supe que tenía
que estar ahí corrí, corrí con todas mis fuerzas hasta llegar al destino.
Llegué e inmediatamente vi con mis propios ojos esos relatos lejanos pero no
por eso ajenos, esos relatos color sepia que alguna vez escuché de los más
viejos. Reconocí cierto aroma conocido, pero no pude descifrar de dónde
provenía. Ese dulce aroma que volvía a sentir, ese que alguno de ellos me había
impregnado en la piel y en la memoria. Durante una hora me imaginé a mí en ese
lugar, haciendo eso mismo de esa forma. Comprendí que era mi lugar, y así
debían ser las cosas. Caminé esta vez por mis propias cuadras, tan mías y tan
conocidas que no había posibilidad de perderse.
Ese día no fue un día
cualquiera. Probablemente sea un día para recordar: el día en que todo haya
cambiado, en el que mi mente y mi cuerpo se hayan fundido, por fin, en uno,
encontrando el lugar adecuado.
Mi padre con sus primas,
mi hermana en mi casa con sus nuevas botas, mi mamá en Nueva York, pero esta
vez la ciudad de las sorpresas es la mía.
Autor: Chica peruana
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