Hacía años estaba sola. Por momentos no
lo sentía, se distraía fácilmente con el
quehacer cotidiano, pero en el fondo lo sabía, y bien que lo sabía.
Cuando era chica parecía estar llena de luz, llena de futuro, pero pasó
el tiempo y la vida la fue marchitando. Nadie podía creer cómo esa pequeñuela
de ojos color mar se había convertido, de un día para el otro, en una muchacha
muerta como las hojas del otoño.
De esto nadie se dio cuenta hasta aquél 20 de agosto, ese día marcó el
quiebre. Ana venía sintiéndose mal, pero asumió que era cansancio o la mera
distracción de siempre.
Ese 20 de agosto no salió de su casa: no porque no pudiera, solo no
quería. Afuera el día estaba amargado y no la invitaba a nada. Se despertó, se
lavó los dientes, se enjuagó la cara y se miró en el espejo. Llevaba tiempo sin
que nadie la tocara, la besara, la acariciara tan solo un poco. Extrañaba la
sensación de sentir otra piel sobre la suya, ajena a sí misma pero no
desconocida. Conocer centímetro por centímetro al otro, recorrerlo lentamente
para no olvidar ninguna parte. Eso era lo que cada día, poco a poco la mataba
por dentro. Mirando su imagen en el espejo cómo la habría visto él, cómo se
veía ella. ¡Eso era, eso le faltaba! Nada más que el simple hecho de ser
querida, de sentirse deseada. Quiso correr tan rápido como pudiera, gritar tan
fuerte como su garganta se lo permitiera, romper y pegar. Lo único que pudo
hacer fue quedarse allí, atónita. Se acomodó frente al espejo que todas las
mañanas veía, pero sólo ese 20 de agosto le decía tanto.
Tuvo la suerte de ser encontrada a la media hora de lo sucedido. Estaba
tan fría e inmóvil que su hermana Francisca llamó a la ambulancia para que
fueran a buscarla. Ana comprendía la situación, veía a su hermana llorando, su
familia entera a su disposición, los enfermeros, la camilla… Estaba bien, y no
sentía la necesidad de aclararlo. Casi disfrutaba el momento. No quiso moverse
ni responder a las múltiples preguntas de quienes la rodeaban, no tuvo ganas.
Mientras tanto, su temperatura descendía de forma preocupante, y la sirena de
su privilegiado transporte era cada vez menos prudente. Llegó al hospital, pasó
a internaciones, desfilaron los médicos, los amigos y los familiares. No dijo
una sola palabra, sus mente brillaba porque sus ojos no podían hacerlo, no se
podía delatar de esa manera. Decidió mantenerse en esa situación, no responder
a las preguntas que oía, así se sentía acompañada.
Su pronóstico desmejoraba al pasar las horas. Se armó un gran revuelo
mediático, era algo nunca antes visto. Ella, deslumbrada, se esforzó una y mil
veces para no arruinarlo.
Pasó el tiempo, la noticia fue dejándose de lado por otras noticias, más
recientes y más coloridas. Resentida, en un repentino ataque de furia comenzó a
revolcarse en su cama, a golpear y destrozar todo lo que tenía a su alcance.
Vio una aguja y no lo pensó dos veces. Ana la clavó donde más le dolía,
Ana se clavó la aguja en el seno de su femineidad, y ese mismo momento dejó de
pensar. Todo el hospital estaba enterado, y las cámaras de las televisoras
oportunistas no demoraros mucho más. Allí estaban todos, intentando comprender.
Esta vez Ana no lo gozaría.
Autor: Chica peruana
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