miércoles, 29 de mayo de 2013

¿Ares o Afrodita?

Todo empezó aquél día. Era un nuevo año. Entre en el campo de batalla, miré a mi alrededor, no había ningún enemigo. Me distraje hasta que uno de mis generales me avisó que alguien nuevo estaba allí. Mire y lo vi, era un enemigo. Debía averiguar más sobre su persona. Con mi ejército nos acercamos a él. Se lo notó nervioso pero no se fue. Le sacamos bastante información. Debíamos tener cuidado. Era bueno y tenía un muy buen armamento. Los días pasaban y yo no le sacaba la vista a mi enemigo. Varias veces nos acercamos con mi ejército, otras se acercaba él. Ninguno de los dos actuábamos. Los meses pasaban y nos enteramos de varias cosas de ese enemigo. Empecé a ir sola a su encuentro, él hacía lo mismo. Era peligroso, pero debía arriesgarme. Me sentía extraña, mis ojos no se apartaban de los suyos, tratando de llegar hasta su mente, sentía que no podía tragar, que mi estómago saltaba nervioso como en una emboscada,  que mi corazón se aceleraba, que por mis venas corría la adrenalina, que mi cuerpo temblaba y que mis manos sudaban. Debía ser una toxina venenosa que largaba, yo no contaba con ese tipo de arma. Aún así nuestros encuentros seguían y ninguno se animaba a actuar.

Un día apareció en el medio del campo, indefenso, con las manos sobre su cabeza, lo dejamos acercarse y me ofreció una tregua, la acepté y empezamos a encontrarnos fuera del campo de batalla. Mi ejército no entendía que estaba haciendo y temía por mí, pero yo no podía evitarlo.
-¿Está segura? Es peligroso, apenas lo conocemos. Puede ser una trampa.
- No me importa, debo arriesgarme.
- Pero, déjenos acompañarla.
- No, debo hacerlo sola. No teman, estaré bien, yo nunca los dejaría.

 No me podía alejar de él. Sus armas eran poderosas y yo estaba prácticamente indefensa, si estoy seguía así, sería mi perdición.

Después de unos meses, me llamó, justo en la mitad del campo de batalla y pasó lo impensable, me pidió que fuéramos aliados. Yo no sabía que hacer, era cambiar, cambiar mi estado, arrojarme a lo desconocido y esperar que él me atrapara para no caer. Pero soy una guerrera y no podía temer. Sonreí y alce la bandera blanca, blanca de la paz. Estaba hecho, a partir de ese momento éramos aliados.

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El timbre del principio del recreo sonó, agarré mi libro de la Iliada  y lo guarde en mi mochila, él me esperaba en la puerta. Le sonreí una vez más, en ese momento era la chica más feliz del mundo.  Por primera vez me había rendido,  por primera vez me había enamorado.



CERO
Realidad y ficción. Ambas inexistentes y verdaderas. Todos somos ficción y realidad. No veo una línea divisoria y eso me angustia. ¿Cómo sé que lo que soy ahora en un principio no fue la ficción de otro y yo lo asimilé como mi realidad? ¿Quién me asegura que realmente existo y no soy un elemento ficticio creado por la sociedad que me rodea? Mi relato es tan real como la existencia del hombre.
Si uno lo cree, existe; si uno desea, lo cambia a su gusto; para cada quién es diferente.  De allí proviene la subjetividad, cada uno posee su realidad que para otros es inexistente, porque ellos tienen también su  propia verdad.
¿Cómo sé que mi ficción de hoy no será mi realidad de mañana? Tengo miedo.

UNO
No puedo más. Sí quiero y de verdad no puedo. Ahora lo entiendo, ahora sé por qué él no podía. Es como miedo, pero es más allá del miedo. Es un vacio lleno de demasiadas emociones que sigue siendo nada.
No quiero estar acá, ni entiendo cómo llegué a este lugar. Todo empezó como un día normal y ahora no hay nada.
No quiero estar acá, ni en ningún lugar. Quiero desaparecer y no sentir nada. No quiero  sentir más este vacío en el cuerpo. La solución está a un paso, mejor lo doy.

            DOS
La felicidad es efímera. Esa sonrisa terminó arruinándolo todo. Se lo dije, nunca lo iba a querer, nunca me llegaría a importar. Ni me fijé si le afectó mi respuesta, no me importó, ahora me arrepiento. Opté por desaparecer antes de enfrentar la ruina de mi utopía. Opté por desaparecer y sumergirme una vez más en el para siempre que nunca fue.
“Sumergirme una vez más” como si en algún momento hubiera salido. Siguió ignorándome, haciéndole caso omiso a mis acciones, a mis pedidos, a mis gritos, a mi locura.

            TRES
Sabía lo que iba a pasar, igual no quería que pasase, antes trataría de detenerlo de cualquier manera posible. ¿Cómo no decirle que era un inútil y no servía para nada? ¿Cómo hacerle entender que quedaría ridículo? ¿Cómo no hacerle sentirse usado? ¿Cómo ignorar que para mí no era nadie?
Silencio, ninguno hablaba, no nos mirábamos, sólo respirábamos, dijo chau, “se rindió” pensé, me alegré, salté de felicidad. Pero no. Tres pasos más tarde se dio vuelta, me miró, “te amo” insinuó sonriendo. Lo odié.

CUATRO
Las cosas se estaban tornando raras. ¿Por qué insistía en implicar sentimientos?¿Por qué quería arruinar su felicidad? Iba a ignorarlo, era eso o escupirle a gritos su insignificancia. Lo ignoraba por su bien, así desistiría. Mentira, era por mi bien, ¿egoísta? puede ser, pero yo creía que me lo debía.
En mi cabeza todavía no había nada confirmado, podía ser todo una gran suposición errónea. En mi cabeza intentaba aplazar el sentimiento de culpa, porque sabía que en algún momento iba a llegar y le ganaría al egoísmo.

            CINCO
Era un juego, uno que sabía que no iba a pasar a más. Los dos nos divertíamos, no era nada importante. Hablábamos, reíamos, intentábamos ignorar la realidad juntos, o por lo menos eso hacía yo.
¿Las cosas cambiarían en algún momento? lo veía imposible. Él era todo lo que necesitaba, lo más cercano a la perfección, y lo que sabía que nunca iba a querer. Si me importaba, esta utopía volvería a ser una fantasía. Porque cuando la gente te importa dejás de ser feliz. Y yo ya tenía bastante infelicidad acumulada.

            SEIS
Eran tan diferentes. Al principio los creí iguales, de eso intenté convencerme. Pensé que era una manera de remplazarlo, aunque sabía que era imposible, es único. Poco a poco noté diferencias, primero sutiles pro que con el tiempo fueron separándolos en dos personas distintas, como es en realidad. Donde había querido resucitar un fantasma había encontrado una especia de amigo.
Me despejaba, de eso convencía a los demás. Me olvidaba, de eso intentaba convencerme a mí misma.

             SIETE
¿Por qué? Pensé que algo iba a cambiarle, pensé que reaccionaría. No fue sólo para que le importe, pero eso era un gran incentivo. Quería pensar que le había molestado y lo escondía para no mostrarse débil. Quería pensar que seguía siendo la persona de la cual me había enamorado.
No pasaba nada, siquiera un mínimo atisbo de celos. No había tenido sentido que lo reemplazara una noche por otro. En realidad sí, no el que yo anhelaba, pero me hacía parecer fuerte, que algo lo había superado. ¿A quién quería engañar? yo no soy fuerte, no cuando de él se trata.


OCHO
No lo entendía. ¿Qué necesidad tienen las personas de mentir? “Tampoco me importa, lo odio es un idiota” claro, repetirme eso millones de veces iba a hacerlo realidad. Quería pensar en otra cosa, salir con amigos era lo más oportuno.
Me escapé y lo reencontré. Su nombre me lo acordaba, más, imposible. Me cayó bien, todos me cayeron bien, pero él especialmente. Seguramente porque los quise encontrar parecidos, pero lo ignoré. La experiencia me había enseñado que era algo seguro. Si la afinidad existía, ¿por qué no probar cómo serían las cosas en un universo paralelo sin odios, sin lastimaduras, uno feliz?

            NUEVE
No iba a asumirlo. “No es nada permanente, sólo necesita un descanso”, “ya se va a arrepentir, no puede vivir sin mí” de verdad quería creerlo. En un principio estuve segura, le dolía tanto como a mí, me necesitaba tanto como yo a él. Repentinamente todo eso se esfumó. Quedaba nada más que desprecio tapado por indiferencia.
Me dolía más que cualquier otra cosa que dijera que ya no le importaba, pero eso no cambiaría nada. Estaba convencida, y me empeñaba en estarlo, de que en realidad era todo una mentira que él creía que le haría más sencillo el olvidarse de mí. Seguiría insistiendo, la esperanza es lo último que se pierde.

            DIEZ
Todo parecía normal. Una pelea que ya no recuerdo, un ofendimiento fingido mío, un descariño leve de él. Me dijo que al final no podríamos pasar esa noche juntos y que quería hablar conmigo. “Reconciliación y un tiempo solos, mirándonos, queriéndonos” pensé. Me equivocaba.

“No puedo más” dijo. ¿Qué no podés? si querés, podés; vos no querés, no te jugás por miedo o para vos no lo valgo; me mentiste, te odio, por favor abrazame y no me sueltes. Se fue, me dejó sola y mando a amigos para el consuelo. Se fue a llorar, ¿por qué llorás? vos no perdiste nada, vos me tenés, dejá de llorar y vení a buscarme. Lo ignoró.

Autor: Annalice Mallory

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