No hay emoción en el olvido pero tampoco hay penas. Es un saberse
rodeado de fotografías de personas. Ojalá encontrase la llave del olvido, el
vínculo que justifica de alguna forma esta miseria sin justificación. Caminar
por una calle sin viento, esperando el vacío propio de cada mañana. Nuestra
ciudad fue arrasada por el huracán, y después no hubo más viento. Ni gente. A
veces me pregunto por qué sobreviví justo yo, el más infeliz de los otrora
felices. Es que antes yo era el que reía y charlaba y volvía a reír en
interminables rondas de noches eternas; parecidas. En esas fiestas había
rostros amigos, no imágenes... gente. Yo los conocía, ellos me conocían. Era
uno más del grupo. También había una chica. Valentina, o Florencia. No me
acuerdo el nombre. Le gustaban mis chistes. ¡Hacía chistes! Cuando aparecía
Valentina de golpe no parecía tan malo el laburo, mi vida berreta, creía en una
mierda compartida, en un descansar mutuo. Un día nos besamos. Pasaron los días,
no tan iguales. Me ascendieron, nuevos distritos para recorrer. Nos mudamos a
Barrio Vivo. Compramos disfraces para andar entre esta nueva gente. Otra faceta de la empresa. El marketing,
convencer a los locos estos. Y yo andaba por barrios mejores, con
gente-de-bien. Había otro repartidor que estudiaba en una de esas escuelas
técnicas, y su familia era de los antiguos que fabricaban amontonamiento de
papel que intentaban presentar noticias y crónicas. Los llamaban diarios, los
de antes.
Un día nos tocó ir a lo de
un viejo, en Barrio Nostalgia. Ahí iban los artistas y las "momias"
de platino. Las momias eran las mejores. A veces nos dejaban quedarnos con
algunas de sus cosas, a cambio de un par de caricias furtivas. No me sentía
mal, no me sentía mal en absoluto. Valentina aprobaba el modelo seiscientos
sesenta y cinco para parejas monogámicas, el del toqueteo informal. Era muy
apegada a las normas del triunvirato, supongo. Su vieja era abogada. Creo que a
veces me pierdo. Volviendo al tema, lo del viejo, sí.
El viejo era un pintor de
sangre. Lo mirabas y te dabas cuenta, no hacía falta que mostrase el carnet de
pertenencia al gremio. Su rostro me recordaba a los arlequines, porque seguro
iba triste por la vida fingiendo ser alegre, como todos los payasos. Nos dejó
pasar, le dijimos que esta entrega era dificil, porque el marco era delicado y
él tenía que ser el primero en tocarlo. Las huellas digitales quedaban en el
sistema del marco y lo aceptaban como al dueño. El viejo sonreía desenfadado,
seguro mil veces había pasado por lo mismo. Al principio nos habló de
trivialidades, de que él financiaba la construcción del nuevo Gravity Off.
Claro, pusimos cara de sorprendidos. Le dije que me iba a engarzar pronto. Le
mostré mi anillo de engarzamiento, hecho de pura pirita. Me felicitó, como si
me conociese de toda la vida. Costumbres sociales, hipocresía de los Nostálgicos.
De pronto empezó a decirme que debía cuidar muy bien de esa chica, y esas
cosas. Mientras abríamos la caja y él levantaba el marco. Lo sostenía en el
aire. Un segundo. Dos segundos. Luz verde, misión terminada.
A punto de irnos, el viejo
me agarró del hombro. Quería mostrarme otra cosa, el cuadro para el
"último" marco. Le dije que tenía que irme. Se ofreció a darme más
pirámides, que la boda iba a necesitar más que el sueldo de un repartidor
novato, que realmente lo necesitaba. Parecía realmente desesperado. No le grité
ni nada parecido. Claramente él tenía razón con eso de mi salario.
Con un gesto le dije al
pibe que iba conmigo que se fuese. Tomó su aerodeslizador y abandonó en un
flash este barrio medio decadente. Caminé con el viejo por la mansión-museo.
Sus gustos eran excéntricos, propios de alguien de su calaña. Tenía muchos
afiches pegados, pancartas de partidos políticos, cuando todavía existían.
Cuadros de épocas remotas, esculturas. Seguimos caminando hasta llegar a una
galería con un arco de madera auténtica. No pude disimular mi desconcierto.
Creía que era pudiente, pero no millonario. Las antigüedades eran caras, sí,
pero nada comparado con la madera.
Nos detuvimos. Le exigí que
me mostrase el cuadro. Se rió. Me acusó de ser muy literal, inculto, poco apto
para esto. No entendía. Dijo que un cuadro podía ser una forma de exponer una
situación, no sólo una obra de arte. Me habló del arte en palabras complicadas.
Había metáforas mezcladas con la historia de la Ciudad, también del Triunvirato.
Había un plan para eliminar el Triunvirato, de parte de los seguidores de P.
Del antiguo P. Su broma no era graciosa. El tono de voz subía a medida que
continuaba con sus delirios. Quería irme.
Desde hace mucho se había
gestado el plan, me confesó. La sociedad se había corrompido a si misma hasta
los extremos de lo inmoralmente insoportable. Muchos religiosos vaticinaban el
fin de los tiempos, con un mensaje de desconsuelo y al mismo tiempo
"esperanzador" según sus parámetros. La humanidad sufriría un
cataclismo. Típico, pensé. Como de proyección animada, como para verlo en la
Arena de los Cristales mientras uno come suero de azúcar. Pero se lo tomaba en
serio, y eso me perturbaba. Estaba terriblemente loco. Parecía un fanático y o
un profesor absolutamente devoto con su materia, no podía evitar enredarme en
las marismas de sus palabras y construcciones perfectamente escalonadas;
avanzando de la advertencia al miedo y del miedo al desamparo. Y sin embargo
habría sobrevivientes. Un hombre reencarnando al olvido. Le pregunté a qué se
refería con el olvido. Él tampoco entendía, muchos catedráticos y vagabundos de
todas las épocas habían tratado de descifrarlo, pero sólo lograban marear más
el asunto dando sus apreciaciones personales y posiblemente erróneas.
Los poetas de las
alcantarillas decían que el superviviente era una metáfora del humano vencedor
de toda adversidad que tomaría las riendas de ese sistema recién nacido luego
de la destrucción del mundo. Los del templo suburbano hablaban de una María
Futurista (que, dicho sea de paso, la figura de esta mujer celestial no aparece
nunca en los textos originales) y del olvido como el arrepentimiento de los
placeres terrenales, y el hombre, bueno, un hombre normal. Los científicos
simplemente habían negado esas teorías, clasificándolas de patafísicas y
fetichistas; y a sus adoctrinados como enfermos
amantes del morbo-secreto-de-lo-efímero-e-insubstancial-del-ser-humano.
Y hoy era el día. El huracán no sería sólo fuertes vientos, sería inundaciones, sequías y lluvias de fuego en todas las ciudades de todos los continentes. En nuestro caso sería un aire frío arremolinado que se llevaría nuestro amor y nuestra gente. No quedaría nadie con excepción del vástago de la sociedad. Y ese sería yo.
Y hoy era el día. El huracán no sería sólo fuertes vientos, sería inundaciones, sequías y lluvias de fuego en todas las ciudades de todos los continentes. En nuestro caso sería un aire frío arremolinado que se llevaría nuestro amor y nuestra gente. No quedaría nadie con excepción del vástago de la sociedad. Y ese sería yo.
Le escupí en la cara una
risa nerviosa que poco a poco se me iba desinflando en una mueca. El viejo se
limitó a señalar la ventana donde podíamos soñar toda la metrópolis. Atardecía.
Bajó las escaleras sin mirarme y se dirigió a la calle. Continué con mi
escepticismo violento, pidiéndole explicaciones. Amenacé con pegarle, con
hacerle más daño del que él me había hecho nunca. Pero era obvio que jamás me
animaría a hacerle algo así a un viejo loco.
El viento del crepúsculo
sacudía las ramas de los árboles artificiales. La calle y sus radios se habían
detenido. Sentí un silencio abrumador chocando hueco en mis espaldas. Me di
vuelta, y todo se puso negro. Al despertarme, era de noche. Y nunca más dejó de
ser noche, de ser frío. Es la hora última de mis jornadas eternas donde camino
solitario buscando excusas que me hagan sentir vivo. Excusas con forma de
nombres, de cartas, de comida pudriéndose sola en las casas vacías.
A veces pienso en el
suicidio como una delicia que me lija las paredes del cerebro. Otras tantas ando
errado en la locura de los días sin estaciones. La esperanza me viene de golpe
y sin aviso, y creo ver una persona en una ventana, haciendo algo. Pero al
llegar allí no hay nada y vuelve a ser la misma muerte tornándose costumbre.
Entonces me reprocho a mí mismo por mi idiotez y continúo con la exposición
imaginaria de una crónica que me arranca un poco el alma con sus alas de cuervo
tempestuoso.
Autor: Satélite
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