miércoles, 29 de mayo de 2013

Karuna

Los que caminaban por Avenida Paseo Colón observaron estupefactos la transformación. Testigos de lo imposible, sus caras estaban congeladas en el tiempo; los ojos de todos formaban un círculo alrededor del joven, parecían muertos en su rostro. Más gente se sumaba al círculo, en silencio.  Alguien había llamado a la policía: una sirena lejana y una ambulancia se acercaban. Sobre el suelo yacía convulsionando. El cambio había sido simultáneo en todo su cuerpo. De su mano cayó una libretita, con algunas líneas escritas en una letra casi ilegible; la última frase tenía pocas palabras y ni siquiera se alcanzaba a leer la última porque las letras se deformaban cayendo debajo del reglón hasta transformarse, prácticamente, en garabatos.
 Nadie se percató de la libreta en el suelo.

Recuperó el conocimiento y se percató de que estaba en una ambulancia. La camilla  vibraba con la regulación del motor y el paramédico la sostenía fuerte mientras hablaba con el conductor. Súbitamente, se incorporó y, quitándose el suero y las vendas de la cabeza, saltó de la camilla. El médico  no atinó a reaccionar y el muchacho abrió el portón, observó la avenida un instante y se arrojó hacia el cordón de la vereda. Tres bocinas frenéticas se escucharon al unísono. Rodó unos metros hasta golpear contra el cordón. Se lastimó la pierna derecha al caer con todo el peso de su cuerpo sobre ella. Aún así, sangrando, se levantó y comenzó a correr, sin destino; a cualquier lado. El sudor impregnaba su cuerpo. Pronto se convirtió en una sustancia viscosa y caliente que le recorría su piel, la ropa rota y las heridas abiertas.
La ambulancia se había detenido y los médicos se habían bajado para buscarlo. Escuchó un auto de policía acercarse y huyó al Parque Lezama. El sol potente de octubre se elevaba altísimo y lo iluminaba por completo. Subió hasta la parte más alta y trepó a un árbol. Allí, esperó dos horas, mudo, observando a las personas que pasaban cada tanto. Los policías no lo encontraron. La espera lo alivió (aún sin haberse percatado de lo que le había ocurrido). El shock duró al menos una hora más hasta que logro tranquilizarse. Incluso pensó en bajar y buscar a la policía: les diría que se había asustado mucho y que por eso se había arrojado de la ambulancia. Cuando se disponía a bajar, rozó su nariz con las hojas de las ramas y estornudó. Al rascarse, noto algo diferente; algo grotesco en su cara. Pensó en la caída, en las vendas, en la ambulancia- y ¿Por qué la ambulancia?- pero no sentía dolor, ni tenía sangre en sus manos. Era algo en la forma de su nariz. Pero también en la de sus ojos; la de sus cejas; la de su frente; la de su boca. No fue hasta ese momento que notó el cambio en todo su cuerpo. Todo. Desde sus pies hasta su pecho. El miedo frente a lo que veía, a través de las ropas sucias y rotas, lo desconcertó, lo espantó. Perdió el equilibrio y cayó del árbol. Corrió, con la pierna otra vez golpeada en el mismo lugar, hasta la calle Defensa. La gente que lo veía pasar se llevaba las manos a la boca, mientras se detenía sorprendida y murmuraba por lo bajo.
Intentó buscar ayuda; ni personas ni policías ni ambulancias que lo socorriesen. Las personas ni siquiera se acercaban. Hasta los perros corrían asustados. Quizás alguien en algún hospital. El Hospital Argerich podría ser, solo unas cuadras más hacia el sur por Defensa hasta llegar a la Avenida Martín García y luego dos calles más por la Avenida Almirante Brown.
En la Avenida Caseros había una vieja casa de estilo Colonial abandonada; no había nadie caminando en esa cuadra y en la puerta de entrada decidió parar. Estaba exhausto, agotado. Su mente no había parado desde el momento en que recupero el conocimiento. Logró recordar, en ese instante, que estaba yendo a su casa antes de despertar en la camilla, y que mientras caminaba escribía algo en un anotador pequeño, de bolsillo. Pero en su bolsillo no había nada. Tampoco recordaba lo que había escrito.
Dos personas caminaban por Caseros y casi llegaban adonde se encontraba él por lo que se escondió rápidamente dentro de la casa, rompiendo unos tablones que tapaban parte de la entrada. Caminó luego frente al ex Museo de Ciencias Históricas y se detuvo antes de que terminara el viejo paredón del edificio. Con cuidado caminó hasta Finochietto, para evitar que lo vieran y se atemorizaran-y ¿Por qué se atemorizan?-. Si la policía que lo había buscado lo encontraba así no podría ni siquiera explicar lo que le había pasado – en el caso de llegar a entender lo que le había ocurrido-.
En la esquina de Defensa y Finochietto encontró unos cristales rotos  desparramados. Levantó un trozo y con su mano derecha lo cubrió parcialmente para evitar el reflejo del sol: se vio por primera vez a sí mismo. Casi se desmaya al observar su rostro. Dejó caer el cristal y este se astilló en pedazos muchos más diminutos. Palpó toda su cara con sus manos que temblaban. Quiso verse de nuevo y levantó otro trozo en sus manos: vio sus ojos de un contorno redondeado y suave, recorrido por el sudor que bajaba por unos pómulos pálidos y delicados, que contrastaban con una pequeña boca roja, con labios finos y secos. ¡Su nariz! Pequeña y curvada. Su cara parecía irreal, grotesca, como una careta. Sus pupilas dilatadas parecían a punto de estallar. ¿Dónde estaba aquella frente amplia y su nariz, la de siempre, grande y aguileña? ¿Qué eran esos ojos redondeados y tan pequeños? ¿Sus ojos marrones de siempre, saltones y grandes? ¿Su boca? ¡Esos labios finos, tan rosados! Acaso alguien había coloreado, o mutilado sus labios pálidos y carnosos. Sus orejas ya no estaban, parecían pequeñitas manos de bebé. Sus amplios pabellones tampoco estaban. Ni siquiera su grueso pelo negro quedaba, en su lugar un fino cabello castaño cubría su frente y llegaba casi hasta sus hombros. Palpó su vientre, sus piernas, sus brazos y se quedó observándolos enmudecido. Las líneas rectas de su cuerpo, las formas rectas y perfectas, habían desaparecido. Curvas y contornos redondeados daban forma a su monstruosidad.
 Sin embargo, extrañamente,  pensó en unas fotos que había visto hace tiempo en el Museo de Arte Post- Contemporáneo. Eran fotos de hombres y niños  de principios del siglo XXI paseando en parques, riendo y jugando con unos viejos juguetes llamados barriletes, que dirigidos por un hilo planeaban en el cielo de verano. Todo eso recordó mientras observaba su cuerpo. Se vio a sí mismo por un momento como un personaje más de la imagen, que jugaba y reía. Un monstruo que jugaba y reía.
Volvió a palpar su cara, grotesca y retorcida en sus formas. ¿Esa suavidad, esas líneas en la piel? El sudor se contorsionaba a medida que fluía por  la cien, los ojos, los pómulos, las comisuras; daba miles de vueltas antes de seguir su camino de descenso. Las lágrimas de sus ojos comenzaron a brotar y  ya no sabía que sensación guardaba en su interior. Solo se vio invadido por desesperación y un vacío en el estómago y en el pecho.
Otras imágenes se proyectaron frente a sus ojos: recuerdos de su niñez, de la infancia de sus hermanos. Recuerdos de juegos en la plaza y en su casa con un viejo muñeco de peluche que lo abrazaba, le sonreía y se desplazaba hasta cualquier lugar, con finos y delicados movimientos. Recordó cuando, por curiosidad y no tanta coincidencia quizás, rompió el revestimiento de algodón artificial del muñeco. Deseaba ver aquello que le permitía caminar. Allí descubrió el complejo sistema grisáceo y luminoso, motorizado, robótico, del muñeco. Más allá de eso, el recuerdo más intenso era el de su propia cara y su cuerpo, pequeños, inocentes, delicados, teñidos de los colores rosados y las formas monstruosas de ahora. Al mismo tiempo, revolvía su cabeza buscando imágenes de hacía unos meses, de hacía unas semanas, de hacía un instante,  que reforzaban el horror de la figura actual. ¿Qué tenía que ver su niñez con esta figura cruda y monstruosa? ¿Dónde estaba lo que era  él?
El miedo que suele agigantarse en los pensamientos, lo acorraló y sin otra escapatoria, se echó a correr hacia el sur por Defensa hasta pasar el Parque Lezama. Sin prestar atención ni siquiera a la gente que caminaba, se dirigió hasta Paseó Colón. Autos y colectivos fluían por la Avenida como siempre. La gente caminaba como todos los días-aunque en realidad corrían, pero siempre corremos: ya es caminar-. Él solo corría en ese instante, en ese período de tiempo con un principio y un fin dados. Al menos algo corría, tal vez no era él, quizás era un materialización de su niñez, o la figuración de un monstruo. De cualquier manera, no era lo de siempre.
Corrió. Llegó hasta la entrada de Emergencias del Hospital Argerich. Se dispuso a buscar ayudar. Pero en la entrada quedó inmovilizado frente al gentío que ingresaba y salía ajetreado, preocupado, indiferente. Apenas lo notaban. Ni siquiera algún despistado que lo empujaba volteaba para disculparse. Él, ahí, parado y mirando la puerta que casi no permanecía cerrada.
Finalmente, caminó hacia a la Guardia y fue exactamente en ese momento que, como un disparo percutido desde lo más profundo de su mente confundida, una frase lo congeló en seco a un paso de la puerta: la compasión de los hombres. ¿Y qué era esa frase? ¿Qué tenía que ver con todo aquello? (Si es que tenía alguna relación). Recordó poco a poco que aquello era lo que escribía en su anotador antes de perder el conocimiento; recordó lo escrito y una peculiar  pregunta antes del desmayo:”¿Qué es la compasión?”.
No entró en la Guardia, solo se quedó parado afuera. Miró a ambos lados de la calle, vio el hormiguero de autos y personas; oyó los escapes, los frenos, gritos, sirenas y campanas. Sintió el olor de los bares que rodeaban el hospital, el olor del aceite frito y las parrillas se mezclaba con de la humedad del Río, con  el humo de los autos. Observó también a las personas que se detenían autómatas en el semáforo; observó a las que parecían alegres, y también a las que caminaban con sus caras de como siempre: como siempre ayer, hoy y mañana. Vio algo común: un hombre golpeado tirado en la calle, vio como, aun así, todo el mundo seguía caminando. Nadie lo ayudaba. ¿Alguien se percataba? ¿Era acaso invisible, o era un monstruo como él?
Si nadie me ve, si NADIE me ve:
¡¿Qué es lo que me ocurre a “mí”?!

Volvió a pensar en la Guardia y no lo dudó más: entró. Buscó ayuda y nadie lo atendió. Estaba pero no, nadie lo escuchaba. Con bronca, desesperado, golpeó las mesas de entradas y las de informes. Pero nada, nadie.
Salió de la Guardia y gritó, fuerte, cuanto pudo. Pero nada, nadie. Volteó su cara hacia todos lados, volvió a ver al mendigo. Se acercó y su sorpresa fue final cuando al hablarle al viejo, destartalado en la vereda, este ni siquiera levantó su cabeza.

                                                           …………………
Este hombre no lo vio y nadie más podría verlo porque desde el momento en que la frase volvió a su mente y se consolidó como un recuerdo firme y ya no perdido, llenando el vacío de la confusión con la palabra “compasión”, el final de la transformación se completó. Ya nadie volvería a verlo pues cualquier humano desnudo, redondeado, suave, real y olvidado, era invisible para aquellos ojos tan normales, perfectos, comunes, monstruosos, hermosos, de siempre.
 Qué suerte la de él, que se transforma, y que desgraciado al ser uno entre tantos, al ser un solitario. Me resulta difícil comprenderlo y solo puedo preguntarme qué ocurre con la humanización que no la veo, que no se ve.


Autor: Fioktist

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