miércoles, 24 de abril de 2013

La imaginación de unas pinceladas


Hay ciertos acontecimientos que creo no poder comprender. Dejaré por eso, testimonio de ellos. Tal vez, con más dedicación y analizándolo detenidamente alguno de ustedes puede develarlo. Intentaré no omitir ningún detalle que considere importante. Tuvieron lugar un sábado de octubre, el sábado pasado para ser aún más preciso. Sepan disculpar la narración, no me encuentro en mis mejores condiciones, desde aquel sábado  se me presentan algunos síntomas a los cuales no encuentro explicación. No se cuánto tiempo más podré resistir.
Horas que dedicaba a embellecer mi alma. Horas en las que esas imágenes afinaban mis  sentidos, enriquecían mis emociones en los pasillos del histórico museo. El Louvre me recibía cada sábado del mes con esas obras maravillosas que se adentraban en lo más profundo de mi alma.
Caminé por sus pasillos, los recorrí una y otra vez. No soy capaz de definirme  especialista en arte, pero aseguro  conocer cada una de las obras expuestas. Y, cada tarde, todos mis sentidos funcionaban en pos de comprender una en particular. La analizaban desde todos los ángulos posibles, se impresionaban primero, con la belleza de sus pigmentos, la delicadeza con la que los colores habían sido elegidos. Luego, la repercusión que tenían en mí, en mis pensamientos. Los mensajes que me trasmitían, mucho más ricos que las vacías palabras que mi esposa repite desde nuestro casamiento.
No quiero abrumarlos con peleas matrimoniales, pero estar acompañado de una mujer así: no puedo soportarlo. Monotonía, monotonía, monotonía. Desde sus palabras hasta sus acciones todo es predecible  Ni siquiera sus sentimientos, ¡ni siquiera sus sentimientos! ¿Lo notan? No puedo evitarlo, no puedo evitar mencionarla. Les pido disculpas, el clima en casa es abrumador. Intento pasar el menor tiempo allí, nuestra relación empeora cada minuto y casi como desconocidos actuamos. Vuelvo a disculparme, no gastaré mis palabras en detallar situaciones que no lo merecen. No quiero contaminar la pobre descripción que hacía de mi rutina de fin de semana en el museo, no quiero atreverme a mezclar cosas tan simples, tan mediocres con elementos tan bellos y tan perfectos  como el arte.
El sábado pasado dediqué mis horas a un cuadro nuevo, una obra que no había visto jamás: una nueva adquisición. No era buena, no había nada en ella que pudiera llamarme la atención, pero creo que fue su aire desconocido el que me impulsó a analizarla detenidamente. Autor: anónimo. Medida: 60cm x 40 cm. Óleo sobre lienzo. Año: 1964.
La furia de las pinceladas negras y notables en la parte inferior; los trazos grises, suaves: la calma del terror, el silencio de un trágico final. Trazos que pintaban con delicadeza una figura mortífera que acecha sin ser vista, que espera el momento indicado para abalanzarse, que hace tiempo que allí está esperando, tanto tiempo como el pintor ha empleado en pintar sus minuciosos detalles. En medio de tanta oscuridad un caballo blanco, imposible que nuestra mirada no se dirija automáticamente a él, parece ser la salvación. Un caballo al galope que intenta escapar, sin embargo su pelaje y la parte inferior de su pata ya están teñidas del trágico final. Sobre el caballo, un hombre. La vestimenta y la situación lo hacían indudablemente un prócer o algún hombre destacado en la historia. Una capa roja contrastaba. No podía distinguir de quién se trataba, su rostro me resultaba familiar. Evidentemente la muerte estaba próxima a él y, como en sus momentos de gloria, él le daba la espalda intentando escaparse a ella en la rapidez de su caballo. Sin embargo, el trágico final ya lo estaba apuntando. Nada más vulgar, más trillado, más simple que esta situación. Tan mediocre como mi esposa, tan evidente. ¿Para qué los grandes habían pensado en recursos metafóricos, en ambigüedad de sentidos si, finalmente, hoy todos buscan lo rápido y sencillo?¿Para qué ,si hoy se premia la practicidad , lo concreto, lo útil, lo efímero?
Sin embargo ese maldito cuadro me revelaba. Develaba mi poco conocimiento en materia histórica y esta es la razón por la cual no creo poder definirme especialista en arte. Furia corre por mis venas al ver cuadros como este, en el que sus pintores manchan el arte de historia; pero esta situación se repite asiduamente porque aquellos maravillosos trabajadores están contaminados con la vida cotidiana. Convierten lo imperfecto en arte. Imagínense si dejarán volar sola a su imaginación  sin ser condenada por los saberes, sólo imagínense: podrían llegar  a  representar  la belleza.  La historia es demasiado humana, demasiado imperfecta y eso le  impide armonizar con el arte, inútil y bello. Así lo denominaba la corriente de Oxford en épocas de la Reina Victoria. Todavía no he encontrado a Dorian enmarcado.
Esto no es lo que me sorprende, naturalmente. Me quedé frente a lo obra toda la tarde, mis ojos penetraron en la oscuridad del negro y en el brillo del blanco, en la pasión del rojo y en la dejadez del gris. A pesar de que la detestaba, no pude despegarme de ella. La observé detenidamente. Poco a poco, imaginé aquellos pensamientos, los del instante anterior a la  muerte. El momento en que tu corazón lo determina, en el que tu cerebro lo corrobora, lo acepta, lo confirma. Imaginé los sentimientos, y de pronto me encontré en aquella escena y no en los pasillos del Louvre. Allí estaba, y la muerte tras mi espalda. Sabía que todo era producto de mi creatividad.
Algo me distrajo, no fueron las palabras de los turistas ni las explicaciones de los guías, fue mi propio cuerpo. Una sed intensa, un fuerte calambre en la pierna izquierda. Estiré tratando de disimular, no era un ambiente propicio y, si hay algo que realmente me perturba son los gestos desapropiados. Logré calmarlo, pero el  malestar continuaba. Esperé unos minutos, no tenía la fuerza para levantarme. Me acerque al toilette con intención de lavarme la cara, el calor podía ser la causa. Vómitos, vómitos.
Mi esposa  no se sorprendió de mi llegada, eso me resultó extraño suelo regresar al anochecer y todavía el reloj no había dado las 15:00 horas. Me recosté en la cama. Se acercó a preguntar si necesitaba algo, el orgullo es más fuerte que  yo  y respondí que no. Una expresión de tristeza cubría una leve sonrisa en su rostro. Desde aquel día que los vómitos, la sed, los calambres se repiten continuamente. Desórdenes gastrointestinales y neurológicos. Qué cosa más espantosa. Los médicos no logran averiguar de qué enfermedad se trata, certificaron cólera pero en esta época no es común. Sostengo que ellos nunca podrán averiguar la verdad. No dude en buscar en mis libros de toxicología, de joven me apasionaba la química y la medicina. Mi biblioteca, repleta de enciclopedias que leía una y otra vez. El arsénico: su intoxicación tenía algunas coincidencias con mis síntomas. Un semimetal utilizado frecuentemente en la antigüedad para envenenar… pero ¿quién podría? Recuerdo una anécdota de un general francés, muy importante del cual no puedo acordarme el nombre, a quien habían envenenado con este elemento. Casi 100 años después surgió la hipótesis.
Hay algo que vuelve a mis pensamientos desde aquel día: el cuadro. Frente a cada uno de los síntomas la imagen se reproduce en mi mente. Los sentimientos vuelven, las ideas de los últimos minutos, mi desesperación... sin embargo, doy vuelta la espalda.

Autor: Akuychis

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