Hay ciertos acontecimientos que creo no
poder comprender. Dejaré por eso, testimonio de ellos. Tal vez, con más
dedicación y analizándolo detenidamente alguno de ustedes puede develarlo.
Intentaré no omitir ningún detalle que considere importante. Tuvieron lugar un
sábado de octubre, el sábado pasado para ser aún más preciso. Sepan disculpar
la narración, no me encuentro en mis mejores condiciones, desde aquel
sábado se me presentan algunos síntomas
a los cuales no encuentro explicación. No se cuánto tiempo más podré resistir.
Horas que dedicaba a embellecer mi alma.
Horas en las que esas imágenes afinaban mis
sentidos, enriquecían mis emociones en los pasillos del histórico museo.
El Louvre me recibía cada sábado del mes con esas obras maravillosas que se
adentraban en lo más profundo de mi alma.
Caminé por sus pasillos, los recorrí una y
otra vez. No soy capaz de definirme
especialista en arte, pero aseguro
conocer cada una de las obras expuestas. Y, cada tarde, todos mis
sentidos funcionaban en pos de comprender una en particular. La analizaban
desde todos los ángulos posibles, se impresionaban primero, con la belleza de
sus pigmentos, la delicadeza con la que los colores habían sido elegidos.
Luego, la repercusión que tenían en mí, en mis pensamientos. Los mensajes que
me trasmitían, mucho más ricos que las vacías palabras que mi esposa repite
desde nuestro casamiento.
No quiero abrumarlos con peleas
matrimoniales, pero estar acompañado de una mujer así: no puedo soportarlo.
Monotonía, monotonía, monotonía. Desde sus palabras hasta sus acciones todo es
predecible Ni siquiera sus sentimientos,
¡ni siquiera sus sentimientos! ¿Lo notan? No puedo evitarlo, no puedo evitar
mencionarla. Les pido disculpas, el clima en casa es abrumador. Intento pasar
el menor tiempo allí, nuestra relación empeora cada minuto y casi como
desconocidos actuamos. Vuelvo a disculparme, no gastaré mis palabras en
detallar situaciones que no lo merecen. No quiero contaminar la pobre
descripción que hacía de mi rutina de fin de semana en el museo, no quiero
atreverme a mezclar cosas tan simples, tan mediocres con elementos tan bellos y
tan perfectos como el arte.
El sábado pasado dediqué mis horas a un
cuadro nuevo, una obra que no había visto jamás: una nueva adquisición. No era
buena, no había nada en ella que pudiera llamarme la atención, pero creo que
fue su aire desconocido el que me impulsó a analizarla detenidamente. Autor:
anónimo. Medida: 60cm x 40 cm. Óleo sobre lienzo. Año: 1964.
La furia de las pinceladas negras y
notables en la parte inferior; los trazos grises, suaves: la calma del terror,
el silencio de un trágico final. Trazos que pintaban con delicadeza una figura
mortífera que acecha sin ser vista, que espera el momento indicado para
abalanzarse, que hace tiempo que allí está esperando, tanto tiempo como el
pintor ha empleado en pintar sus minuciosos detalles. En medio de tanta
oscuridad un caballo blanco, imposible que nuestra mirada no se dirija
automáticamente a él, parece ser la salvación. Un caballo al galope que intenta
escapar, sin embargo su pelaje y la parte inferior de su pata ya están teñidas
del trágico final. Sobre el caballo, un hombre. La vestimenta y la situación lo
hacían indudablemente un prócer o algún hombre destacado en la historia. Una
capa roja contrastaba. No podía distinguir de quién se trataba, su rostro me
resultaba familiar. Evidentemente la muerte estaba próxima a él y, como en sus
momentos de gloria, él le daba la espalda intentando escaparse a ella en la
rapidez de su caballo. Sin embargo, el trágico final ya lo estaba apuntando.
Nada más vulgar, más trillado, más simple que esta situación. Tan mediocre como
mi esposa, tan evidente. ¿Para qué los grandes habían pensado en recursos
metafóricos, en ambigüedad de sentidos si, finalmente, hoy todos buscan lo
rápido y sencillo?¿Para qué ,si hoy se premia la practicidad , lo concreto, lo
útil, lo efímero?
Sin embargo ese maldito cuadro me revelaba. Develaba mi poco
conocimiento en materia histórica y esta es la razón por la cual no creo poder
definirme especialista en arte. Furia corre por mis venas al ver cuadros como
este, en el que sus pintores manchan el arte de historia; pero esta situación
se repite asiduamente porque aquellos maravillosos trabajadores están
contaminados con la vida cotidiana. Convierten lo imperfecto en arte. Imagínense
si dejarán volar sola a su imaginación
sin ser condenada por los saberes, sólo imagínense: podrían llegar a
representar la belleza. La historia es demasiado humana, demasiado
imperfecta y eso le impide armonizar con
el arte, inútil y bello. Así lo denominaba la corriente de Oxford en épocas de
la Reina Victoria. Todavía no he encontrado a Dorian enmarcado.
Esto no es lo que me sorprende, naturalmente. Me quedé frente a lo
obra toda la tarde, mis ojos penetraron en la oscuridad del negro y en el
brillo del blanco, en la pasión del rojo y en la dejadez del gris. A pesar de
que la detestaba, no pude despegarme de ella. La observé detenidamente. Poco a
poco, imaginé aquellos pensamientos, los del instante anterior a la muerte. El momento en que tu corazón lo
determina, en el que tu cerebro lo corrobora, lo acepta, lo confirma. Imaginé
los sentimientos, y de pronto me encontré en aquella escena y no en los
pasillos del Louvre. Allí estaba, y la muerte tras mi espalda. Sabía que todo
era producto de mi creatividad.
Algo me distrajo, no fueron las palabras de los turistas ni las
explicaciones de los guías, fue mi propio cuerpo. Una sed intensa, un fuerte
calambre en la pierna izquierda. Estiré tratando de disimular, no era un
ambiente propicio y, si hay algo que realmente me perturba son los gestos
desapropiados. Logré calmarlo, pero el
malestar continuaba. Esperé unos minutos, no tenía la fuerza para
levantarme. Me acerque al toilette con intención de lavarme la cara, el calor
podía ser la causa. Vómitos, vómitos.
Mi esposa no se sorprendió
de mi llegada, eso me resultó extraño suelo regresar al anochecer y todavía el
reloj no había dado las 15:00 horas. Me recosté en la cama. Se acercó a
preguntar si necesitaba algo, el orgullo es más fuerte que yo y
respondí que no. Una expresión de tristeza cubría una leve sonrisa en su
rostro. Desde aquel día que los vómitos, la sed, los calambres se repiten
continuamente. Desórdenes gastrointestinales y neurológicos. Qué cosa más
espantosa. Los médicos no logran averiguar de qué enfermedad se trata,
certificaron cólera pero en esta época no es común. Sostengo que ellos nunca
podrán averiguar la verdad. No dude en buscar en mis libros de toxicología, de
joven me apasionaba la química y la medicina. Mi biblioteca, repleta de
enciclopedias que leía una y otra vez. El arsénico: su intoxicación tenía
algunas coincidencias con mis síntomas. Un semimetal utilizado frecuentemente
en la antigüedad para envenenar… pero ¿quién podría? Recuerdo una anécdota de
un general francés, muy importante del cual no puedo acordarme el nombre, a
quien habían envenenado con este elemento. Casi 100 años después surgió la
hipótesis.
Hay algo que vuelve a mis pensamientos desde aquel día: el cuadro.
Frente a cada uno de los síntomas la imagen se reproduce en mi mente. Los
sentimientos vuelven, las ideas de los últimos minutos, mi desesperación... sin
embargo, doy vuelta la espalda.
Autor: Akuychis
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