miércoles, 29 de mayo de 2013

El juguete destinado

El héroe aqueo que ahora yace de rodillas en el suelo, con la mirada perdida en el escenario que lo rodea, suelta el arma y la arroja lejos de sí.
-¡Oh insulsos dioses!- exclama y su voz resuena en los cadáveres decorados con la sangre fresca de la batalla- ¿Habremos los mortales de combatir en vuestras luchas insensatas por el resto de la eternidad, matar como feroces fieras por un bocado de agraciada carne mientras vosotros os regocijáis en el Olimpo sempiterno, colmados de bellas mujeres, de honores, de gloria interminable?- y diciendo esto, apoya su brazo y se empuja para incorporarse. -¿Pies ligeros… acaso poseen alguna utilidad? ¿Acaso la armadura que forjó el implacable Hefesto para mi provecho, la ayuda de vosotros en la rápida pero efímera victoria de los troyanos sobre los aqueos –oh traidores, ¡Transmitieron esperanza vana al alma desgarrada y necesitada de ella!- sirvieron de algo en vuestros oscuros y egoístas planes? ¿Acaso por ello se recompensa el sufrimiento de Patroclo, mi caro amigo y compañero? ¿Y el de los valientes aqueos cubiertos por el manto de la oscuridad en la batalla e incapaces ahora de  volver a ver jamás a sus preciadas esposas y a los niños que rebozan vida en sus pechos? ¿Sabían ellos de vuestras artimañas escurridizas e insensatas, conocían de verdad por lo que estaban combatiendo cuando desembarcaron por vez primera a las playas troyanas, eran conscientes del engaño que expiraban vuestros hálitos divinos, disfrazados de guerreros, manipulándolos como juguetes de un destino sangriento, olvidado y  doloroso?- Pregunta Aquiles, dueño ahora de una inconmensurable pena. En ese momento, una luz potente se cierne sobre el héroe. Éste mira para todos lados, pero no logra distinguir de donde emana aquella aureola que ahora lo baña con su luminosidad. Coloca su cara frente al cielo, y furioso continúa exclamando:- Más aun así, no los juzgaré yo mismo, que aquel que obedece los designios divinos, los dioses le tienen en su más preciada consideración. Pero no olvidéis que otros lo harán por mí. Otros, desconocidos, pesarán vuestras acciones en una balanza y se inclinarán a salvar a unos y destruir a otros. Ellos, impávidos, presenciarán como vosotros os asustáis terriblemente, festejarán por vuestros temores y odios y se convertirán en la ruina para vuestros destinos. ¿O es que acaso piensan que tal como vosotros nos manejáis, ellos tampoco pueden manejarlos a vosotros?
  Al  inquirir aquello el valeroso Aquiles amenaza la nada misma. Como respuesta  escucha risas en el escenario desolado y al mismo tiempo cubierto por cuerpos moribundos. Se intranquiliza, colérico, busca y aferra nuevamente la espada y apunta con ella el vacío que lo rodea- ¿Qué es eso? Carcajadas infernales… ¿De quién? ¿Risas de los dioses? ¿Risas del destino mismo, burlándose en mi rostro de lo que acontecerá? ¿Risas de los propios muertos, únicos testigos mudos del dolor y la tristeza que mutilan mi alma, pero que ya no pueden experimentar sentimiento alguno y lloran sus penas riendo? ¡Que se presente ante mí, Aquiles Eálida, el dios o mortal que emite ese sonido inconstante y odioso! ¡Que haga su presencia aquí mismo, aquí y ahora, para que pueda ajusticiarlo con mi espada, y si no le bastase con ello, con mi fuerza física, con mis brazos duros como piedras y con mi agilidad de saeta!- calla repentinamente y espera a que el desconocido aparezca. Se escuchan murmullos un poco más alejados de los cuerpos que recubren el suelo. Telas caen hacia ambos lados del lugar y se van cerrando lentamente. Los murmullos parecen desconcertados al principio. Luego, a medida que presienten que el héroe no objetará cosa alguna, se van incrementando cada vez más, para luego convertirse en chiflidos, ovaciones, y aplausos estridentes. Aquiles, confundido, voltea y observa como una multitud de personas se levantan de sus butucas para chocar las manos entre sí. Perdido, observa como también los actores que hacían de muertos se incorporan y con sonrisas en el rostro  –alguna que otra lágrima- saludan satisfechos al público que los aplaude, agradeciendo que la función les haya gustado de sobremanera, esperando verlos nuevamente cada sábado a la misma hora y deseando contar con su valorada presencia. El director sale detrás de escenas, los felicita por el labor realizado aquella noche y sin olvidarse de las criticas, alude duramente al actor que no pudo contener su risa envidiosa al observar a Ulises, el chico nuevo que protagonizaba al héroe aqueo, mientras interpretaba su personaje con tanto sentimiento y compromiso internos. Deciden de común acuerdo ir a festejar el tremendo éxito de aquella producción en un restaurante de renombre, y tan pronto como desarman el escenario, apagan las luces y se alejan de allí. Empujan también al inerte actor que parece presa de una confusión espantosa y lo conducen hacia la calle, para dejarlo parado después allí mismo, frente a una vidriera de una casa de juguetes. El entonces ahora Aquiles (o Ulises), con la mirada perdida en la ciudad luminiscente y desconocida que parece cernirse sobre su propia sombra y devorarlo, se encuentra de pie frente a un negocio en mitad de la noche, sin más consuelo que una espada falsa en la mano derecha y un imparable shock interno que amenaza con dominar cada parte de su consciencia. Está tan perdido que no nota un movimiento leve pero continuo. Sus piernas tienen vida propia, y antes de que se dé cuenta de lo que está haciendo, se  ha acercado con una lentitud exacerbada a la vitrina del negocio y  ha clavado su mirada de fuego en un juguete en particular. Al instante, la risa brota a carcajadas de su garganta, fluye imparable por sus mejillas, recorre sin detenerse brazos y piernas y se metamorfosea, finalmente, en descontroladas lágrimas que van a parar al suelo. Y pensar… Y pensar que un simple caballito de madera, labrado con esmero por algún artesano citadino, puesto en oferta por algún desconsiderado vendedor y  colocado en la tienda de una ciudad indiferente, puede provocarle en él, en el héroe aqueo más grande que el orbe haya visto jamás, tales sentimientos.


Autor: El gato de Cheshire

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