El héroe aqueo que ahora yace de rodillas en el suelo, con la
mirada perdida en el escenario que lo rodea, suelta el arma y la arroja lejos
de sí.
-¡Oh insulsos dioses!- exclama y su voz resuena en los cadáveres
decorados con la sangre fresca de la batalla- ¿Habremos los mortales de
combatir en vuestras luchas insensatas por el resto de la eternidad, matar como
feroces fieras por un bocado de agraciada carne mientras vosotros os regocijáis
en el Olimpo sempiterno, colmados de bellas mujeres, de honores, de gloria
interminable?- y diciendo esto, apoya su brazo y se empuja para incorporarse.
-¿Pies ligeros… acaso poseen alguna utilidad? ¿Acaso la armadura que forjó el
implacable Hefesto para mi provecho, la ayuda de vosotros en la rápida pero
efímera victoria de los troyanos sobre los aqueos –oh traidores, ¡Transmitieron
esperanza vana al alma desgarrada y necesitada de ella!- sirvieron de algo en
vuestros oscuros y egoístas planes? ¿Acaso por ello se recompensa el
sufrimiento de Patroclo, mi caro amigo y compañero? ¿Y el de los valientes
aqueos cubiertos por el manto de la oscuridad en la batalla e incapaces ahora
de volver a ver jamás a sus preciadas
esposas y a los niños que rebozan vida en sus pechos? ¿Sabían ellos de vuestras
artimañas escurridizas e insensatas, conocían de verdad por lo que estaban
combatiendo cuando desembarcaron por vez primera a las playas troyanas, eran
conscientes del engaño que expiraban vuestros hálitos divinos, disfrazados de
guerreros, manipulándolos como juguetes de un destino sangriento, olvidado
y doloroso?- Pregunta Aquiles, dueño
ahora de una inconmensurable pena. En ese momento, una luz potente se cierne
sobre el héroe. Éste mira para todos lados, pero no logra distinguir de donde
emana aquella aureola que ahora lo baña con su luminosidad. Coloca su cara
frente al cielo, y furioso continúa exclamando:- Más aun así, no los juzgaré yo
mismo, que aquel que obedece los designios divinos, los dioses le tienen en su
más preciada consideración. Pero no olvidéis que otros lo harán por mí. Otros,
desconocidos, pesarán vuestras acciones en una balanza y se inclinarán a salvar
a unos y destruir a otros. Ellos, impávidos, presenciarán como vosotros os
asustáis terriblemente, festejarán por vuestros temores y odios y se
convertirán en la ruina para vuestros destinos. ¿O es que acaso piensan que tal
como vosotros nos manejáis, ellos tampoco pueden manejarlos a vosotros?
Al inquirir aquello el valeroso Aquiles amenaza
la nada misma. Como respuesta escucha
risas en el escenario desolado y al mismo tiempo cubierto por cuerpos
moribundos. Se intranquiliza, colérico, busca y aferra nuevamente la espada y
apunta con ella el vacío que lo rodea- ¿Qué es eso? Carcajadas infernales… ¿De
quién? ¿Risas de los dioses? ¿Risas del destino mismo, burlándose en mi rostro
de lo que acontecerá? ¿Risas de los propios muertos, únicos testigos mudos del
dolor y la tristeza que mutilan mi alma, pero que ya no pueden experimentar
sentimiento alguno y lloran sus penas riendo? ¡Que se presente ante mí, Aquiles
Eálida, el dios o mortal que emite ese sonido inconstante y odioso! ¡Que haga
su presencia aquí mismo, aquí y ahora, para que pueda ajusticiarlo con mi
espada, y si no le bastase con ello, con mi fuerza física, con mis brazos duros
como piedras y con mi agilidad de saeta!- calla repentinamente y espera a que
el desconocido aparezca. Se escuchan murmullos un poco más alejados de los
cuerpos que recubren el suelo. Telas caen hacia ambos lados del lugar y se van
cerrando lentamente. Los murmullos parecen desconcertados al principio. Luego,
a medida que presienten que el héroe no objetará cosa alguna, se van
incrementando cada vez más, para luego convertirse en chiflidos, ovaciones, y
aplausos estridentes. Aquiles, confundido, voltea y observa como una multitud
de personas se levantan de sus butucas para chocar las manos entre sí. Perdido,
observa como también los actores que hacían de muertos se incorporan y con
sonrisas en el rostro –alguna que otra
lágrima- saludan satisfechos al público que los aplaude, agradeciendo que la
función les haya gustado de sobremanera, esperando verlos nuevamente cada
sábado a la misma hora y deseando contar con su valorada presencia. El director
sale detrás de escenas, los felicita por el labor realizado aquella noche y sin
olvidarse de las criticas, alude duramente al actor que no pudo contener su
risa envidiosa al observar a Ulises, el chico nuevo que protagonizaba al héroe
aqueo, mientras interpretaba su personaje con tanto sentimiento y compromiso
internos. Deciden de común acuerdo ir a festejar el tremendo éxito de aquella
producción en un restaurante de renombre, y tan pronto como desarman el
escenario, apagan las luces y se alejan de allí. Empujan también al inerte
actor que parece presa de una confusión espantosa y lo conducen hacia la calle,
para dejarlo parado después allí mismo, frente a una vidriera de una casa de
juguetes. El entonces ahora Aquiles (o Ulises), con la mirada perdida en la
ciudad luminiscente y desconocida que parece cernirse sobre su propia sombra y
devorarlo, se encuentra de pie frente a un negocio en mitad de la noche, sin
más consuelo que una espada falsa en la mano derecha y un imparable shock
interno que amenaza con dominar cada parte de su consciencia. Está tan perdido
que no nota un movimiento leve pero continuo. Sus piernas tienen vida propia, y
antes de que se dé cuenta de lo que está haciendo, se ha acercado con una lentitud exacerbada a la
vitrina del negocio y ha clavado su
mirada de fuego en un juguete en particular. Al instante, la risa brota a
carcajadas de su garganta, fluye imparable por sus mejillas, recorre sin
detenerse brazos y piernas y se metamorfosea, finalmente, en descontroladas
lágrimas que van a parar al suelo. Y pensar… Y pensar que un simple caballito
de madera, labrado con esmero por algún artesano citadino, puesto en oferta por
algún desconsiderado vendedor y colocado
en la tienda de una ciudad indiferente, puede provocarle en él, en el héroe
aqueo más grande que el orbe haya visto jamás, tales sentimientos.
Autor: El gato de Cheshire
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