"Cualquiera que despierto se
comportase
como lo hiciera en sueños sería tomado por loco."
como lo hiciera en sueños sería tomado por loco."
-Sigmund Freud
Lo suyo era besarse. Por las tardes, cuando el sol incendiaba el
contorno de sus sombras, recortadas como agujeros en papel muy blanco, por las
mañanas cuando el aire aun tenia gusto a mojado y a frío, durante los
bulliciosos mediodías y al amparo de la noche, oscura celestina. De pie,
sentados, acostados, a noventa grados, a ciento ochenta, en la ducha, en la
cama, en las hamacas, en el pasto, en el ajedrez de las baldosas del patio,
bajo los árboles, en el subte, en el café, en las alcobas de sus padres, en las
aulas vacías, en los rincones concertados por el azar, allí donde les cayera la
necesidad, ellos dirían la musa, del beso.
A veces, con un mero fin multiplicativo, se besaban frente a los
espejos, frente a los estanques. A veces, con tal de perpetuar la inmortalidad
de su acto, frente a los extraños, a los historiadores, aunque esto último era
más bien raro, uno de los caprichos de ella, pues en general hacían vela de su
intimidad como si de un templo se tratara, uno consagrado a ambos, donde podían
siempre perpetrar su oscuro ritual, que siempre tenía algo de gusanos excavando
la fértil tierra, algo de agua erosionando caliza, algo de gaviota pescando
cayendo en picada hacia el mar; y algo de rosas floreciendo, de girasoles
danzando lentamente al ritmo de los soles de sus cabezas, algo de narcisos
brotando de la inmolación mutua y especular de sus reflejos uno sobre el otro,
y algo de llovizna suave y fresca una tarde de verano. Sus besos eran como el
mar. Sus besos eran un incendio en la Toscana. Eran un mate amargo que jamás se
lavaba, un día de hace muchos años que jamás envejece y se embellece en el
recuerdo, pero que además jamás termina de terminarse.
Era empezar a comerse la boca, primero como saboreándola, como
acariciándola gustativamente, mapeando las superficies, tanteando
profundidades, rugosidades, aromas, croquis minucioso de cada pliegue, cada
fisura, cada recoveco por el cual presionar y evadirse y colarse y meterse. De
a poco, como quien no quiere la cosa –pero se está muriendo- ir amagando
compases, jugando con los ritmos y rimando a jugarse, ladearse, praxitelear los
labios, esquivar, histeriquear, falta envido, quiero truco, retruco, veintiuno,
blackjack. Y de a poco como caerse, como trastabillar, inclinarse más hacia
adelante y ajustar las tuercas, apretar las cosas y dejarse de rechinar, todo
mullido y suave, como dos almohadas tratando de ahogarse (no lo saben: de
fundirse). Y como ariete golpear contra las puertas, y al caer es un duelo encarnizado, a muerte, que nadie ceda terreno,
al abordaje. Y después desquite, sin miramientos, a diente limpio, deshaciendo
ese pequeño mundo como una playa a la ola, como una caverna marina o
simplemente todo, todo, altar de la humedad donde sacrificar los labios como
ofrenda para entrar. Como una riña de moluscos borrachos. Disolviéndose,
precipitándose como sal en un vaso de agua, y solo importan esos espejos
táctiles frente a frente, duelo intimo, respiración compartida, esa atmósfera
de sueño interior, ese jardincito del edén. Y desmigajarse, poco a poco,
desparramando todo, enchastrando todo y desgajándose, naranjas violadas,
cortando esas suavidades con los dientes, pelando la cascara de a mordiscos,
llenándose los labios de jugo…Tenían un virtuosismo de concertistas y una
locura de kamikazes. La técnica solo era superada por la pasión, y uno nunca
podía decir si estaban murmurándose sonetos o tratando de arrancarse las
muelas.
Había, claro, diferencias.
Se podía notar como él aspiraba a construir castillos con cada beso, castillos
en los besos con torres y muros y fosos y doncellas y establos y catedrales
abovedadas y agujas que le hicieran cosquillas a Dios. Quería replantear la
narrativa en cada cambio de ritmo, y sembraba utopías y manifiestos en cada
soplo de aire caliente que se escapaba de sus bocas. Era un idealista. Cada
tanto olvidaba quien era quien y que estaba haciendo y ella tenía que pasar sus
manos por detrás de su cuello, aferrarse a su nuca y recordarle que se estaban
besando en un banco de plaza en el mundo, y no en un libro o una idea, siempre
encontrando la manera suave y armoniosa de devolverle el ritmo, que recordase
respirar pero no bruscamente, sino como el abrir de una ventana. Cuando él
olvidaba su bufanda, los brazos de ella se cerraban sobre él para abrigarlo,
cuando se resfriaba, siempre pañuelos en su cartera. Siempre peinándolo y
limpiándolo como a un niño, y él se quejaba, pero se dejaba hacer con una
resignada ternura. Así besaba él, abriendo la boca un poco de más y dictando
ritmos que dos caricias después olvidaba persiguiendo otra quimera en los
labios de ella. Eso sí, siempre una poesía y una locura para morirse, que
hubieran derretido a la estrella más lejana.
Ella, eterno guardarropa ordenado por marca y color de ropa y
zapatos, vestidos por estación y pañuelos para cada ocasión. Creaba escalas con
besos de distintos tonos, o trataba de ordenarlos según su métrica. Y así se
divertía juntando todos todos los besos y ordenándolos, clasificándolos,
poniendo a los chiquitos en un grupito, a los rápidos en fila india hasta los
más lentos, los callados separados de los gimientes, con un riguroso sistema de
puntuación que valía lo mismo que la noche sin estrellas pues al fin y al cabo
habría dado la vida por el mas olvidable de todos ellos, pues solamente con él
podía dejarse mojar por el mar. Pues solamente con él podía conocer el sabor
del azul del cielo, solamente con él podía llenar sus pulmones, solamente a
través de sus besos podía conocer lo que era boca, lo que era calor, lo que era
ser. Solamente con él podía imbuir su vida de eso que llaman realidad y
acariciar la sensación, como pétalos
de rosa acariciados por los dedos de un niño en un verano sin nombre.
Él siempre salía del trabajo a las cinco, con una regularidad
incoherente en una ciudad con un sentido tiempo siempre adolescente,
bullicioso, inestable, histérico, y de ahí caminaba desde las cinco hasta
llegar a las cinco y diez más o menos para cuando la oficina se convertía en
plaza y en ella. En las cinco y diez, a la plaza, con ella, y hasta había
vecinos que ponían en hora sus relojes a partir del primer beso de su día (para
él, sus días comenzaban a partir de ese beso de todas las tardes). Era un
calendario amoroso tan perfecto que hasta los planetas estaban de acuerdo en
girar en torno a ellos – o eso sabían, aunque nunca se molestaron en
preguntarles-. Todo giraba perfectamente
en torno a ellos, a todo el aire que era ellos, a todo ellos que eran en un
beso hasta que se cansaban de ser, y la oficina y la casa y los sueños y las
familias y todo lo demás los encontraba demasiado agotados o abstraídos y
parecía pasar como lluvia a través de un arcoíris, o los borrachos delante de
la sombra de los gatos. Era raro como se podían absorber en su asunto hasta no
ser más que dos bocas y la sensación de un algo que llena un todo.
Fue por eso que cuando a él le asaltó la Duda dejó de comer,
dormir y trabajar por semanas, perdió su cabello y el color en sus ojos, empezó
a mascar lentamente una pasta áspera y salada de escepticismo, a mirar hacia
todos lados con más de dos ojos, a gritarle a su gato (aunque él no recordase
tener un gato) y pegarle a su almohada, perdió ese crucigrama que llaman calma,
adquirió un liquido como vino picado en las venas y una vez incluso llegó a
tener una discusión con un parquímetro.
Primero empezó como un ligero dolor en las articulaciones, un
desviarse de los ojos a un costado, una inquietud en la nuca, un olor a
equívoco, un estornudo recurrente, la sensación de que los espejos no estaban
correctamente configurados… la sensación
de no saber cómo había llegado a un lugar era recurrente. Pero estos solo eran
los síntomas, pues la Duda era una enfermedad metafísica que se empieza a
manifestar lentamente hasta que alcanza el núcleo de lo más preciado. A esas
alturas aun es evitable, con un té caliente cada noche o un retiro al campo.
Según algunas corrientes, con escribir poesía basta (aunque según otras puede
agravarlo). Pero no. Pero no no no. En vez de tomar medidas prefirió ignorarlo y
hacerlo a un lado mientras seguía disfrutando de sus castillos y sus ideas y su
mundo de mieles perfectas e inmaculadas, y entretanto la Duda crecía y se
anidaba en sus huesos, como nudos en un tronco o polillas entre abrigos de
piel, y crecía y extendía sus patas de araña y sus ciempiés y sus filiales
multinacionales en todo su cuerpo, hasta que terminó por llegar a la cabeza, y
fue ahí cuando se puso feo.
Claro, hasta entonces él no sabía de que dudaba (ni siquiera sabía
que dudaba), lo cual hizo que una vez que la Duda llegase a su destino
fulgurante como un rayo, como la luz repentina que ilumina algo horrible en la
oscuridad, fuese verdaderamente como un despertar a un infierno para él. El
beso, era el beso, era la boca de Eva mordiendo la manzana, eran las manos de
Prometeo ardiendo por el fuego, era el error supremo de la humanidad repetido
una vez más hasta el infinito en un beso,
en el beso, en su beso ¿ Cómo
podía dudar de lo único real, del fundamento de todo su ser, y por ende de las
mañanas claras y el mate y el sabor de la manteca de cacao y del color verde y
de la batalla de Chacabuco y de la posición de Independiente en la tabla y de
tantas cosas sin importancia cuyo mero ser estaba garantizado por la clave, el
pilar de sus besos a todas horas en todos momentos en todos lugares siempre?
¿Cómo podía algo así ser? ¿Qué dios, si lo había, podría permitir tal cosa? Y
si dudaba de los besos ¿Cómo podría no dudar de ella? ¿Cómo podría no dudar de
si?
Salió a la terraza esperando que el aire frío de la noche lo
calmara con sus caricias, pero encontró estas más bien como bofetadas
impertinentes, y el silbido del viento como burlas innobles. Claro que hacia
treinta grados como en cualquier noche de enero, pero el sudor frío de su
locura teñía todo de un azul oscuro y frío. La realidad temblaba un poco, por
el frío o por el miedo, quien sabe. Unos
ángeles reñían, borrachos, con unos sátiros en la esquina. La plata manaba
tranquila desde las dos lunas cayendo como llovizna sobre la terraza y él tenía
la mirada fija, la cabeza fija, los labios fijos, todo fijado a un mundo
tambaleante en sus últimos giros como los trompos a punto de caer. Escuchó la
puerta de la escalera, y supo que con ese ruido vendría ella, y que con ella
vendría la mañana de esa noche de pesadilla, cruel transmutación de la miel en
la hiel. Los violines, donde fuese que estuviesen tocando, desafinaban
pizzicatos como metralla de perdigones y otros cántaros sangrantes. La
atmósfera cruel los envolvía con un aire de almeja glacial, de telón de plomo
cayendo, de erupción volcánica. Ella dijo un par de cosas ininteligibles, pero
sus palabras parecían signos sin sentido que flotaban en el aire como nenúfares
idiotas, y realmente su boca no se movía. Él pudo entender que era momento de
jugar su última carta, y sin más preámbulo que la eternidad en un segundo de
duda, la tomó por la cintura y la atrajo hacia si como un terremoto, y en un
tiempo cristalizado la besó por primera y última vez, por todas las veces
juntas, y por las que faltaban por venir.
Y ahí estaba lo que buscaba, lo que temía. La felicidad total, y
en esa felicidad, la refutación misma, el dolor mismo. Una veda, un velo que no
estaba. La sensación asquerosa de saber donde se está, el espanto ante la
maravilla. Una felicidad sin gusto a humano, o precisamente con un gusto a
humano demasiado familiar, demasiado uniforme y homogéneo, demasiado ideal,
demasiado parecido a sus castillos, a sus utopías.
Disfrutó durante unos instantes más de esa dulzura de horror, como
despidiéndose, y luego sus bocas se separaron y él la alejó de sí y vio como
las líneas de fuga empezaron a tragarla hacia un horizonte vertiginoso,
deshaciéndola como migas de pan o acuarelas en agua, y con ella se sublimaba su
amor por ella, hasta que todo dio un giro y se acabó, excepto por él
flotando un momento bostezante en el
medio de la negrura, y entonces cada beso se deshizo en su memoria como niebla
en el rocío. Y algo de ese rocío quedaba sobre su pecho y sus labios cuando él
abrió los ojos y se encontró con una mañana de invierno.
Autor: Cide Hamete Benengeli
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