miércoles, 29 de mayo de 2013

Los besos

"Cualquiera que despierto se comportase
como lo hiciera en sueños sería tomado por loco."
-Sigmund Freud


Lo suyo era besarse. Por las tardes, cuando el sol incendiaba el contorno de sus sombras, recortadas como agujeros en papel muy blanco, por las mañanas cuando el aire aun tenia gusto a mojado y a frío, durante los bulliciosos mediodías y al amparo de la noche, oscura celestina. De pie, sentados, acostados, a noventa grados, a ciento ochenta, en la ducha, en la cama, en las hamacas, en el pasto, en el ajedrez de las baldosas del patio, bajo los árboles, en el subte, en el café, en las alcobas de sus padres, en las aulas vacías, en los rincones concertados por el azar, allí donde les cayera la necesidad, ellos dirían la musa, del beso.  A veces, con un mero fin multiplicativo, se besaban frente a los espejos, frente a los estanques. A veces, con tal de perpetuar la inmortalidad de su acto, frente a los extraños, a los historiadores, aunque esto último era más bien raro, uno de los caprichos de ella, pues en general hacían vela de su intimidad como si de un templo se tratara, uno consagrado a ambos, donde podían siempre perpetrar su oscuro ritual, que siempre tenía algo de gusanos excavando la fértil tierra, algo de agua erosionando caliza, algo de gaviota pescando cayendo en picada hacia el mar; y algo de rosas floreciendo, de girasoles danzando lentamente al ritmo de los soles de sus cabezas, algo de narcisos brotando de la inmolación mutua y especular de sus reflejos uno sobre el otro, y algo de llovizna suave y fresca una tarde de verano. Sus besos eran como el mar. Sus besos eran un incendio en la Toscana. Eran un mate amargo que jamás se lavaba, un día de hace muchos años que jamás envejece y se embellece en el recuerdo, pero que además jamás termina de terminarse.

Era empezar a comerse la boca, primero como saboreándola, como acariciándola gustativamente, mapeando las superficies, tanteando profundidades, rugosidades, aromas, croquis minucioso de cada pliegue, cada fisura, cada recoveco por el cual presionar y evadirse y colarse y meterse. De a poco, como quien no quiere la cosa –pero se está muriendo- ir amagando compases, jugando con los ritmos y rimando a jugarse, ladearse, praxitelear los labios, esquivar, histeriquear, falta envido, quiero truco, retruco, veintiuno, blackjack. Y de a poco como caerse, como trastabillar, inclinarse más hacia adelante y ajustar las tuercas, apretar las cosas y dejarse de rechinar, todo mullido y suave, como dos almohadas tratando de ahogarse (no lo saben: de fundirse). Y como ariete golpear contra las puertas, y al caer es un duelo encarnizado, a muerte, que nadie ceda terreno, al abordaje. Y después desquite, sin miramientos, a diente limpio, deshaciendo ese pequeño mundo como una playa a la ola, como una caverna marina o simplemente todo, todo, altar de la humedad donde sacrificar los labios como ofrenda para entrar. Como una riña de moluscos borrachos. Disolviéndose, precipitándose como sal en un vaso de agua, y solo importan esos espejos táctiles frente a frente, duelo intimo, respiración compartida, esa atmósfera de sueño interior, ese jardincito del edén. Y desmigajarse, poco a poco, desparramando todo, enchastrando todo y desgajándose, naranjas violadas, cortando esas suavidades con los dientes, pelando la cascara de a mordiscos, llenándose los labios de jugo…Tenían un virtuosismo de concertistas y una locura de kamikazes. La técnica solo era superada por la pasión, y uno nunca podía decir si estaban murmurándose sonetos o tratando de arrancarse las muelas.

 Había, claro, diferencias. Se podía notar como él aspiraba a construir castillos con cada beso, castillos en los besos con torres y muros y fosos y doncellas y establos y catedrales abovedadas y agujas que le hicieran cosquillas a Dios. Quería replantear la narrativa en cada cambio de ritmo, y sembraba utopías y manifiestos en cada soplo de aire caliente que se escapaba de sus bocas. Era un idealista. Cada tanto olvidaba quien era quien y que estaba haciendo y ella tenía que pasar sus manos por detrás de su cuello, aferrarse a su nuca y recordarle que se estaban besando en un banco de plaza en el mundo, y no en un libro o una idea, siempre encontrando la manera suave y armoniosa de devolverle el ritmo, que recordase respirar pero no bruscamente, sino como el abrir de una ventana. Cuando él olvidaba su bufanda, los brazos de ella se cerraban sobre él para abrigarlo, cuando se resfriaba, siempre pañuelos en su cartera. Siempre peinándolo y limpiándolo como a un niño, y él se quejaba, pero se dejaba hacer con una resignada ternura. Así besaba él, abriendo la boca un poco de más y dictando ritmos que dos caricias después olvidaba persiguiendo otra quimera en los labios de ella. Eso sí, siempre una poesía y una locura para morirse, que hubieran derretido a la estrella más lejana.

Ella, eterno guardarropa ordenado por marca y color de ropa y zapatos, vestidos por estación y pañuelos para cada ocasión. Creaba escalas con besos de distintos tonos, o trataba de ordenarlos según su métrica. Y así se divertía juntando todos todos los besos y ordenándolos, clasificándolos, poniendo a los chiquitos en un grupito, a los rápidos en fila india hasta los más lentos, los callados separados de los gimientes, con un riguroso sistema de puntuación que valía lo mismo que la noche sin estrellas pues al fin y al cabo habría dado la vida por el mas olvidable de todos ellos, pues solamente con él podía dejarse mojar por el mar. Pues solamente con él podía conocer el sabor del azul del cielo, solamente con él podía llenar sus pulmones, solamente a través de sus besos podía conocer lo que era boca, lo que era calor, lo que era ser. Solamente con él podía imbuir su vida de eso que llaman realidad y acariciar la sensación, como pétalos de rosa acariciados por los dedos de un niño en un verano sin nombre.

Él siempre salía del trabajo a las cinco, con una regularidad incoherente en una ciudad con un sentido tiempo siempre adolescente, bullicioso, inestable, histérico, y de ahí caminaba desde las cinco hasta llegar a las cinco y diez más o menos para cuando la oficina se convertía en plaza y en ella. En las cinco y diez, a la plaza, con ella, y hasta había vecinos que ponían en hora sus relojes a partir del primer beso de su día (para él, sus días comenzaban a partir de ese beso de todas las tardes). Era un calendario amoroso tan perfecto que hasta los planetas estaban de acuerdo en girar en torno a ellos – o eso sabían, aunque nunca se molestaron en preguntarles-.  Todo giraba perfectamente en torno a ellos, a todo el aire que era ellos, a todo ellos que eran en un beso hasta que se cansaban de ser, y la oficina y la casa y los sueños y las familias y todo lo demás los encontraba demasiado agotados o abstraídos y parecía pasar como lluvia a través de un arcoíris, o los borrachos delante de la sombra de los gatos. Era raro como se podían absorber en su asunto hasta no ser más que dos bocas y la sensación de un algo que llena un todo.

Fue por eso que cuando a él le asaltó la Duda dejó de comer, dormir y trabajar por semanas, perdió su cabello y el color en sus ojos, empezó a mascar lentamente una pasta áspera y salada de escepticismo, a mirar hacia todos lados con más de dos ojos, a gritarle a su gato (aunque él no recordase tener un gato) y pegarle a su almohada, perdió ese crucigrama que llaman calma, adquirió un liquido como vino picado en las venas y una vez incluso llegó a tener una discusión con un parquímetro.

Primero empezó como un ligero dolor en las articulaciones, un desviarse de los ojos a un costado, una inquietud en la nuca, un olor a equívoco, un estornudo recurrente, la sensación de que los espejos no estaban correctamente configurados…  la sensación de no saber cómo había llegado a un lugar era recurrente. Pero estos solo eran los síntomas, pues la Duda era una enfermedad metafísica que se empieza a manifestar lentamente hasta que alcanza el núcleo de lo más preciado. A esas alturas aun es evitable, con un té caliente cada noche o un retiro al campo. Según algunas corrientes, con escribir poesía basta (aunque según otras puede agravarlo).  Pero no. Pero no no no.  En vez de tomar medidas prefirió ignorarlo y hacerlo a un lado mientras seguía disfrutando de sus castillos y sus ideas y su mundo de mieles perfectas e inmaculadas, y entretanto la Duda crecía y se anidaba en sus huesos, como nudos en un tronco o polillas entre abrigos de piel, y crecía y extendía sus patas de araña y sus ciempiés y sus filiales multinacionales en todo su cuerpo, hasta que terminó por llegar a la cabeza, y fue ahí cuando se puso feo.

Claro, hasta entonces él no sabía de que dudaba (ni siquiera sabía que dudaba), lo cual hizo que una vez que la Duda llegase a su destino fulgurante como un rayo, como la luz repentina que ilumina algo horrible en la oscuridad, fuese verdaderamente como un despertar a un infierno para él. El beso, era el beso, era la boca de Eva mordiendo la manzana, eran las manos de Prometeo ardiendo por el fuego, era el error supremo de la humanidad repetido una vez más hasta el infinito en un beso,  en el beso, en su beso ¿ Cómo podía dudar de lo único real, del fundamento de todo su ser, y por ende de las mañanas claras y el mate y el sabor de la manteca de cacao y del color verde y de la batalla de Chacabuco y de la posición de Independiente en la tabla y de tantas cosas sin importancia cuyo mero ser estaba garantizado por la clave, el pilar de sus besos a todas horas en todos momentos en todos lugares siempre? ¿Cómo podía algo así ser? ¿Qué dios, si lo había, podría permitir tal cosa? Y si dudaba de los besos ¿Cómo podría no dudar de ella? ¿Cómo podría no dudar de si?

Salió a la terraza esperando que el aire frío de la noche lo calmara con sus caricias, pero encontró estas más bien como bofetadas impertinentes, y el silbido del viento como burlas innobles. Claro que hacia treinta grados como en cualquier noche de enero, pero el sudor frío de su locura teñía todo de un azul oscuro y frío. La realidad temblaba un poco, por el frío o por el miedo, quien sabe.  Unos ángeles reñían, borrachos, con unos sátiros en la esquina. La plata manaba tranquila desde las dos lunas cayendo como llovizna sobre la terraza y él tenía la mirada fija, la cabeza fija, los labios fijos, todo fijado a un mundo tambaleante en sus últimos giros como los trompos a punto de caer. Escuchó la puerta de la escalera, y supo que con ese ruido vendría ella, y que con ella vendría la mañana de esa noche de pesadilla, cruel transmutación de la miel en la hiel. Los violines, donde fuese que estuviesen tocando, desafinaban pizzicatos como metralla de perdigones y otros cántaros sangrantes. La atmósfera cruel los envolvía con un aire de almeja glacial, de telón de plomo cayendo, de erupción volcánica. Ella dijo un par de cosas ininteligibles, pero sus palabras parecían signos sin sentido que flotaban en el aire como nenúfares idiotas, y realmente su boca no se movía. Él pudo entender que era momento de jugar su última carta, y sin más preámbulo que la eternidad en un segundo de duda, la tomó por la cintura y la atrajo hacia si como un terremoto, y en un tiempo cristalizado la besó por primera y última vez, por todas las veces juntas, y por las que faltaban por venir.

Y ahí estaba lo que buscaba, lo que temía. La felicidad total, y en esa felicidad, la refutación misma, el dolor mismo. Una veda, un velo que no estaba. La sensación asquerosa de saber donde se está, el espanto ante la maravilla. Una felicidad sin gusto a humano, o precisamente con un gusto a humano demasiado familiar, demasiado uniforme y homogéneo, demasiado ideal, demasiado parecido a sus castillos, a sus utopías.

Disfrutó durante unos instantes más de esa dulzura de horror, como despidiéndose, y luego sus bocas se separaron y él la alejó de sí y vio como las líneas de fuga empezaron a tragarla hacia un horizonte vertiginoso, deshaciéndola como migas de pan o acuarelas en agua, y con ella se sublimaba su amor por ella, hasta que todo dio un giro y se acabó, excepto por él flotando  un momento bostezante en el medio de la negrura, y entonces cada beso se deshizo en su memoria como niebla en el rocío. Y algo de ese rocío quedaba sobre su pecho y sus labios cuando él abrió los ojos y se encontró con una mañana de invierno.

Autor: Cide Hamete Benengeli

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