La librería es pequeña y suele pasar desapercibida. Si uno mira
con atención, y si es de la clase de persona a la que atraen los detalles
absurdos, quizás puede que la vea, agazapada entre otras casas y el humo de la
avenida, exhibiendo como un grito silencioso un cartel fileteado que dice
“Libros de Ayer”. Uno pensaría, obviamente, que el local comercia con libros
usados o antiguos.
Otra característica del lugar que llama la atención es el hecho de que lo encontramos siempre cerrado. Sin importar el día o la hora, el mes o demás variables temporales, las persianas de hierro verde ocultan la boca de las puertas como un bostezo mal tapado. Y si uno quiere un libro debe buscar otra librería.
Así fue hasta este lunes, al menos, cuando leí por primera vez el cartel de la forma correspondiente. “Libros de Ayer”, más que una ridícula metáfora, es un manual público de uso. No es sobre la mercadería, sino sobre la forma de acceder a ella.
El punto es, y aquí se me escapa una sonrisa al recordar qué poco entendimiento tuve las primeras veces que quise entrar al lugar, que la librería en cuestión no está abierta hoy. Nunca. De ningún modo. Pues de hecho, los libros son “Libros de Ayer”, y nunca “Libros de Hoy”. Son libros que pertenecen al pasado y no al presente. La librería está abierta, sí, pero es ayer cuando está abierta.
Puede sonar un tanto confuso, pero no lo es. Una vez que comprendí la vuelta de la cuestión, me fue fácil ir ayer hasta la puerta, ahora generosamente iluminada por una lamparita acumuladora de polillas, empujar el amable vidrio y pasar. Es como estar en un sueño: la calle es la misma, pero más oscura y vacía. No hay cielo y el viento arremolina borrosamente algunos papeles aquí y allá. Las vidrieras son brillantes pero se ven desfiguradas, como aparecidas tras un velo de lágrimas.
Los personajes que frecuentan ayer son más increíbles y oníricos aún que el ayer mismo. Pero no voy a hablar de ellos ahora, sobre todo teniendo la hermosa extensión de la pequeña librería ante mí.
El interior es de madera, repleto de estantes rebosantes de libros, todos ellos antiguos pero en buen estado. El aroma a tinta emana de cada rincón, se confunde con la luz amarillenta de las lámparas que cuelgan del techo. Hay unas mesadas con rebajas y un sillón verde para leer. Al fondo, tras el escritorio, se sienta el dueño, un viejo con barba blanca, boina marrón y anteojos redondos que se la pasa haciendo cuentas en un libro gordo. Ya me saluda como si fuéramos viejos amigos. Y quizás lo somos.
El primer día no me llevé nada. Temí haberme olvidado la billetera y para cuando me atreví a chequear, ya era hoy y me encontraba en la calle, iluminada por la torpe luz de la mañana, fría y poblada por transeúntes y automóviles agresivos.
La segunda vez que fui –aunque puede que sea la anteúltima- elegí un libro rojo y corto, una novelita, y aunque más tarde no pude recordar el autor sí recordé que me gustó mucho.
De ahí en adelante, todo es llegar, leer e irse. El ayer me recibe con los brazos abiertos, y cada vez me cuesta más volver al presente. Quizás un día decida quedarme ahí, y convertirme en uno más de aquellos extraños personajes que pueblan las cosas que ya pasaron.
Otra característica del lugar que llama la atención es el hecho de que lo encontramos siempre cerrado. Sin importar el día o la hora, el mes o demás variables temporales, las persianas de hierro verde ocultan la boca de las puertas como un bostezo mal tapado. Y si uno quiere un libro debe buscar otra librería.
Así fue hasta este lunes, al menos, cuando leí por primera vez el cartel de la forma correspondiente. “Libros de Ayer”, más que una ridícula metáfora, es un manual público de uso. No es sobre la mercadería, sino sobre la forma de acceder a ella.
El punto es, y aquí se me escapa una sonrisa al recordar qué poco entendimiento tuve las primeras veces que quise entrar al lugar, que la librería en cuestión no está abierta hoy. Nunca. De ningún modo. Pues de hecho, los libros son “Libros de Ayer”, y nunca “Libros de Hoy”. Son libros que pertenecen al pasado y no al presente. La librería está abierta, sí, pero es ayer cuando está abierta.
Puede sonar un tanto confuso, pero no lo es. Una vez que comprendí la vuelta de la cuestión, me fue fácil ir ayer hasta la puerta, ahora generosamente iluminada por una lamparita acumuladora de polillas, empujar el amable vidrio y pasar. Es como estar en un sueño: la calle es la misma, pero más oscura y vacía. No hay cielo y el viento arremolina borrosamente algunos papeles aquí y allá. Las vidrieras son brillantes pero se ven desfiguradas, como aparecidas tras un velo de lágrimas.
Los personajes que frecuentan ayer son más increíbles y oníricos aún que el ayer mismo. Pero no voy a hablar de ellos ahora, sobre todo teniendo la hermosa extensión de la pequeña librería ante mí.
El interior es de madera, repleto de estantes rebosantes de libros, todos ellos antiguos pero en buen estado. El aroma a tinta emana de cada rincón, se confunde con la luz amarillenta de las lámparas que cuelgan del techo. Hay unas mesadas con rebajas y un sillón verde para leer. Al fondo, tras el escritorio, se sienta el dueño, un viejo con barba blanca, boina marrón y anteojos redondos que se la pasa haciendo cuentas en un libro gordo. Ya me saluda como si fuéramos viejos amigos. Y quizás lo somos.
El primer día no me llevé nada. Temí haberme olvidado la billetera y para cuando me atreví a chequear, ya era hoy y me encontraba en la calle, iluminada por la torpe luz de la mañana, fría y poblada por transeúntes y automóviles agresivos.
La segunda vez que fui –aunque puede que sea la anteúltima- elegí un libro rojo y corto, una novelita, y aunque más tarde no pude recordar el autor sí recordé que me gustó mucho.
De ahí en adelante, todo es llegar, leer e irse. El ayer me recibe con los brazos abiertos, y cada vez me cuesta más volver al presente. Quizás un día decida quedarme ahí, y convertirme en uno más de aquellos extraños personajes que pueblan las cosas que ya pasaron.
Autor: Luisa Di Mare
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