miércoles, 29 de mayo de 2013

Sin título

Mientras buscaba formas en las imágenes fugaces que saludaban por la ventana, pensó que había algo mágico en los tranvías. Sobre todo, los días de lluvia.
Se sentía entonces inundado de una tranquilidad profunda, como inacabable. Una tranquilidad que le recordaba al mar. El ajetreo, el movimiento  continuo, era de alguna forma similar. Si cerraba los ojos y ponía la cabeza levemente de costado, le acudía la sensación embriagadora del sonido de las olas golpeando contra la madera del barco, y casi le parecía oler aquella humedad salada. Así, no tardaba más de unos minutos en hundirse en un sueño profundo.
Hacía años que había dejado de dormir por las noches. Se pasaba horas enteras varado en un estado de semiconsciencia, en aquella fina línea que separa el sueño del soñador. El momento preciso donde  las pesadillas son tan vívidas que parecen presentarse realmente frente a nosotros.
Había una en particular que lo había perseguido durante mucho tiempo; una fantasía tan poco tenebrosa, que se avergonzaba del pánico que le generaba la sola idea de que llegara la hora de acostarse. Cada noche se decía estar prevenido; sabía con exactitud qué sucedería  y cuánto tardaría en despertar. Y sin embargo la repetición del sueño lo aterrorizaba más aún: al contrario de lo que han dicho los psicoanalistas durante años, él tenía miedo de aquello que conocía y esperaba que sucediese.
La alucinación consistía en un espacio oscuro, un desierto nocturno quizá. Nunca se había detenido a pensarlo. En el centro se veía a sí mismo protagonizando una danza peculiar, en la cual sus brazos y piernas se movían por sí solas, sin que tuviera oportunidad de controlarlos. Bailaba como una marioneta, en medio de un fuego brillante que lo seguía al ritmo de una música regular, de golpeteos que parecían llegar­ hasta lo más profundo de su alma.
Las llamas se movían de forma  sincronizada y mezclaban sus colores vibrantes con las vestimentas ornamentadas de miles de bailarines que rodeaban la escena. No podía ver los rostros de aquella gente, pero estaba seguro que eran borrosos retratos de sonrisas.
Quería detenerse, pero sus pies seguían en movimiento, y sabía, de esa forma que sólo se conoce en los sueños, que sólo podría hacerlo cuando el resto del grupo lo hiciera. Para ello era necesario que el fuego se apagara, no había otra forma.
Sin embargo, y había reflexionado largamente sobre el asunto, lo que más temía era el momento en que las llamas se extinguieran, incluso cuando era lo que deseaba. Tal vez es la oscuridad, se decía. Es posible que le tema a la oscuridad.
No le cabía en su cabeza, no obstante, la idea de poseer un miedo tan común e infantil. Se negaba aceptar que fuera algo tan simple pero, fuera lo que fuera, se despertaba cada mañana demasiado agotado como para funcionar.
Lo del tranvía lo había descubierto justo cuando pensaba que iba a morir, literalmente, de cansancio.  Había encontrado su salvación en aquella máquina de transportar gente.
Era una noche de verano, calurosa y húmeda. Como de costumbre, se revolvía intranquilo, sumido en su pesadilla personal. Se despertó de golpe, completamente sudado y respirando agitadamente.  Inspiró para veces para calmarse y se limpió la frente con un pañuelo que siempre dejaba en la mesa de luz.
Vivía por entonces en un departamento alquilado, que había tenido épocas de grandeza en algún momento lejano, pero que se habían venido a menos con los años, dejando tan solo como recordatorio de aquellos tiempos, grandes puertas con vitrales de colores, una araña en el comedor que por supuesto ya no funcionaba, y unas cuantas sillas tapizadas en bordó.
Cuando el aire llegó a sus pulmones se sintió mejor y pudo levantarse de la cama, arrojando las sábanas al parquet desgastado. Caminó hasta la cocina, donde se sirvió un vaso de agua fría y encendió un cigarrillo, al tiempo que observaba por la ventana como la ciudad se despertaba con lentitud ante los primeros rayos de sol.
Fumó una pitada con parsimonia y miró durante un rato las gotas que se formaban por lo frío del agua. Las seguía desde que aparecían hasta que caían sobre la mesada de mármol, otro regalo más de esas grandes épocas. Entonces se tomó todo el vaso de un solo trago y se limpió la boca con el dorso de la mano.
Decidió a continuación que necesitaba salir de la casa, puesto que parecía hacerse más pequeña a cada minuto. Notó que apretaba el vaso con fuerza.
Salió de la casa y sacó la caja de metal donde guardaba los cigarrillos, sólo para encontrarla vacía. Volvió a guardarla en su bolsillo apretando los dientes.
Esto tiene que parar.vTengo que dormir.
Caminó un par de cuadras, sin saber a dónde ir. Los cafés aún no abrían y las plazas estaban cerradas. Quizá la biblioteca… o el cine. No. Demasiado temprano.
Entonces le surgió la idea de viajar. De moverse.
Ahora que había fijado un ritmo, comenzó a caminar a paso más rápido que, sin él notarlo, se convirtió en un trote ligero y luego en una rápida corrida.  Avistó un par de cuadras antes al tranvía, detenido a la espera de que los pasajeros subieran. Se apresuró, temiendo perderlo y con el viento abombando sus oídos, notó la liberación que le producía correr.
Se subió justo a tiempo, el vehículo ya comenzaba a moverse. Le dio una rápida mirada a la dormida caras de la gente, pero se quedó quieto, parado entre medio de los asientos. El tranvía comenzó a avanzar con más fuerza y una especie de escalofrío le recorrió el cuerpo. Surgió por entre los dedos de los pies, que apretó al piso, y se expandió por las piernas y los brazos, revoloteando finalmente en su frente. Entonces supo que no era la oscuridad lo que lo atemorizaba y supo también que nunca podría descubrirlo, que la pesadilla lo perseguiría siempre  y cuando se preocupara por entenderlo. Que debía moverse, dejarse llevar.
El tranvía lo encontró aún dormido al cabo de una hora, dos, tal vez incluso más. Aquel día, entre nubes agobiantes, llovió durante mucho tiempo y él soñó con las olas, se sintió de nuevo en la cubierta, mirando la inmensidad del océano.
Por primera vez durmió tan profundo como en su litera.
Lo despertó un hombre gigantesco, vestido completamente de negro, que se movía inquieto, con los ojos cerrados, en el asiento continuo.
Reconoció en su rostro la  leve vibración de los párpados y los labios nerviosos. Notó también que estaba bañado de un color verdáceo, que había visto muchas veces en viajantes que iban por primera vez a altamar.  El color del mareo.
Decidió despertar a su semejante, que le inspiraba una mezcla extraña de compasión y desdén. Lo sarandeó un poco hasta que el hombre, sobresaltado, se puso de pie, y luego volvió  dejarse caer en el asiento.
-Pesadillas ¿eh? – dijo en tono comprensivo.
El hombre sonrió con una mueca avergonzada.
-Al parecer… - respondió mientras se incorporaba y miraba su reloj de bolsillo – Es el movimiento ¿Sabe? Me revuelve el estómago.
Intentó decirle que estaba de acuerdo, pero no quiso mentirle y se limitó a sonreír.
-Pasa a menudo.
Bajó luego sin fijarse donde se entraba y al volver a la calle, la sintió extraña, lejana.
Recordó sin esfuerzo miles de colores, comerciantes, pescadores, tablas despintadas, dinero, familias con ojos sorprendidos y asustados, el olor a sal.
Algún día debería visitar el puerto, se dijo, sintiéndose de pronto melancólico y contento sin sentido.

El sonido de aquellas palabras le quedó grabada en los oídos y en la lengua. Iría, se convenció. Iría algún día.

Autor: Irene Cocó Zardú

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