Mientras buscaba formas en las imágenes fugaces
que saludaban por la ventana, pensó que había algo mágico en los tranvías.
Sobre todo, los días de lluvia.
Se sentía entonces inundado de una
tranquilidad profunda, como inacabable. Una tranquilidad que le recordaba al
mar. El ajetreo, el movimiento continuo,
era de alguna forma similar. Si cerraba los ojos y ponía la cabeza levemente de
costado, le acudía la sensación embriagadora del sonido de las olas golpeando
contra la madera del barco, y casi le parecía oler aquella humedad salada. Así,
no tardaba más de unos minutos en hundirse en un sueño profundo.
Hacía años que había dejado de dormir por las
noches. Se pasaba horas enteras varado en un estado de semiconsciencia, en
aquella fina línea que separa el sueño del soñador. El momento preciso donde las pesadillas son tan vívidas que parecen
presentarse realmente frente a nosotros.
Había una en particular que lo había
perseguido durante mucho tiempo; una fantasía tan poco tenebrosa, que se
avergonzaba del pánico que le generaba la sola idea de que llegara la hora de
acostarse. Cada noche se decía estar prevenido; sabía con exactitud qué
sucedería y cuánto tardaría en
despertar. Y sin embargo la repetición del sueño lo aterrorizaba más aún: al
contrario de lo que han dicho los psicoanalistas durante años, él tenía miedo
de aquello que conocía y esperaba que sucediese.
La alucinación consistía en un espacio oscuro,
un desierto nocturno quizá. Nunca se había detenido a pensarlo. En el centro se
veía a sí mismo protagonizando una danza peculiar, en la cual sus brazos y
piernas se movían por sí solas, sin que tuviera oportunidad de controlarlos.
Bailaba como una marioneta, en medio de un fuego brillante que lo seguía al
ritmo de una música regular, de golpeteos que parecían llegar hasta lo más
profundo de su alma.
Las llamas se movían de forma sincronizada y mezclaban sus colores
vibrantes con las vestimentas ornamentadas de miles de bailarines que rodeaban
la escena. No podía ver los rostros de aquella gente, pero estaba seguro que
eran borrosos retratos de sonrisas.
Quería detenerse, pero sus pies seguían en
movimiento, y sabía, de esa forma que sólo se conoce en los sueños, que sólo
podría hacerlo cuando el resto del grupo lo hiciera. Para ello era necesario
que el fuego se apagara, no había otra forma.
Sin embargo, y había reflexionado largamente
sobre el asunto, lo que más temía era el momento en que las llamas se extinguieran,
incluso cuando era lo que deseaba. Tal
vez es la oscuridad, se decía. Es
posible que le tema a la oscuridad.
No le cabía en su cabeza, no obstante, la idea
de poseer un miedo tan común e infantil. Se negaba aceptar que fuera algo tan
simple pero, fuera lo que fuera, se despertaba cada mañana demasiado agotado
como para funcionar.
Lo del tranvía lo había descubierto justo
cuando pensaba que iba a morir, literalmente, de cansancio. Había encontrado su salvación en aquella
máquina de transportar gente.
Era una noche de verano, calurosa y húmeda.
Como de costumbre, se revolvía intranquilo, sumido en su pesadilla personal. Se
despertó de golpe, completamente sudado y respirando agitadamente. Inspiró para veces para calmarse y se limpió
la frente con un pañuelo que siempre dejaba en la mesa de luz.
Vivía por entonces en un departamento
alquilado, que había tenido épocas de grandeza en algún momento lejano, pero
que se habían venido a menos con los años, dejando tan solo como recordatorio
de aquellos tiempos, grandes puertas con vitrales de colores, una araña en el
comedor que por supuesto ya no funcionaba, y unas cuantas sillas tapizadas en
bordó.
Cuando el aire llegó a sus pulmones se sintió
mejor y pudo levantarse de la cama, arrojando las sábanas al parquet
desgastado. Caminó hasta la cocina, donde se sirvió un vaso de agua fría y
encendió un cigarrillo, al tiempo que observaba por la ventana como la ciudad
se despertaba con lentitud ante los primeros rayos de sol.
Fumó una pitada con parsimonia y miró durante
un rato las gotas que se formaban por lo frío del agua. Las seguía desde que
aparecían hasta que caían sobre la mesada de mármol, otro regalo más de esas
grandes épocas. Entonces se tomó todo el vaso de un solo trago y se limpió la
boca con el dorso de la mano.
Decidió a continuación que necesitaba salir de
la casa, puesto que parecía hacerse más pequeña a cada minuto. Notó que
apretaba el vaso con fuerza.
Salió de la casa y sacó la caja de metal donde
guardaba los cigarrillos, sólo para encontrarla vacía. Volvió a guardarla en su
bolsillo apretando los dientes.
Esto
tiene que parar.vTengo que dormir.
Caminó un par de cuadras, sin saber a dónde
ir. Los cafés aún no abrían y las plazas estaban cerradas. Quizá la biblioteca…
o el cine. No. Demasiado temprano.
Entonces le surgió la idea de viajar. De
moverse.
Ahora que había fijado un ritmo, comenzó a
caminar a paso más rápido que, sin él notarlo, se convirtió en un trote ligero
y luego en una rápida corrida. Avistó un
par de cuadras antes al tranvía, detenido a la espera de que los pasajeros
subieran. Se apresuró, temiendo perderlo y con el viento abombando sus oídos,
notó la liberación que le producía correr.
Se subió justo a tiempo, el vehículo ya
comenzaba a moverse. Le dio una rápida mirada a la dormida caras de la gente,
pero se quedó quieto, parado entre medio de los asientos. El tranvía comenzó a
avanzar con más fuerza y una especie de escalofrío le recorrió el cuerpo.
Surgió por entre los dedos de los pies, que apretó al piso, y se expandió por
las piernas y los brazos, revoloteando finalmente en su frente. Entonces supo
que no era la oscuridad lo que lo atemorizaba y supo también que nunca podría
descubrirlo, que la pesadilla lo perseguiría siempre y cuando se preocupara por entenderlo. Que
debía moverse, dejarse llevar.
El tranvía lo encontró aún dormido al cabo de
una hora, dos, tal vez incluso más. Aquel día, entre nubes agobiantes, llovió
durante mucho tiempo y él soñó con las olas, se sintió de nuevo en la cubierta,
mirando la inmensidad del océano.
Por primera vez durmió tan profundo como en su
litera.
Lo despertó un hombre gigantesco, vestido
completamente de negro, que se movía inquieto, con los ojos cerrados, en el
asiento continuo.
Reconoció en su rostro la leve vibración de los párpados y los labios
nerviosos. Notó también que estaba bañado de un color verdáceo, que había visto
muchas veces en viajantes que iban por primera vez a altamar. El color del mareo.
Decidió despertar a su semejante, que le
inspiraba una mezcla extraña de compasión y desdén. Lo sarandeó un poco hasta
que el hombre, sobresaltado, se puso de pie, y luego volvió dejarse caer en el asiento.
-Pesadillas ¿eh? – dijo en tono comprensivo.
El hombre sonrió con una mueca avergonzada.
-Al parecer… - respondió mientras se
incorporaba y miraba su reloj de bolsillo – Es el movimiento ¿Sabe? Me revuelve
el estómago.
Intentó decirle que estaba de acuerdo, pero no
quiso mentirle y se limitó a sonreír.
-Pasa a menudo.
Bajó luego sin fijarse donde se entraba y al
volver a la calle, la sintió extraña, lejana.
Recordó sin esfuerzo miles de colores,
comerciantes, pescadores, tablas despintadas, dinero, familias con ojos
sorprendidos y asustados, el olor a sal.
Algún
día debería visitar el puerto, se dijo, sintiéndose de
pronto melancólico y contento sin sentido.
El sonido de aquellas palabras le quedó
grabada en los oídos y en la lengua. Iría,
se convenció. Iría algún día.
Autor: Irene Cocó Zardú
No hay comentarios:
Publicar un comentario