¿Cómo saber que el momento nuestro ha llegado? Es una
pregunta que siempre me he hecho. Me gustaría poder responderlo, pero
lamentablemente no tengo la respuesta. La vida se encuentra llena de tragedias,
que llenan los ojos de lágrimas y cada vez me hacen sentir más pequeño. A veces
me da miedo pensar en todas las cosas que escapan a nuestro control, como no podemos
impedir que el destino se ría de nosotros.
Es raro lo que me está pasando. Siento mareos todo el
tiempo. No puedo levantarme de mi cama, y si lo hago, choco contra las
paredes de manera estrepitosa, buscando cómo llegar de nuevo al camino por
donde vine. Quiero vomitar y no puedo. Está todo en mi cabeza, pero no
me lo puedo sacar. Está incorporado a mi cuerpo, como un mecanismo de
pseudo defensa, que quiere que no salga al mundo exterior. ¿Me estaré volviendo
loco? Mis amigos me llaman raro. No los culpo. Los odio a todos, odio a
toda esa gente hipócrita que se regocija con solamente ser la cara famosa de un
cartel basura, que se puede ver por las avenidas de la ciudad o la entrada de
una autopista gris. ¿Acaso habrá autopistas de otros colores? Ni siquiera eso,
se confortan con ser lo que la moda les dice ser, son almas sin vidas comprando
su jean ajustado, incómodo, con sus gafas oscura y su botella de coca,
sintiéndose actores de una serie de clase B, que nunca saldrá al aire, pero que
podrán contar en su club o partido de tenis, para aparentar ser las estrellas
que nunca fueron…
La verdad que
los odio a todos. Somos una mecha de explosivos que está a punto de estallar,
un desequilibrio constante. Denle la cerilla al loco y déjenlo ver el mundo
arder. Déjenme vivir. Déjenme de llamar raro. ¿Por qué no pasan las náuseas?
Ver la noche como si fuese la última vez que lo hagas. ¿Qué harías en mi
situación? ¿Acaso me estaré muriendo? Y
la cabeza roja del fósforo se torna en una llamarada azul y amarilla, que
enciende a la mecha, que nos vuela por los aires, que acabo con todo, y mi
estómago siente un cosquilleo…
Mis mareos continúan. Ya van meses que sigo sin poder
vivir en paz. Hace mucho que desconozco lo que es vivir un día “normal”. Durante todo este tiempo
consulté varios médicos pero sólo hubo uno que logró darme una respuesta.
“Lo suyo es nada. Solamente sintomático. Todo está en
la cabeza. ¿Anda preocupado?... Mire, su solución se puede encontrar en la
psicología… ¿Así que usted descree en la psicología, eh? Es cierto, como usted
dice, que si el paciente no quiere ser curado en la psicología, esto no
funciona. No hay un medicamento mágico para la cabeza. El ser humano es
precioso por lo caótico que es. El cerebro aún hoy sigue siendo estudiado. No se
pudo encontrar cómo reacciona el cerebro. Mismo, mucha gente, sigue cediendo su
suerte a una simple moneda. ¿No es gracioso que una moneda, tal vez de tan
escaso valor, sea la patrona de nuestro destino? A veces pienso como la
sociedad fue cambiando con el simple hecho del lugar en el cual caiga la
moneda. ¿En cuánto habrá afectado esto a nuestra sociedad actual? Es difícil de
saber si el anfibio que salió del agua lo hizo a través de uno de estos
mecanismos, o tal vez fue un mecanismo de defensa que el cerebro desarrolló
solo… Pero hoy en día, nos sigue costando responsabilizarnos de las decisiones
que tomamos. Incluso moneda fue evolucionando y llevando a personas a utilizar
las cartas del tarot para saber si debían ir al baño en el momento o más tarde.
Creo que si dependiéramos de nosotros mismos, estaríamos tirados por el suelo,
pidiendo ayuda, rogando que alguien se haga cargo de nuestra situación,
mordiéndonos nuestros brazos para sentir otro dolor más que el alma indecisa
que nos impide vivir… ¿Así que sufrís mucho, eh? Y bueno, como médico, el
suicidio no es una opción. Pero si querés ver sufrimiento de verdad, anda acá…”
Jalisco 2361, decía el papel. Y ahí fui, buscando una
solución, creyendo que la mecha aún no estaba encendida. Ojalá que algún día
aprenda a querer… o a quererme.
Esa tarde era gris, oscura, opaca. Muchos sucesos
extraños habían tenido lugar ese día, como si un gran cambio estuviese por
ocurrir. Un caballo se había desplomado en medio de una calle y se había
transformado en ángel; un
mono del zoológico había ahorcado a un niño que lo estuvo molestando en toda la
velada y antes de que lo pudieran castigar, formó con una liana una horca con
la que se suicidó; cientos de aves cayeron al suelo, producto de muerte súbita,
en el momento en que estaban migrando. La ciudad era un caos. Me agrada. Pero
los mareos no pasan. Siento que pasaron años desde la última vez que no me
mareo caminando. Quiero vomitar, quiero llorar… No puedo.
De repente estoy frente a la puerta. ¿O estoy adentro?
¿O todo esto ya pasó? Para alguien que se está muriendo, nunca se sabe
exactamente cuánta realidad hay en lo que está sucediendo. Ni siquiera existe
un lazo temporal. No hay presente, ni pasado, ni futuro. Solo momentos.
Abro la puerta para encontrarme un pasillo…con más
puertas. En Jalisco 2361 solo hay dolor y sufrimiento. Una gran
experiencia. Veo sarnosos
por todos lados. Gente desmembrada por doquier. Una camilla me golpea
repentinamente la espalda. Una especie de enfermero, vestido de negro, lleva a
un hombre al que le falta una pierna. Pero, a diferencia de cualquier hospital,
su herida no está saturada ni vendada. Al pasar, toda su sangre negra y
putrefacta me salpica. Qué asco. Un paraíso dentro de un infierno. Esta gente
está tan viva como muerta. No tiene lugar en el mundo. Deben odiar. Odiar todo
como lo odio yo.
Pero no siento ningún cambio. Las náuseas todavía
perduran. Me acerco a un enfermero. Y le pregunto sobre este lugar. Me responde
que acá no hay enfermeros. Son todos sepultureros. Son la muerte vestidos de
humanos, que en Jalisco están todos condenados a ser enterrados vivos. Es la
sorna de la tragedia. Y le digo que me mandó el doctor X para recuperarme. Con
su dedo índice, lánguido y puntiagudo, me indica una puerta al final del
pasillo. Apenas alcanzó a leer un cartel: “Las Madres de Dios”, y una voz
burlona me dice, más bien se llaman “Las Putas del Destino”.
Y la tarde se cae y se forma la noche. Y el ángel baja
y el caballo vuelve a caminar. Y el niño duerme en su cama, mientras el mono
come su banana de cena. Y los pájaros migran al norte, y la ciudad se mantiene
en armonía un día más. O eso creo yo. Continúo imaginando, hasta que una voz
que me retuerce el pescuezo me invita a pasar. Aires de cambio se respiran, y
la mecha aún no se encendió…
Al entrar, se produce un silencio eterno, que es roto por una tos
repentina mía. Me siento nervioso. Unas seis mujeres, de avanzada edad,
sentadas en unas sillas, forman una ronda; y en el centro de esa ronda, hay un
banco. Me siento ahí y soy juzgado por la mirada de las presentes. Los odio a
todos. Hace años que no me siento bien.
El ser humano es cruel de por sí. El smog nos pudrió el cerebro. Fumamos
porque nuestro corazón es un cenicero. No creo en nada, ni en la penicilina.
Llámenme hereje, quémenme si quieren. Hace mucho que realmente no duermo…
Las ancianas no hablan. Lo único que hacen es prender un
proyector. Y observo. Un bebé recién nacido mira el mundo por primera vez.
Llora un poco, pero el brillo se refleja en sus ojos. Que bonito. Pero su madre
lo odia. Con el cordón umbilical lo empieza a ahorcar. Si vieran como esa
maniática disfrutaba lo que hacía, no podrían dormir. Las bajezas de la vida.
Siento algo. Otra “película” da lugar.
Una niña de unos cinco años recorta fotos para su álbum. Su madre viene
y le pide prestadas las tijeras. Y, en menos de un segundo, le arranca un ojo
con la misma. Y lo disfruta más que la anterior. Y acerca su boca y bebe de la
sangre. No sé cuanto voy a aguantar. Todas las películas son iguales. “¡Asesinas!”
les gritó. Se sonríen. Tomo el banco y lo rompo contra el piso. Me quiero ir.
Me siento mal. La salida desapareció. No está. Pero sí hay una puerta. Me
abalanzo hacia ella como puedo y la abro. Un baño, todo repugnante. Quiero
vomitar. No puedo. Las risas de las ancianas me perturban. Las odio. No aguanto
más. Llevo mi dedo índice hasta mi boca. Luego dos dedos y tocó mi laringe.
Arcadas, pero no más que eso. Hasta que de repente, me doy cuenta que tengo
toda mi mano dentro de mi boca. Y recuerdo lo sucia que está. Todas las
bacterias y gérmenes que debo estar engulléndome en este momento no tiene
explicación. Y una corriente tibia recorre desde mi vientre hasta la salida de
mi boca. Y se produce un vómito que duró una eternidad. Cuando recupero mi conciencia,
veo que el baño es aún más asqueroso. Y las viejas siguen riéndose. Quiero
llorar. Y lo veo, brilloso, hermoso. Un pedazo de vidrio, que no sé cuanto
tiempo habrá estado allí. Lo miro con admiración y lo paso por mi mano. Un
charco de sangre cae al piso y se mezcla con esa infusión de porquerías. Era la
cerilla que necesitaba. Y la mecha toca fondo. Bum. Por un momento, el mundo es
feliz. Tan armonioso que lloro. Yo soy
el héroe. El puto héroe. Un sacrificio mío, y el mundo vive un día más. Y la ciudad
se salva de todo ese caos. Por un momento, todos nos olvidamos quienes somos y
a donde vamos. Por un momento, dejo de ser yo. Por un momento, las ancianas
dejan de reírse. Por un momento, dejo de odiar y empiezo a querer…
Y, en un momento, abro los ojos. Estoy todo manchado de vómito y
huelo terrible. Pero encuentro mi mano vendada con una insignia: “Los caminos
del Señor son inescrutables… Felicidades” Me habían salvado, las ancianas me
dieron una nueva oportunidad. Abro la puerta del baño y encuentro que la
habitación está vacía, excepto por los asientos que aún se mantienen en forma
de círculo. Salgo de la habitación y no hay nadie. Vacío, triste. Camino hasta
la puerta de salida y, antes de salir, encuentro una moneda en el suelo. La
recojo y veo que la calle se encuentra levemente iluminada. Dos caminos para
elegir, pero no logró decidirme. Entonces recurro a la moneda y la lanzo por el
aire, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. Me transformé en lo que
siempre odié. Soy el mismo hipócrita que el resto. Las lágrimas me recorrían el
rostro, a medida que la moneda giraba y giraba en el aire.
Recordé a los grandes magos
que podían desaparecer, como me gustaría a mí dejar de existir. Y esperando que
la moneda me indique qué camino tomar, escuché, en el aire, en el fondo, en el
ambiente, la risa irónica de las “Putas del Destino” y sucumbí, y lloré. Luego
vi la moneda, y caminé a mi casa. El sendero estaba un poco oscuro, con mucha
niebla. A lo lejos, dos luces, se acercaban imperceptibles, hermosas. ¿Me
verán? No parecían tener mucho control. Cada uno imagina su final con una gran
frase de cabecera… Yo, en cambio, lo único que dije fue: “Tengo sueño”. Y dormí
y jamás desperté. Pero por un momento, los pude querer a todos y en esos cinco
minutos, creo que viví más de todo lo que viví en mi vida…
Autor: Molko.
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