miércoles, 29 de mayo de 2013

Abismo

¿Cómo saber que el momento nuestro ha llegado? Es una pregunta que siempre me he hecho. Me gustaría poder responderlo, pero lamentablemente no tengo la respuesta. La vida se encuentra llena de tragedias, que llenan los ojos de lágrimas y cada vez me hacen sentir más pequeño. A veces me da miedo pensar en todas las cosas que escapan a nuestro control, como no podemos impedir que el destino se ría de nosotros.
Es raro lo que me está pasando. Siento mareos todo el tiempo. No puedo levantarme de mi cama, y si lo hago, choco contra las paredes de manera estrepitosa, buscando cómo llegar de nuevo al camino por donde vine. Quiero vomitar y no puedo. Está todo en mi cabeza, pero no me lo puedo sacar. Está incorporado a mi cuerpo, como un mecanismo de pseudo defensa, que quiere que no salga al mundo exterior. ¿Me estaré volviendo loco? Mis amigos me llaman raro. No los culpo. Los odio a todos, odio a toda esa gente hipócrita que se regocija con solamente ser la cara famosa de un cartel basura, que se puede ver por las avenidas de la ciudad o la entrada de una autopista gris. ¿Acaso habrá autopistas de otros colores? Ni siquiera eso, se confortan con ser lo que la moda les dice ser, son almas sin vidas comprando su jean ajustado, incómodo, con sus gafas oscura y su botella de coca, sintiéndose actores de una serie de clase B, que nunca saldrá al aire, pero que podrán contar en su club o partido de tenis, para aparentar ser las estrellas que nunca fueron…
 La verdad que los odio a todos. Somos una mecha de explosivos que está a punto de estallar, un desequilibrio constante. Denle la cerilla al loco y déjenlo ver el mundo arder. Déjenme vivir. Déjenme de llamar raro. ¿Por qué no pasan las náuseas? Ver la noche como si fuese la última vez que lo hagas. ¿Qué harías en mi situación? ¿Acaso me estaré muriendo?  Y la cabeza roja del fósforo se torna en una llamarada azul y amarilla, que enciende a la mecha, que nos vuela por los aires, que acabo con todo, y mi estómago siente un cosquilleo…

Mis mareos continúan. Ya van meses que sigo sin poder vivir en paz. Hace mucho que desconozco lo que es vivir un día “normal”.  Durante todo este tiempo consulté varios médicos pero sólo hubo uno que logró darme una respuesta.
“Lo suyo es nada. Solamente sintomático. Todo está en la cabeza. ¿Anda preocupado?... Mire, su solución se puede encontrar en la psicología… ¿Así que usted descree en la psicología, eh? Es cierto, como usted dice, que si el paciente no quiere ser curado en la psicología, esto no funciona. No hay un medicamento mágico para la cabeza. El ser humano es precioso por lo caótico que es. El cerebro aún hoy sigue siendo estudiado. No se pudo encontrar cómo reacciona el cerebro. Mismo, mucha gente, sigue cediendo su suerte a una simple moneda. ¿No es gracioso que una moneda, tal vez de tan escaso valor, sea la patrona de nuestro destino? A veces pienso como la sociedad fue cambiando con el simple hecho del lugar en el cual caiga la moneda. ¿En cuánto habrá afectado esto a nuestra sociedad actual? Es difícil de saber si el anfibio que salió del agua lo hizo a través de uno de estos mecanismos, o tal vez fue un mecanismo de defensa que el cerebro desarrolló solo… Pero hoy en día, nos sigue costando responsabilizarnos de las decisiones que tomamos. Incluso moneda fue evolucionando y llevando a personas a utilizar las cartas del tarot para saber si debían ir al baño en el momento o más tarde. Creo que si dependiéramos de nosotros mismos, estaríamos tirados por el suelo, pidiendo ayuda, rogando que alguien se haga cargo de nuestra situación, mordiéndonos nuestros brazos para sentir otro dolor más que el alma indecisa que nos impide vivir… ¿Así que sufrís mucho, eh? Y bueno, como médico, el suicidio no es una opción. Pero si querés ver sufrimiento de verdad, anda acá…”
Jalisco 2361, decía el papel. Y ahí fui, buscando una solución, creyendo que la mecha aún no estaba encendida. Ojalá que algún día aprenda a querer… o a quererme.
                                                
Esa tarde era gris, oscura, opaca. Muchos sucesos extraños habían tenido lugar ese día, como si un gran cambio estuviese por ocurrir. Un caballo se había desplomado en medio de una calle y se había transformado en ángel;  un mono del zoológico había ahorcado a un niño que lo estuvo molestando en toda la velada y antes de que lo pudieran castigar, formó con una liana una horca con la que se suicidó; cientos de aves cayeron al suelo, producto de muerte súbita, en el momento en que estaban migrando. La ciudad era un caos. Me agrada. Pero los mareos no pasan. Siento que pasaron años desde la última vez que no me mareo caminando. Quiero vomitar, quiero llorar… No puedo.
De repente estoy frente a la puerta. ¿O estoy adentro? ¿O todo esto ya pasó? Para alguien que se está muriendo, nunca se sabe exactamente cuánta realidad hay en lo que está sucediendo. Ni siquiera existe un lazo temporal. No hay presente, ni pasado, ni futuro. Solo momentos.
Abro la puerta para encontrarme un pasillo…con más puertas. En Jalisco 2361 solo hay dolor y sufrimiento. Una gran experiencia.  Veo sarnosos por todos lados. Gente desmembrada por doquier. Una camilla me golpea repentinamente la espalda. Una especie de enfermero, vestido de negro, lleva a un hombre al que le falta una pierna. Pero, a diferencia de cualquier hospital, su herida no está saturada ni vendada. Al pasar, toda su sangre negra y putrefacta me salpica. Qué asco. Un paraíso dentro de un infierno. Esta gente está tan viva como muerta. No tiene lugar en el mundo. Deben odiar. Odiar todo como lo odio yo.
Pero no siento ningún cambio. Las náuseas todavía perduran. Me acerco a un enfermero. Y le pregunto sobre este lugar. Me responde que acá no hay enfermeros. Son todos sepultureros. Son la muerte vestidos de humanos, que en Jalisco están todos condenados a ser enterrados vivos. Es la sorna de la tragedia. Y le digo que me mandó el doctor X para recuperarme. Con su dedo índice, lánguido y puntiagudo, me indica una puerta al final del pasillo. Apenas alcanzó a leer un cartel: “Las Madres de Dios”, y una voz burlona me dice, más bien se llaman “Las Putas del Destino”.
Y la tarde se cae y se forma la noche. Y el ángel baja y el caballo vuelve a caminar. Y el niño duerme en su cama, mientras el mono come su banana de cena. Y los pájaros migran al norte, y la ciudad se mantiene en armonía un día más. O eso creo yo. Continúo imaginando, hasta que una voz que me retuerce el pescuezo me invita a pasar. Aires de cambio se respiran, y la mecha aún no se encendió…


Al entrar, se produce un silencio eterno, que es roto por una tos repentina mía. Me siento nervioso. Unas seis mujeres, de avanzada edad, sentadas en unas sillas, forman una ronda; y en el centro de esa ronda, hay un banco. Me siento ahí y soy juzgado por la mirada de las presentes. Los odio a todos. Hace años que no me siento bien.  El ser humano es cruel de por sí. El smog nos pudrió el cerebro. Fumamos porque nuestro corazón es un cenicero. No creo en nada, ni en la penicilina. Llámenme hereje, quémenme si quieren. Hace mucho que realmente no duermo…

Las ancianas no hablan. Lo único que hacen es prender un proyector. Y observo. Un bebé recién nacido mira el mundo por primera vez. Llora un poco, pero el brillo se refleja en sus ojos. Que bonito. Pero su madre lo odia. Con el cordón umbilical lo empieza a ahorcar. Si vieran como esa maniática disfrutaba lo que hacía, no podrían dormir. Las bajezas de la vida. Siento algo. Otra “película” da lugar.  Una niña de unos cinco años recorta fotos para su álbum. Su madre viene y le pide prestadas las tijeras. Y, en menos de un segundo, le arranca un ojo con la misma. Y lo disfruta más que la anterior. Y acerca su boca y bebe de la sangre. No sé cuanto voy a aguantar. Todas las películas son iguales. “¡Asesinas!” les gritó. Se sonríen. Tomo el banco y lo rompo contra el piso. Me quiero ir. Me siento mal. La salida desapareció. No está. Pero sí hay una puerta. Me abalanzo hacia ella como puedo y la abro. Un baño, todo repugnante. Quiero vomitar. No puedo. Las risas de las ancianas me perturban. Las odio. No aguanto más. Llevo mi dedo índice hasta mi boca. Luego dos dedos y tocó mi laringe. Arcadas, pero no más que eso. Hasta que de repente, me doy cuenta que tengo toda mi mano dentro de mi boca. Y recuerdo lo sucia que está. Todas las bacterias y gérmenes que debo estar engulléndome en este momento no tiene explicación. Y una corriente tibia recorre desde mi vientre hasta la salida de mi boca. Y se produce un vómito que duró una eternidad. Cuando recupero mi conciencia, veo que el baño es aún más asqueroso. Y las viejas siguen riéndose. Quiero llorar. Y lo veo, brilloso, hermoso. Un pedazo de vidrio, que no sé cuanto tiempo habrá estado allí. Lo miro con admiración y lo paso por mi mano. Un charco de sangre cae al piso y se mezcla con esa infusión de porquerías. Era la cerilla que necesitaba. Y la mecha toca fondo. Bum. Por un momento, el mundo es feliz. Tan armonioso que lloro.  Yo soy el héroe. El puto héroe. Un sacrificio mío, y el mundo vive un día más. Y la ciudad se salva de todo ese caos. Por un momento, todos nos olvidamos quienes somos y a donde vamos. Por un momento, dejo de ser yo. Por un momento, las ancianas dejan de reírse. Por un momento, dejo de odiar y empiezo a querer…

Y, en un momento, abro los ojos. Estoy todo manchado de vómito y huelo terrible. Pero encuentro mi mano vendada con una insignia: “Los caminos del Señor son inescrutables… Felicidades” Me habían salvado, las ancianas me dieron una nueva oportunidad. Abro la puerta del baño y encuentro que la habitación está vacía, excepto por los asientos que aún se mantienen en forma de círculo. Salgo de la habitación y no hay nadie. Vacío, triste. Camino hasta la puerta de salida y, antes de salir, encuentro una moneda en el suelo. La recojo y veo que la calle se encuentra levemente iluminada. Dos caminos para elegir, pero no logró decidirme. Entonces recurro a la moneda y la lanzo por el aire, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. Me transformé en lo que siempre odié. Soy el mismo hipócrita que el resto. Las lágrimas me recorrían el rostro, a medida que la moneda giraba y giraba en el aire.

 Recordé a los grandes magos que podían desaparecer, como me gustaría a mí dejar de existir. Y esperando que la moneda me indique qué camino tomar, escuché, en el aire, en el fondo, en el ambiente, la risa irónica de las “Putas del Destino” y sucumbí, y lloré. Luego vi la moneda, y caminé a mi casa. El sendero estaba un poco oscuro, con mucha niebla. A lo lejos, dos luces, se acercaban imperceptibles, hermosas. ¿Me verán? No parecían tener mucho control. Cada uno imagina su final con una gran frase de cabecera… Yo, en cambio, lo único que dije fue: “Tengo sueño”. Y dormí y jamás desperté. Pero por un momento, los pude querer a todos y en esos cinco minutos, creo que viví más de todo lo que viví en mi vida… 

Autor: Molko.

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