Durante el día duermo el sueño de los muertos oculto bajo un manto
de agua. De noche me sacudo el olor a turista y a botellas de plástico, me
quito la sal de los huesos y salgo a la playa a fumar. La pipa de madera está
tan mohosa como el primer día, aquel tacto suave, el aroma peculiar del tabaco
silencioso que envuelve las cuencas vacías de mis ojos con volutas de humo.
La arena se siente mejor de noche, en la oscuridad casi total de
la costa apagada. Sobre mi cabeza –o lo que queda de ella- se despliega el juego
de luces de las estrellas y de la luna. Me gusta sentarme mirando al mar,
extensión negra y pausada que me recuerda los años en los que estaba vivo. Me
gusta dejar que el humo se escurra por entre mis costillas y ascienda hacia
aquellas luces celestes, tan hermosas, que son la vía láctea.
Cuando el primer rayo del sol asoma sobre el horizonte yo me
escapo. El mar se tiñe de plateado, el frío se incrementa, aunque yo no pueda
sentirlo o ya no me importe. Pronto volverán ellos, con su andar resbaladizo de
protector solar, sus sombrillas de colores, su asco a las algas que tan bien
adornan todo cuando la medianoche es inminente. Entonces prefiero no verlos y
volver a zambullirme. Con cuidado camino la arena mojada y piso los caracoles
sin hacerlos crujir. La pipa va en mi mano, bien envuelta en un saco de
arpillera que pretende mantener alejado el moho y la sal.
Como a esa hora siempre estoy cansado cualquier lugar me parece
bueno para detenerme. Me hecho plácidamente sobre el colchón de agua, quizás
entre dos rocas, envolviendo mis pies con plantas marinas para que la marea no
me arrastre demasiado lejos de la costa. El saquito con el tabaco lo guardo
bajo una piedra, para evitar que se escabullan las burbujas de aire que
mantienen seca la hierba. Los rayos se filtran a través de la superficie del
océano. Es hora de dormir.
Autor: Luisa de Mare
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