miércoles, 29 de mayo de 2013

El muerto

Durante el día duermo el sueño de los muertos oculto bajo un manto de agua. De noche me sacudo el olor a turista y a botellas de plástico, me quito la sal de los huesos y salgo a la playa a fumar. La pipa de madera está tan mohosa como el primer día, aquel tacto suave, el aroma peculiar del tabaco silencioso que envuelve las cuencas vacías de mis ojos con volutas de humo.
La arena se siente mejor de noche, en la oscuridad casi total de la costa apagada. Sobre mi cabeza –o lo que queda de ella- se despliega el juego de luces de las estrellas y de la luna. Me gusta sentarme mirando al mar, extensión negra y pausada que me recuerda los años en los que estaba vivo. Me gusta dejar que el humo se escurra por entre mis costillas y ascienda hacia aquellas luces celestes, tan hermosas, que son la vía láctea.
Cuando el primer rayo del sol asoma sobre el horizonte yo me escapo. El mar se tiñe de plateado, el frío se incrementa, aunque yo no pueda sentirlo o ya no me importe. Pronto volverán ellos, con su andar resbaladizo de protector solar, sus sombrillas de colores, su asco a las algas que tan bien adornan todo cuando la medianoche es inminente. Entonces prefiero no verlos y volver a zambullirme. Con cuidado camino la arena mojada y piso los caracoles sin hacerlos crujir. La pipa va en mi mano, bien envuelta en un saco de arpillera que pretende mantener alejado el moho y la sal.
Como a esa hora siempre estoy cansado cualquier lugar me parece bueno para detenerme. Me hecho plácidamente sobre el colchón de agua, quizás entre dos rocas, envolviendo mis pies con plantas marinas para que la marea no me arrastre demasiado lejos de la costa. El saquito con el tabaco lo guardo bajo una piedra, para evitar que se escabullan las burbujas de aire que mantienen seca la hierba. Los rayos se filtran a través de la superficie del océano. Es hora de dormir.


Autor: Luisa de Mare

No hay comentarios:

Publicar un comentario