…los dos extremos del imán
se los llama polos. Los polos iguales se repelen, sin embargo los opuestos
se atraen...
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Al doblar me encontré con una gran reja. Trepé por esta, ya con pocas fuerzas. Caí. Intenté de nuevo, pero esta vez aferré uno de mis pies al alambre y salté en dirección a las estrellas, a la luna. Fallé una vez más. Sentía que faltaba un esfuerzo. Vi que desenfundaba, sin embargo todavía yo era invisible, puesto que era una importante distancia la que nos separaba. El miedo a morir me hizo de fuerzas que no poseía y la esperanza se acrecentó de repente. Mis bíceps lograron arribar al segundo nivel del enrejado y mis talones acompañaban al compás. Luego de evadir el principal obstáculo, restaba solamente una tarea importante: el salto final. Miré a mis espaldas; el custodio se acercaba a grandes pasos y me gritaba “¡Quieto o disparo!”. Me solté y aterricé con dificultades, puesto que la no suficiente flexión de las rodillas me hizo trastabillar. Intenté acomodarme para recomenzar una nueva carrera contra el tiempo; sin embargo al escuchar las vibraciones de dos disparos en la pared de adobe, mi carrera era ya contra el tiempo de vida. Mi adrenalina era incontenible. Lo último que pude oír antes de doblar en la siguiente esquina y dejar atrás el callejón, fue el oficial gritando, al parecer dando indicaciones. “Si no me apuro mi salvación no será una posibilidad” pensé. Me acerqué a Rivadavia, ya que mi único escape era un taxi. Al primero que divisé, grité y agité los brazos corriendo desesperadamente, aunque sin respuesta. Un segundo frenó delante de mis hombros con el solo hecho de realizar un ángulo recto con mi axila. Le indiqué las coordenadas y pude finalmente relajarme en el respaldo de terciopelo negro. Llegué al cabo de veinticinco minutos. Me encontré con mi mujer y mis tres hijos a la mesa esperando para la comida. El goce de un buen momento en familia me hizo olvidar mis preocupaciones y ayudó a enfriar mi cabeza. Mi trabajo me tensionaba demasiado. Ya dormidas las crías, con mi mujer nos introdujimos dentro de las frazadas y luego de dos o tres minutos de conversación, el sueño me derrotó.
Salté el cordón para seguir mi corrida por la vereda. Me había quitado una importante ventaja, puesto que la velocidad y la agilidad no eran mis fuertes. Llegué a observar, dos cuadras más adelante que viraba en la calle Ripoll, más bien callejón. Mis pulmones y mi bazo comenzaron a responder a mis excesivos esfuerzos, es por esto que disminuí apenas la velocidad. Cuando llegué a la boca de la calleja, escuché ruidos de un alambrado, por lo tanto sospechando a que se me escapé, giré. Era todo muy oscuro, automáticamente saqué mi calibre 45. Más ruidos. Aceleré el paso y por fin lo alcancé nuevamente. Lo vi escalando, pero ya del otro lado del alambre. Lo amenacé con gritos referidos a la muerte. Vi que aterrizó con dificultad al suelo, luego de un salto de casi dos metros, lo que me permitió ganar distancia y así mi objetivo tendría un mayor porcentaje de acierto. Ejecuté dos disparos bajos con dirección a los muslos, pero sin suerte; rebotaron en la pared de adobe. Dejé la excesiva adrenalina a un lado, puesto que trepar me dificultaba con mi actual estado físico y respiratorio. Pedí refuerzos cuando todavía lo tenía en la mira, pero al cabo de pocos segundos lo perdí en Rawson. Mis fuerzas agotadas ya, no me ayudaron a continuar la persecución. Aún así confiaba en mis auxilios. Salí del callejón para enfilar hacia mi automóvil, el cual seguía en Pringles. Escuché sirenas y un escándalo de sonido; mis refuerzos, especulé. Rápidamente tomé el patrullero e indiqué la dirección por la cual se había ido para que me sigan. Luego de cuarenta minutos de buscar, preguntar y rodear diferentes edificios nos rendimos. No había rastros de él por ninguna parte; una huella, una prenda de ropa, nada. Decidí dejar el caso en “stand by” y continuarlo luego, puesto que el hombre todavía ni reconocido no sabíamos ni donde vivía. Tomé mi auto para regresar a mi dulce hogar, en donde me esperaba mi familia supuse que para cenar. Al cruzar la puerta mi mujer y mis tres hijos ya habían empezado el postre, pero mi plato, todavía vigente. Me senté y disfruté de una conversación que me despejaba el cerebro. Les conté mi caso y mis hijos siempre dispuestos me daban letras de aliento. La hora de dormir comenzaba y ya en la cama, mi mujer inquirió y curioseó algunos detalles del robo, pero contesté a la mitad, puesto que el sueño me derrotó.
La luz del día me despierta. Dejo caer mi boca en la comisura de los labios de mi esposa. Se estremece, esboza una pequeña sonrisa pero sin levantar las pestañas; gira, se acomoda de costado y continua roncando. Ya con la vestimenta encima tomo las sobras de la cena para cumplir con mi primera comida del día y guardo las llaves en el bolsillo derecho. Salgo a trabajar.
Autor: El Nota.
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