miércoles, 29 de mayo de 2013

Arequito tuyo

Allí está Vagues que ya es pasado.
Allí está lo que-todos dicen-
vivirá lo que queda olvidado.
La estación inglesa muerta.
La maleza crece sobre los rieles,
y en el horizonte un tren verde inmóvil
muere y nace cada temporada,
listo para la siembra, listo para cosechar.
El campo amordazado es su testigo
y un advenedizo y monocromático vecino.

Estación fantasma, sin siquiera fantasmas.
Pueblo de San Antonio. Te saluda cálido
por la mañana, cuando salís a caminar
debajo de los aleros perfumados hacia la plaza.
Se han poblado los árboles de flores y frutos
cerca de la ribera que no es ribera.
Ya usados ya sueltos: ladrillos por tu camino.
Paseás entre la Plaza Principal y el gentío;
los edificios te hablan de conquista y desierto,
y de barro; son tan viejos, para vos indestructibles.
Seguís caminando hasta el río, y su cauce
vacío se llena con vigor torrentoso, invisible.

¡Caminá, que sabés lo que es andar!
Por Areco recorriendo los adoquines
descalza, mas no sola, sino bien acompañada
por el olor compinche de estas llanuras dulces.
Risueño se llega a Vagues, y de Vagues
a Areco se llega triste y solitario.
Pero no vos,  que sabés andar estos lares;
con tus pasos hacia Vagues  te anuncias.
Te movés y tiemblan los durmientes y el andén.
La maleza te hace  reverencia y se corre.
Los campos sembrados se abren, timoratos.
Los fantasmas aparecen y se disfrazan de personas
y por un segundito, aunque no sea más de uno,
siento el ruido de la locomotora gimiendo, rugiendo,
anunciando su próxima parada, retornando ansiosa
al lugar- que prometieron-“nunca volvería a pisar”.
Aunque no sea por más de  un segundito,

ese que solo vos sabés generar.

Autor: Fioktist

La fe (I)

Un poema
Tres estrofas
Siete versos

Dieciocho palabras
Treinta y seis sílabas
Noventa y un letras


Un sistema

Autor: Ray Jackendoff

Barbarie

Me la han matao’, a mi madre me la han matao’
Los hombres de blanco con sus juguetes humeantes
Nos gritaban indígenas, mientras nos iban deportando
A mi hermanita le decían “china”, sabiendo que era argentina
La mandaron de mucama a una casa en Buenos Aires
Pero se suicidó, sabiendo que la pena ahogaba
Mi padre murió, asesinado bajo una lluvia de balas
Los asesinos se reían, mientras a la fosa común lo arrojaban

Mi linda tierra, tierra nuestra
Fue llamada desierto y colonizada en una campaña
Salvajes nos decían, pero
¿Quién empuñaba el arma?
La mancha roja nunca se quita

Ahora ando solo a caballo, recorriendo la tierra que alguna vez fue mi hogar
Me llaman indio, vaquero, gaucho y me discriminan con su mirada
Pensando que soy un ladrón de ganado.

En las noches siempre recorre un aire frío, que tiembla en mis venas
El polvo me muestra que soy lo único que queda de mi familia

Y el viento se lleva mi tristeza, como se llevó los gritos de dolor.

Autor: Molko

En el callejón

 "En la comisura de los labios del rostro más duro
un poco de sangre, color, luz y
un poema, que mil locos han escrito conmigo"...
  "En la última fisura de la cara más perfecta
algo de polvo, magia, miedo y
una voz, que cien llantos ha llorado ya por ti"...
  "En la más pequeña mueca de las máscara más fría"...
una silueta, un gato, humo y
unos pasos, una gota y
un reflejo,
una mano,
un grito,
sangre...                                                                         en el callejón.

Tiempo pretético

  (...) cómo se llega la muerte
                           tan callando;
JORGE MANRIQUE

Secaré mis aguas
en el aire frío de la mañana
y me derrotaré,
en números, notas y letras.
Secaré mis aguas
en el aire frío del mediodía
y me enterraré,
en el cantero gris del progreso infértil.
Secaré mis aguas
en el aire frío de la tarde
y me plasmaré,
con el sudario de espejos, en la tumba nuestra.
Secaré mis aguas
en el aire frío de la noche;
pero cuando el aire sea tierra
¡Ay de mí!
¡No, que no hubiera secado las aguas!
(¡que no las seque!)
¡Que no me hubiera enterrado en el cantero!
(¡que no me entierre!)
¡Que no me hubiera plasmado en la tumba!
(¡que no me plasme!)
¡Que aflore el agua e inunde
el cantero para dar flor;
que letra y nota dé la flor
que sendas muertes den al sudario!

(y todo, antes de que mi tiempo sea pretérito
y yo -tan callando- hubiera escrito estas líneas).

Autor: Héctor

La humedad azul

La humedad azul soñaba
que iba resbalando, mimosa,
sobre las hojas de los plátanos,
y con su azul tinta trazaba
sueños verdes en versos
de siete octavos.

Y yo me bañaba lentamente
en el aire de la tarde,
y un sapo duraba un minuto,
y pronto todo flotaba abstraído,
y los relojes bostezaban
mientras el té se enfriaba,
el té que te esperaba,
el té que te quiero,
y vos te demorabas en la crueldad
de una tarde fría sin frazadas.

No te dilates mas, necia corchea,
en la siesta del adagio;
no te dilates mas, querida,
recortada –recordada-
en la sombra del zaguán,
en la sombra de níquel del zaguán.

No alces mas aquel suspiro,
eterno, eterno,
de los charcos grises;
no empañes los oleos
de los barcos que partirán.

Antes tu boca de suavidad rasante
raspe con su seda
el cenagal de mi mirada cansada,
y sea el vals de nuestras bocas
consuelo de nuestras almas
en esta tarde lluviosa
y resquebrajada.

Autor: Cide Hamete Benengeli

A los que ya vivieron

Querrá asustarnos, querrá esclavizarnos. Plantará entonces una semilla de miedo, ese miedo paralizante. La intolerancia germinará, dando a luz a la raíz negra del odio. Brotará luego un tallo de violencia, hojas de sangre, que darán vida a frutos, llamados marginalidad, llamados terror.
Esos frutos serán los hijos del horror.
Una semilla que algunos creían una insignificancia, una sencillez en este universo, mostrará cómo el equilibrio se puede perder, cómo un mundo entero se puede descarrilar a los ojos de un pueblo que se creía inmortal. Sólo una semilla.
Podrán podar las hojas de sangre, cortar los tallos de violencia, e incluso asesinar la semilla del miedo.
Pero nuestra tierra tiene memoria, y los frutos del terror ya la han fecundado.
Nuestra tierra no habla (¡Por Dios, si hablara!) pero sabe todo, y cada hebra de su garganta está formadas por quienes la defendemos.
Su gente somos nosotros, un pueblo, que se cree inmortal.
Hoy quienes vieron crecer la perversa planta del miedo deberán sembrar una semilla nueva. La lucha, que germinará raíces de deseos, tallos de esperanzas, hojas de sueños. Frutos. Las nuevas mentes y cuerpos somos los frutos de la lucha, y tenemos en nuestras manos y en nuestras espaldas, el futuro.

Nosotros, la garganta de la tierra, preferimos morir luchando por este único color, porque sabemos, que es infinito.

Autor: BichoLocura