La humedad azul soñaba
que iba resbalando, mimosa,
sobre las hojas de los plátanos,
y con su azul tinta trazaba
sueños verdes en versos
de siete octavos.
Y yo me bañaba lentamente
en el aire de la tarde,
y un sapo duraba un minuto,
y pronto todo flotaba abstraído,
y los relojes bostezaban
mientras el té se enfriaba,
el té que te esperaba,
el té que te quiero,
y vos te demorabas en la crueldad
de una tarde fría sin frazadas.
No te dilates mas, necia corchea,
en la siesta del adagio;
no te dilates mas, querida,
recortada –recordada-
en la sombra del zaguán,
en la sombra de níquel del zaguán.
No alces mas aquel suspiro,
eterno, eterno,
de los charcos grises;
no empañes los oleos
de los barcos que partirán.
Antes tu boca de suavidad rasante
raspe con su seda
el cenagal de mi mirada cansada,
y sea el vals de nuestras bocas
consuelo de nuestras almas
en esta tarde lluviosa
y resquebrajada.
que iba resbalando, mimosa,
sobre las hojas de los plátanos,
y con su azul tinta trazaba
sueños verdes en versos
de siete octavos.
Y yo me bañaba lentamente
en el aire de la tarde,
y un sapo duraba un minuto,
y pronto todo flotaba abstraído,
y los relojes bostezaban
mientras el té se enfriaba,
el té que te esperaba,
el té que te quiero,
y vos te demorabas en la crueldad
de una tarde fría sin frazadas.
No te dilates mas, necia corchea,
en la siesta del adagio;
no te dilates mas, querida,
recortada –recordada-
en la sombra del zaguán,
en la sombra de níquel del zaguán.
No alces mas aquel suspiro,
eterno, eterno,
de los charcos grises;
no empañes los oleos
de los barcos que partirán.
Antes tu boca de suavidad rasante
raspe con su seda
el cenagal de mi mirada cansada,
y sea el vals de nuestras bocas
consuelo de nuestras almas
en esta tarde lluviosa
y resquebrajada.
Autor: Cide Hamete Benengeli
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