Una sala repleta. Todos los sectores de
la sociedad, atónitos escuchaban atentamente al juez de la sesión. El grupo
religioso (al que había pertenecido la madre) y moralista, extremadamente
indignado, estaba deseoso de abuchearlo. Había gente que simplemente trataba de
comprenderlo, al crimen y a su persona. ¿Por qué actuó así? ¿Qué fue lo que lo
motivó? ¿Tan sólo estaba loco? No había ningún familiar, la madre se había
suicidado (dicen tenía problemas con el dinero, nunca le satisfacía) hace
tiempo y el padre se encontraba internado en un albergue para ancianos.
Hermanos no tenía (aunque yo pienso, a diferencia de muchos de ellos, que si
los hubiera tenido, habrían asistido allí).
En el banquillo de los acusados se había
sentado. El un juicio estaba siendo transmitido por televisión. Tan sólo con
notar su cara un instante, eras capaz de darte cuenta de su estado, similar al
de un retrasado con ganas ocultas de asesinar a sangre fría a su hermana quien
pareciera ser inocente, pero que le quita la atención de su padre y le causa
envidia. De su boca chorreaban hilos de baba que le mojaban al mentón. Se los
secaba de vez en cuando. No se movía, miraba fijamente a la nada, y lloraba (lo
noté) escandalosamente por dentro (mientras que por fuera, caían apenas
lágrimas). Admiré su capacidad de aparentar una realidad, tratando de dar
pistas para que adivinaran la pieza de rompecabezas que faltaba, mas
manteniéndose en las reglas de su propio juego. Pareciera que los pocos flashes
de las cámaras le lastimaran la retina, pero al parpadear soltaba un suspiro.
En su inacción, explotaba la locura. La misma que habrá explotado en esos
momentos de vigorosa sensación asesina.
Cuando le preguntaban, sonreía. No contestaba
a su verdadero nombre, Remo Cierpienie,
sino al de una mujer: Silvia. Reía
sin modular, frunciendo el ceño cuando mencionaban ciertas palabras o
comentaban sus actos (la primera vez me atemoricé; la segunda, lo tomé por
pervertido; pero después me acostumbré).
Al primero, según el mismo contó, lo encontró
cuando atravesaba una plaza, volviendo de la farmacia. Caminaron un rato y
hablaron de extraño a extraño. Era un vagabundo, más bien un desempleado que
ahogaba sus penas en noches de alcohol fuera de casa. Luego de intercambiar
algunas palabras él lo invitó amablemente a cenar a su casa. Cerdo, asado. Bebieron un buen rato, y
cuando el hombre no pudo hablar más correctamente, se le encimó y lo condujo
hacia un cuarto. Allí lo violó, tan violentamente que agotó todo el bote de
vaselina que había comprado esa misma mañana en la farmacia. Por lo que
contaron quienes hicieron la autopsia del cadáver y criminalística, en la cama
del dormitorio comenzó a cachetearlo en la cara, cada vez más fuerte, tomándole
los cabellos y arañándole los párpados. Los ojos le sangraban y ya no se pudo
reconocer más el labio de la mejilla. El rojo abundaba: coloreó el iris, el
pelo y los dientes. La lengua se la cortó él mismo, pues era ahorcado y en un
frenesí de liberación se la mordió. Y en su griterío provocó su asfixia
rebalsándole el agua de las venas de la boca. Al caer, escupió por toda la
sala. Manchó las sábanas blancas, como la mujer que se mantuvo pura hasta el
momento que consideró indicado en su primera relación.
Mientras eran narrados sus pecados, la gente
se iba retirando. El grupo católico no pudo soportar oír aquellas palabras y
tanta violencia sin fin. Algunos que apoyaban la ética y la moral se
regocijaban de forma cerrada.
Vio a su vecino, con una botella de vodka
sentado en el cordón de la vereda, llorando. Desconcertado, le preguntó qué le
había sucedido. Pero inmediatamente, salió su esposa (actualmente ex-esposa) de
la casa, gritándole que por qué mierda seguía allí, que no lo quería escuchar
más, que si no ayudaba en la casa de alguna forma no le servía, no le era de
utilidad, que era un borracho asqueroso, si para gastarse un sueldo repugnante
en míseras gotas llamaba al plomero para arreglar la cañería. Cabizbajo se
retiraba, sin lugar a donde ir ni pasar la noche, cuando el acusado le dijo de
que se quedara a dormir sólo por esa noche en su casa, así no pagaba en un
hotel y se ahorraba esas monedas que tanto necesitaba. Sumamente agradecido,
aceptó. Mas, cerca de las dos de la mañana (eso es lo que indican los vecinos)
se escucharon unos gritos ahogados. En el cuarto de huéspedes, se encontraba el
hombre abandonado con una correa en el cuello y amordazado a la base de la
cama.
Este hombre cuenta que fue terrible que le
hayan atravesado los alaridos de su familia por las orejas. No importa que a
ella ya no la quisiera tanto como solía hacerlo en sus épocas de mejor
esplendor, le dolía y sufría. Ella estaba en el otro cuarto, sin poder
defenderse. Le agarraba las manos con magna fuerza. Le hacía entender que él
tenía el poder y que ya no podría hacer nada al respecto. Lloraba. “Usted dijo
que lloró en su momento. ¿Lloraba por usted? ¿Por vengar a su vecino? ¿Ella le
hacía recordar a alguien?”. (Un gritito feliz y ahogado fue lo único que salió
de su boca). Cuando terminó ese ritual satánico, la liberó. Sin embargo ella se
siguió sintiendo presa de una sombra de recuerdos que la atosigaban. No se pudo
contener, tomó, desesperadamente, su collar y la cruz de quien no la supo
proteger y se la hundió en el antebrazo.
La última había ocurrido hace poco, a media mañana. El acusado trabajaba (hasta el día
del juicio, que lo despidieron por “haber perdido sus facultades mentales”),
como ayudante para un albergue para ancianos (había conseguido el trabajo
gracias a ciertas influencias de su padre, que allí internado se encontraba).
Él transportaba a aquellos que tenían dificultades, ya sea por la distancia,
por una discapacidad o porque no había quien pudiera trasladarlos. Se
movilizaba en una camionetita italiana, vieja y despintada. Llegó a la casa del
hombre (los peritos resaltaron que no había mucha diferencias entre éste y el
del desempleado).El hombre vivía sólo y acudía a sus servicios, porque su
esposa había fallecido y con el único hijo que tenía no llevaba una buena
relación. Acomodó los bolsos frente a la puerta abierta, y creyó haberse
olvidado algo en el cuarto superior. Subió por la escalera y al entrar, recibió
un golpe en la cabeza por parte de una botella de whisky añejo. Cierpienie, con
un cuchillo, amagó a escribirle en el corazón la palabra 'Remo', y dejó como
leyenda en el espacio entre los testículos y la uretra ‘Silvia'. A éste último
no lo mató (si bien parece extraño, se los aseguro), pero cuando despertó le
mintió diciéndole que había caído y se había lastimado. Me reí cuando el
acusado comentó con suma gracia que éste fue su último acto violento. El pobre
inocente (que no se presentó en el juzgado) no ha de saber todavía lo que le
sucedió y, seguramente, nunca habrá podido leer lo que le fue escrito.
_
A pesar de que el juicio fue largo y
fastidioso, aquella noche me fui a acostar tranquilo. Mis compañeros de la
Residencia se habían dormido hace rato, salvo Marte (qué apodo extraño) quien
se mantuvo pensativo y melancólico, lo cual no me extrañó porque desde que su
hijo lo ingresó, su personalidad no cambió. No fui al baño: Siempre me cuesta
un poco esa rutina. Me duele orinar, y se lo atribuyo a mi torturadora
próstata, y además como veo poco, embocarle al círculo es complicado. Las manos
me tiemblan tanto que no puedo sostener el cepillo. No importa, ya no mastico
la carne, porque lo hacen por mí.
Contento me recosté, y soñé con una pareja de
hombres (uno joven y el otro más viejo), los cuales se abrazaban mientras el
viejo lloraba sobre el hombro de su posible hijo. Apenas recuerdo unas
palabras: “Lo siento”.
Supongo que debí haber tratado mejor a
mi hijo.
Al acusado se lo encarceló. Apareció
titulado en los diarios como: "El caso de Rea Silvia". Y aunque
sonrió en las fotos, nadie nunca entendió su sufrir escondido entre las escasas
lágrimas. Tal vez, sólo algún Dios.
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